Me encaramé al muro del castillo y comprobé que no hubiera soldados a la vista. Todo parecía despejado y en calma a mis alrededores. Con el corazón latiendo a mil por hora, me prometí que no volvería a hacer una travesura así, mientras me mentalizaba del lío en el que podría meterme si me pillaba alguien.

Sin embargo, lo hacía por una buena causa. No tenía muchos amigos en la aldea, y solía pasar mi tiempo dando de comer a los animales de la zona o intentando acercarme a ellos. Aquella mañana, mientras alimentaba a los gatitos que rondaban el castillo, había observado a un pajarillo caer desde un árbol cuyas ramas descendían sobre el patio interior de la fortaleza.

Me sentía inquieta ante la posibilidad de que los gatos lo encontraran una vez finalizado su tentempié, indefenso en el suelo, por lo que me apresuré a localizar al pajarillo mientras seguían ocupados. Oteé desde lo más alto de la muralla, y logré visualizar la figura del ave justo debajo de mi… Al lado de una figura humana, de la cual no había percibido su presencia.

Tenía un hermoso cabello plateado, que descendía como una cascada por la espalda del individuo. Esa persona sostenía al pajarillo entre sus manos, y alzó la vista para encontrar de dónde provenía el animal.

En ese momento, nuestros ojos se encontraron y salí huyendo despavorida e intimidada por esa mirada. Se trataban de los ojos más hermosos que había visto en mi vida. Esos iris dorados lograron cautivarme tanto que rompí una y otra vez la promesa que me había hecho a mí misma de no volver a tratar de colarme en ese castillo.

Sentía mi cuerpo pesado y los ojos se encontraban aún hinchados por el llanto de la noche anteior. No recordaba haberme quedado dormida, pero me hallaba perfectamente envuelta dentro del futón. Volteé a mirar a mi izquierda para encontrarme con que estaba sola, tal y como esperaba.

Clavé la mirada en el techo y traté de repasar los eventos de la noche anterior. Definitivamente, Sesshomaru y yo teníamos una conversación pendiente, ¿pero sería posible confrontarle directamente? Supuse que solo había una forma de averiguarlo, por lo que, aunque sentía todo mi cuerpo entumecido, me obligué a ponerme en pie y a vestirme para afrontar el día.

A pesar de todos mis esfuerzos por encontrarme con él, mi esposo se había asegurado de mantenerse ocupado para evitar tener tiempo a solas conmigo durante todo el día. Cruzamos un par de palabras e interacciones, vacías y superficiales, pero yo seguía notando la intranquilidad en lo más profundo de su mirada. Aunque él nunca estaría dispuesto a admitirlo, por supuesto.

Al caer la noche, estaba convencida de que Sesshomaru tardaría hacer acto de presencia por la alcoba que compartíamos, si es que se dignaba a hacerlo. Por lo tanto, apenas cesó la actividad bulliciosa en los pasillos de palacio, me aventuré a deambular en busca de mi esposo. Intranquila por las sombras tenebrosas que proyectaban las débiles luces, me apresuré a salir al jardín interior, donde la luz de la luna llena bañaba las rocas, los matorrales y el lago.

El paisaje se me hacía conocido, por lo que me alejé del cobijo que me brindaba el edificio y me acerqué al muro que me separaba del exterior. Mis ojos divisaron las ramas de un árbol que asomaban por encima de la muralla. Estaba segura de que debía de tratarse del lugar de mis recuerdos, donde me encontré con el señor Sesshomaru por primera vez, por lo que seguí acercándome, guiada por la nostalgia.

A medida que me aproximaba a mi destino, logré distinguir una figura humana apostada en lo alto del muro, camuflada entre las sombras proyectadas por las ramas del árbol. Tenía una rodilla flexionada y la otra pierna colgaba, oscilando suavemente. Apenas tuve tiempo de alarmarme, ya que reconocí de inmediato aquellos ojos que me observaban desde la oscuridad, como un animal que vigila en silencio a aquellos seres que pudieran perturbar su calma.

- ¡Señor Sesshomaru! – Exclamé.

- No hagas tanto ruido. -Me espetó- Vas a despertar a todo el mundo. No deberías estar fuera a estas horas.

- Le estaba buscando, mi señor.

Desvió su mirada hacia el edificio principal, mientras trataba de igual manera, dirigir la conversación hacia otros temas:

- Deberías descansar en la alcoba, el aire es muy frío esta noche. -No tanto como tu actitud hacia mí, querido, pensé amargamente.

- El futón se me antoja más gélido aún si usted no está conmigo. ¿Volvemos juntos? -Le sugerí con una sonrisa, entrelazando mis dedos por detrás de mi espalda. No quería que notara mi nerviosismo.

Observé cómo posaba sus ojos en mí de nuevo. Me atravesó con su mirada mientras decía:

- ¿Aún no eres consciente de lo peligroso que es tenerme a tu lado?

Fruncí el ceño y crucé los brazos bajo mi pecho, pensativa. Era cierto que no me había parado a sopesar los peligros de los que tanto me advertía, ya que a pesar de todo yo seguía anhelando su atención, como siempre había hecho. ¿Realmente cambiaban tanto la situación un par de colmillos y unas garras?

- No entiendo por qué insiste en que es peligroso a estas alturas. Yo nunca le he visto atacar a nadie, y usted siempre ha sido un demonio, ¿no? ¿Acaso gana algo con la muerte de algún ser humano?

Sesshomaru descendió con un movimiento elegante y se plantó a un paso de distancia de mí. Tenía una expresión aparentemente serena, y no había ningún rastro en su rostro de las marcas púrpuras que había contemplado la noche anterior.

- Por supuesto que no gano nada, humana insensata. Como si una vida de los tuyos fuera más valiosa que la de un miserable insecto.

- ¿Entonces cuál es el problema? -Pregunté con genuina curiosidad. No terminaba de comprender qué pasaba por su cabeza. - ¿Por qué ibas a matarnos a todos ahora?

- Mi presencia supone un peligro exclusivamente para tu vida, Rin. -Confesó con gravedad, de forma casi amenazadora.

Su respuesta me confundió aún más, si cabía. ¿Acaso nadie más sabía de su condición, y temía que pudiera correr la voz? ¿Se trataba de una advertencia para que mantuviera mi boca cerrada?

- No pienso decir a nadie sobre su secreto, señor Sesshomaru. Puede confiar en mí.

El rostro de Sesshomaru comenzó crisparse, como si estuviera perdiendo la paciencia.

- Voy a ser claro contigo, porque parece que no entiendes en absoluto la situación en la que te encuentras. -Me mostró sus afiladas garras, en un gesto intimidante, aunque luché con todas mis fuerzas para no inmutarme, para demostrarle por encima de todo que no le tenía miedo. – Durante todo este tiempo, no he tenido ninguna dificultad para ocultar mi aura y mi apariencia demoníaca. Sin embargo, desde la primera vez que te vi, tu olor me enloquece y temo perder el control. -Ante mi cara de desconcierto, Sesshomaru agregó – Se trata de mi deseo por ti, que como ya pudiste comprobar, que desencadena sin remedio mi transformación. Por eso pudiste ver mi verdadera apariencia bajo esta fachada de ser humano.

Quizás me estaba equivocando, pero lo que había descrito era lo más parecido a una declaración de amor que había escuchado en mi vida. Comencé a sentir mi cara arder, probablemente por el rubor que se había extendido por mis mejillas.

- ¿Quiere decir entonces que sí me desea como esposa, señor Sesshomaru? -Pregunté en buscar de confirmación, incapaz de ocultar mi sonrisa.

- Quiero decir que el deseo sexual desata mis instintos primarios como demonio. Podría destrozarte con tanta facilidad como…

Pero yo ya no estaba escuchando sus analogías. Sentía mi corazón rebosar de felicidad mientras me perdía a mí misma en la visión de sus hermosos cabellos reflejando la luz de la luna, el brillo de sus ojos que clavaban su mirada en la mía, y la perfecta forma de sus labios que seguían pronunciando un discurso que no podría importarme menos en ese momento. Tan sólo podía flotar en la burbuja de felicidad en la que estaba segura de que el señor Sesshomaru me am…

- ¿No me estás escuchando, humana impertinente? -Me espetó con brusquedad, sacándome de mi ensimismamiento.

- ¡S-sí que le estaba escuchando! -Tartamudeé, tratando de ocultar la obvia verdad. – ¡Pero tengo una idea para poder resolver este inconveniente! -Anuncié, llena de orgullo.

Ahora quien se encontraba visiblemente confuso era él. Alzó una ceja en señal de clara desconfianza.

- ¿Cómo que tienes una idea?

Tomé la mano de Sesshomaru entre las mías y le di un suave tirón.

- Volvamos dentro, y se lo enseñaré.

A pesar de no parecer muy convencido, mi esposo me siguió sin rechistar. Una vez llegamos a nuestra alcoba, nos sentados sobre el futón, uno frente al otro. Yo arrodillada y sentada sobre mis talones, él con las piernas cruzadas delante de sí, escrutándome con sus ojos ambarinos.

No estaba segura de cómo debía exponer mi idea para no ofenderlo, pero sentía era mejor comunicarle mis intenciones antes que actuar sin decir nada, en caso de que pudiera ponerse a la defensiva.

- Necesito que confíe en mí. -Expuse, estirando mis brazos lentamente hacia su torso - ¿Puedo retirar su obi?

Sus pupilas comenzaron a dilatarse, y su expresión se suavizó, liberando parte de la tensión que traía acumulada tras nuestra conversación.

- Adelante.

Tomé un extremo del cinturón y tiré con suavidad para deshacer el nudo que aseguraba la parte superior de las ropas de mi señor. Con este gesto, asomaron porciones de su piel de porcelana, atrayendo mi mirada, desde el pecho hasta la parte superior de su abdomen. Traté de mantener mi atención en las acciones de mis temblorosas manos.

- Ahora tiéndame sus brazos, por favor.

El rostro de Sesshomaru en este punto reflejaba curiosidad genuina por mis acciones, y me tendió sus extremidades superiores sin rechistar, con las palmas hacia arriba. Su kimono se remangó casi hasta los codos, permitiéndome descubrir unas marcas púrpuras en sus antebrazos, idénticas a las que cruzaban sus mejillas la noche anterior.

Estiré la tira de tela que sostenía entre las manos, y rodeé con ella las muñecas de mi esposo, observándole con cautela mientras trataba de realizar un nudo resistente, pero que no oprimiese de manera excesiva. Pensé que se opondría en algún punto, pero sorprendentemente se dejó hacer sin hacer ninguna objeción.

- Si inmovilizamos sus garras, - Comencé a explicar para llenar el silencio de la habitación, que estaba comenzando a incomodarme. – no tendrá que preocuparse por clavármelas de nuevo sin darse cuenta. -Yo no había notado ningún dolor la otra vez, pero ya que parecía tan consternado por los surcos rojos que había dejado en mis costados y caderas, esperaba que este remedio le permitiera quitarse una preocupación de la cabeza.

Tan pronto como terminé de hablar, la boca de Sesshomaru se curvó en una expresión de consternación.

- ¿En serio crees que esto va a evitar que alguna parte de mi cuerpo se hunda en ti?

- B-bueno, yo… -Balbuceé, sobresaltada y excitada a partes iguales por su comentario con doble sentido- Sólo deseo que pueda tener intimidad conmigo sin tener que preocuparse por hacerme daño de nuevo. -De nuevo, la vergüenza que me provocaba verbalizar referencias a asuntos tan sugerentes, hizo que no pudiera evitar sonrojarme.

Mi esposo asintió en silencio y se miró las muñecas por unos segundos, seguramente barajando sus opciones. Yo rezaba porque estuviera conforme con mi propuesta, ya que no quería pensar en la posibilidad de que me apartase de su lado.

- Y bien, ¿qué vas a hacer ahora? -Me retó con un tono de voz sugerente. - ¿Acaso vas a intentar seducirme?

Sesshomaru me observaba expectante, atento a todos mis movimientos por una razón que poco tenía que ver con la cautela. Podía sentir su deseo en sus ojos y el tono aterciopelado de su voz, haciendo que mi cuerpo se moviera como un resorte para cumplir con sus expectativas. Tratando de no tropezar, me coloqué entre sus piernas y apoyé mis palmas sobre su pecho para acercarme a darle un beso. Apenas nuestros labios se rozaron, sentí su húmeda lengua deslizarse sobre mi boca, juguetonamente, provocando que mi corazón diera un vuelco.

- ¿P-por qué ha hecho eso…? – Le pregunté, aún algo sobresaltada por su inesperado asalto.

- Ya te he dicho que te deseo, humana incrédula. -Seshomaru alzó con brazos, y los pasó por encima de mi cabeza para rodear mi cuerpo y atraerme hacia él con firmeza. – Y estoy teniendo la deferencia de cooperar contigo para comprobar si tu "solución" es útil o no.

Sus piernas se enroscaron a mi alrededor y desapareció toda la distancia que separaba nuestros cuerpos. Mi pecho presionaba contra el suyo, cálido y reconfortante, y mi nariz rozaba su mentón.

En fondo de mi corazón, sentía como si estuviera poniéndome a prueba de alguna manera que no terminaba de comprender, pero no era fácil comprender en qué línea estaban orientadas sus intenciones, ya que me encontraba muy abrumada por sus atenciones y lo receptivo que se había vuelto al respecto del contacto físico. Si bien me deleitaba la sensación de encontrarme envuelta en sus brazos, una recóndita parte de mi cerebro estaba comenzando a alarmarse peligrosamente. Ese impulso nervioso me advertía que no era normal la facilidad con que podría aprisionarme contra su cuerpo, y algo me decía que no sería fácil para mi escapar, si me lo propusiese.

De forma incontrolada, noté cómo comenzaba temblar ligeramente. A pesar de encontrarse maniatado, era consciente de que Sesshomaru distaba mucho de ser inofensivo. Había una extraña presión en el aire que me hacía sentir claustrofóbica, asfixiada y estaba comenzando a sucumbir a un pánico absolutamente irracional.

- Señor Sesshomaru… -Logré balbucear, alzando el rostro. Las marcas de su rostro habían vuelto a aparecer, y sus ojos se habían teñido de color rojo, a excepción de sus iris azules- No sé muy bien qué está haciendo, pero está intentando asustarme, ¿verdad?

- ¿Eres consciente de tu propio temor ahora que te ves dentro de la boca del lobo, esposa mía? -Su tono era provocador, casi burlesco. – Esto es lo que provoca mi deseo, ya te lo había advertido.

Cada vez me sentía más convencida de que estaba poniendo a prueba mi determinación, o incluso tratando de alejarme de nuevo por sus propios miedos.

- No es cierto. Ayer usted no emitía… esta sensación tan… Maligna.

Eso es. Daba la sensación de que estuviera liberando algún tipo de energía demoníaca para aterrorizarme y demostrarme que sí le temía. Pero yo sabía que no era cierto, mi señor Sesshomaru no era esa criatura tan aterradora por la que estaba tratando de hacerse pasar. Sólo quería demostrarse a sí mismo que era un ser monstruoso y que no merecía ningún tipo de afecto. Yo no era la persona que estaba aterrorizada por esta situación.

Desde la boda, quien había evitado el contacto físico y la implicación emocional era él. Quien no se fiaba de sus propios instintos. Quien temía la posibilidad de lastimarme. Quien, en lo más profundo de su corazón temía ser rechazado por su verdadera identidad, era él.

Escuché el sonido de una tela al desgarrarse, y Sesshomaru pasó sus garras por mis costados y omóplatos, hasta posarlas sobre mi nuca.

- ¿Realmente pensabas que un ridículo pedazo de tela podría mantenerte a salvo?

Batallé internamente por controlar el temblor de mi cuerpo y sostuve su mirada, con la mayor firmeza que pude.

- Por supuesto que no. Lo que me mantiene con vida es la confianza que tengo en usted. Sé que no tiene ninguna intención de hacerme daño. Sin embargo, usted teme que yo sí pueda lastimarle.

- ¿En qué universo una frágil y enclenque humana como tú podría siquiera soñar con herirme? Cuida tu insolencia.

Parecía que Sesshomaru pretendía seguir con su farsa hasta que yo me rindiese, ya que él era incapaz de enfrentarse lo que más temía: que le rompieran el corazón. Sabía que ninguna de mis palabras sería capaz de romper su fachada acorazada.

Sólo se me ocurría una cosa que pudiera hacer. Acurruqué mi cabeza en su hombro y me abracé a él, cerrando los ojos. Su cuerpo se tensó como un arco, mientras yo pronunciaba las siguientes palabras:

- Está bien, señor Sesshomaru. En ese caso, acabe conmigo, porque no pienso separarme de usted. Si tanto detesta mi presencia, arrójeme con todas sus fuerzas fuera de esta habitación, porque yo no tengo ningún motivo para huir. Confío ciegamente en usted.

El silencio reinó en la sala. El aura asfixiante comenzó a diluirse poco a poco, borrando el estado de pánico al que estaba siendo sometido mi cuerpo. Respiré profundamente, relajando mis músculos y sintiendo en mi mejilla la calidez del cuerpo de mi esposo. Se había quedado inmóvil y sin palabras. Finalmente, dejó caer sus brazos a ambos lados de su cuerpo y clavó la vista en el techo, en señal de derrota.

- Espero que no te arrepientas de tus palabras, Rin.

Era lo más cerca que estaría de que recociese su miedo.

- Confíe en mí. Como yo confío en usted. – Planté un suave beso en su mejilla.

Sesshomaru apoyó sus labios contra mi sien y no dijo nada más. Parecía agotado.

Pensé que podía tratar de ayudarle a relajarse, necesitaba dejarse llevar y que su mente pudiera estar en paz. Me incorporé y deslicé las mangas de su kimono por sus brazos con delicadeza, dejándole desnudo de cintura para arriba.

- Túmbese, amo Sesshomaru. Le noto muy tenso. Mi madre siempre decía que soy buena dando masajes.

Parecía que su cabeza se sentía en conflicto ante mi oferta, pero finalmente aceptó y se echó boca abajo sobre el futón, con la cabeza ladeada hacia la derecha. Debía sentirse muy exhausto como para intercambiar ninguna palabra conmigo o intentar rebatirme siquiera. Con cuidado, y tratando de no dejar caer todo mi peso sobre él, me senté sobre su zona lumbar y me incliné para retirar su abundante cabellera plateada de su espalda.

Apoyé las palmas de mis manos sobre sus hombros y comencé a masajear con mis pulgares aquellas zonas que parecían más tensas. Era la primera vez que podía apreciar cada detalle de su cuerpo con detenimiento, y me parecía la criatura más hermosa del universo. Todos y cada uno de los firmes músculos que rozaba con mis manos ocultos bajo su piel tenían una textura y apariencia completamente humana. Me sentía maravillada por delicioso tacto de su piel y las hermosas vistas de las que estaba siendo testigo. La perfecta curva de su hombro, la afilada línea de su mentón y un perfil que parecía esculpido por los mismísimos dioses…

- Rin. – Me llamó, haciendo que detuviese lo que estaba haciendo en el acto. – Quítate de encima.

Obedecí sus instrucciones y esperé a que se incorporase. Sus facciones se encontraban a medio camino entre su forma demoníaca y su forma humana, con las franjas púrpura apenas perceptibles en la penumbra. No parecía del todo relajado, y tenía una expresión inescrutable en el rostro.

- ¿No le agradan los masajes, mi señor?

- No esperarás que pueda permanecer quieto mientras huelo cómo crece tu deseo hacia mí.

El pudor ascendió por mi cuerpo hasta colorear mis mejillas.

- ¿C-cómo qué olor…?

- Tengo el olfato muy sensible, y puedo percibir cómo te estás excitando con solo mirarme y tocarme, Rin.

- Lamento mucho si he podido ofenderle, mi amo. -Traté de excusarme, avergonzada por mi incontrolable deseo. – Le prometo no tenía ninguna intención oculta al…

En esta ocasión, fue él el que calló mi retahíla de excusas con un beso. Rodeó su cintura con sus brazos y me atrajo hacia él, con una delicadeza tal que parecía tener miedo a romperme. Por otro lado, sus labios presionaban los míos con necesidad y urgencia, como si fuera incapaz de contener sus emociones por más tiempo.

Parecía querer entregarse, pero a la par seguía desconfiando de sí mismo. Tomé una resolución en ese momento, y me deshice de mi obi velozmente para volver atar las muñecas de mi esposo, esta vez por detrás de su espada. Él me observaba con sus ojos dorados, perplejo, pero no hizo ningún amago de oponer resistencia. Noté como lanzaba miradas furtivas hacia mi pecho en mitad de su confusión, descubierto casi por completo dado que no existía ninguna pieza que mantuviera mis ropajes en su sitio.

- Aún no he podido comprobar si mi teoría tiene algo de validez, ¿me permite comprobarlo? – Susurré con el tono de inocencia más dulce que disponía.

Por un segundo, pareció quedarse sin aliento, y las marcas moradas de su rostro se acentuaron hasta hacer pleno acto de presencia.

- Está bien. – Esa autorización era toda la que necesitaba por su parte.

No estaba muy segura todavía de cómo complacer a mi marido, por lo que opté por replicar las cosas que me habían gustado a mí. Me incliné para morder suavemente su cuello. Él me dedicó una mirada de soslayo.

- ¿Intentando devorar a un demonio, pequeña humana?

Sonreí.

- Sólo un poco, no se preocupe. – Contesté, y tracé un camino de mordisquitos y chupetones en dirección a su hombro.

En este proceso, le escuché jadear en varias ocasiones. Me deleité colmando su clavícula y su pecho de besos, a la par que acariciaba sus costados y su espalda con mis dedos. Su respiración seguía agitándose, pero me frustraba no ser capaz de hacerle gemir. Necesitaba contemplar esa expresión de placer que se me había negado la vez anterior.

Me alejé unos centímetros para observarle. Tenía los labios entreabiertos, dejando ver parcialmente sus colmillos. Su pecho bajaba y subía rítmicamente siguiendo el compás de sus latidos, y sus brazos se encontraban echados hacia atrás, donde se encontraban cruzados a la altura de sus muñecas. Esa imagen logró excitarme y hacerme sentir una opresión en mi bajo vientre, que supe que el podría percibir. Ese pensamiento, de hecho, me encendió incluso un poco más.

- ¿Ya te has cansado de jugar a torturarme? – Me inquirió, y no se molestó en tratar de ocultar su impaciencia en su tono de voz.

¿Cansarme? Ni siquiera había conseguido empezar a divertirme con él, a disfrutar de sus reacciones. Me mordí el labio, recorriendo su cuerpo con la mirada, analizando todos los pasos que él había empleado la última vez para darme placer. Posé la mirada en su erecto miembro, que pujaba por ser liberado de las prendas que lo oprimían.

- Aún no he terminado, señor Sesshomaru.

Deshice el nudo que ayudaba a la prenda a permanecer pegada a su cadera, y acto seguido tiré de ella hacia abajo para dejar su miembro al alcance la vista. Era la primera vez que tenía la oportunidad de… Contemplar un… Su…

Traté de superar el shock inicial de verlo por primera vez empleando la técnica que me enseñó la última vez, por lo que lo agarré con una de mis manos y comencé un suave vaivén. Alcé la vista para contemplar su rostro y sus reacciones. Mi esposo cerró los ojos lentamente, con las pestañas batiéndose delicadamente, como el aleteo de una mariposa. Jadeaba y exhalaba suspiros de placer, pero yo necesitaba algo más, necesitaba ver cómo el placer inundaba su rostro.

Recordé que le gustaba con más fuerza y más rápido. Me esmeré en mi trabajo manual.

- Rin, deberías pa… rar

Entonces pude admirar la belleza de su rostro, con los ojos cerrados, incapaz de contener el gemido por más tiempo. Experimenté una de las sensaciones más satisfactorias que, sin duda, había sentido en mi vida, lo que me animó a seguir manteniendo el ritmo.

A cada sonido de placer que emitía, yo me sentía excitada y más recompensada por mi buen trabajo. Me preguntaba si sería capaz de hacerle terminar de aquella manera, mientras me mordía inconscientemente el labio…

- Basta, Rin.

Apenas escuché esas palabras, me encontré tumbada contra el suelo, con los brazos a ambos lados de la cabeza, inmovilizados por las fuertes manos de Sesshomaru. No sabía en qué momento se había liberado de las ataduras de sus muñecas, pero no parecía haber sido un problema deshacerse de ellas. Me encontraba frente a la mirada de sus ojos, teñidos de azul y rojo en esta ocasión.

- Vas a… -Jadeó- conseguir que… pierda el control, m-mujer… insensata.

Por algún motivo, esa advertencia desató mi curiosidad y despertó una faceta descarada de mí misma con la que no estaba familiarizada.

- ¿Y qué sería lo peor que podría pasar, señor Sesshomaru? ¿A qué se refiere con "perder el control"?

Mi esposo acercó su boca a mi oreja para morder suavemente el lóbulo, antes de susurrar directamente en mi oído:

- Me refiero a… Tomarte de la forma más brusca y animal posible.

Sonaba peligroso a la par que tentador, sin duda. Tanteé su muslo en busca de su miembro para comprobar de primera mano qué podría suceder, pero me detuvo bruscamente.

- No me querrás negarme el placer de disfrutar de tu cuerpo, ¿verdad? – El tono de su voz, ronca y llena de necesidad en mi oído me estaba haciendo enloquecer, pero ni en sueños se me ocurriría rechazar nada que él me pidiera.

Dejé que juntara mis manos sobre mi cabeza, donde las sostuvo con firmeza por las muñecas mientras inclinaba el rostro hacia mi pecho, y apartaba los trozos de tela que cubrían mi cuerpo con la mano que tenía libre. Trazó un recorrido de besos a lo largo del contorno de uno de mis pechos, acabando en el pezón y lamiéndolo con la punta de su lengua. Acto seguido, se introdujo la punta rosada en la boca y la succionó con suavidad antes de dejarlo libre. Su otra mano acariciaba y masajeaba el pecho que tenía desatendido en ese momento.

No sentía que fuera justo que él lograra hacerme gemir con mayor facilidad que yo a él, pero no podría reprimir mi voz bajo esa dulce tortura la que estaba sometiendo a mi piel. Era simplemente irresistible. La excitación llegó a acumularse tanto entre mis piernas que no pude evitar alzar mis caderas hacia él en forma de súplica.

- A-aquí también se req-quiere d-de su atención, a-amo… -Le rogué entre jadeos y deliciosos escalofríos.

Se hizo de rogar unos segundos más, que siguió lamiendo y mordisqueando mi pecho, cuando sentí unas garras deslizarse entre mis muslos, hasta alcanzar el triángulo de vello entre mis piernas. Apenas hubo tanteado mis pliegues exteriores, no tardó en introducir un dedo en mi vagina, que parecía más que complacida con la visita. Una descarga de placer inesperado me hizo exhalar un gemido en forma de chillido, que Sesshomaru trató de ahogar cubriendo mi boca con la suya.

Su lengua atacaba la mía con fiereza, y cuando decidió liberarla pasó a lamer mis labios como si se tratasen del manjar más delicioso que hubieran probado en su vida. Mientras tanto, yo seguía gimiendo ante cada uno de los movimientos de su dedo en mi interior, presionando el punto concreto donde se acumulaba toda mi excitación. Cuando estaba comenzando a acostumbrarme a la sensación y a recobrar un poco de control sobre mi cuerpo, introdujo un segundo dedo que me devolvió al adictivo frenesí sexual.

El placer estaba escalando demasiado rápido, con demasiada intensidad. Tanto que incluso temía no poder soportarlo. Traté de liberar mis manos en busca de algo a lo que aferrarme para seguir anclada a la realidad, pero la mano con la que me tenía inmovilizada Sesshomaru no se inmutó lo más mínimo. Desesperada, terminé por replegar mis dedos formando puños, clavando las uñas en la piel de mi señor.

Él gruñó y le miré a los ojos, que habían vuelto a la normalidad. Sus bellas facciones indicaban que se encontraba perdido en la excitación del momento. Estiré mi cuello en busca de un beso, el cual me fue concedido con pasión. En ese momento, el ritmo que llevaban sus dedos en mi interior se volvió frenético, casi salvaje.

- P-pare, por… -Tuve que hacer una pausa, interrumpida por mis propios gemidos- favor… N-no puedo…

Aguantar más placer.

Sin embargo, mi esposo parecía confiar más en mi capacidad que yo misma. Introdujo un tercer dedo mientras me besaba, en un intento de que mis gritos no resonaran por todo el castillo. Me concentré en su boca, y en besarle, tratando de no dejarme llevar del todo por esa ola de éxtasis que no dejaba de crecer.

Sin embargo, supe que todos mis esfuerzos por huir de esa nueva y desconocida sensación habían sido en vano cuando mi cuerpo fue recorrido por millones descargas que partían del mismo punto que había sido provocado y estimulado hasta alcanzar su límite. Toda la tensión acumulada en mi cuerpo se derritió como la nieve al ser tocada por el sol, para acabar temblado de pies a cabeza. Mis gritos se fueron convirtiendo en débiles gemidos, mientras luchaba por recuperar el aliento.

Sesshomaru parecía disfrutar del espectáculo de mis reacciones, se había recostado a mi lado y me observaba sin decir una sola palabra. Noté como liberaba mis entumecidas muñecas de su agarre, y fui testigo de cómo se llevaba los dedos que habían estado en mi interior a sus labios para lamer mis fluidos. No dejó de mirarme fijamente a los ojos mientras lo hacía.

Consumida por la vergüenza y el pudor, auné las fuerzas que me quedaban para agazaparme y esconder mi rostro en llamas en su pecho, incapaz de mantener el contacto visual con él.

- N-no haga esas cosas mientras me mira de esa ma-manera… - Musité contra su cuerpo.

Sentí sus dedos acariciando mi cabello y cómo depositaba un beso en mi coronilla. La calidez que desprendía su cuerpo era tan reconfortante y acogedora que no pude evitar que mis párpados comenzaran a cerrarse. Estaban tan agotada después de todas aquellas sensaciones, que el sueño iba ganando terreno a mi consciencia.

- ¿No te atreverás a dormite sin dejarme alcanzar el clímax a mí también, Rin? No sabía que fueras tan injusta. – Me reprochó mi esposo, acariciando mi espalda desnuda, por debajo del kimono, con sus garras.

Tenía razón, aunque fuera tentador, no debía quedarme dormida aún. Me acababa de marcar como nueva meta hacer sentir a mi amado esposo la misma sensación que me había proporcionado él. Perezosamente, me retiré del cobijo de su cuerpo y me incorporé, sentándome sobre el futón para tratar de alejar el sueño de mi mente.

- Aún puedo seguir. -Le aseguré.

Él se puso en pie elegantemente y se deshizo de la parte inferior de su ropa, descubriendo ante mis ojos la totalidad de su cuerpo desnudo.

- Date la vuelta y ponte en cuatro. -Me ordenó.

Recordé cómo me había tomado la vez anterior, cuando aún me era negado observar su rostro. No entraba en mis planes perdérmelo de nuevo.

- No quiero estar de espaldas a usted esta vez. – Le respondí firmemente. Ante su rostro impasible, temí estar molestándolo con mis exigencias. – Siempre y cuando no sea inconveniente para usted…

Sesshomaru se sentó frente a mí con un suspiro, cruzando las piernas frente de sí. Sus ojos me recorrían de arriba abajo con impaciencia, un reflejo del autocontrol que debía estar ejerciendo para no abalanzarse sobre mí.

- ¿Y cuándo más vas a hacer esperar a tu señor?

Oh, ah, vale. Había aceptado. Sentía mi mente aún nublada, demasiado torpe para ser capaz de interpretar sus miradas y silencios. Me puse en pie, dejando atrás mi kimono, sujeto hasta ese momento a mi cuerpo únicamente por las mangas. Una vez me detuve frente a él con mi entrepierna a la altura de su rostro, me hizo sonrojar el hecho de recordar que el amo era muy sensible a mi olor.

Como no quería hacerle esperar más, apoyé mis manos sobre sus fuertes hombros para que mi cuerpo descendiera lentamente sobre él, permitiendo que me penetrase en el proceso. Se sentía duro y palpitante. No podía creer que hubiera estado a punto de quedarme dormida con su miembro en este estado.

Una vez me hube acomodado del todo sobre su regazo nuestros rostros se enfrentaban casi a la misma altura. Sus ojos parecían pedirme en silencio que les liberase de la tensión sexual acumulada. Siempre dispuesta a cumplir sus deseos, apoyé mis rodillas en el suelo para poder elevar mis caderas. Comencé a descender lentamente, sintiendo cómo mi interior temblaba con la deliciosa fricción. Quizás aún me encontraba demasiado sensible por la explosión de placer que había experimentado. Apenas podía moverme, capturada por mis espasmos y gemidos de placer.

En ese momento, Sesshomaru se encargó de tomar mi trasero con sus manos y comenzó a hundirse y salir de mi interior a su antojo. Agradecía su iniciativa dado que yo me encontraba incapaz de seguir por mis propias fuerzas, pero la sensación de su agarre en mis caderas y las constantes penetraciones me estaban llevando al límite de nuevo, y no era lo que yo quería. Necesitaba poder transmitirle esta sensación a él.

Lo besé, y mordí su labio inferior para tirar de él con suavidad. Me miró, jadeando y con los ojos rojos. Parecía que le gustaba ser mordido. Iba a repetir la misma acción con su labio superior cuando mi esposo se puso en pie, conmigo en brazos y nuestros cuerpos aún fusionados.

Se dirigió sin dudar a la pared que se encontraba de espaldas a mí, y con sus brazos pasando por debajo de mis rodillas, comenzó a embestirme sin piedad contra la fría superficie. Cerré los ojos, gimiendo sin control, era la primera vez que le sentía tan profundo, tan dentro de mí. Mis talones rozaban sus hombros en cada penetración a un ritmo vertiginoso.

El sonido de sus roncos gemidos me acompañaba en mi espiral hacía el orgasmo, por lo que me dejé llevar, sintiendo que estaba cumpliendo con mi misión autoimpuesta.

- Mírame. – Me pidió, con la voz entrecortada por el placer. Abrí los ojos para encontrarme con su mirada – Observa lo que… Me haces…

Su discurso fue interrumpido por su propio clímax. Noté como arañaba mis omóplatos, en un intento por atraer mi cuerpo más hacia él. Yo observaba hipnotizada su rostro entre mis piernas, contraído por el placer el orgasmo, dando unas últimas y débiles estocadas en mi interior, donde vertía toda la excitación acumulada durante la noche.

Este cúmulo de estímulos fueron suficientes para que yo me deshiciera, en un clímax menos intenso, entre temblores y gimoteos de placer.

Una vez se hubo recompuesto un poco, mi esposo me tomó en brazos y me depositó en el lecho, justo a su lado.

En esta ocasión no luché contra el impulso de cerrar de los ojos, y me dejé vencer por el agotamiento. Sin embargo, pude sentir cómo Sesshomaru plantaba dulces y delicados besos sobre mis hinchados labios, mientras me estrechaba entre sus brazos y mi consciencia se iba desvaneciendo.