Hacía un día precioso, pensé fijándome en los rayos de sol que se colaban a través de la ventana. Finalmente habían llegado las flores que había encargado, y ya tenía planeado en qué parte del jardín que se iban a colocar. Las había de distintos los colores: blancas, rojas, amarillas, e incluso algunas violetas. Lo cierto era que mis favoritas eran las flores de tonos blanquecinos, me recordaban al cabello del Señor Sesshomaru.

Habían transcurrido algunos días desde el incidente con Miroku, y la rutina parecía haberse instalado para quedarse. Esa normalidad en sí no se trataba de nada malo, pero implicaba no pasar casi ningún momento a solas con mi esposo. Al parecer, un percance con un demonio que escupía fuego había echado a perder varias cosechas en la zona, lo que había provocado que el Señor del castillo estuviera muy ocupado tratando de balancear las cuentas por los gastos de reparación y organizando el despliegue de guardias para mantener la situación bajo control.

En todo ese caos, los más perjudicados estaban siendo los aldeanos. Asustados, algunos habían huido de sus casas y habían pedido cobijo en el palacio, el cual había sido denegado rotundamente. Otros habían perdido su medio de sustento con la cosecha y vagaban en busca de algo que llevarse a la boca. Los asaltados y la delincuencia también habían aumentado por este motivo.

No era justo que solo unos pocos viviéramos cómodamente al margen de todas las desgracias aislados dentro de aquellos muros, pensaba con amargura. Lo sabía muy bien porque no hacía tanto que yo vivía totalmente sola en una diminuta cabaña abandonada, comiendo lo poco que podía recolectar en el bosque o, los días que tenía suerte, las sobras que recibía de algún vecino que se apiadara de mi situación.

Tratando de mirar el lado positivo de las cosas, pensé que hacía varias lunas ya que yo no pasaba hambre ni frío. Tampoco estaba sola, como antaño. Sabía que no era nada justo para el resto del mundo, pero me reconfortaba el hecho de haber sido rescatada de las desoladas calles de la aldea.

Mientras terminaba de confeccionar mis planos con las indicaciones de cómo debía ser dispuesto el jardín, una criada con un lunar en la barbilla se acercó a mí.

- Conque aquí estaba, Señora. – La joven me sonrió. Debía de tener más o menos mi edad.

- ¿Pasa algo, Kasumi?

Estaba siendo algo complicado, pero intentaba recordar el nombre de las doncellas que trabajaban conmigo habitualmente. Ella era una de las sirvientas que me había lavado y arreglado el cabello en el día de mi boda, por lo que a ella la recordaba con claridad.

- Los mozos del jardín preguntaban si ya tenía los planos listos.

- Estoy a punto de terminarlos. – Le mostré mi progreso. – En breve saldré a entregárselos.

En el fondo, me sentía un poco hipócrita cuando mi máximo deber era organizar la disposición de las flores en mitad del contexto violento que se vivía en las en los poblados aledaños.

- Los avisaré entonces. – Respondió Kasumi, con una amplia sonrisa. – Creo que animará un poco el ambiente estos días tener esos hermosos lirios en el jardín.

- ¿No piensas que sea un capricho estúpido? – Pregunté, en busca de apagar mínimamente mi sentimiento de culpa.

- Seguramente los habrá que lo piensen así, mi Señora. Sin embargo, creo que cuando todo esto pase, van a poder apreciar su gesto de mejor grado.

No estaba segura de a qué bando pertenecía su opinión, pero tampoco sabía si quería averiguarlo. La despedí con una sonrisa y tras dedicarme una reverencia, se marchó con paso acelerado. Seguramente también tendría muchas cosas que hacer.

Repasé mis indicaciones sobre los planos una vez más, asegurándome de que todos los puntos estaban bien claros, tal y como yo quería. Enrollé los documentos con cuidado y los sellé con una cinta roja, haciendo un nudo. Ahora solo faltaba entregárselos a los mozos del jardín. Salí del archivo, que se había convertido en uno de los lugares favoritos para concentrarme dentro de palacio, sin nadie a mi alrededor. Recorrí los pasillos con paso tranquilo. Se respiraba calma allí dentro, aunque se pudiera escuchar el ajetreo de los sirvientes de fondo. Allí nunca sentía que estaba sola, con tantas personas trabajando en palacio.

En mi recorrido hacia el exterior me di cuenta iba a pasar cerca de la oficina donde estaría trabajando Sesshomaru. Podía hacer un pequeño desvío para saludarle, echaba de menos su rostro esos días. Me dirigí hacia la puerta tras la que debía estar mi esposo y descorrí el shoji discretamente.

Efectivamente, se encontraba frente a su pulcro escritorio como de costumbre. Llevaba el cabello recogido en una elegante coleta alta, que dejaba caer sus hermosos cabellos blancos como una cascada de nieve sobre sus hombros. No tardó en notar mi presencia y dirigir su mirada hacia mí.

- ¿Rin? ¿Qué te trae por aquí? – Preguntó, visiblemente extrañado.

Entré al cuarto con timidez. La última vez que había entrado a aquella sala no había acabado muy bien, después de todo. Ninguno de los dos teníamos un buen recuerdo de aquello.

- Iba de camino a entregar unos documentos, - Mencioné mostrándole el pergamino en mis manos. – y me dieron ganas de verle. Está usted muy ocupado últimamente.

Sesshomaru se puso en pie y se acercó a mí. Colocó un mechón de cabello tras mi oreja mientras se inclinaba para susurrarme:

- Entonces has venido hasta aquí… ¿pero no necesitas nada de mí?

No habíamos vuelto a tener intimidad desde aquella noche en los baños por lo que su repentina cercanía provocó que me sonrojase. Ni siquiera durante las noches nos habíamos visto a solas ya que él se quedaba en vela, absorto en sus tareas hasta tarde, por lo que yo caía rendida ante el sueño mucho antes.

- Sólo… - ladeé el rostro para evitar que no pudiera observarme de forma tan directa, iba a notar cómo el rubor de mis mejillas aumentaba cada vez más – Le echaba de menos, mi Señor.

Su boca atacó el lóbulo de mi oreja, dando un suave mordisco y murmurando contra mi oído:

- En cambio, yo sí que llevo un tiempo esperando algo de ti, esposa mía…

Sentí un estremecimiento recorrer toda mi columna y le di la espalda por completo. A ese paso el enrojecimiento de mi rostro iba a extenderse hasta el cuello. No me había esperado que estuviera pensando en eso, dado lo atareado que se encontraba. Pero era cierto que no habíamos vuelto a tener a hacer el amor desde aquel pequeño percance. Ya no sentía dolor en los muslos, pero ni tan siquiera había considerado la posibilidad de vernos a solas de esa manera en aquella situación, era muy repentino…

- P-podemos vernos m-m-más tarde. Ahora m-mismo me están esp-pe-perando.

Ni siquiera estaba segura de que se estuviera refiriendo a eso. Tratándose del Señor Sesshomaru, podría tener algo más serio que tratar conmigo, y yo ahí que estaba aceptando lo que imaginaba que podía ser una proposición indecente.

El contacto de sus manos sobre mis hombros cortó el caótico hilo de mis pensamientos.

- Nos vemos entonces. – Dijo con un tono de voz aterciopelado. – Ven a mí cuando estés lista.

Sentí cómo desaparecía su agarre y retrocedía hasta su lugar de trabajo. Tomó su pincel y se volcó de nuevo en sus gestiones como si nada hubiera ocurrido. Yo, tratando de ocultar mi agitación, salí de allí con los andares más elegantes que pude hasta cerrar la puerta corredera tras de mí.

Ahora no podía dejar de imaginar escenas de su piel contra la mía. Ni siquiera entendía si tenía sentido que me pusiera nerviosa al pensar en esas situaciones. Se trataba de mi esposo, no era la primera vez que lo hacíamos y yo ya no era una cría inocente. Pero era su culpa, él sabía que provocaba ese efecto en mí y lo empleaba a propósito. Debía de disfrutar hacerme pasar momentos embarazosos.

Traté de calmar mis frenéticos latidos con un profundo suspiro, y me dirigí al exterior mentalizándome para comportarme como una Señora del castillo ejemplar. De alguna manera, logré mantener la compostura y aparentar ser una mujer competente delante de los mozos del jardín. Les expliqué en detalle todos los puntos expuestos en los planos, y parecieron francamente complacidos con mi criterio.

Esa interacción había agotado todas mis energías sociales, por lo que decidí darme el gusto de bañarme en completa soledad y tranquilidad. No se me daba bien del todo relacionarme con otras personas, y mucho menos mandarle o distribuir tareas, pero podía estar orgullosa de que lo estaba haciendo lo mejor que podía. Me froté el cuerpo concienzudamente mientras observaba mi reflejo en un espejo. A pesar de todas aquellas capas de exuberantes lujos de palacio y mi nuevo título, seguía siendo yo misma, una sencilla chica de campo. Escrutando mi imagen, me preguntaba qué podría encontrar el señor Sesshomaru de cautivador en mí. Eso seguía siendo un completo misterio.

Una vez me hube asegurado que mi piel estaba suficientemente suave y limpia, salí del baño para vestirme. Aún no me acostumbrada a la ostentosa seda, que pesaba mucho más que los yukatas de algodón que acostumbraba desde pequeña. Me cepillé el cabello hasta asegurarme de que no quedaba ni un solo enredo, y dudé si pintarme los labios de carmín. Al final, decidí que no me sentía en mi propia piel usando polvos y maquillaje.

Completado este proceso, volví a recorrer los pasillos de palacio. No tenía nada más que hacer de manera urgente en lo que restaba de día.

"Ven a mí cuando estés lista".

Las palabras de Sesshomaru resonaban en mi cabeza. La verdad es que en ningún momento había especificado cuándo podía ir, todo dependía de mí. No hacía daño probar, por lo que me encaminé hacia la oficina de mi esposo, sintiendo que todos a mi paso podían leer mis intenciones más íntimas, como si lo tuviese escrito en la frente.

Cuando accedí a la habitación, el demonio seguía en la misma posición en la que lo había abandonado rato atrás. No había ni el más mínimo rastro de cansancio o fatiga en él. Su mirada limpia se posó en mí, me recorrió de arriba abajo y noté cómo sus pupilas se dilataban.

- ¿Necesitáis algo de mí esta vez, mi Señora? – El tono de su pregunta era claramente sarcástico.

Él sabía de sobra por qué estaba allí, pero quería escucharme decirlo. Me paré frente a él, con el escritorio interponiéndose entre nosotros.

- He venido a verle, tal como prometí.

Esperaba haber sido suficientemente clara. Echó una mirada distraída a los documentos que tenía delante de sí.

- Si tienes algo importante que decir, no me hagas esperar más. – Comentó con desinterés. – Te recuerdo que estoy muy ocupado.

Parecía que quería jugar a fingir que no sabía nada hasta que yo tomase la iniciativa. ¿O genuinamente yo me estaba imaginando que me había propuesto algo de ese tipo?

"Ven a mí cuando estés lista".

Me convencí de que ese susurro en mi oído no podía significar ninguna otra cosa. Iba a participar en su retorcido juego, como venganza por hacerme sonrojar siempre. Me acerqué a él con el paso más elegante, rodeando la mesa y me agaché a su lado, tomando su cabello entre mis dedos. Deshice la coleta en la que tenía recogido el pelo, y lo liberé dejando que cayera por su espalda. Él me observaba con perspicacia, vigilando mis movimientos. Acerqué mi rostro al suyo antes de susurrar:

- Venía a decirle que el cabello suelto le favorece mucho más, mi Señor.

Sabía que no había nada más estúpido que hubiera podido decir en esa situación, él se mostró sorprendido por mi ocurrencia. Esperé unos interminables segundos a que él contestara.

- ¿Te parece un comentario de máxima prioridad ahora mismo? – Me cuestionó, con sus labios casi rozando los míos. Definitivamente, estaba interesado en aquel juego y no le estaba robando su preciado tiempo.

Cuando Sesshomaru estaba a punto de besarme, me retiré y me puse en pie. Lo observé de reojo mientras me dirigí a la puerta.

- Tiene razón, disculpe, tiene cosas mucho más importantes que hacer ahora mismo…

Se escuchó un sonido muy similar a un latigazo, tras el cual noté como si cuerpo era completamente inmovilizado en un instante. Mis brazos estaban pegados a mis costados y no podía separar las piernas. Pude observar una especie de hilo con un resplandor verdoso envolviéndome.

- ¿A dónde crees que vas? – Preguntó con un tono de voz firme, imponente.

Me volteé con pasos cortos para mirar a Sesshomaru, quien se encontraba de pie y con el brazo derecho extendido hacia mí. El haz de luz verde que me había capturado provenía de su dedo índice. Era la primera vez que me mostraba ese poder. ¿Tendría muchos más que yo desconocía?

- Te he hecho una pregunta, Rin.

Había olvidado mi papel por un segundo. Me recompuse del asombro para de recuperar mi personaje.

- Pensé que tendría cosas más importantes que atender, por eso me iba. – Me costaba mucho actuar con indiferencia cuando la presión que ejercía contra mi pecho y mi cintura se iba aumentando por momentos.

"Ojalá me arrancase la ropa en este instante". No, yo no había pensado eso.

- Por supuesto que tengo cosas más importantes de las que ocuparme. Por eso mismo no puedo permitir que te las marches con ellas.

Noté un olor a humo que provenía de justo debajo de mis fosas nasales. Eché la vista hacia abajo y fui testigo de cómo mis elegantes ropajes se deshacían al contacto con el látigo que me envolvía. Parte de mi cintura y mis pechos fueron expuestos con gran rapidez.

Antes de que pudiera rozar mi piel, el hilo de luz desapareció. Cuando alcé la vista un instante después, me encontré con los ojos ambarinos de Sesshomaru frente a mí. Se había acercado con tal velocidad y sigilo que apenas me había podido dar cuenta de que se había desplazado. Traté de cubrir mi desnudez con las manos, en un movimiento casi inconsciente. A pesar de la pudorosa sensación de estar siendo desprendida de mis ropas de aquella manera, me encontraba con una presión proveniente del interior de mi vientre que iba en aumento. Mi propia vergüenza parecía potenciar la excitación que sentía.

- Desnúdate, Rin. – Me ordenó con voz aterciopelada.

Asentí, incapaz de articular una palabra y dejé caer mi kimono a mi alrededor, dejando que la tela se deslizara por mis brazos hasta caer al suelo. Alcé la barbilla, en un intento por acercarme a su boca, pero él permaneció impasible, no se inclinó para besarme.

- ¿Has venido porque me deseas?

Aquello parecía un interrogatorio.

- Así es. – Admití, todavía algo tímida.

- Quiero que me lo demuestres. – Dijo, clavando sus ojos en mí.

Parpadeé, sin entender.

- ¿Qué es lo que quiere que haga?

Él dio un paso atrás.

- Quiero que me enseñes cuánto me deseas. – La aclaración ayudaba, pero no terminaba de entender qué tenía que hacer. – Tócate delante de mía.

Finalmente comprendí su petición. Me había salido el tiro por la culata. No solamente había frustrado mi intento de venganza a través de la fingida indiferencia, sino que para rematar iba a pasar más vergüenza todavía. Un plan lleno de maldad, digno de un demonio como él.

Se quedó observándome expectante mientras mi mano descendía hasta cubrir el triángulo de vello entre mis piernas. No me había masturbado en demasiadas ocasiones, pero había aprendido mis preferencias gracias a las veces que mi esposo me había tocado, por lo que confié en que podría apañármelas.

Sin despegar los ojos de él, comencé a acariciar mis labios exteriores, separando las piernas. Estudiando su expresión, percibí cómo las marcas moradas de su rostro comenzaban a intuirse. No era un mal comienzo. Probablemente su sensible olfato estaba jugando un papel importante en su excitación. Eso jugaba a mi favor.

Busqué entre los pliegues mi clítoris y lo rocé con suavidad. Aún no estaba muy sensible. Traté de tomarlo entre mis dedos, pero era muy complicado si permanecía de pie. Decidí cambiar de posición, tumbándome en el suelo boca arriba y exponiendo mis piernas abiertas al señor Sesshomaru. Esperaba que la vista fuera suficientemente estimulante. El mero hecho de estar mostrándome de aquella manera me estaba haciendo humedecer.

Aun así, él no mostró ninguna reacción. Seguía observándome sin inmutarse.

Decidí no darme por vencida todavía. Humedecí mis dedos dentro de mi boca para que fueran en búsqueda de mi punto más sensible. Esta vez, lo encontré sin dificultad y lo presioné ligeramente. Un escalofrío me recorrió el cuerpo, a la vez que se me escapaba un gemido. Escuchar mi propia voz me estaba excitando también. Necesitaba que mi esposo me ayudara a calmar aquel deseo cada vez más acuciante.

Tomé mi clítoris entre mis dedos índice y pulgar, mientras el anular tanteaba mi entrada sin llegar a introducirse. Mi respiración se volvió agitada, comencé a jadear y a emitir gemidos en voz baja. Entre toda aquella actividad coordinada, una parte de mi cerebro aún tenía capacidad de concentración suficiente para buscar de muestras que evidenciaran que a Sesshomaru le gustaba lo que presenciaba. Sus amplios ropajes no permitían comprobar la prueba más obvia, pero las franjas de sus mejillas se hacían cada vez más nítidas. Además, no apartaba la vista de mi intimidad, cautivado.

Sólo tenía que provocarlo un poco más, ¿no? Me volteé para colocarme en cuatro, mostrándole mis nalgas. Dejé caer la cabeza sobre el tatami y, mirando hacia un lado, introduje los dedos anular y corazón en mi interior, sin dudar. Jadeé. Apenas comencé a mover mis dedos los gemidos acompañaron mi ritmo. Traté de recrear los movimientos del señor Sesshomaru, imaginando que era él quien masturbaba de aquella manera. Me estaba dejando llevar, pero necesitaba más intensidad. Quería que él me llenara por completo, ¿acaso no tenía suficiente todavía?

Un dedo más largo que los míos se introdujo en mi interior, sumando un total de tres en ese momento. Me mordí el labio para no permitir dejar salir de mi garganta los ruidosos gemidos que provocaban nuestros movimientos.

- No deberías hacer eso frente a mí, Rin. – Murmuró mi esposo. Se movió en mi interior. – Sabes que es peligroso.

- Quiero que… me tome c-con tanta fuerza como desee, m-mi Señor… - Logré articular entre gemidos.

Su dedo salió de mí, y yo le imité, sacando mis dedos. Entonces él apretó mis nalgas con fuerza. Su nivel de excitación debía de ser similar al mío. Mi confesión debió de haberle complacido también. Sesshomaru se colocó encima de mí, alineando su cadera con la mía, acercando su boca a mi cuello.

- Me temo que vas a tener que esperar. – Respiró contra mi nuca. – Si te tomo ahora volverás a quedar indispuesta por unos días.

Noté cómo dejaba caer su peso sobre mi espalda, mientras sus manos se dedicaban a explorar las formas de mi cuerpo. Sus garras recorrieron mi cintura, mis costados y ascendieron hasta mis pechos. Jadeé, restregando mi trasero contra sus caderas. No quería que me siguiera haciendo esperar de aquella manera.

- P-por favor… - Supliqué, endulzando a propósito el tono de mi voz.

Tomó mi barbilla con una de sus manos y se inclinó sobre mi oído para susurrar:

- Aún no.

Jamás imaginé que una negativa podría producirme tanta expectación. Sus dedos comenzaron a acariciar mis labios con delicadeza, yo los besé. Entonces, uno de ellos se introdujo inesperadamente en mi boca. Mi primer instinto fue capturarlo entre mis dientes. Él no se resistió. No estaba segura de si funcionaría, pero lo empecé a lamer como si se tratase de su miembro, una ofensiva pensada para provocarle y hacerle perder la compostura.

Escuché cómo exhalaba un suspiro a mis espaldas. Me emocionaba no estarle dejando impasible. Sin embargo, no perdió la oportunidad para jugar sucio y mordió mi cuello, haciéndome gemir. Su lengua ascendió hasta el lóbulo de mi oreja, donde sopló suavemente. La sensación fue deliciosa. Volví a insistir, presionando con mis caderas y succionando su dedo. Sentía su dureza entre mis nalgas, por lo que estaba segura de que terminaría por rendirse ante una proposición tan tentadora.

Sesshomaru me agarró de los codos para girar mi cuerpo y colocarme boca arriba, aprisionándome contra el suelo. Me encontré con sus ojos amarillos clavados en mí, cargados de deseo, y su transformación en demonio completada, con todos los cambios en su rostro perfectamente visibles. Se inclinó sobre mí y mordió mis labios con suavidad, para recorrer posteriormente mi lengua con la suya. Traté de liberarme del agarre de sus poderosos brazos, pero fui incapaz. Quería tocarle, sentirle y tenerle más cerca. Dado que no tenía ninguna otra opción, rodeé su cintura con mis piernas y tiré de su cuerpo hacia mí. Él detuvo nuestro apasionado beso para reprenderme:

- Sí que eres impaciente, humana.

En un gesto de compasión, mi esposo se irguió liberándome de su agarre para desabrochar el nudo que mantenía su pecho cubierto por el hakama. Acto seguido, se deshizo de la parte inferior de su ropa, quedando desnudo casi por completo. Jamás dejaba de sorprenderme su desnudez, por mucho que lo contemplase. Era demasiado hermoso. Sus robusto pecho y piernas, sus anchos hombro y su vientre plano, por mencionar solo algunos de las partes de su cuerpo que me fascinaban.

Mi esposo no se hizo de rogar más. Ya me había torturado suficiente con la espera. Con un preciso movimiento, me penetró mientras sujetaba mis caderas. Mi gemido fue más sonoro de lo que yo misma había anticipado. Arqueé la espalda, producto de un delicioso estremecimiento. Por fin le estaba sintiendo dentro de mí, aliviando mínimamente mi excitación acumulada.

- Rin, - me llamó el Señor Sesshomaru. – te recuerdo que las paredes son delgadas. No te recomiendo ser demasiado ruidosa, si no quieres que te todo el mundo se entere de lo que estamos haciendo ahora mismo.

Me cubrí la boca con las manos de inmediato. No había considerado para nada la posibilidad de que alguien pudiera oírnos. Me esforcé por contener los gemidos mientras él salía y entraba lentamente. La fricción me hacía sentir escalofríos de puro éxtasis. Su rostro mostraba el placer que sentía con sólo la forma en la que me miraba, con la mandíbula tensa y los labios entreabiertos, de los que asomaban sus colmillos.

- Más… deprisa… por favor. – Le alenté, deleitándome entre espasmos, separando las piernas aún más.

Dio un par de estocadas a mayor velocidad, pero se detuvo en seco tan pronto como a mí se me escapó un gemido sonoro. Me miró alzando una ceja.

- No puedo seguir si haces ruido. No quieres que nadie más te escuche, ¿no?

Asentí y aseguré de nuevo mis labios con las palmas de mis manos. Comenzó a moverse lentamente. Me estaba desesperando su método de tortura. Me ahogaba en la necesidad imperiosa de que me tomase con fuerza para poder calmar mi deseo. Estiré los brazos para atraerle hacia mí, tomándole de los hombros.

- Por favor… - Musité. – Hágalo… más rápido… Se lo… ruego…

En ese punto ni siquiera el pudor podría frenarme. Apenas me importaba si alguien escuchaba mis gemidos. Sesshomaru se apoyó sobre las palmas de sus manos, sujetando mis brazos a ambos lados de mi cabeza.

- Tú lo has pedido. -Sentenció.

Las embestidas de Sesshomaru se volvieron más salvajes, y justo cuando iba dejar escapar un grito cubrió mi boca con la suya. Mis estruendosos gemidos y chillidos morían en sus labios, haciendo que apenas fuesen audibles fuera de la habitación. Mientras me hacía el amor con fuerza, abracé sus caderas con mis piernas. Necesitaba que fuera más profundo, más fuerte.

Todo mi ser comenzó a temblar con el primer orgasmo. En ese punto, él ya estaba tan sumido en su disfrute que no iba a detenerse. Ya no sabía si estaba gimiendo de forma muy ruidosa si alguien podría escucharme, todos mis sentidos estaban concentrados en sus embestidas, que seguían golpeando rítmicamente el núcleo de mi placer.

De esa manera, noté cómo me sacudió un segundo orgasmo y cerré los ojos con fuerza, sólo sintiendo, entre temblores, que mi esposo se hundía en mí una última vez. Se quedó parado unos segundos, con la respiración pesada, jadeando por el esfuerzo realizado. Abrí los ojos y le observé, jadeante. Sus ojos entreabiertos parecían apenas mostraba el amenazador color rojizo. Empleé las fuerzas que me quedaban para incorporarme y besarlo castamente en los labios.

Amaba a ese hombre. Amaba a ese demonio, fuera lo que hubiera sido en el pasado.

Tras el beso, mi esposo retrocedió para ponerse de pie y me escrutó de arriba abajo, como si me estuviera evaluando. Seguí la dirección de su mirada.

- ¿Te duele en alguna parte, Rin?

Mi cuerpo no presentaba ningún arañazo ni marca aquella vez. Aparte del entumecimiento y agotamiento, no sentía nada más. Le dediqué una sonrisa.

- Me encuentro perfectamente, señor Sesshomaru.

- Ponte en pie.

Le obedecí y volvió a recorrerme con su mirada.

- Está todo bien, se lo prometo. – Le aseguré con una sonrisa. – Salvo… bueno, ahora no tengo ropa que ponerme. – Mencioné, observando los jirones de mi kimono esparcidos por el suelo.

No podía negar me había gustado su forma original de despojarme de mi vestimenta, pero no era demasiado práctico. Me daba lástima pensar en la costurera que se había esforzado en dar forma a la prenda con tanto esmero para que acabase de forma tan lastimera. Sesshomaru se despojó su hakama y me lo colocó sobre los hombros, asegurándose de que cubría mi desnudez. El tallaje era demasiado grande para mí, me colgaba hasta la mitad de los muslos, haciéndome sentir como una niña robando las prendas de un adulto. La diferencia de tamaño fue aún más notable cuando deslicé los brazos en el interior las mangas. Sería necesario otro palmo más para que mis dedos lograran asomar al exterior. Aun así, me sentí muy agradecida con su intención y con el hecho de llevar algo suyo.

Mi esposo procedió a vestirse su mitad inferior, cubriendo desde sus tobillos hasta sus caderas. Parecía algo apresurado, aunque yo no entendía el motivo. De repente, se escuchó un golpe contra la ventana de la sala, como si se hubiera estrellado un ave, y se abrió de par en par. De allí asomó el duendecillo verde, de nombre Jaken.

- ¡Amo Sesshomaru! ¡Al fin le traigo…!

El pequeño demonio fue interceptado en el aire por las garras de Sesshomaru, quien lo arrojó al suelo para pisotear su cabeza. A juzgar por su expresión, parecía francamente irritado.

- ¿Me puedes explicar qué haces irrumpiendo con este alboroto en un lugar plagado de humanos, a plena luz del día? – Le reprochó con tono amenazador.

Jaken salió de debajo del pie de Sesshomaru y se apresuró a arrodillarse antes él para disculparse. No pude evitar dejar escapar una risa en voz baja. Por algún motivo, aquella interacción me resultaba más cómica que violenta.

- ¡Discúlpeme, Amo mío! ¡No quería perder ni un instante más para entregarle este fragmento de la perla Shikon, tal y como usted me pidió!

- ¿Perla de Shi… kon? – Pregunté mirando alternativamente a los dos demonios.

El duende verde pareció darse cuenta de mi presencia en ese momento. Se sonrojó y abrió los ojos como platos al analizar la situación en la que había irrumpido, con los dos a medio vestir, y a solas en la oficina.

- ¡N-no sabía que la señorita Rin se encontraría aquí también, discúlpeme! – La criatura volvió a hundir la cabeza en el suelo, arrodillándose frente a Sesshomaru.

Mi esposo me miró con seriedad.

- Es mejor para una humana como tú no saber nada al respecto. – Me advirtió con tono calmado y medido.

- ¡Eso! – le secundó Jaken. - ¡La perla de Shikon es un instrumento muy poderoso para una simple chiquilla humana com…!

El pequeño siervo de Sesshomaru fue acallado por el talón de mi esposo clavándose en su cráneo una vez más.

- Dame el condenado fragmento y lárgate de una vez, Jaken.

Con un ahogado sonido de asentimiento, el hombrecillo verde le tendió un diminuto pedazo de cristal que emitía un brillo violáceo. Recordaba haber visto algo parecido en manos el Señor Sesshomaru la noche que ocurrió el incidente de Miroku. Conque eran trozos de lo que llamaban la Perla Shikon. No tenía ni idea de cuál era su funcionalidad, pero tenía que admitir que desprendía unos destellos preciosos.

- Trae más fragmentos la próxima vez. – Le ordenó mi esposo a Jaken tras recoger el objeto que le tendía. – Y asegúrate de que nadie te sigue, no quiero a nadie en busca de la perla cerca de este lugar, ¿entendido?

- ¡F-faltaría más, Amo Sesshomaru!

Jaken asintió vigorosamente y se encaminó hacia la ventana de nuevo con paso decidido. Se giró un momento para dirigirse a mi:

- Cuídese también, señorita Rin.

Me sorprendió que se hubiera molestado en despedirse de mi después de sus comentarios sobre mí la última vez que nos vimos. Pensé que me despreciaba por ser una humana, o simplemente no le agradaba mi unión matrimonial con su Señor. Me alegraba que no fuera así. Le sonreí.

- Puede llamarse sólo Rin, señor Jaken.

Cuando nos hubimos quedado a solas, noté que Sesshomaru todavía parecía algo tenso por la situación. Sostenía el fragmento de la perla con el puño cerrado. Por la ventana entraba la cálida luz del atardecer. Me acerqué para cerrarla.

- Es un tipo interesante ese Jaken. -Dije con una risa, quitándole importancia a su repentina aparición.

- Es bastante impredecible e irritante a veces. – Artículo Sesshomaru con tono reprobatorio, recostando su espalda contra la pared. - Pero me es leal.

Ese último punto parecía suficiente importante como para concedérselo al pequeño demonio. Sus palabras también cargaban una soledad abrumadora.

- Yo también le seré fiel pase lo que pase, Señor Sesshomaru. – Le prometí, mostrándole mi dedo meñique. – Se lo prometo.

Mi esposo parecía confundido. No entendía por qué lo parecía esperar una respuesta al gesto.

- Cuando lo humanos queremos hacer una promesa muy importante, entrelazamos nuestros dedos meñiques como garantía de que jamás se romperá.

Estaba orgullosa de mi explicación. Era la primera vez que yo le enseñaba algo nuevo a mi esposo.

- Menuda tontería. – Respondió, poco convencido.

Pacientemente, me dirigí hacia él y tomé su mano, extendiendo sus dedos acabados en unas afiladas garras, para entrelazar mi dedo meñique con el suyo.

- "Promesa de meñique, - Comencé a recitar. – si miento me tragaré mil agujas…"

- Qué raros sois los humanos. – Musitó mientras yo hablaba.

- ¡" Y me cortaré el dedo"!

Con la separación de nuestros meñiques, la promesa estaba sellada.