Phoebe estaba muy feliz de que al fin la Liga Pokémon hubiera acabado. Por un tiempo, al menos. Ya no tenía que permanecer fuera del Gimnasio comprobando que los entrenadores que venían a por la medalla de Sabrina cumplieran sus requisitos. Tampoco es que le molestara (hacía todo lo posible por ayudar a la líder de Gimnasio), pero igualmente no le gustaba. La alejaba de otros asuntos que le importaban más. Aun así, valía la pena esperar a los meses de vacaciones de la Liga Pokémon para ver como el Gimnasio recobraba aquella vitalidad que se escondía en época de caza de medallas, de cómo relegaba los combates Pokémon a un segundo plano para enfocarse en lo verdaderamente útil: las clases de telequinesis.

Sabrina no solo era una gran líder de Gimnasio, sino también una estupenda maestra de todo lo relacionado con los poderes psíquicos. Gran parte del Gimnasio era en realidad una escuela dedicada únicamente para personas que estaba desarrollando poderes y no eran capaces de controlarlos. Estaba abierto todo el año, aceptando nuevos alumnos cuando más lo precisaran, y siempre se matriculaban más cuando el Gimnasio cerraba y Sabrina se dedicaba del todo a su colegio como profesora y directora.

Phoebe ya llevaba mucho tiempo yendo a la escuela, incluso en sus horas bajas. Era una veterana junto a otro grupo de alumnos que ingresaron más o menos al mismo tiempo que ella. Eso los colocaba en una posición elevada dentro de la escuela. Seguían asistiendo a clase y, además, se encargaban de preparar a los nuevos alumnos durante su estancia en la escuela: asignación de habitación comunal, uniformes, normativa y horarios. Además, eran los ojos y la voz de Sabrina, manteniendo el orden en el recinto escolar.

Un día, Phoebe y algunos de sus amigos asistieron a una de las clases de Sabrina como sus ayudantes. Las lecciones eran básicas, perfectas para los nuevos alumnos. Phoebe estaba muy pendiente de lo que enseñaba Sabrina, daba igual que lo hubiera escuchado cientos de veces, nunca venía mal refrescar los conocimientos. Estaba tan absorta que ni las sacudidas de Yasahiro, uno de sus compañeros, la sacaban de su trance. Pero sí notó la pisada que la devolvió al mundo real. Le clavó una mirada iracunda y él se disculpó. No lo había hecho con mala intención, sino porque a veces Phoebe se perdía en su admiración hacia Sabrina y le costaba reaccionar.

Durante la lección de levitar objetos, uno de los alumnos sufrió un accidente en el que su poder mental se descontroló y levantó no solo su objeto, sino todo lo que no estuviera anclado al suelo. Los objetos de los otros alumnos subieron rápidamente hasta el techo y los alumnos se separaron del suelo casi un metro. Phoebe permaneció en calma y contrarrestó el poder psíquico del niño con el suyo, más poderoso y controlado, para apenas realizar un salto normal. Sus compañeros hicieron lo mismo. Acto seguido se dispusieron a devolver todo a la normalidad cuanto antes, pero Sabrina se adelantó y detuvo el acenso de sus alumnos con un movimiento de mano. Los bajó lentamente hasta que el niño causante del altercado apagó su poder inesperadamente y todos cayeron al suelo, algunos de bruces, otros de culo. Los objetos rebotaron por la sala dejándola como si hubiera pasado por ahí un tornado.

Phoebe ayudó a los alumnos y procuró que ninguno se hubiera hecho daño. Muchas quejas, pero nada más. Miró a los demás y no vio que se requiriera mayor asistencia. Solo el niño que había causado el infortunio estaba temblando. ¿Debería hacer algo con él? No, Sabrina se ocupó de ello. Habló con el niño y le quitó toda la relevancia al suceso. Sus compañeros de clase no estaban asustados por su poder, más bien sorprendidos. Incluso uno soltó una broma. Phoebe sonrió ante la amistad que estaban forjando los niños.

Sabrina dio por terminada la clase de hoy y mandó a los niños a sus respectivas habitaciones comunales. Los compañeros de Phoebe formaron los grupos y se los llevaron fuera de la sala. Phoebe iba a ser la última en salir, pero Sabrina pidió que se quedara. Yasahiro se encargaría de su grupo.

—¿Necesitáis algo, maestra? —preguntó Phoebe.

—Esta noche espero una visita. ¿Sería mucha molestia que prepararas un tentempié nocturno para los dos?

—Ninguno. ¿Habéis pensado en algo en concreto?

—Una mayor variedad de galletas valdrá. Y té para dos.

Phoebe inclinó levemente la cabeza. ¿Solo incluir más variedad de galletas al refrigerio nocturno? Una petición un tanto extraña. Pero quién era ella para dudar de su maestra. Sabrina tendría sus motivos.

—Espera su llegada en la puerta principal del Gimnasio —continuó Sabrina—, pero sin salir del edificio. No estás trabajando como vigilante.

—¿Cómo sabré que es a quien esperáis?

—Lo sabrás en cuanto aparezca, no te angusties. Os esperaré en el estadio.

Phoebe hizo una reverencia y marchó a cumplir sus quehaceres como veterana del colegio con el resto de sus compañeros. Tenía tiempo de sobras para ocuparse tanto de sus deberes en el colegio como de cumplir el encargo de Sabrina.

La noche cayó. Phoebe ya había cenado con los demás alumnos y se aseguró de que no abandonaban las habitaciones comunales hasta que volviera a salir el sol. Solía ser el momento de más tranquilidad en el Gimnasio entero. Solo permanecían en pie los veteranos, los cuales tenían permiso de abandonar el Gimnasio y pasar la noche fuera si así lo deseaban. Aquella noche habían quedado en ir a casa de alguien a divertirse después de un día ajetreado. Phoebe tuvo que comunicarles que no podría acompañarlos.

—¿Sabrina otra vez solicitando tus servicios? —preguntó Yasahiro. Estaba en la concina con ella, picoteando algunas galletas que Phoebe preparaba en la bandeja.

—Hoy espera visita —dijo. Cogió dos tazas y las colocó elegantemente en la bandeja—. Aunque parece que no lo sea porque estoy haciendo lo de siempre.

—Compartirán gustos.

—Tampoco se molestó en darme una descripción. Simplemente dijo que sabría que era su visita cuando llegara.

—Otro psíquico, quizá. Eres una de las mejores psíquicas del colegio, así que lo tendrás fácil.

—Ni que tú o los demás no estéis al mismo nivel que yo —replicó Phoebe—. Cuando no estamos entrenando, competimos por ello… ¿La quedada de esta noche era para eso?

Yasahiro se encogió de hombros y disimuló para coger otra galleta. Phoebe lo vio y le dio en la mano.

—Esta noche vamos a continuar con los juegos de ingenio, pero no será lo mismo sin ti. Siempre flaquea el grupo cuando faltas, O eso dice Aki todo el rato. Seguro que no ha fallado a su «cita» esta vez.

—No puedo decirle que no a Sabrina. Lo sabes.

—Sí, ya. La admiras mucho. Demasiado, desde mi punto de vista. Pero no soy quién para juzgar. Además, me entretiene sacarte de tu ensimismamiento durante las clases con ella.

Phoebe le dedicó una mueca de disgusto.

—Pues podrías ahorrártelo —le espetó.

—Si no soy yo, lo hará otro.

Phoebe terminó de calentar el té y lo vertió en la tetera, recolocó las tazas y alejó del alcance de la mano de Yasahiro las galletas.

—Bueno, mejor me voy ya con los demás. Si la visita de Sabrina no se queda mucho tiempo o Sabrina te despacha antes, estaremos en la casa de Inoko. Si no, en fin, buenas noches, entonces.

—Buenas noches, Yasahiro.

Phoebe cogió la bandeja y se dirigió despacio al estadio del Gimnasio. Todavía le era curioso que Sabrina no hubiera puesto a un lado su función de líder de Gimnasio, especialmente cuando esperaba una visita y había elegido el estadio como lugar de reunión. ¿No hubiera sido mejor escoger una sala más pequeña y privada? De nuevo, Sabrina tendría sus motivos y ella no iba a sugerirle nada que la enfadara.

Sabrina estaba sentada en el trono, meditando. No reaccionó ante ningún ruido que hizo Phoebe al entrar en el estadio, pero la joven sabía perfectamente que no estaba distraída. Depositó la bandeja en la mesa plegable oculta detrás del trono y la dejó a un lado. Esperó unos segundos antes de irse a esperar la visita.

—Sírveme una taza, por favor —dijo Sabrina sin abrir los ojos.

Phoebe cogió la tetera y preparó el té.

—Ya lo cojo yo, gracias.

Phoebe hizo una reverencia y se retiró.

La espera por la llegada de la visita fue larga. No fue hasta bien entrada la noche que alguien golpeó la puerta del Gimnasio y sacó a Phoebe del sueño en el que lentamente se estaba sumiendo. La joven se arregló en un momento y abrió la puerta.

Sabrina no exageraba con que sabría reconocer la visita que esperaba. Había algo en esa persona que llamaba la atención por muy discreto que intentara serlo. Sus ojos pequeños denotaban una gran astucia y se corroboraba con un rostro de alguien muy seguro de sí mismo. Vestía a juego con la noche con prendas oscuras y una gabardina a juego. Lo único vagamente colorido de la persona era las puntas rojas del largo pelo gris y la diadema celeste que lo recogía en una coleta.

—¿Este es el Gimnasio de Ciudad Azafrán? —preguntó—. En esta ciudad hasta un edificio como este puede pasar desapercibido.

Phoebe empezó a arrepentirse de haber considerado al invitado de Sabrina como alguien inteligente. Nadie era incapaz de localizar el Gimnasio ni por error.

—Sí, este es —respondió—. Supongo que eres el invitado que Sabrina me mandó buscar. Te está esperando. Sígueme, por favor.

—Oh, vamos, buscar no es una palabra adecuada. No tengo tan mal sentido de la orientación, es solo que soy nuevo en la ciudad.

El hombre entró y las luces del Gimnasio revelaron más detalles de la persona como que su piel era bastante blanca, como de alguien a la que no le gusta mucho tomar el sol hasta el punto de disimular sus ojos azules.

Phoebe le hizo un gesto de seguirla y el hombre no se separó de ella en ningún momento, aunque se entretenía observando la arquitectura del Gimnasio y soltando algún que otro comentario que Phoebe ignoraba. Pero a veces era imposible y le contestaba. En uno de esos momentos Phoebe apreció un brazalete Enlace en el brazo derecho del hombre.

—¿Eres entrenador de Enlace? —preguntó. A lo mejor si le interrogaba se callaba hasta llegar al estadio.

—Así es, aunque no le dedico mucho tiempo —contestó el hombre—. Y por si te interesa: no, no he vencido a Sabrina ni tengo ninguna medalla de Gimnasio. Pero podría hacerlo sin ningún problema.

«Sí que está seguro de sí mismo», pensó Phoebe. Ella no creía que fuera capaz de cumplir lo que decía, menos sin haberse preparado para un combate contra Sabrina, algo que hacían todos los entrenadores antes de desafiarla. Incluso los demás líderes de Gimnasio.

—Eres muy mala escondiendo tus emociones, ¿lo sabías? —dijo el hombre.

Phoebe se sobresaltó y se ruborizó ligeramente. No recordaba haber puesto ninguna mueca de duda. ¿Cómo lo había descubierto?

Phoebe no quiso hablar más con ese hombre y siguió el camino hacia el estadio. Había conseguido que se callara el resto del camino, pero por alguna razón eso lo sintió peor y empezó a ponerse nerviosa, aunque se controlaba fácilmente poniendo en práctica las lecciones de Sabrina.

Phoebe abrió la puerta del estadio e indicó educadamente al invitado de pasar antes que ella. El hombre lo agradeció con una inclinación de cabeza y fue directamente a reunirse con Sabrina. Phoebe aguardó un momento para asegurarse de que Sabrina no requería más sus servicios antes de dejarlos a solas.

—¡Eh, joven! Sabrina no quiere que te vayas —dijo el invitado.

Phoebe asintió y cerró la puerta. De camino hacia el trono, oyó a Sabrina recriminado a su invitado por dirigirse a ella con un tono ofensivo y este respondió encogiéndose de hombros como si no le importara lo más mínimo. Debían conocerse mucho para tratarse de esa manera.

Cuando ya estuvo junto a ambos, Sabrina le indicó con la mano que se posicionara a su lado, justo detrás de la bandeja de las galletas. Le pidió que preparara otro vaso de té y le preguntó al invitado si quería a lo que el hombre rechazó como si detestara las infusiones. Aunque sí aceptó las galletas.

Tras dar un sorbo del té, Sabrina adoptó su clásica postura seria. Phoebe captó la indirecta que le mandaba: no hablar hasta que ella le diera permiso y limitarse a servir té y galletas siempre que uno de los dos lo solicitara.

—No te he llamado para darte lecciones de conducta. De eso se ocupan otros —dijo Sabrina.

—Menudo motivo de viaje más nimio de haberlo sido —sonrió el hombre.

—Esto es serio, Zack. Ahórrate las bromas.

—Está bien, perdona.

Sabrina exhaló lentamente y tomó otro trago.

—¿Qué has averiguado respecto a las visiones? —inquirió—. ¿Han sido de utilidad o solo se trataron de meras alucinaciones?

—Fueron útiles. Aunque agradecería que también fueran más específicas con las ubicaciones donde ocurre lo que ves —contestó Zack.

—Confiaba en que habría suficiente con tu instinto. Parece que no te ha ayudado esta vez.

—No lo necesité, la verdad. El Equipo Leyenda se ha esmerado bien en dejar su huella con todo el rastro de destrucción que ha dejado. Ni siquiera necesité el informe que me mandaste. Los muy inútiles han paralizado por mucho tiempo sus actividades en esta región.

—Céntrate en las visiones, Zack. Esos peones ya tendrán su justo castigo —lo cortó Sabrina.

—Veamos, nada más llegar a Kanto, visité la última ubicación donde el Equipo Leyenda había actuado y tuve la suerte de que allí existe una cueva que se asemeja a lo poco que conseguiste describirme de tu visión. Al parecer allí se desató una gran batalla, o eso decían los agentes de policía, entre unos críos y el Equipo Leyenda. Me colé sin que me detectaran y comprobé el campo de batalla —hizo una pausa en la que pidió a Phoebe una galleta—. Creo que allí se produjo el combate de tu visión, Sabrina. La zona helada dentro de una cueva encaja, especialmente en el tema de que caían estalactitas de hielo y piedra del techo. Había rocas y piedras que no se habían destruido naturalmente, propio de un intenso combate entre Pokémon, ya fuera de personas con Enlaces como de Pokémon como tales. Puedo garantizar que en la pelea participó uno de tipo fuego con suficiente poder como para chamuscar la piedra. Probablemente fuera el Charizard de melena de fuego.

Sabrina se agitó en el trono. Phoebe no adivinaba si había sido por incomodidad de la postura o porque algo había hecho clic en su mente. Por respeto a su maestra, contuvo el impulso de preguntar. Otra vez.

—¿Y qué hay de las garras que lo atraparon? —preguntó Sabrina—. Eso no lo hace un Pokémon común.

—Porque no lo fue. Pienso igual que tú: esas garras las tuvo que crear un legendario. Ningún Pokémon tiene tanto poder y lo utiliza para detener a un Charizard común. Eso confirma todavía más que tu visión se manifestó allí, ¿no crees?

—¿Crees que…?

Zack negó con la cabeza enérgicamente.

—Escapó. Fuera cual fuera el que se refugiara en esa cueva, los peones del Equipo Leyenda no lo capturaron. Apostaron todo a un color y fallaron.

—Pero ahora que lo han descubierto, lo tendrán fácil para perseguirlo.

—No para atraparlo —replicó Zack—. Ya sabes lo escurridizos que llegan a ser los legendarios. Además, un combate contra ellos supone un auténtico desafío.

—Lo imposible no es lo mismo que lo improbable. Algún día caerán.

El estadio se quedó en silencio. Sabrina cerró los ojos y levantó la cabeza. Zack se cruzó de brazos y esperó a que la líder de Gimnasio volviera a fijar sus ojos en él.

—¿Qué estás pensando? —preguntó Zack.

Sabrina no contestó y continuó sumisa en sus pensamientos sin bajar la cabeza ni abrir los ojos.

—¿Hay algo de la visión que no haya investigado? La cueva helada, el Charizard de melena de fuego, las garras… ¿Querías que buscase algo respecto a las siluetas que luchaba contra el Charizard? No le diste tanta importancia.

«¿Quieres dejar que se concentre?», exclamó mentalmente Phoebe. Sabrina no debía ser molestada mientras sus párpados se mantenían bajados en ningún momento. Si había ruido o preguntas a su alrededor, la distraían y la enfadaban.

Zack miró de reojo a Phoebe como si la hubiera escuchado. No le dio importancia y devolvió su atención a Sabrina. Lo que había sentido Phoebe con esa reacción del hombre le hizo creer que de verdad había oído sus pensamientos, pero no había percibido nada relacionado con poderes psíquicos. ¿Había sido casualidad y lo había mirado como si le preguntara por el estado de su maestra o de verdad se había molestado por su espeto? Phoebe tardó en relajarse.

Sabrina abrió los ojos y bajó la cabeza después de un rato. La sacudió levemente hacia los lados y suspiró.

—He encajado todas las piezas del puzle que faltaban —dijo—. No quería aceptarlo, pero no hay duda de que es la verdad.

—¿Me pones al día? Cuando te vuelves enigmática no hay quien te entienda.

—Tienes razón. El Charizard de melena de fuego luchó en la Cueva Celeste. No hay dudas al respecto.

—Vaya, es raro que estemos de acuerdo en algo —dijo Zack. Se jactó del hecho y recuperó su seriedad, si se podía considerar así—. Pero ¿qué es lo que te hace estar tan segura?

—El mismo joven que detonó mi visión estuvo envuelto en el incidente de Ciudad Celeste, concretamente en la lucha de la Cueva Celeste. Un Charizard común donde apareció el de melena de fuego.

Zack hizo una mueca de duda.

—¿Estás diciendo que ese Charizard era en realidad el Enlace de un crío?

—Sí. Y me gustaría que le tuvieras más respeto. Ese «crío» ha conseguido hacerse con el título de Campeón.

—Ah, ya sé de quien hablas, entonces. Ese tal Ryku de Pueblo Paleta. Mi instinto me decía que lo investigara y ahora ya sé por qué.

—Tu instinto siempre me asombra —dijo Sabrina.

—Y ahora se ha vuelto a activar. Tú nunca alabas a nadie —apuntó Zack—. Quieres que haga algo más por ti.

Sabrina hizo un gesto que la delató.

—No te ofendas, pero accedí a confirmar tu visión porque me pillaba de camino. Tengo otras tareas que son más importantes que las tuyas.

—Lo entiendo, Zack, eres un hombre muy ocupado. Pero lo que quiero no se interpondrá en las otras misiones que te hayan encomendado, te lo prometo.

Zack suspiró.

—Más vale que sea simple, de lo contrario tendré que rechazarlo.

Sabrina asintió en agradecimiento.

—Vigila a Ryku y a su familia.

Zack arqueó una ceja. Dudaba entre acceder o negarse a la petición.

—¿Por qué?

—Es mi propio instinto con un toque de premoniciones. Y ya sabes que esas cosas no hay que ignorarlas.

Zack tardó unos segundos en dar una respuesta.

—No pienso discutir cuando hablas con ese tono tan misterioso —añadió una frase en voz tan baja que lo único que vieron Sabrina y Phoebe fueron los labios de Zack moverse—. Lo haré, pero no estará entre mis prioridades.

—Me parece justo. Gracias, Zack.

El hombre no le dio importancia y preguntó si quería algo más. Sabrina finalizó la conversación y Zack dio la vuelta. Phoebe lo siguió, pero él ya no necesitaba un guía y sabía dónde estaba la salida. Se detuvo a mitad de camino.

—Te recomiendo que descanses, Sabrina —dijo—. No se me ha escapado que estás exhausta, mentalmente hablando. No quisiera averiguar qué te ha pasado algo malo por culpa de tus visiones. Evítalas si no es estrictamente necesario, ¿vale?

—Haré lo que pueda. Te doy mi palabra.

Zack asintió y abandonó el estadio.

Inmediatamente después Phoebe sintió como desaparecía una carga que no había detectado hasta ahora. No le dio mucha importancia y se centró en su maestra, preocupada por su estado mental.

—No te alarmes, Phoebe —dijo Sabrina—. Estoy bien. Zack acostumbra a exagerar y sus consejos son más bien recordatorios. Estos momentos de té y pastas son la forma con la que mantengo la mente serena.

Phoebe no estaba segura de qué hacer a continuación. Lo normal era que después de cualquier conversación, dejaba a solas a Sabrina y se iba con sus amigos. Pero en aquella situación no lo veía adecuado, como si fuera de mala educación.

—Gracias, Phoebe.

La joven miró a su maestra.

—No he hecho nada en especial, maestra. ¿Cuál es el motivo por el súbito agradecimiento?

—Por estar a mi lado todo este rato —contestó Sabrina—. Necesitaba la presencia de otra persona mientras hablaba con Zack. No es que desconfíe de él —añadió rápidamente—, solo precisaba tener la mente enfocada en la conversación.

Phoebe asintió y no se molestó en permanecer el tiempo que Sabrina deseara. Juntas se terminaron las galletas y el té y luego la líder de Gimnasio otorgó a su alumna la libertad de abandonar el estadio y el Gimnasio si así le apetecía. Phoebe hizo una reverencia y fue a cambiarse de ropa para reunirse con sus amigos. Con suerte todavía no habrían terminado la sesión de juegos.

Cuando salió del Gimnasio, Phoebe se sintió ansiosa. A medida que se dirigía a la casa de Inoko, no podía parar de repetir la conversación entre Sabrina y Zack. Por alguna razón esa reunión, aunque su asistencia hubiera ayudado a Sabrina, debía haberse realizado solo entre dos personas, no tres. La inquietud hizo que por un instante Phoebe se detuviera en mitad de las calles y mirara en dirección al Gimnasio. Temió que Sabrina la hubiera metido sin querer en algún asunto turbio o que, quizá… Phoebe sacudió la cabeza. ¿En qué estaba pensando? Sabrina no era una persona malvada, mucho menos pertenecer al Equipo Leyenda. Su mente estaba rellenando de manera incorrecta las dudas que tenía. Le urgía pensar en otra cosa. Reanudó el camino y aceleró el ritmo. Tal vez derrotar a Yasahiro en los juegos de ingenio la ayudarían a pensar en cosas más alegres y divertidas.


¡Y ya está! Al fin puedo dar por terminada esta historia que ha estado tanto tiempo escribiéndose. Ha sido toda una odisea con algún que otro altibajo: que si no era interesante, que si nadie leía la historia, que si no conseguía avanzar en la trama... admito que en alguna que otra ocasión he estado a punto de cancelar la historia por esas razones, Pero luego estaba aquello que me animaba a continuar como los comentarios de CavalierEnExil, TheRedDragonSlayer, Kuukangetsu y NovaStarPrime. Estéis donde estéis después de tantos años, gracias. Habéis conseguido que esta historia llegue a su final. Bueno, a uno de ellos.

Este epílogo pone los cimientos de una secuela a la que ya tengo una idea de por dónde voy a llevarla, incluso ya tiene título. No obstante, prefiero darle un tiempo de reposo y centrarme en otras historias. Tal vez continuar las que pausé para terminar esta o empezar nuevas ajenas al fandom. Lo que surja primero.

Espero que os haya gustado este fic y muchas gracias por leerlo y comentad si tenéis algo que decir.

¡Hasta otra!