Kasumi me peinaba el cabello frente al espejo. Me sentía embutida entre las capas de ropa para festejar del solsticio de verano. Ese año se celebraba también la alianza entre los señores feudales cercanos para acabar la crisis provocada por los demonios. Los desastres habían cesado, y los aldeanos estaban comenzando a recuperar sus hogares, por lo que se comenzaba a atisbar la vuelta a la normalidad.
A pesar del ambiente festivo, había sentido a todo el mundo en palacio tenso en mi presencia desde mi escapada. No solo habían volado los rumores al respecto de mi supuesta infidelidad, sino que, además, Taeko, la jefa de servicio que me reprendió severamente, había fallecido esa misma noche. La mayor parte de la gente lo achacaba a su avanzada edad, pero no eran pocos los que aseguraban que yo la había maldecido, que era una hechicera. No podía decir que no me hubiera sentido aliviada por no tener que volver a confrontarla, pero tampoco le había deseado ningún mal.
En aquellos momentos, se sentía muy incómodo y casi violento estar rodeada de doncellas que me acicalaban para tan célebre ocasión, cuando no eran capaz de mirarme a los ojos. Casi podía escuchar cómo cuchicheaban entre ellas cada vez que me daba la vuelta. La misma Kasumi parecía evitar mis ojos en el espejo. Terminó de confeccionar un delicado recogido, y lo aseguró con varias horquillas.
- Para terminar… Me ha dicho el Señor Sesshomaru que esto es un obsequio para usted.
De una pequeña caja lacada, la sirvienta extrajo un kamikazari para adornar mi cabello, con pétalos rojos y blancos, los mismos colores de mi kimono. Era la primera vez que Sesshomaru me regalaba algo, aunque hubiera preferido que me lo entregase él mismo.
- Es precioso, muchas gracias, Kasumi.
Me esforcé en sonreír. Ella me devolvió la sonrisa.
- Ya puede dirigirse al banquete, Señora Rin.
Sin muchos ánimos, me arrastré como pude hasta la sala ceremonial con varias criadas pisándome los talones. El kimono pesaba demasiado, hacía calor y se trataría de un milagro que llegase al banquete sin tropezarme con los bajos de la tela. Una vez hube llegado a mi destino, los guardas a ambos de la puerta me abrieron paso y pude contemplan la escena que se desarrollaba en su interior.
Un silencio incómodo flotaba en la sala tan pronto como accedí a ella. Todos los altos cargos militares, consejeros y médicos que se encontraban sentados delante de la mesa, junto con las doncellas del servicio se voltearon a juzgarme con su mirada tan pronto como aparecí. Definitivamente, no quería estar allí. Para mi alivio, había un par de ojos cuya mirada era mucho más dulce. Se trataba de mi esposo, vestido con unos ropajes ceremoniales de color morado, y el pelo recogido en un moño no muy distinto del mío. Aunque no resultase nada elegante, me apresuré a llegar hasta su lado con pasos corto y ligeros para tomar asiento delante de la mesa.
- Ahora que ya estamos todos, - Anunció Sesshomaru con tono solemne. – puede dar comienzo nuestro banquete por el solsticio. – Elevó una copa con sake y brindó. – Esta noche es por todos nosotros.
Ingirió el contenido de un solo trago, como si nada. Todos los hombres en la sala brindaron con él, y se deshizo el ambiente rígido de aquel lugar. Comenzaron a beber y comer mientras charlaban entre ellos, con grandes risotadas y comentarios subidos de tono. Sin embargo, parecía que ya nadie me estaba prestando atención, por lo que finalmente pude relajarme un poco.
- Estás muy hermosa esta noche. – Comentó Sesshomaru mientras me miraba de soslayo, con la copa de sake rozando sus labios. ¿Cuándo se había servido de nuevo?
Me recoloqué un mechón de pelo rebelde detrás de la oreja, en un intento de no darle importancia a mi rubor, solo tenía que tratar de actuar de forma natural. Era mi marido, después de todo.
- Es inusual poder disfrutar de la cena en su compañía, la situación no requería un atuendo menos exquisito.
Mi esposo esbozó una sonrisa ladina y se acercó para susurrar en mi oído:
- Tu vestido más exquisito es la desnudez absoluta, he de decir.
No podía contestar nada a ese comentario en público. Me sonrojé hasta las orejas y tragué saliva.
- Deberíamos comer algo antes de que la comida se eche a perder. – Dije para tratar de desviar el tema de conversación, aunque no sonaba demasiado convencida.
- Por supuesto. – Parecía muy orgulloso de sí mismo.
Tomé un sorbo de té y probé un bocado de sushi. Centrarme en el banquete sería la mejor solución, si no quería que me diera un ataque al corazón. Sesshomaru me ofreció un poco de sake.
- Nunca antes he tomado sake. – Le confesé.
- Puede ser un buen día para empezar.
Asentí y le di un sorbo. Tenía un sabor fuerte, noté cómo su calor recorría toda mi garganta.
- Es algo extraño. – Admití.
Sesshomaru volvió a rellenar mi copa.
- Es cuestión de acostumbrarse.
El buen humor de Sesshomaru desapareció tan pronto como se le acercó un consejero de palacio, informando que tenía un asunto que tratar con el Señor del castillo. A regañadientes, aunque con el rostro sereno, se marchó con él para cumplir sus obligaciones.
En el momento en el que me quedé sola volví a ser consciente de los murmullos y las miradas de los comensales que me rodeaban. Supe de inmediato que estaba demasiado sobria para soportar aquella tensa situación. Bebí la copa que me había servido mi esposo, y seguí tomando de la jarra de sake que había en la mesa. El mundo a mi alrededor se volvió más borroso, haciéndome sentir menos ansiosa. Ya me estaba acostumbrando al sabor. Cuando me iba a servir otra copa más, me di cuenta de que el recipiente estaba vacío. Pedí amablemente a una criada que pasó a mi lado si me podía traer más. Ella asintió en silencio, con la cabeza gacha.
Otra persona más que ni se dignaba a mirarme a la cara. Por suerte, no le di demasiada importancia, en el estado en el que me encontraba. Alcé el rostro en busca del Señor Sesshomaru, pero debía de haber abandonado la sala, pues no alcazaba a verle por ningún lado. En mitad de ese momento de distracción, sentí cómo caía sobre mi un chorro de agua fría, empapando toda mi cabeza y mis hombros. A juzgar por el olor, se trataba más bien de sake.
Me encontré con la fiera mirada de la sirvienta que tenía una jarra de sake vacía en la mano. Su aura severa y la forma de su boca me recordaban demasiado a Taeko. Si no me fallaba la memoria y la vista debido al alcohol, se debía tratar de Saeko, su hija.
- Perdóneme, mi Señora, ha sido un desliz.
El tono de su voz no tenía nada de sincero. Se estaba burlando de mí. O desafiándome. O tratando de vengarse porque creía que yo había sido la causa del fallecimiento de su madre.
Me levanté, con la mente todavía enturbiada por el alcohol, y sin darle un segundo pensamiento, abandoné la estancia. Necesitaba aire. Descompuse el rígido cruce de las solapas del kimono sobre el abdomen y eché a correr, sosteniendo mis faldas en alto, para salir de ese lugar asfixiante cuanto antes.
Totalmente descalza como estaba, me dirigí al jardín y me senté oculta tras unos arbustos, que habían sido decorados con flores amarillas por orden expresa mía. Luché por contener las lágrimas. No quería sentirme mal en un día de celebración, aunque no tuviese ningún sentido especial para mí. Si no podía estar al lado de las personas, me quedaría en compañía de las plantas de jardín, que no podían mostrar molestia alguna ante mi presencia. Estar al lado de las flores me tranquilizaba, después de todo, incluso en mi estado de ebriedad.
- ¿Qué haces aquí, Rin?
Silencioso como una sombra, Sesshomaru se encontraba de pie a mi lado. Seguramente había seguido mi rastro para encontrarme, por lo que no me extrañaba que mi escondite no hubiera surtido efecto con él.
- No me sentía a gusto allá dentro sin usted. – Le expliqué, evitando sus ojos.
Se agachó frente a mí. Debía sospechar que había algo que no le estaba contando. Olfateó el aire.
- Apestas a sake.
- He bebido demasiado, necesitaba algo de aire. – Mascullé.
Me estaba poniendo de mal humor, aunque se tratase de Sesshomaru. No quería hablar ni una sola palabra sobre el tema. Con infinita paciencia, él tomó asiento a mi lado.
- Si no me dices qué te pasa, no puedo hacer nada por ayudarte. – Dijo en un tono de voz suave.
Le observé, todavía embriagada. La luz de la luna llena iluminaba sus facciones y le hacía parecer un ser divino, como un delicado presente caído del cielo. Aun así, había algo en su aspecto que no me gustaba del todo, y no paraba de molestarme. Me arrodillé para tocar su cabello y liberarlo de las horquillas, de manera que cayó libremente por su espalda.
- Lo que pasa es que le sienta mejor el cabello suelto. Creo que ya se lo he dicho alguna vez.
Él no parecía aprobar mi actitud.
- Estás muy ebria, Rin. Si no te sientes bien, deberías retirarte a descansar.
- No me encuentro bien porque usted no me está haciendo el amor. – Le reproché, con tono infantil.
No me sentía dueña de mis palabras en ese momento. Sólo quería pensar en otra cosa, y el contacto con la piel de porcelana del Señor Sesshomaru era lo más apetecible que podía encontrar en el mundo entero.
- No pienso tocarte en este estado. Vámonos.
Su actitud conmigo era severa. Cuando mostró la intención de ponerse en pie, me abalancé sobre él y lo arrinconé contra el césped, apoyando mis manos a ambos lados de su cabeza. Sus ojos mostraban genuina sorpresa, no parecía acostumbrado a que lo asaltaran de aquella manera.
- Esto no está bien, Rin. – Me reprendió. – Si vas a desahogarte conmigo, preferiría que lo hicieras con palabras.
En ese momento me di cuenta de que tenía toda la razón. Estaba molesta con todo, en general, por lo que había bebido en exceso, y ahora estaba a punto de sobrepasarme con él, cuando no era culpable de nada. Me quité de encima suya y volvimos a la misma posición de antes, sentados el uno al lado del otro. Decidí sincerarme con él.
- Siento que todo el mundo en el castillo me odia. – Le expliqué, escondiendo el rostro entre mis rodillas. – Cuando usted se marchó, comencé a ser más consciente de sus miradas, de sus cuchicheos… - Me cubrí los oídos con las manos. – Sólo quería que todo eso se detuviera, que desapareciera. Empecé a beber porque parecía aliviar la situación, pero… Pero…
Perdí la fuerza por la boca mientras me desahogaba. Además, no parecía correcto delatar a Saeko delante de la persona que podría hacerle perder su trabajo, o imponerle algún castigo incluso peor. Ella no se había portado bien conmigo, pero podía entender que se sintiera mal por la muerte de su madre. Quizás le fuera más sencillo sobrellevar el duelo volcando su dolor en mí, aunque resultara terriblemente injusto.
- Da igual lo que hagan esos necios humanos. – Dijo Sesshomaru. – La única opinión que debería importarte es la mía.
Alcé la vista para mirarle. El alcohol debía de seguir haciendo efecto en mi cuerpo, porque sólo podía pensar en cubrir su boca con la mía cuando le miraba. Sus ojos dorados eran preciosos, brillando en la penumbra.
- Señor Sesshomaru… No sé si es por efecto del sake, ¿pero es normal que tenga tantas ganas de besarle?
Su rostro permaneció inalterable.
- No deberías hacer esas cosas cuando ni siquiera eres consciente de lo que estás diciendo.
- Pero sí que soy consciente…
- Tienes la cara roja, es obvio que has bebido demasiado, humana.
No sabía si iba a funcionar, pero le miré con los ojos más tiernos que pude mientras mis labios formaban un pucherito, destacando mi labio inferior:
- ¿No es obvio también que lo amo demasiado?
Suspiró con pesadumbre. Su mirada se volvió mucho más amable.
- Ni se te ocurra hacerme responsable de lo que hagas esta noche. – Seguía hablando en tono de reprimenda, pero había un deje de rendición en sus palabras.
No me podía creer que realmente hubiera funcionado. Sin salir de mi asombro todavía, me acerqué para subirme a horcajadas encima de él. Mis caderas rozaban las suyas. Temblando por la excitación, tomé su rostro entre mis manos y murmuré:
- ¿Usted desea esto también, Señor Sesshomaru?
- Te deseo siempre que tú lo hagas, humana caprichosa. – Respondió con la voz ronca.
Finalmente pude besar sus labios. Cerré los ojos, disfrutando de su sabor y la textura aterciopelada de su boca. Sesshomaru no parecía impaciente aquella noche, dejándose hacer mientras acariciaba mis caderas. Disfrutando del roce, sin necesidad de que nuestros cuerpos estuviesen más cerca. Sentía que me derretía a causa de su ternura y delicadeza.
Cuando nuestras bocas se separaron, permanecí unos instantes simplemente observando su rostro. Se había transformado. Estudiando sus marcas, concluí en que me gustaba mucho más su cara adornada con aquellas líneas de color púrpura, pertenecientes a su parte demoníaca, se sentía completo, lo hacían más él.
- Rin, - Me llamó mientras acariciaba mi mejilla. – tus ojos brillan mucho esta noche. ¿Por qué?
No fui capaz de contener una sonrisa de oreja a oreja, conmovida por su curiosidad.
- Porque estoy locamente enamorada de usted, Señor Sesshomaru.
Me atrajo hacia su cuerpo, rodeándome con sus brazos y hundiendo sus dedos en mi melena, para besarme.
- No entiendo las tonterías que dices, estás demasiado ebria.
Una corriente eléctrica pareció recorrer todo mi cuerpo con su contacto. Rodeé su cuello con mis brazos y enterré los dedos en su cabello. Todo se sentía más intenso esa noche: su aroma, el roce de su lengua, así como la tortuosa franja de aire y tela que aún separaban nuestros cuerpos. Cuando creí que su boca iba a liberar la mía, succionó mi labio inferior, provocando que de mi garganta saliera un sonido a mitad de camino entre un suspiro y un gemido.
- Estás muy sensible, por lo que veo. – Sus ojos refulgían, incapaces de ocultar el deseo en ellos.
Asentí ante sus palabras, completamente atontada. Solo me había besado y sentía muchísima necesidad. No tenía ningún sentido, ¿qué sustancia llevaba esa bebida? Ya lo averiguaría más adelante, pensé, ya que lo importante en ese momento era quitarle su ropa, y llegar a sentir su sedosa piel. Con algo de su ayuda, conseguí dejar todo su torso al descubierto. Puse las manos sobre su pecho. Estaba caliente, su corazón palpitaba con fuerza. Me di cuenta de que estaba jadeando con solo mirarlo.
Me aventuré a probar su piel y mordisqueé su cuello, desde justo detrás de su oreja, descendiendo hacia su clavícula. Su respiración se volvió más pesada. Posé mi trasero de forma poco discreta sobre su ingle para hacer mis comprobaciones. Se sentía duro y palpitante, supe que estaba tan listo como yo, pero hacía demasiado calor. Mi obi estaba demasiado apretado, no me permitía recoger todo el aire que necesitaba en mis pulmones. Sin embargo, no tenía cómo deshacerlo yo sola, pues mis manos no alcanzaban el lazo de mi espalda. Supuse que tendría que solucionarlo de otra manera. Tiré desesperadamente de las solapas de mi kimono que se cruzaban sobre el pecho, hasta conseguir dejar mis hombros y mi pecho al descubierto. El nudo pareció aflojarse un poco. Me encontraba mucho mejor de aquella manera, más liberada. Sesshomaru se quedó absorto, admirando mi piel desnuda por unos instantes, tratando de disimular su evidente interés.
Empujé el pecho de mi esposo y se quedó tumbado boca arriba, mirándome con expectación. Me incliné sobre él y volví a besarlo más intensamente, esta vez fusionando mi lengua con la suya dentro de su boca. Sesshomaru, notablemente complacido, tomó mis pechos entre sus manos y empezó a acariciarlos. Pellizcaba y tiraba de mis pezones con suavidad, haciéndome gemir contra sus labios. No pude refrenar el impulso de frotarme contra su entrepierna, descaradamente, sin ningún tipo de preámbulo.
Le sentí estremecerse. No tenía sentido hacernos esperar más, ¿verdad? Me incorporé y utilicé mis manos para tirar de su pantalón hacia abajo, liberando su miembro. Él leyó en mi rostro mi clara intención de montarme sobre él.
- ¿No te vas a lastimar si vas tan rápido? – Preguntó con dificultad, entre jadeos. Sus ojos se estaban volviendo rojos en ese momento. Debía de estar deseándolo tanto como yo.
- Ya no puedo esperar más, Señor Sesshomaru. – Le contesté, en un susurro cargado de deseo.
Tomé su erección y la coloqué en mi entrada para descender sobre él, sin vacilar. Cuando sentí que alcazaba un punto demasiado profundo en mi interior, me detuve de inmediato. Un latigazo de dolor me recorrió de arriba abajo, punzante. La nube que enturbiaba mi toma de decisiones comenzó a aclararse. Dolía. Esa posición propiciaba una penetración más profunda a la que estaba acostumbrada. Me revolví sobre él, algo incómoda. No tenía palabras en ese momento debido a la falta de aire, pero sabía no podía permanecer en aquella posición, era muy dolorosa. Quizás podía retirarme y pedirle que se colocara encima mía, pensé, de aquella manera no había dolido en ninguna otra ocasión…
Tan pronto como sintió mi intención de levantarme, Sesshomaru agarró mis caderas firmemente y me atrajo hacia él.
- S-Señor Seshomaru, yo… Necesito parar un momento.
Mi esposo incorporó su torso para quedarse frente a mí, con la mirada gacha, y rodeó mi cuerpo con sus fuertes brazos. No dijo nada, dando una estocada en mi interior con fuerza, provocándome otra punzada de dolor.
- Me… duele. – Admití, sintiendo las lágrimas asomar a mis ojos. - Quiero parar, por favor. – Le supliqué.
Sus manos alcanzaron mis hombros, y de repente sentí cómo sus garras se hundían en mis hombros sin piedad. Perdí el aliento, tratando de procesar el dolor, que comenzó a extenderse desde los omóplatos hasta alcanzar mis costados. Tensé la mandíbula, tratando de contener un grito.
- Me está haciendo daño, Señor Sesshomaru… - Insistí una vez más, apretando los dientes.
Sus uñas desgarraban mi piel con la misma facilidad que las pisadas dejaban su rastro en la nieve. No tenía voz para expresar el terror que estaba sintiendo. Me sujetó firmemente por la nuca para atraer mi torso hacia su rostro, mientras sentía cómo clavaba las garras en mi brazo izquierdo.
- Deténgase, por favor… - Volví a rogar.
Acercó su rostro a mis senos, y noté sus colmillos hundiéndose en mi carne. Dejé escapar un grito en aquella ocasión. Estaba comenzando a entrar en pánico, Sesshomaru no reaccionaba a nada de lo que le decía. Presa del terror, empujé su pecho con las palmas de mis manos para intentar alejarlo de mí, pero resultaba tan inamovible como una montaña. Entonces me agarró por las muñecas y me mostró su rostro, gruñendo ante mi resistencia. Su mirada era la de una bestia hambrienta, con los diminutos iris azulados sobre un fondo completamente rojo. Se relamió lentamente, con la visión enfocada directamente hacia mi cuello.
- Pare, …or fav... se lo… rueg… Esto n… es… usted… - Mi voz temblaba y me fallaba al hablar, debido al miedo que sentía.
No sentía fuerzas en las piernas para salir corriendo, y sus colmillos se acercaban peligrosamente a mi clavícula, no podía quedarme sin hacer nada… Mi instinto de supervivencia, con una capacidad de reacción extraordinaria, me dictó que echase la cabeza hacia atrás para tomar impulso y regresar hacia delante con toda la fuerza que pude, golpeando su frente con la mía.
- ¡Despierte, Señor Sesshomaru! – Grité, desesperada.
Supe que aquel golpe debía de haberme dolido más a mí que a él. Sin embargo, parecía haber funcionado. Había vuelto en sí. Sus ojos eran dorados una vez más y ya no sujetaba mis adoloridas muñecas. Su mirada reflejó un gran desconcierto al darse cuenta de mis heridas y mi expresión de terror. Se observó las garras, llenas de sangre. Su respiración era agitada. Su frente se encontraba bañada en sudor.
Inmediatamente alargó al brazo para recuperar sus ropas y la hizo jirones delante de mí. Los utilizó a modo de vendaje para cubrir las heridas sangrantes de mi cuerpo, tanto mi torso como mi brazo. Le dejé actuar libremente, congelada por el shock de lo que acababa de ocurrir. Noté su consciente esfuerzo por evitar, en la medida de lo posible, rozar su piel con la mía mientras cubría mis heridas. Más que sorprendido por lo que había ocurrido durante su inconsciencia, en aquel momento parecía resignado, como si le hubieran confirmado sus miedos. Por primera vez, comprendí hasta qué punto podía llegar a perder el control y hacerme daño. Fui consciente de que ni siquiera él mismo podía hacer nada para detenerse. De eso se trataba el peligro del que me había advertido en varias ocasiones.
Respiré profundamente, tratando de liberarme del trance. Logré recuperarme ligeramente.
- ¿Está bien, Señor Sesshomaru? – Pregunté en un hilo de voz.
- ¿Puedes levantarte? – Preguntó, metódico y distante.
Había ignorado por completo mis palabras. Debía de sentirse como un monstruo. Su mirada parecía tener escrita la palabra "Culpable" en ella. Negué con la cabeza.
- Necesito ayuda.
Unió con cuidado las solapas de mi kimono, en un intento de cubrir mi pecho y me tomó por la cintura para depositarme a su lado, arrodillada sobre el césped. Los surcos esculpidos con sus garras comenzaban a arder en mi espalda. Me dolía el pecho al verlo tan atormentado por lo que había hecho.
- Me pondré bien, se lo aseguro.
Su mirada se volvió dura y fría como el hielo.
- No intentes ignorar lo que ha pasado, Rin. Podrías haber acabado… mucho peor - Se puso en pie y se colocó los pantalones, hasta cubrirle justo por debajo del ombligo. - No me esperes esta noche, retírate a descansar.
Sus ganas de huir de aquella situación eran desesperadas.
- No le tengo miedo. – Le aseguré. – Podemos hablarlo, le esperaré despierta.
- Ni se te ocurra mentir diciendo que no me temes después de lo que ha pasado. – Me dio la espalda. - Necesito estar solo.
Sabía que con su sentencia había puesto punto y final a la conversación. Observé cómo su silueta se alejaba con su paso elegante y desaparecía en la oscuridad de la noche.
Yo aún seguía incapaz de moverme. No terminaba de asimilar lo que había pasado. ¿Por qué había ocurrido esa noche y no otras veces anteriores? Sesshomaru mostraba un autocontrol férreo y casi perfecto. Observé la luna llena que brillaba en el cielo. ¿Por qué aquella noche en concreto? No tenía ni idea de cómo iba a encontrar respuestas, ya que respecto a este tema estaba segura que mi esposo no iba a estar muy dispuesto a hablar. ¿O quizás sí, cuando se calmase? Resultaba impredecible en aquel punto.
Observé los vendajes que había realizado de forma improvisada Sesshomaru con la tela morada de su atuendo ceremonial. No podía sacarme de la cabeza su mirada de culpabilidad. No sabía cómo podía confortarle y ayudarle a perdonarse a sí mismo. Yo sabía que él era un demonio bueno, aquello sólo había sido un accidente, nada más. Los arañazos dolían y me palpitaba la cabeza por el golpe que le había asestado con la cabeza, pero no importaba, sabía que me iba a recuperar. No quería que mi relación con él cambiara. Todo iba a estar bien.
Con las fuerzas algo más recuperadas, me puse en pie con las piernas temblorosas, como las de un cervatillo recién nacido. Una vez hube asegurado mi equilibrio, traté de cubrir mi torso adecuadamente para evitar que dejara los vendajes a la vista, introduciendo la tela bajo el apretado obi. La parte superior del kimono tenía un aspecto decente, aunque el inferior estaba muy descolocado, dejando entrever una de mis piernas. Pensé que tampoco se iba a dar cuenta nadie de camino de vuelta a mis aposentos, ya que no se encontraba lejos. Además, todo el mundo dentro del castillo estaría ebrio a esas alturas, y podría cambiarme de atuendo en cuando llegase… Bueno, si es que podía desanudar ese obi sin ayuda, pero ya lo pensaría una vez en la alcoba, en el momento en que me tocase desvestirme.
Con paso pesado, me dirigí hacia el edificio y me quedé un momento de pie en el pasillo que daba al exterior, observando la luna. Era una pena que hubiera acabado así una noche tan hermosa como aquella.
Al bajar la mirada, me encontré con una silueta humana a unos pasos de distancia. ¿De dónde había salido? Se trataba de una mujer que portaba un abanico, y un par de plumas blancas adornaba su cabello. Entonces me di cuenta también de que tenía los ojos rojos y sus orejas eran puntiagudas. ¿Se trataba de un demonio?
- ¿Quién eres? – La interrogué, aún algo dudosa.
La mujer se acercó con paso seguro.
- Creía haber sentido la presencia de Sesshomaru por aquí, pero veo que me equivocaba. - ¿Conocía a mi esposo? – Sólo se trata de su amante humana.
Su sonrisa era malévola, algo me decía que no estaba tramando nada bueno.
- No sé qué es lo que quieres de mi señor, pero deberías marcharte de aquí. No atendemos visitas hoy, y menos a estas horas intempestivas.
No tenía con qué amenazarla para obligarla a retirase. Mi aspecto desaliñado tampoco debía de resultar intimidante. Me sentía patética e impotente. La mujer demonio soltó una risotada, consciente de su superioridad.
- ¿Crees que si acabo contigo se dignará a recibirme ese maleducado? – Sugirió con una sonrisa en los labios.
Aunque sus ojos no sonreían. Su amenaza era absolutamente real. La mujer se cubrió el rostro con el abanico por un momento, y lo sacudió violentamente en mi dirección con un movimiento ceremonial, generando un poderoso torbellino. Por instinto, di un paso atrás para huir, pero terminé por tropezar con mi propia ropa, cayendo al suelo de forma muy ridícula, sobre mi propio trasero. Escuché como tras de mí el viento cortaba y destrozaba varios objetos, por lo que supe que había esquivado un golpe mortal de puro milagro.
- Dile a Sesshomaru que Kagura, la Hechicera del Viento, le manda saludos. – Cerró su abanico con aire triunfal, acercándose a mí. – Oh, y convendría que te dieras prisa, si es que quieres que quede alguien con vida en este castillo. No se me da bien esperar.
No tenía ni idea de lo que quería Kagura, pero no tenía dudas de que era muy peligrosa y no dudaría en acabar con todos los habitantes de palacio. Tenía que detenerla. Me incorporé rápidamente y eché a correr en dirección contraria, pensando en una estrategia. En primer lugar, necesitaba algo para defenderme, y en caso de tener que pelear, Sesshomaru necesitaría su espada. No estaba lejos. Llegué a nuestra alcoba abalanzándome directamente sobre el mueble de madera que contenía los sutras y el arma llamada Tenseiga. Mis manos temblaban mientras recogía los objetos, pero sabía que no era momento para dejar que el miedo me detuviese.
Con los sutras asegurados bajo el obi y la katana en la mano, volví a echar a correr hacia el interior del castillo. No tenía ni idea de a dónde podría haber ido Sesshomaru, por lo que antes que tratar de encontrarle, lo más apremiante era sacar a todo el mundo de allí dentro, ponerlos a salvo.
Me dirigí a toda prisa hacia el salón donde se estaba celebrando el banquete. El silencio me inquietaba, no era normal en una noche de celebración como aquella. Detecté un bulto en el suelo que me hizo detenerme en seco. Era un cuerpo humano. Iba a mirar su rostro para reconocerlo, pero me obligué a detenerme. Debía de ser un cadáver. No se movía lo más mínimo y un potente hedor a sangre me llenó las fosas nasales. Contuve al máximo el impulso de vomitar que comenzó a escalar por mi garganta. No me quedó más remedio que esquivar el cuerpo rodeándolo para seguir avanzando. No podía dejar que las náuseas me detuviesen, no había tiempo para detenerme a llorar. Ya había pasado por un escenario así, me convencí de que podría soportarlo.
Según me iba adentrando en los pasillos el olor a sangre iba en aumento. Me sentía cada vez más mareada, pero si quedaba alguien con vida, tenía que salvarlo. Me paré casi sin aliento por la carrera justo delante de la puerta que me separaba del salón del banquete. El silencio sepulcral que reinaba no auguraba nada bueno. Comencé a temer deslizar aquel shoji. ¿Y si me encontraba con una escena terrorífica? ¿Y si todos habían sido asesinados ya, y me los encontraban yaciendo inertes sobre el charco de su propia sangre?
Solo recordar aquellas imágenes del pasado bastó para hacerme temblar. Luché por no quedarme allí paralizada, y aporreé la puerta desesperadamente.
- ¿Hay alguien ahí? – Nadie respondió. - ¡Tenemos que huir, hay un demonio suelto! – Apremié, asustada.
A pesar de mis esfuerzos, no escuché absolutamente nada en respuesta. Todos debían de estar muertos o agonizando allí dentro. Aquellos rostros familiares, que hace algunas horas me juzgaban con su mirada, ya no podrían seguir con sus vidas. Todo les había sido arrebatado en un instante, sus respiraciones se habían detenido para siempre. Y, sin embargo, yo estaba allí parada, insignificante, hiperventilando. No era justo que siempre fuera yo la única en sobrevivir. ¿Acaso estaba realmente maldita? Parecía que sólo podía provocar muerte a mi alrededor. No había derecho, no era justo. Quería cambiar mi vida por la de ellos, necesitaba el perdón de todos aquellos que habían dado su vida a cambio de la mía.
De repente, el ruido de unos pasos me hizo salir del oscuro hilo de mis pensamientos. Se estaban acercando, iban a verme allí y era una posibilidad que se tratase de Kagura o sus secuaces, si es que los tenía. No había tiempo para comprobarlo, por lo que salí disparada de allí, como un animalillo siendo perseguido por un depredador, en busca del Señor Sesshomaru, con su espada aún en las manos. Por el camino, seguí esquivando bultos con forma humana que se encontraban esparcidos por el suelo. Me sentía terrible, pero no debía ver sus rostros. Si lo hacía, aquella pesadilla se volvería real, todas aquellas personas que conocía pasarían a estar cubiertas de sangre en mis recuerdos. Una vez más.
Escapé de los sinuosos pasillos y accedí a la amplia sala de recepciones. Mi corazón dio un vuelco cuando noté cómo alguien me agarraba del brazo, cuando ya me creía a salvo. Forcejeé, en un inútil intento por liberarme.
- Rin. Soy yo. – Me quedé congelada por un instante. Se trataba de Sesshomaru, vestido con su característico kimono blanco con detalles rojos y su armadura. – ¿Estás bien? ¿Te han herido? – Examinó mi apariencia en busca de heridas visibles.
- Ka-Kagura… - Balbuceé, incapaz de articular una frase con sentido. – T-todo el mundo… - Sentí cómo mis fuerzas comenzaban a abandonarme, y estaba a punto de deshacerme en lágrimas. - ¿Qué está pasando, Señor Sesshomaru?
- No lo sé. – Respondió con el rostro inexpresivo.
Sin embargo, sus ojos ocultaban una gran maraña de pensamientos tras ellos. Debía de estar analizando muchísimas cosas en ese momento.
- ¿Pero usted conoce a esa tal Kagura? – Eso no debía de ser complicado de responder, incluso si estaba calculando millones de escenarios posibles.
- Tenemos que salir de aquí.
Sabía que tenía razón, pero sus constantes evasivas no hacían más que ponerme aún más nerviosa. Mi cuerpo había acumulado demasiada tensión y estaba a punto de estallar.
- ¡No me lo oculte, necesito que me diga de una vez qué está ocurriendo!
Era la primera vez que le alzaba la voz. Sus ojos se abrieron como platos. Soltó mi brazo lentamente y se quedó observando un punto concreto detrás de mí.
- ¡Conque aquí estabas, Sesshomaru! – Exclamó una voz masculina.
- ¡Ni se te ocurra tocar un pelo a esa chica! – La segunda voz era más aguda, como la de una mujer.
Me volteé lentamente, creyendo firmemente que iba a encontrarme con una pareja de monstruos espantosos. Sin embargo, lejos de cualquier criatura terrorífica que pudiera tener en mente, identifiqué una de las figuras como una mujer humana, que llevaba un kimono muy corto y extraño, y apuntaba amenazante con su arco hacia mi esposo. Junto a ella se encontraba un muchacho que tenía el mismo color de pelo y ojos que Sesshomaru, con un curioso par de adorables orejas de perro sobre su cabeza. El chico blandía una espada enorme con forma de colmillo en nuestra dirección.
- Inuyasha. – Masculló Sesshomaru con desprecio.
