Kagome había accedido a hablar conmigo bajo una única condición.
- " Vamos a bañarnos juntas y allí hablamos todo lo que quieras. Yo lo necesito, y seguramente a ti también te vendrá bien, ya que sólo pudimos lavarte de forma superficial cuando te trajimos a la aldea."
No tenía otra muda de ropa a la que cambiarme, por lo que volvería a vestir lo mismo cuando hubiésemos terminado, pero seguía estando limpio, por lo que no vi inconveniente. Siguiendo el curso del río, Kagome me guio hasta el interior del bosque, donde se encontraba oculto un onsen. Sus aguas eran cálidas y estaba muy alejado de los caminos habituales para los viajeros, por lo que podríamos hablar en privado, sin miedo a ser interrumpidas o asaltadas.
Al sumergirme en el agua caliente fui consciente de lo sucia que me encontraba. Restos de tierra, sangre seca e incluso el olor a sake parecían impregnar mi cuero cabelludo. Hundí la cabeza por completo bajo el agua por un momento, liberándome de las impurezas. Cuando volví a salir a la superficie, me sentía mucho mejor.
Kagome también parecía encantada con el plan de aquella noche.
- Un baño después de un día agotador es el paraíso, ¿verdad? – Dijo con un profundo suspiro de alivio.
Le di la razón. No tenía nada que objetarle.
- La verdad es que me hacía más falta de la que pensaba. – Admití.
Hubo un momento de silencio algo incómodo. No sabía muy bien a dónde mirar, era la primera vez que me bañaba con otra chica en aquel ambiente tan distendido.
- Bueno, - Menos mal que fue ella quien rompió ella el silencio, yo no hubiera sabido hacerlo. - ¿qué es lo que querías saber? – Inquirió Kagome con una amable sonrisa.
Con aquella pregunta tan directa, me costó saber por dónde debía empezar.
- Bueno… Inuyasha y Sesshomaru son hermanos, ¿verdad? – No estaba de más asegurarme.
- Sí, bueno, parcialmente. – Contestó ella algo dubitativa. – Sesshomaru es el hermano mayor, e Inuyasha el menor. La madre de Inuyasha es humana, hasta donde yo sé, y… Supongo que la madre de Sesshomaru debe ser un demonio. Ambos comparten padre. – Se llevó la mano a la barbilla, pensativa. – Siento no saber muchos más detalles. – Se disculpó, algo avergonzada.
- ¡Eso no es cierto, me está ayudando mucho! – Le rebatí, porque gracias a ella comenzaba a tener información con la que poder atar cabos. - ¿Puede ser ese el motivo por el que se llevan tan mal?
- Si quieres más detalles tendrías que preguntarle a Inuyasha, si es que se digna a hablar del tema, pero… por lo que he visto, parece que reniegan el uno del otro. Inuyasha no soporta el ego de Sesshomaru, mientras que Sesshomaru odia tanto a los humanos que considera a Inuyasha una criatura inferior e indigna. Al menos, así lo verbaliza cada vez que se encuentran esos dos.
Una parte de mí se alivió, aunque resultase cruel. El hecho de que me hubiera mentido respecto a su hermano podría estar más relacionado con su rencilla personal que con el hecho de que hubiera tratado de ocultarme aquella información deliberadamente. Me pareció triste que no pudieran llevarse bien por los distintos orígenes de sus madres, compartiendo la misma sangre paterna. El relato de Kagome también me confirmó que era posible engendrar descendencia entre humanos y demonios, un dato importante a tener en cuenta.
- Kagome, ¿tú ya te habías encontrado con el Señor Sesshomaru antes?
Kagome no dudó esta vez en su respuesta.
- Sí, y para serte sincera, fue terrible. Torturó a Inuyasha con la imagen de su fallecida madre… - Carraspeó. – Bueno, es una historia muy larga, pero la cuestión es que nos atacó para obtener la poderosa espada que iba a ser heredada por el hermano menor, la Tessaiga.
Me dolía el pecho al escucharla hablar con aquel rencor de mi esposo. Al menos, la relación entre los hermanos, las espadas y su padre se hacía cada vez más clara en mi mente. Dejé que Kagome siguiera relatando.
- Al parecer, el padre de Inuyasha selló su propia tumba en el más allá, junto con la espada, oculta en el ojo izquierdo de su hijo menor, para mantener su herencia a salvo. Sin embargo, Sesshomaru investigó lo suficiente para averiguar que se encontraba allí, y extrajo la perla negra que permite viajar al más allá de la pupila de Inuyasha. Sin embargo, en ese momento…
La chica vaciló, en mitad de su relato.
- ¿Qué pasó? – Le pregunté, altamente intrigada.
Kagome negó con la cabeza, algo frustrada consigo misma.
- No soy capaz de recordarlo con claridad, pero… Apareció un haz de luz muy brillante, casi cegador, que envolvió a Sesshomaru. Una vez hubo desaparecido, él había perdido todos sus poderes demoníacos, se había convertido en lo que más odiaba: un ser humano.
- ¿Ese es el sello al que os referisteis la otra noche?
Kagome asintió.
- Inuyasha quizás sabe más al respecto, si recuerda con más claridad que yo lo que pasó en aquella ocasión, pero lo que sí entendimos los dos es que los poderes de Sesshomaru habían sido sellados por completo por haber intentado robar la Tessaiga, cuando no se encontraba destinada a él.
Si la Tessaiga era la herencia para Inuyasha, eso podía querer decir…
- ¿Sabes algo sobre la Tenseiga?
La chica frente a mí frunció el ceño.
- Es la primera vez que escucho ese nombre. ¿Es la espada que llevabas contigo? – Asentí. - ¿Es de Sesshomaru? – Le confirmé de nuevo que así era. – Qué extraño.
- ¿El qué? – Pregunté, curiosa.
- Es que… Antes dijiste que eres la esposa de Sesshomaru, pero no logro entender bajo qué circunstancias desposaría a una humana, ni mucho menos, por qué le confiaría su espada. – Me observó consternada. – Además, veo esas terribles marcas de sus garras en tu cuerpo, lo cual me hace preguntarme aún más por qué pareces tan preocupada por él. En tu lugar, yo estaría completamente aterrada, Rin.
Eran demasiadas preguntas que contestar. Supuse que era mi turno para ofrecerle información.
- A ver, en primer lugar… Tampoco tengo muy claro por qué se casó el Señor Sesshomaru conmigo. Yo le estuve observando en la distancia durante varias estaciones, me parecía una persona cautivadora, aunque no estoy segura de si se percató alguna vez de mi presencia… El resumen es que mis constantes incursiones furtivas a palacio desembocaron en que llegó el día en el fui descubierta y apresada por la guardia del castillo. Como es lógico en estos tiempos de guerra, me tomaron por una ladrona o espía, e incluso por un ente maligno. Me llevaron ante el Señor del castillo para decidir qué iban a hacer conmigo y, bueno… Él dijo que si insistía en pasar tanto tiempo entre aquellos muros podría hacerlo de forma legítima, como su esposa, ya que no encontraba una candidata adecuada.
La mandíbula de Kagome se desencajó.
- ¡Eso no tiene ningún sentido, y menos viniendo de él! – Exclamó horrorizada.
- Yo tampoco comprendo sus motivos, señorita Kagome. – Dije, intentando que se tranquilizase. – Además, las primeras lunas que pasé allí él no dejaba de evitarme. Pensé que me odiaba por algo que hubiese hecho, o que simplemente se había arrepentido de su decisión. Pero finalmente esa situación cambió, comenzó a abrirse un poco conmigo, o me gustaría creer…
- ¿Así fue como te confió su espada? – Kagome parecía intrigada, hice un gesto negativo con la cabeza, pero se adelantó a mi explicación. – Ya entiendo, ¿te atacó porque intentaste llevártela? La cargabas contigo cuando os encontramos.
Comprendía que pudiera haber llegado a esa conclusión, pero no podía estar más alejada de la realidad.
- Llevaba la espada para entregársela. - Expliqué. - Creí que la necesitaría cuando supe que el castillo estaba siendo atacado. Pero en todo momento se negó a tomarla siquiera. Dijo que era inútil.
Mi aclaración parecía haber confundido aún más a Kagome.
- Eso lo entiendo… más o menos, pero… ¿Por qué te lastimó de esa forma entonces?
Sentí una ligera sensación de calor instalarse en mis mejillas.
- Bueno, deberías saberlo por Inuyasha… - No parecía estar comprendiendo, no me iba a quedar más remedio que ser más concreta. – Ya sabe, no era su intención hacerme daño… - Aquella chica parecía cada vez más confusa. – C-cuando se encuentran en una situación í-íntima, puede c-costarle reprimir s-s-sus instintos y…
La vergüenza me estaba matando, y ella seguramente también, ya que me interrumpió con la cara totalmente colorada.
- ¡A-a-a-ah I-I-Inuyasha y yo no t-t-tenemos ese tipo de rel-lación así que… no lo sabía! – Se cubrió el rostro, tan abochornada como yo me encontraba en ese momento.
- ¿No son pareja? – Pregunté con incredulidad. Lo había asumido en todo momento.
- Bueno, yo… Tengo sentimientos por él, pero Inuyasha no es capaz de olvidar a su primer amor, por lo que, aunque dijera que me corresponde, yo… No me siento capaz de avanzar en ese aspecto.
La joven se veía desolada. Debía de estar muy enamorada del chico con las orejas de perro.
- Entiendo. Suena complicado. – No sabía muy bien cómo consolarla. Sin embargo, a mí misma me ayudaba sentir el contacto con otras personas cuando me sentía afligida. Por ello, tomé su mano bajo las tibias aguas y entrelacé mis dedos con los suyos, rezando porque la ayudase, aunque fuera un poco. – Tiene todo mi apoyo, señorita Kagome.
Ella forzó una sonrisa.
- Gracias, Rin. – Su mano apretó la mía. – Eres una chica muy dulce.
Aún tenía muchas más preguntas que hacerle, pero parecía abatida tras mencionar el tema del primer amor de Inuyasha. Debía de pesarle mucho, por lo que pensé que no haría mal seguir la conversación en otro momento. Además, yo también me sentía exhausta.
Kagome salió primero del agua, y se vistió para atender y limpiar las heridas de mi espalda.
- Menos mal, parece que no se han infectado. Es cuestión de darles tiempo de que sanen. – Anunció con alegría.
No podía estar muy feliz por ello, aunque supuse que era buena señal. La chica me colocó los vendajes de nuevo y me ayudó a vestirme para no forzar el sangrado involuntariamente. Una vez listas, nos pusimos en marcha de vuelta a la aldea. Kagome caminaba a mi lado, lanzándome miradas intensas cada pocos pasos. No estaba segura de si quería decirme algo, pero no tardé en descubrirlo.
- Rin, espero no ser muy indiscreta, pero… ¿Tú realmente amas a Sesshomaru?
Me esforcé por disimular las lágrimas que asomaron de improviso a mis ojos.
- Sí. – Contesté escuetamente, en otro intento de reprimir el llanto.
La chica no siguió insistiendo. Notó en el tono de mi voz que no estaba preparada para hablar de lo que sentía por él. Todavía ni siquiera yo lo tenía claro, sólo tenía la certeza de que eran demasiados sentimientos muy fuertes.
Kagome me acompañó hasta la cabaña de Kaede, donde la anciana me esperaba con preocupación. Su ínquietud disminuyó al saber que había estado con otra persona, y no sola, durante todo ese largo rato. Me invitó a pasar y dijo que podía quedarme allí el tiempo que necesitara.
- De verdad que no quiero abusar de su amabilidad, señora Kaede… - Insistí, algo apurada.
- No me vendría mal alguien joven que me ayudase. – Dijo para persuadirme. - ¿Eso serviría para que no te sintieras como un estorbo?
Me rendí. No haría mal que en aceptar su oferta. Me incliné en una amplia reverencia.
- Quedo bajo su cuidado, entonces.
Decidimos entonces que era una hora prudente para acostarnos. Ayudé a Kaede extender un segundo futón para que pudiera echarse ella, y regresé a la cama donde me había despertado no mucho antes. Traté de cerrar los ojos para conciliar el sueño, pero resultaba imposible. Di varias vueltas en el futón, tratando de encontrar una postura más cómoda para quedarme dormida, aunque sabía que no se trataba de una cuestión física. El problema era que el rostro de Sesshomaru no desaparecía de mi mente ni por un instante, apenas intentaba cerrar los ojos. Quería verle.
Aunque no pasaba todas las noches, me había acostumbrado al calor del cuerpo de mi esposo yaciendo a mi lado. A abrazarlo cuando me asustaba la oscuridad. A buscar cobijo en su pecho cuando me despertaba alguna pesadilla. Saber que ya no podría contar con eso me dejaba un vacío enorme en el corazón.
Tenía que haber alguna forma de encontrarme con él, tenía muchas conversaciones pendientes con Sesshomaru. Sabía que no me quedaba más remedio que ponerme manos a la obra, no podía sentarme simplemente a esperar que él viniera a buscarme, aunque una parte de mí seguía deseando que lo hiciera, y lo antes posible.
Pero, ¿y si me estaba evitando deliberadamente? ¿Y si no me llevó consigo porque no quería volver a verme nunca más? No era justo que ni siquiera me lo hubiera dicho. Hubiera dolido, pero al menos no sentiría tanta incertidumbre y pesar en el corazón.
Finalmente me deshice en lágrimas de añoranza mientras seguía pensando en su rostro y en su voz. No había pasado mucho tiempo separada de él, pero el hecho no saber cómo encontrarle o cuándo se aparecería ante mí me hacía extrañarlo demasiado. Dolía y atravesaba mi pecho como una flecha. Ese llanto inicial fue el detonante de que no pudiese parar de llorar hasta que caí vencida por el puro agotamiento.
A pesar de la necesidad de descanso de mi mente, me desperté en mitad de la noche bañada en un sudor frío. No podía dejar de ver unos ojos completamente rojos acechándome en cada rincón de la noche, listos para despedazarme y acabar conmigo. Me incliné sobre mí misma, en posición fetal. Así me sentía un poco más segura, aunque seguía aterrorizada por el recuerdo. No quería volver a ver nunca más esa diabólica criatura en la que se había transformado Sesshomaru. No podría sacarla de mis pesadillas en mucho tiempo, sobre todo aquella mirada enloquecida. Estaba convencida de que no podría tratarse de él mismo, sino de algún tipo de posesión maligna. Mi esposo no era una persona malvada. Era dulce y atento conmigo, aún habiéndome lastimado, pensaba mientras sentía el ardor en mi espalda. Yo quería, anhelaba poder seguir confiando en él…
Imaginando que estaba envuelta en sus brazos, conseguí volver a quedarme dormida, en un sueño ligero y con algunos sobresaltos. No dejaban de perseguirme las pesadillas sobre colmillos gigantes y un perro demoníaco enloquecido.
A la mañana siguiente, me desperté con la salida del sol. No sabía si la anciana Kaede me había escuchado la noche anterior, pero no hizo ningún comentario al respecto mientras tomábamos algo de desayuno. Iba a tener que aprender a cocinar tan bien como ella si quería sentirme útil. Todo estaba delicioso.
El olor que flotaba por la casa atrajo a un inesperado visitante, que se plantó en la puerta, olfateando el aire.
- ¿Por qué huele tan bien desde tan temprano siempre en esta morada?
La anciana dejó escapar una carcajada.
- Déjate de zalamerías, Shippo, sabes que puedes pasar. He preparado comida de sobra para ti.
Entró dando brincos un pequeño crío con una peluda cola asomando entre sus ropajes. El niño me observó con sorpresa a medio camino de devorar la comida preparada por Kaede.
- Tú eres la chica que estaba inconsciente el otro día, ¿no? ¿Ya estás mejor?
- Sí, gracias… - Era demasiado enérgico desde tan temprano, no sabía muy bien cómo contestarle, teniendo en cuenta las casi inexistentes horas de sueño reparador que traía a mis espaldas. – Tu nombre es… Shippo, ¿verdad? – Observé su cola de reojo. -¿Eres un demonio?
- ¡Así es, soy un demonio zorro, un auténtico kitsune! – Declaró con aire triunfal. - ¿Tú cómo te llamas?
- Rin. – Su energía era contagiosa, y me hizo sonreír a pesar del cansancio.
- ¡SHIPPO, MALDITO! – Tronó una voz desde el exterior.
El pelaje del niño se erizó y corrió a esconderse detrás de mí. La anciana Kaede le lanzó una mirada reprobatoria.
- ¿Ya le has vuelto a gastar alguna broma a Inuyasha para molestarlo?
El niño no tuvo ocasión de responder ya que un muy malhumorado medio demonio asomó su cabeza por la puerta, con los ojos barriendo la sala en su busca. Posó su mirada en mí, relajando su expresión ligeramente. Parecía sorprendido de verme, seguramente esperaba que me hubiese marchado, o quizás simplemente no era quien estaba buscando en ese momento. Me puse en pie mientras seguía ocultado al niño zorro detrás de mí.
- Inuyasha, - Le llamé. – me gustaría hablar contigo un momento en privado, ¿es posible?
Su mirada enojada se tornó en una de sospecha, pero encogió los hombros mientras salía de allí, con la barbilla en alto.
- Como quieras. – Bufó, con tono de fastidio.
Me dirigí hacia el exterior para encontrármelo esperando con los brazos cruzados. Para variar, no parecía de buen humor. Aun así, no podía disimular cómo me impresionaba que el color de sus ojos y su cabello fuera exactamente igual que los de Sesshomaru. Aunque fueran muy diametralmente opuestos en otros aspectos…
- ¿Qué diablos quieres? – Rezongó Inuyasha, perdiendo la paciencia. – Escúpelo de una vez.
Traté de mostrarme seria y segura antes de hacer ningún movimiento. Debía hacerlo correctamente si quería llevarme mejor con él, no quería que pensara que me andaba con medias tintas. Le observé a los ojos y entonces me incliné ante él con los brazos juntos, sobre el regazo.
- Quería darte las gracias formalmente por haberme salvado la vida. Si no fuera por tu intervención, yo ya no estaría en este mundo.
No parecía esperarse eso en absoluto. Se mostraba algo incómodo, como si no supiera cómo reaccionar ante aquella situación. Recé internamente porque aceptara mi agradecimiento. Al final, terminó respondiendo con arrogancia:
- Claro, bueno, por salvarte la vida, por haberte cargado hasta aquí y por soportar esa mirada que me estabas echando hace un momento.
- Lo siento. – Me disculpé, sin saber muy bien qué le podía haber molestado de mi forma de mirarle, todavía agachada frente a él. Sólo quería que pudiéramos llevarnos bien.
- Ni se te ocurra volver a compararme con ese tarado en esa cabecita que tienes, ¿me oyes?
El chico de las orejas de perro era más perspicaz de lo que había pensado inicialmente.
- Además, - Añadió, indignado. – hazte un favor y quítate ese apestoso hedor de encima.
- Pero me bañé anoche. – Repliqué, sin comprender su ataque gratuito, alzando mis ojos hacia el medio demonio.
Me dio la espalda de muy mal humor y totalmente desinteresado en mi persona, marchándose con desaire. Sería muy complicado tratar de entablar una conversación seria con él, me temía. Y más aún si tenía que ver con el Señor Sesshomaru. Me preguntaba si Kagome le habría contado algo a Inuyasha sobre nuestra conversación de la noche anterior.
Kaede salió en ese momento de la casa y me preguntó preocupada:
- ¿Todo bien con ese cabeza hueca?
Me volteé sonriendo a la anciana.
- Solo quería agradecerle por salvarme la vida, nada más. ¿Qué puedo hacer para compensarla por cuidar de mí, Kaede? – Necesitaba hacerme cargo de alguna tarea práctica para evitar verme perdida en mis interrogantes y pensamientos negativos.
La mujer lo meditó unos segundos antes de responder, sorprendida ante mi repentina servicialidad.
- Necesito algunas plantas medicinales para tus heridas y para otros pacientes del pueblo. ¿Puedes ir a buscarlas? Shippo te enseñará el camino, es mejor que te acompañe que dejarlo gastando bromas por aquí. – Añadió, regañando al niño.
El demonio zorro apareció de la nada y daba saltos a mis pies.
- ¡Eso, yo te escoltaré, Rin! ¡No habrá ningún problema! – Él parecía comprometido con la causa, con tal de no aguantar una regañina por parte de la anciana sacerdotisa.
- Gracias. – Respondí a los dos.
Kaede me dio una descripción detallada de lo que necesitaba y una cesta para cargarlas sobre mi espalda. Vacía como estaba, Shippo decidió meterse dentro del recipiente y darme sus indicaciones desde allí, como si se tratase del capitán de un barco. El peso del chiquillo hacía que notase constantemente mis heridas aún sin curarse, pero no me importaba. Una parte de mi corazón no quería que ese recordatorio desapareciese.
- ¡Rin! ¡Rin, te estás desviando! ¡Es por allá!
Apenas seguía las indicaciones del niño por inercia. No podía sacarme de la cabeza las palabras de Inuyasha.
- Esto… ¿Shippo? – Le llamé.
- ¿Q-Qué pasa? – El zorrillo se puso nervioso, ya que no había dejado de dar indicaciones insistentemente en todo el camino. Quizás pensó que iba a reprocharle sus dotes de liderazgo.
- ¿Tú crees que huelo mal?
El niño descendió de la cesta de un salto para mirarme mientras hablábamos.
- No le hagas caso a Inuyasha. – Debía de habernos escuchado desde la cabaña. – Es un idiota.
- ¿Pero es cierto lo que dice? ¿Huelo tanto a Sesshomaru?
Su expresión se volvió consternada.
- No estoy seguro, porque no conozco del todo las costumbres de los demonios perro, aunque diría que parece que te ha impregnado con su aura demoníaca. – Olfateó el aire. - No entiendo por qué, pero podía notar esta esencia mucho más intensamente cuando estaba en tu espalda. ¿Tienes algún tipo de marca?
Abrí los ojos, intrigada. Los arañazos estaban conectados de alguna forma. No se trataba sólo de una peste.
- Sí. – Necesitaba respuestas. - ¿Qué implicaciones tiene eso?
El chiquillo parecía en apuros por dar aquel tipo de explicación.
- No lo sé, pero no parece seguro ir despidiendo aura de un demonio poderoso siendo una humana. Me da mala espina.
¿Y si esa cicatriz me seguía vinculando a él de alguna manera? ¿Podría encontrarme a través de ella? Tenía un olfato poderoso, de eso no me cabía duda. Decidí no seguir interrogando al pequeño demonio, puesto que parecía preocupado. Pero sabía que no era un asunto que pudiera seguir ignorando. Volvería a intentar preguntarle a Inuyasha en cuanto tuviese la oportunidad.
- Gracias por tu ayuda, Shippo. ¿Puedes seguir mostrándome el camino?
Shippo, aún mostrando preocupación, caminó a mi lado hasta que nos adentramos en el bosque. Cuando yo tenía dificultades para a agacharme, era él quien recogía las diferentes plantas del suelo y las iba echando en la cesta. No me sentía muy útil, pero traté de perseverar. Iba a tomar algo de tiempo que me recuperase del todo.
Una vez hubimos reunido todos los ingredientes, nos dispusimos a volver a la aldea. Sin embargo, el ligero peso de la cesta aún medio vacía me hizo pensar en aprovechar aquella salida.
- ¿Shippo, hay algún campo de flores por aquí cerca?
- Hmmm… Un campo de flores como tal no, pero hay bastantes plantas silvestres por aquel camino.
- ¿Te molesta si vamos a recoger flores un momento?
- ¿Para qué las necesita la anciana Kaede? – Se mostraba genuinamente confundido.
Este chiquillo estaba totalmente centrado en nuestra misión inicial. Su inocencia y diligencia me sacaron una sonrisa.
- Son para mí. Bueno, me gustan mucho las flores y estaba pensando hacer un obsequio a todos, por ser tan amables conmigo.
El niño se sonrojó ligeramente, mientras sonreía, encantado.
- ¡Ya entiendo! ¡Está bien, vamos!
Shippo me acompañó hasta un diminuto claro del bosque, donde había pequeñas flores de color blanco. Enseñé al zorro cómo entrelazaba los tallos con detalle, y me observó confeccionar 4 brazaletes de agradecimiento para Kaede, Inuyasha, Kagome, y él mismo. Imitándome, el zorrito logró terminar otra pulsera adicional.
- ¡No se te da nada mal esto de las flores, Shippo! – Le animé. Parecía muy orgulloso de su trabajo.
- ¿Esto le gustará a cualquier chica? – Me preguntó, algo avergonzado.
Sonreí.
- Si tus sentimientos son sinceros, las flores agradan a cualquiera. – Respondí. - ¿Tienes a alguien en mente a quien se la quieras dar?
El sonrojo del zorro se hizo más notable.
- Por el momento, no… Así que te la doy a ti, en agradecimiento por haberme enseñado, aunque no sea tan bonita como las tuyas…
Me sorprendió gratamente su ofrecimiento. Agradecí el obsequio, mientras le entregaba la que había hecho para él.
- Eres un cielo, Shippo. De mayor vas a ser todo un galán. – Aseguré con una risa, provocaba por su ternura.
Mientras regresábamos a la aldea, Shippo relataba sus diversas batallitas con Inuyasha y Kagome. Sin embargo, ninguna de sus hazañas logró distraerme lo suficiente para alejar de mi mente el recuerdo del Señor Sesshomaru en el campo de flores, cuando le mostré la corona que había hecho.
"Las facciones de su rostro se suavizaron, y sus labios ser curvaron en lo más parecido a una sonrisa que le había visto articular jamás.
- Qué bonita. – Contestó, simplemente."
