El primero: Envidia
Yo no planeé que ella llegara con su cuaderno de esquinas puntiagudas, una grande sonrisa en su pequeño rostro y una actitud insoportablemente carismática.
Amame, amame, pide.
Mata, mata, ordeno.
Cuando la veo horas después de que lo hace, desprende un brillo que envidio.
Cuando habla sonriente y emocionada acerca de la cantidad de criminales que mató bajo mi orden, no puedo evitar recordar que es la única capaz de comprender mis difíciles acciones. Ella sigue mis ideales.
Gustosamente escribe y saborea en sus labios la sangre de los casi mayores pecadores.
Nosotros somos los reales —y ella inconsciente, ja, ja, ja—, y no me importa mientras alguien haga algo para barrer este mundo.
Misa escribe con una soltura de la que carezco, una despreocupación que yo no tengo, y sonríe a una cámara invisible, como si aún siguiera en un escenario.
