No, no soy rubia, tampoco inglesa y mucho menos millonaria, por lo tanto no soy J. K. Rowling y ninguno de estos personajes me pertenece.
Capítulo Dos.
With me.
(Conmigo)
"Todos los días te quiero y te odio irremediablemente.
Y hay días también, hay horas, en que no te conozco,
en que me eres ajena como la mujer de otro."
-Jaime Sabines.
Diciembre, 2003.
Un suave "toc-toc" en el cristal es lo que la despierta. El Sol no ha terminado de salir, pero ella está fuera de la cama en un momento, abriendo la ventana para permitir que la lechuza entre y deje la carta que lleva sobre su escritorio. El ave se retira justo a tiempo para evitar a Hermione, quien se abalanza contra la carta recién recibida.
"Estima señorita Granger, lamentamos informarle que el puesto…"
Hermione ni siquiera se molesta en leer el resto del mensaje. Primero arruga el pergamino entre sus manos y luego lo rompe del coraje, mientras tiene que obligarse a controlar su respiración para no comenzar a llorar de la angustia. La carta de rechazo no le importa en lo absoluto; a este punto, ya se ha acostumbrado a recibirlas. Lo que la pone en tan mal estado es que por un momento tuvo la esperanza de que fuera por fin una carta suya. Resignada, se sienta en su cama. El calendario que tiene en su mesita de noche no miente: es sábado 6 de diciembre.
Hace ocho semanas que Harry se fue y ni ella ni Draco han sabido nada de él.
Son apenas pasadas las siete de la mañana, pero ella se alista para ir a buscar a Draco porque ambos planean ir a pasar todo el día en el Ministerio. Van a tocar cuantas puertas sean necesarias e incluso piensan colarse a la oficina del jefe de Aurores, si les ayuda a obtener alguna información sobre su amigo.
Cuando Hermione abre la puerta de su recámara, ahí se encuentra Draco.
—¿Algo? —dice a modo de saludo, mientras le da el té que lleva en un vaso desechable.
—No —contesta Hermione, negando con la cabeza, aceptándolo —¿Sirius?
—Tampoco sabe nada —responde Draco soltando un suspiro —Vamos a cobrar todos los favores que pueda usando el nombre de mi padre.
Hermione sale de su habitación y Draco cierra la puerta tras ella. Llegan al Ministerio a las ocho de la mañana en punto y se dirigen hacia la entrada del departamento de aurores. Cuatro horas después, salen de ahí sin haber conseguido nada.
—Me voy a volver loca —dice Hermione, tallándose los ojos. Su cabello está tan revuelto y esponjado que le recuerda a Draco cuando la conoció, años antes de que Ginny y Molly le enseñaran por primera vez las maravillas que hacen las pociones de belleza.
—Maldito Potter —dice Draco —Cuando estaba con los aurores, era difícil, pero podíamos conseguir información. Ahora que está con los inefables, es sencillamente imposible.
—Cuando estaba con los aurores, nunca se retrasó tanto en una misión —dice Hermione.
—Vamos a almorzar —contesta Draco.
Él recuerda perfectamente que si hubo una ocasión en que su amigo desapareció más tiempo del que había estimado; fue durante su tercer y último año en la Academia. Está seguro de que Hermione también lo recuerda, pero no hace ningún comentario al respecto. Después de todo, es su mutuo acuerdo hacer como que esa noche nunca existió.
—No tengo hambre —dice la castaña.
—No me importa —responde Draco, sonando molesto —Igual tienes que comer. No le vas a hacer ningún bien a nadie muriéndote por inanición.
Hermione se queda callada mientras sigue a su amigo hacia la cafetería del Ministerio. La angustia de no saber dónde está su amigo, pasa a segundo plano en su cabeza: sabe que acaba de cometer un error al mencionar la vez última vez que Harry se retrasó en una misión. Han pasado casi tres años desde ese día y todas las veces que sale a colación, la rutina de ellos dos es la misma: quedarse callados hasta que sus sentimientos al respecto vuelven a estar bien encerrados al fondo de su mente.
Al llegar a su destino, Hermione busca una mesa para sentarse, mientras que Draco se encarga de comprar la comida para ambos. Ella cierra los ojos intentando mantener los recuerdos fuera de su mente. Lo intenta, de verdad que lo intenta. Pero los recuerdos son más fuertes…
Febrero, 2001.
—Gracias —le dijo Hermione a Kingsley Shacklebolt, mientras él se alejaba.
El hombre, que era el jefe de Aurores, se había tomado cinco minutos de su valiosísimo tiempo para explicarle amablemente a la castaña que todos los reclutas de último año estaban en misiones cada vez más peligrosas y que, por lo tanto, algunos días de retraso eran normales. También se había tomado la molestia de darle una copia de la primera hoja del expediente de Harry, dónde además de algunos de sus datos personales esenciales (como tipo sanguíneo y la constitución de su varita) mostraba su estatus actual.
—"Vivo" —leyó Hermione en voz alta a Draco, con un dejo de alivio, que rápidamente fue cambiado por uno de frustración —¿Qué clase de estatus es ese? ¡Claro que está vivo! ¿Qué otra cosa podría estar?
—Muerto —contestó Draco. Al notar la cara de su amiga, continúo diciendo algunas otras de las situaciones que mostraba el reloj de pie que estaba en el comedor de la casa de sus padres — O podría estar "En el hospital" o "En peligro" o… "de vacaciones". Supongo que el estado se debe ir actualizando según sea el caso.
Hermione no respondió y se limitó a releer la palabra "vivo". Lentamente, pasó uno de sus dedo sobre ella, deseando que pudiera revelarle más información.
—No puedo creer que el jefe de aurores saliera en persona a hablar conmigo —dijo.
—Llevabas casi 36 horas aquí sentada —respondió Draco —Por supuesto que tenía que salir a hablar contigo.
—Harry dijo que regresaba hace cinco días —contestó Hermione, como si eso fuera suficiente motivo para pasar casi dos días sentada fuera de la oficia de alguien.
—Vamos a comer —dijo resignado Draco.
Cuando Harry no regresó en la fecha acordada no le preocupó demasiado. Uno o dos días de retraso eran normales, casi cotidianos en las últimas misiones de su amigo. Al tercer día, estaba nervioso, pero nada comparado con el manojo de nervios que era Hermione. Como Harry tampoco regresó ese día, Hermione fue y se plantó en la oficina de aurores, advirtiéndoles a todos que no se iría hasta que alguien le diera informes de su amigo. En momentos como ese, Draco admiraba y temía a su amiga a partes iguales, aunque él mismo también pasó casi veinte horas a su lado. Al salir del Ministerio, estaba cansado, irritado y pidiendo su cama a gritos. Aun así, sentía que debía hacerse cargo de Hermione, porque ella estaba muy ocupada haciéndose cargo de Harry en estos momentos, como para acordarse de ella misma. Así era como funcionaba su grupo a últimas fechas. Cuando alguno de los tres comenzaba a fallar, los otros dos se hacían cargo.
Sin embargo, había una sensación incómoda que no lo dejaba en paz. No es que le molestara todo el esfuerzo que Hermione hizo para saber de su amigo, sino que una parte de su cerebro se preguntaba, si la situación fuera inversa y Harry nunca hubiera ido a la Academia de Aurores, pero él sí, ¿ella habría hecho lo mismo por él?
Ahí estaban de nuevo, los celos que había experimentado cinco años atrás, durante su sexto año en Hogwarts. ¿Acaso nunca podría superar el sentimiento de que no importara lo que hiciera, nunca podría ser tan bueno como Potter? Que patético.
Draco no era alguien a quién le gustara vivir en el pasado. A sus 21 años, estaba a punto de terminar sus estudios en la Facultad. Se había decidido por una carrera política, como su padre. Pero al contrario de él, quién peleaba por preservar los privilegios de las familias de sangre pura, Draco estaba haciendo todo lo que podía para acabar con ellos. No era fácil, por supuesto; su apellido abría todas las puertas incorrectas para él, mientras que cerraba en su cara todas las que en verdad le interesaban.
Terminó haciendo sus prácticas profesionales en el departamento de Cuidado y Control de Creaturas Mágicas en lugar del de Relaciones Internacionales, que era el que originalmente le interesaba. No estaba tan mal. Le gustaba platicarle todo lo que hacía a Hermione y ella, a su vez, le compartía algunas de sus descabellas ideas, como que los elfos domésticos deberían tener un sueldo. Todavía no le decía nada, pero ya estaba trabajando en ello.
—Estoy muy cansada como para ir a comer —contestó Hermione.
—Pidamos algo para llevar, entonces.
Alejándose del Ministerio, se encaminaron hacia la Facultad, comprando en el primer puesto de fish and chips que se les cruzó por el camino. Ambos seguían viviendo en la residencia de estudiantes, pero en edificios diferentes. Draco dudó entre dejar a Hermione en su recámara e irse o quedarse un rato más con ella. Pensó que debía asegurarse de que comiera, por lo que cuando llegaron a la habitación de la castaña, entró después que ella.
Hermione se desplomó en un extremo de su sillón. Draco dejó la bolsa con comida en la mesa de centro que había frente a ella, y se sentó en el otro extremo. Cuando estaba en esa habitación, muchas veces se pregunta si Hermione había encontrado una forma de evadir la norma que prohibía los hechizos de expansión en los edificios de la facultad. Para tener el mismo tamaño que la suya, la habitación de la chica aparentaba el doble. Tal vez eran los increíbles dotes de organización que tenía, porque había logrado que una cama, una mesa de noche, un ropero, un escritorio, una mesa de centro y tres libreros entraran en ella.
—Ahora vengo —dijo Hermione levantándose y metiéndose al cuarto de baño, mientras Draco sacaba la comida.
Él escuchó el sonido de la regadera y, cinco minutos después, Hermione salió con el cabello húmedo, y vestida con una pijama de franela que le cubría del cuello a los pies. Empezaron a comer y Hermione sacó la hoja que le había dado Shacklebolt, para conformar por enésima vez que la palabra "VIVO" no había cambiado. Al ver eso, Draco soltó un bufido.
—¿Vas a seguir haciendo eso hasta que regrese? —espetó toscamente.
Hermione no respondió inmediatamente. Dobló la hoja y la colocó con cuidado sobre la mesa, al lado de su plato.
—Dime que tienes —dijo volteando a ver a su amigo.
—Nada —contestó Draco de inmediato, evitando los ojos de su amiga.
—Tú también estás preocupado—dijo Hermione colocando una de sus manos en la rodilla derecha de él —Y sé que tu reacción natural ante el miedo es mostrarte enfadado, pero eso estaba bien hace tres días, cuando no teníamos esto —señaló la hoja doblada —Ahora creo que tienes algo más. Dime qué es.
Draco movió su rodilla, en un intento por zafarse del agarre de su amiga, pero ella lo apretó más fuertes. "Estoy celoso" pensó. Podía tener 21 años, estar terminando sus estudios, iniciando su carrera, podía haber recuperado a su amigos y aun así… una parte de él seguía siendo el inseguro estudiante de sexto año, que se moría de celos cada que su mejor amiga besaba a su mejor amigo. Lo cual era patético, si tomaba en cuenta que la última vez que había hablado con Hermione al respecto había sido cuando salieron de Hogwarts.
—Está bien, no me digas nada —dijo Hermione, aceptando la derrota —Yo sé lo que es querer que te dejen en paz.
—¿Por qué no me dijiste que sí, hace tres años? —soltó de sopetón.
"—Míralo de esta manera: si ahora mismo, en este momento, dijera que te amo y que quiero estar contigo, ¿aceptarías?" Al recordar eso, Hermione se quedó pasmada. No es que no se lo esperara, sabía que Draco algún día se lo iba a preguntar, pero su silencio al respecto desde que volvieron a ser amigos le había dado a entender que prefería no tocar el tema. Además, no podía haber elegido un momento más imprevisto; con ella en pijama, mientras comían, después de haber pasado todo el día en el Ministerio intentando averiguar el paradero de Harry.
—Ahm… —musitó Hermione, intentando ganar tiempo para encontrar las palabras correctas para expresarse.
—Olvídalo —dijo Draco levantándose rápidamente. Estaba cerca de la puerta de salida, cuando Hermione gritó.
—¡Lo estás haciendo de nuevo!
—¿Haciendo qué de nuevo, exactamente? —sulfurado volteó Draco, esperando una explicación.
—No me estás dejando responderte —Hermione se levantó, para estar a su mismo nivel —Esa vez, en los jardines, no me diste tiempo de contestarte. Y acabas de hacer lo mismo.
—No es cierto —intentó negarlo.
—Claro que si —confirmó Hermione, retándolo.
—Bueno, entonces, ¿cuál es tu respuesta? —dijo Draco molesto, sin saber porque se sintió tan enojado de repente —Ya tuviste tres años para pensarlo.
Hermione se quiso arrancar el cabello de la cabeza.
—No tuve "tres años para pensarlo"—contestó furiosa —Tuve un momento de confusión al finalizar sexto, seguido por el momento más traumático de mi vida, seguido por el que probablemente ha sido el peor año de mi vida —dijo refiriéndose al año en que estuvieron sin hablarse — y el año pasado…
No tuvo que agregar nada más para referirse a ese año. El 2000 no había sido caótico, pero tampoco había sido tranquilo para ninguno de los tres. Habiéndose reencontrado a finales del 99, utilizaron todo el siguiente año para intentar recuperar su vieja amistad, darse cuenta de que no podían hacerlo, e intentando crear una nueva. Aún estaban trabajando en ello.
—No tuve tres años —repitió Hermione, derrotada, volviéndose a sentar en el sillón subiendo sus rodillas al mismo, y abrazándolas.
Draco fue a sentarse junto a ella y pasó su brazo derecho sobre sus hombros, quedándose callado. El Draco de dieciséis años, nunca hubiera podido hacer eso. Ese gesto tan sencillo, les recordó todo el tiempo que había pasado y lo mucho que habían cambiado con él.
—¿Por qué me correspondiste el beso ese día? —volvió a preguntar Draco, ahora refiriéndose al beso que habían compartido durante el último día de sexto año.
—Porque estaba enamorada de ti —contestó Hermione inmediatamente, algo que les sorprendió a ambos.
No sólo era la primera vez que lo admitía frente a él, era también la primera vez que lo admitía frente a ella misma.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
"Por cobarde." "Por egoísta." "Porque de haberlo hecho, hubiera roto el escenario perfecto donde mi novio y mi mejor amigo son mejores amigos." "Por miedo."
—Porque yo sabía que tú seguirías a mi lado aunque te rompiera el corazón —dijo finalmente Hermione —Y que él no lo haría.
Draco se sintió traicionado, apuñalado. Sintió como si Hermione hubiera decidido sacrificarlo. Quiso pararse, enojarse, salir de ahí y no volver jamás.
"¿Y no tuvo razón?" dijo una voz en su mente. Llevaba casi diez años enamorado de ella, media vida queriéndola. Los mismos años que ella llevaba diciéndole que no albergara esperanzas y él seguía ahí sosteniéndole la mano para tranquilizarla, mientras iban al Ministerio para pedir informes sobre su amigo.
Draco entonces se sintió enojado, furioso, pero ya no con ella, sino con él mismo. Hermione lo había mandado a una esquina, y él no sólo había aceptado, sino que había permanecido muy obediente en ella. Sufriendo, pero sin intenciones de moverse. Seguía estando en ella. "¿Y por qué no te has movido?" repitió la misma voz. Al voltear a ver a su amiga, una claridad se hizo presente: así como Hermione no podía estar sin Harry, Draco no podía estar sin ella. Que pesadilla.
—Joder —dijo después de haber pasado varios segundos en silencio —Nunca tuvimos ninguna oportunidad, ¿cierto?
Hermione no lo negó ni lo confirmó.
—Él es más fuerte de lo que crees —volvió a hablar Draco.
—Lo es —confirmo ella, completamente derrotada —Ahora lo es y ahora lo sé.
Draco la vio ahí, completamente expuesta. Con la cara lavada, con el cabello esponjado, con su ridícula pijama de franela. Después de haber admitido lo que ocultó por años: que lo hizo sufrir por egoísta. No; ella si negó sus sentimientos por egoísta, pero fue él el que eligió sufrir.
Habían pasado, ¿tres, cuatro años? Y al parecer seguía eligiéndolo. No importaba cuanto se intentara convencer de que era una persona diferente, al final seguía siendo el mismo Draco de 16 años que tobaba las decisiones erróneas y dejaba escapar oportunidades.
¿Qué hubiera pasado si en vez de Hogwarts, se hubieran conocido hasta la Facultad? ¿Habrían tenido una oportunidad entonces? Quizá en algún universo alterno estaban juntos ahora.
Draco pensó en que significaba el ahora. En el momento en que estaba viviendo, sentado junto a su amiga. En el ahora, dónde sus amigos no habían tenido una relación romántica en años. ¿Qué le impedía tomar su oportunidad ahora?
—Estoy enojado contigo —dijo Draco —Y una parte de mí, tiene ganas de irse en este momento.
—Lo sé —contestó Hermione, viéndolo a los ojos, sin querer impedírselo.
—Pero otra parte de mí quiere quedarse —admitió —Porque tengo ganas de besarte.
—¿Cuál de las dos vas a escoger?
Por toda respuesta, Draco la tomó del cuello y comenzó a besarla, sin saber que esperar. Entonces, como años atrás lo había hecho en los jardines del colegio, Hermione le contestó el beso.
Ese no fue ni el primero, ni el segundo beso que compartían. Tampoco era el tercero. Hermione lo había besado por primera vez en quinto, y él la había besado a ella por primera vez en sexto. Esos habían sido los únicos dos besos que habían compartido en el castillo, pero después de su distanciamiento, durante ese primer año en el que todavía estaban intentando redefinir las reglas de su nueva amistad, había habido esporádicos besos esparcidos por aquí y por allá. Breves roces de labios, que ninguno de los dos sabía su significado.
Draco había esperado que esta vez fuera algo similar, pero al contrario que todas las veces anteriores, ahora ninguno parecía querer separarse.
Cuando, tentando a la suerte, Draco abandonó la boca de la castaña, tuvo que reprimir el impulso de colocarse sobre de ella cuando la escuchó gemir al sentir el contacto de sus labios contra su cuello.
Hermione no se quedó atrás, y comenzó a besarlo por toda la cara, al tiempo que sus manos recorrían todo lo que estaba a su alcance. Draco introdujo sus manos por debajo de la pijama de la chica y tuvo un instante de pánico cuando ella se levantó del sillón en él estaba, sólo para volver a sentirse en los cielos cuando ella lo guio hasta su cama.
Aunque había imaginado muchas veces cómo sería hacer el amor con Hermione, realmente nunca pensó que lo que los llevaría a hacerlo, sería el miedo compartido de perder a su otro amigo. Cuando le empezó a quitar la ropa a su amiga, a Draco le quedó claro que si lo estaba haciendo, era porque ninguno de los dos quería pensar en ese momento. Ambos querían escapar de la realidad, aunque fuera una noche.
Si sus emociones no estuvieran tan exacerbadas, si el miedo, la falta de sueño, la ira que usaron para disfrazar a la tristeza que sentían por sus versiones adolescentes no estuvieran tan a flor de piel, quizá no le hubiera quitado la última prenda en ese momento.
Pero lo hizo.
Y una parte, agradeció que su primera vez juntos fuera a los 21 años, cuando ambos ya tenían un poco de experiencia y sabían lo que estaban haciendo, en una habitación privada, en comparación a lo que hubiera sido si sus versiones de dieciséis años hubieran tenido una oportunidad de estar juntos y hubieran tenido que escabullirse en algún lugar del colegio.
Esa noche, Draco amó a Hermione. Se encargó de conocerla a profundidad, a aprender lo que sus caricias, mordidas y besos provocaban. Los sonidos que podía emitir y como su propio cuerpo reaccionaba cuando las manos de la castaña lo tocaban. Los susurros diciendo "te amo" se escucharon toda la noche, y ambos se durmieron agotados, logrando su cometido: olvidar por unas horas la angustia que sentían.
Cuando unos toquidos los despertaron, Hermione salió de la cama y se vistió con la pijama de franela que había quedado olvidada en el suelo. Draco tuvo tiempo de ponerse solamente sus pantalones antes de que la chica abriera la puerta.
—¡Harry! —gritó Hermione, lanzándose al cuello del moreno.
—Sabía que los dos iban a estar aquí —contestó él, abrazándola fuertemente —Ni siquiera pasé por mi cuarto. Vine directamente en cuanto me liberaron.
Draco vio a su amigo abrazar a la chica que hacía unas horas gemía su nombre. Una parte de él quería golpearlo. Decirle que se fuera y que no regresara. Otra, quería ir y unírseles.
Todavía decidiendo que hacer, su mirada gris se encontró con la verde de Harry. Y entonces supo que su amigo lo sabía: tal vez por su cara, tal vez por el olor de la habitación, tal vez porque Draco todavía seguía solamente vestido con su pantalón, pero Harry sabía que Draco había roto el acuerdo que tenían desde que se volvieron a hablar y había cruzado la línea con Hermione. Y sabía que él estaba meditando sobre lo mismo que Draco.
—No sabes cómo te extrañamos —dijo Hermione, con voz llorosa, todavía entre los brazos de Harry —Estábamos tan preocupados, tan angustiados. Estos cinco días estuvimos yendo todos los días al ministerio, intentando que alguien nos diera información sobre ti. Draco tuvo que pedir favores usando el nombre de su padre.
—¿Eso hiciste? —dijo Harry, separándose de su amiga, viendo a Draco.
Entonces Draco recordó lo que era estar separados de verdad. No poder hablarse ni para pelear, no poder compartir risas, hartazgos, diversiones. Lo que era no poder estar los tres juntos, disfrutando de su amistad. Recordó lo que pasaría si decidían volver a pelear. Entre la posibilidad de una relación Hermione, o una amistad confiable con ambos, elegía la amistad. Lleva años eligiendo la mistad. Sólo esperaba que Harry también lo hiciera.
—Fue ella la que acampó tres días afuera de la oficina de Kingsley —dijo Draco.
—Es una lástima que no estuviera aquí para verlo —dijo Harry, entrando a la habitación.
—Siempre queda la próxima vez —propuso Draco.
—Siempre queda la próxima vez —confirmó Harry.
Sin añadir nada, Harry tomó la camisa de Draco (que todavía seguía en el sillón) y se la pasó. Draco entendió que, por ahora, Harry también elegía la amistad.
Durante todo este intercambio, Hermione había seguido llorando. Cuando hizo un sonido particularmente gracioso, entre un hipido y un estornudo, los dos hombres voltearon a verla.
—¿Qué fue eso?
—No sé —contestó ella y los tres comenzaron a reírse.
Diciembre, 2003
Draco y Hermione terminan de comer en silencio, ambos demasiado sumergidos en sus propios pensamientos.
—¿Qué hora es? —pregunta ella. La cafetería del Ministerio se está llenando cada vez más.
—Debe ser pasada la una —calcula Draco, viendo a su alrededor.
—Nos quedan unas seis horas hasta que el Ministerio cierre —declara Hermione, y sin esperar respuesta, se para de su asiento para volver a dirigirse al departamento de Misterios.
Draco, sin pensarlo demasiado, la sigue nuevamente, tomándole la mano, aunque no está seguro si es para tranquilizarla o para tranquilizarse él.
Las horas pasan, ellos siguen siendo ignorados y se quedan sin opciones. No hay nadie que les pueda decir porque su amigo está dos semanas retrasado y tampoco a quién más le pueden preguntar. Ni siquiera el jefe de aurores les puede dar una respuesta, porque les explica que el departamento de inefables es una rama completamente separada de la suya.
Derrotados, Hermione y Draco abandonan el Ministerio.
—¿Quieres ir a cenar? —propone Draco.
—Estoy muy cansada como para ir a comer —contesta Hermione.
—Pidamos algo para llevar, entonces.
Hermione se queda helada. Draco no pude hablar. Es la misma conversación que tuvieron años antes, cuando estaban en la misma situación; ambos saben cómo acabó esa noche.
—Creo que lo mejor sería que nos fuéramos a dormir temprano —dice Hermione —Mañana podemos llegar al Ministerio antes de que sea el cambio de turno y tal vez alguien se muestre dispuesto a ayudarnos.
—Se oye como una buena idea —contesta Draco, agradecido por no tener que hacer mención de la incomodidad.
Una parte de él quiere hacerlo. La parte emocional de su ser quiere recordar aquella noche, quiere que hablen sobre ella, quiere revivirla. La parte racional de su cerebro le dice que es mala idea y que lo que debe hacer es irse a su casa. Está vez, gana su parte racional.
—Nos vemos mañana —se despide de Hermione.
Ella se va a su dormitorio pensando en lo que pudo ser y no fue. En la gran conexión que ha tenido con Draco desde que se conocieron, en la atracción que sintió por él desde que era una adolescente y en el amor que le tiene desde no sabe qué momento. En como nunca tuvieron un buen momento para explorar la posibilidad que representaban, en como su historia ha estado ahí siempre, escribiéndose, sin nunca llegar a concretarse. Ella cree estar enamora de él, pero ¿es realmente amor si siente exactamente lo mismo por otra persona?
Mientras toma una ducha piensa en lo que fue y no pudo ser. Su noviazgo con Harry fue un romance juvenil. Fue fugaz, inesperado y le vino a revolucionar el mundo. Durante los meses que estuvieron juntos, ella estaba segura de que había encontrado "el amor": ese que te prometen en los libros que va a durar para siempre.
La manera en que terminaron pudo haber sido devastadora, si no fuera porque estaban sufriendo por la muerte de Ron, algo mil veces más doloroso y devastador. Cualquiera pensaría que después de tantos años, ya lo habría superado, pero incluso después de pasar un año sin hablarse, de tener que volver a reconstruir su amistad y de volver a pasar mucho tiempo juntos, sabe que lo ama.
Lo que no le había quedado claro, hasta estas semanas sin poder estar con él, es que también está completamente enamorada de él. Que pesadilla.
Tal vez sea porque al tenerlo siempre disponible, no se había dado cuenta de cuanto lo necesita. O quizá sea que la distancia le está jugando chueco y está intensificando los sentimientos que siempre ha tenido pero que había procurado enterrar en lo más fondo de su ser durante los últimos años.
Sin estar segura de cuál de las dos opciones es la correcta, Hermione se mete a su cama e intenta dormirse. Tiene sueños extraños, donde voces entran y salen recordándole lo mala persona que es. Dónde Harry desaparece para siempre y donde Draco le dice que lo tiene harto. Dónde una voz conocida le repite que lo mejor que podría hacer es irse, alejarse de ambos y dejarlos en paz. Una voz que le dice que va a terminar sola y merecido se lo tiene, porque durante toda su vida no ha sido otra cosa que egoísta.
Mientras se revuelve con las sábanas, e intenta encontrar una mejor posición, oye una voz a su lado.
—Recuérdame que coloque mejores hechizos de seguridad.
Hermione abre los ojos y ahí está Harry, parado al lado de su cama, todavía vistiendo su túnica de inefable, con el cabello más revuelto que nunca y con unas ojeras que son visibles aún en la oscuridad de la noche.
—Vine en cuanto me liberaron del servicio —comienza a explicar —Pensé que ambos estarían aquí, probablemente dormidos, por eso me aparecí silenciosamente. En serio necesitas mejores hechizos de protección, cualquiera podría…
Hermione no espera a saber lo que podría hacer cualquier persona que lograra meterse en su habitación. Se echa a los brazos de su amigo, como tantas veces lo ha hecho, pero en lugar de esconder su cara en su cuello, lo comienza a besar con la intensidad con que sólo puede hacerlo alguien que vuelve a besar a su amor juvenil después de años sin hacerlo.
Si a Harry lo sorprenden las acciones de su amiga, no lo demuestra. Corresponde al beso con la misma intensidad y cuando la castaña comienza a quitarle la túnica, lo único que siente es alegría de haber regresado y poder estar con ella. Después de que la pijama de la chica caiga al suelo, la toma entre su brazos y la recuesta sobre la cama, colocándose entre su piernas y buscando entrar en ella, como sólo lo había hecho una vez antes, cuando ambos tenían dieciséis años y él no tenía idea de lo que estaba haciendo.
Volver a estar con ella, después de tantos años, fue una experiencia que no se esperaba. No fue ni remotamente parecido a su primera vez, ni tampoco parecía la misma chica. Harry se alegró. Obviamente no era la misa chica de dieciséis años, ahora era una mujer de veintitrés, que sabía lo que quería y como conseguirlo. Él tampoco era el mismo. Él ahora era un hombre que se atrevía a recorrerla, a explorarla, a acariciar, besar y tocar, buscando la mejor forma para darle placer.
—Te amo —susurra Hermione, recostada sobre el pecho de Harry, a punto de quedarse dormida.
—Te amo —contesta Harry, acariciándole la espalda, contemplando la oscuridad, convencido de que no iba a poder dormir, aunque lo intentara.
Apenas un par de horas después, los toquidos de la puerta interrumpen su sueños. Hermione se despierta, sintiendo un déjà vu tan intenso que no sabe si reír o llorar. Busca algo que ponerse y le lanza la túnica que hace unas horas le había quitado a Harry, antes de encontrar su pijama debajo de la cama.
—Es Draco —dijo mientras se la pasaba por la cabeza —Se supone que íbamos a ir al Ministerio a seguir preguntando por ti.
Sin esperar respuesta, se dirige a la entrada de la habitación. Confirmando que ambos están decentemente vestidos, abre la puerta.
—¿Algo? —saluda Draco, dándole otro té que lleva nuevamente en un vaso desechable.
—Alguien —contesta sonriendo Hermione, mientras se hace un lado para que ambos magos puedan verse.
Pocas veces en su vida, Harry ha sabido exactamente lo que otra persona siente y piensa.
Esta es una esas ocasiones. Sentado en la cama de Hermione, viendo a Draco parado en el marco de la puerta, supo todo lo que pasaba por su cabeza; era lo mismo que él había pensado dos años antes, cuando había encontrado a sus amigos en la misma posición que él se encontraba ahora.
En aquella ocasión, cuando Harry había sido quien los había "descubierto" en esa posición, lo primero que había querido hacer había sido golpear a Draco. Había roto la regla implícita de "no mires, no toques, no hagas" que tenían con respecto a Hermione desde que se habían vuelto a hablar.
Lo segundo que había querido hacer, esa sencillamente darse la vuelta y alejarse lo más posible de ambos: física y mentalmente hablando. No quería verse de nuevo en la situación de tener que perdonarlos, de tener que tragarse su orgullo y su enojo, porque ellos lo habían traicionado de la manera más ruin posible. No se creía capaz de hacerlo de nuevo.
Entonces recordó que técnicamente, la vez pasada no lo había hecho; no había tenido la oportunidad de hacerlo. Tenía minutos, literalmente, de haberse enterado que su novia y su mejor amigo se habían besado cuando se enteró de la muerte de Ron.
El shock había sido tan fuerte (para los tres) que borró inmediatamente cualquier problema que pudieran tener. Se tuvieron que aferrar los unos a los otros para no perderse en el dolor del duelo. Aferrarse a su amistad, fue aferrarse a la vida.
Harry lo comprobó cuando dejaron de hablarse al salir de Hogwarts. Ese año que pasó sin ellos, fue el peor de su vida. No poder escucharlos, verlos, reír con ellos, pelearse con ellos, pasar tiempo juntos… fue lo que le hizo volver a juntarlos.
Porque había sido su decisión mandarles la nota para citarlos.
Había sido su decisión aquel jueves, cuando volvieron a encontrarse y aquella mañana, cuando ignoró lo que había hecho Draco, aprovechando su ausencia.
Ahora la decisión dependía de su amigo.
Y Draco también lo sabía. Este era otro de esos momentos en que todo podía estallarles en la cara o podían seguir fingiendo, seguir intentando, seguir luchando por su amistad.
Tomando su decisión, Draco entró a la habitación, pasó al lado de Hermione sin verla y le dio un golpe a Harry, directamente el pecho.
—Vuelve a espantarnos de esa manera y te voy a rastrear hasta el fin de la tierra sólo para matarte yo mismo —le dice, antes de darle un rápido abrazo.
Cuando comienzan a hablar, tan tranquilos como siempre, Hermione suelta el aire que había estado aguantando desde que abrió la puerta. Pone una sonrisa en su rostro y vuelve a meterse en el personaje que ha creado durante los últimos años, en la que es la amiga de ambos.
La primera vez, Draco inició todo, ella le siguió el juego y Harry los perdonó.
Ahora, la segunda, había sido ella quién lo había iniciado, con Harry siguiéndola y Draco perdonándolos.
Hermione está segura de que si ocurre una tercera vez, completamente será la vencida.
Pero como todavía no es momento de preocuparse por eso, cierra la puerta y va a unírseles, feliz por estar reunidos de nuevo.
