Mi espalda yacía apoyada sobre una mullida alfombra plateada, completamente desnuda. Se trataba de la estola de Sesshomaru, extendida sobre el suelo. Él se encontraba sobre mí, con una de mis piernas apoyada sobre su hombro. El demonio trazó un camino de besos desde la rodilla hasta mi muslo, acariciando mi sensible piel mientras observaba mis reacciones de reojo. Yo me cubría el rostro sonrojado con ambas manos, cohibida ante su mirada. Sus hermosas pupilas doradas me observaban como si me tratase de la criatura más hermosa sobre la faz de la tierra. Pasé los brazos alrededor de su cuello, atrayéndolo hacia mí con anhelo. Había echado tanto de menos refugiarme en esos labios que solo quería fundirme con ellos y no pensar en nada más.

Sin embargo, Sesshomaru se detuvo en seco justo antes de besarme. Observé con terror cómo sus ojos se volvían rojos, mientras goteaban sangre. Su rostro se desfiguró, dando paso al atroz hocico de una bestia, con un grave y bajo gruñido. Sus garras atravesaron mi abdomen sin vacilar ni un solo instante. Comencé a patalear desesperadamente, incapaz de acertar nada que no fuera el aire. Traté de dar puñetazos sobre su pecho, pero tampoco podía tocarlo, era como si su cuerpo estuviese hecho de humo, intangible. Sus manos me retuvieron de las muñecas contra el suelo con un golpe violento. No tenía forma de escapar, me faltaba el aire en los pulmones para chillar, mi fuerza no era suficiente para quitarlo de encima de mí, no quería ser devorada…

- ¡Rin…! – Resonó una voz en la lejanía - ¡Rin, despierta! – Distinguí el tono maternal de la anciana Kaede. – Sólo es un mal sueño, pequeña.

Abrí los ojos, sintiendo mi frente empapada en sudor. Estaba en la cabaña de la sacerdotisa. Traté de calmar los acelerados latidos de mi corazón, diciéndome a mí misma que allí nadie iba a hacerme daño.

- Una… pesadilla, sí… Ya está… - Balbuceé, todavía confundida por la lucidez con la que había vivido aquel sueño.

- Últimamente tienes muchas. – Comentó a mujer, acariciando mi espalda para confortarme. - ¿Quieres hablar de ello?

No era la primera vez que tenía visiones sobre aquel perro demoníaco tratando de devorarme, pero sí era cierto que se habían vuelto mucho más llamativas y frecuentes desde mi encuentro con Kikyo en el bosque. No podía sacarme de la cabeza el rugido que había escuchado aquella noche. Además, Inuyasha también pensaba que su hermano podía estar allí fuera, lo que de día me hacía sentir esperanzada. Sin embargo, al caer la noche, la imagen del can gigante se volvía en mi contra.

- Creo que prefiero no recordarlas con detalle, anciana Kaede.

Esa mujer era demasiado amable conmigo, lo último que quería era cargarla también con todos mis pesares. No le había contado a nadie tampoco sobre mi encuentro con Kikyo ni sobre la conversación con Inuyasha.

- Entiendo. – Dijo ella, preocupada por mi condición. – Si te parece, voy a revisar tus heridas, ¿de acuerdo? Desanúdate el kimono.

Deshice el lazo de mi obi y me senté de rodillas, dándole la espalda a la anciana sacerdotisa. Ella fue en busca de sus ungüentos mientras yo dejaba mi torso al descubierto. Comenzó a aplicar sus remedios en mis heridas con cuidado. Me tensé, esperando el acostumbrado ardor, aunque cada vez escocía menos.

- Parece que comenzarán a cerrarse pronto. – Anunció, tratando de animarme. – Qué bueno es ser joven, ¿verdad? Os recuperáis rápido.

Al menos de las heridas físicas, sí, pensé con amargura. Escuché unos pasos ingresando en la cabaña. Giré la cabeza para ver de quién se trataba, cubriendo mi pecho con los brazos, consciente de mi desnudez. Respiré aliviada al identificar a Kagome y Sango.

- ¡Buenos días, anciana Kaede! – Saludó Kagome, con su energía habitual. Cargaba en la espalda un extraño fardo de color amarillo. – Veníamos a despedirnos.

Kaede cubrió mi espalda con mi kimono, indicándome que ya podía vestirme. No tardé en comenzar a cubrirme con él para adecentar mi aspecto.

- Imagino que vuelves a ver a tu familia por unos días. ¿Es así, Kagome? – Asumió, ante el movimiento afirmativo de cabeza de la joven. - ¿Y tú, Sango? – Preguntó la mujer del parche. - Apenas has pasado unos días aquí.

Sango intervino con tono de preocupación.

- Ahora mismo soy la única que puede hacer una búsqueda activa de Naraku, junto con la ayuda de Miroku. Por eso, no podemos perder más tiempo aquí.

- ¿Y Kohaku? – Inquirió la perspicaz anciana.

- Justo de eso venía a hablarte… - Admitió la cazadora de demonios. – Es muy peligroso llevarlo con nosotros, debido al fragmento de la perla que tiene en su espalda… Me preguntaba si podría quedarse en la aldea. Es trabajador y está bien entrenado, podrá proteger a los habitantes en caso de peligro.

La anciana dejó escapar una risa.

- No hace falta que me vendas a tu hermano como un buen partido, Sango, sé que es un buen chico. La verdad es que no tengo sitio para más personas en mi casa, pero hablaré con los aldeanos, seguro que alguno acepta acogerlo a cambio de su ayuda en los campos.

Sango se inclinó ante la mujer, agradecida. Para ese momento, yo ya me encontraba en un estado más presentable, por lo que me acerqué para despedirme, también.

- Espero volver a veros pronto a las dos. – Dije, apenada por sus partidas. – Prometo que os prepararé algo de comida deliciosa cuando estéis de vuelta.

Kaede aún me estaba enseñando, pero siempre decía que mis habilidades en la cocina prometían. Kagome se acercó a darme un cálido abrazo.

- Claro que sí, Rin. Tú cuídate mucho, ¿vale?

No me acostumbraba a las inesperadas muestras de cariño de la joven, pero tampoco me hacían sentir incómoda. Sango me escrutó con preocupación.

- Sé que no es mi asunto realmente, pero he escuchado cosas, y… Quería decirte que no estás sola en todo lo que estás pasando. – Las palabras de la cazadora de demonios eran cuidadosas, mientras se esforzaba por esbozar una sonrisa. – Inuyasha y Kohaku se quedan en la aldea, ninguno dejará que te pase nada malo.

Una vez Kagome me liberó de su abrazo, hice una pequeña reverencia.

- Gracias a las dos.

Sabía que todos se apiadaban de mí porque me percibían como una chiquilla llena de temor y terriblemente dañada. No me molestaba su compasión, aunque sí quería que pudieran darse cuenta de que no era tan frágil como me hacían sentir en ocasiones.

Las dos mujeres se marcharon. La anciana se dirigió al caldero y comenzó a darme una nueva lección de cocina sin perder tiempo. Mientras el arroz se cocía el fuego, Shippo hizo acto de presencia, reclamando su festín matutino, por lo que no tardamos en servir lo que habíamos estado preparando. Aquel día, el demonio zorro elogió mis habilidades por primera vez. Si el paladar de aquel exigente comensal estaba satisfecho, podía comenzar a sentirme orgullosa de mis dotes culinarias.

Una vez finalizado el desayuno, Shippo se marchó rápidamente alegando que iba a tratar de alcanzar a Kagome para despedirse, aunque le advertimos que hacía largo rato que se había marchado. La anciana sacerdotisa se puso en pie con diligencia apenas se hubo acabado la visita.

- Rin, te encargo recoger los enseres de la comida. Mientras tanto, y voy a hablar con los aldeanos para que alguno se haga cargo de Kohaku, ¿de acuerdo? Es algo urgente, así que cuanto antes lo haga, mejor.

- Sí, claro. Iré a acompañarla en cuanto termine.

- No hace falta, Rin, creo que es mejor que descanses un poco hoy. – Me recomendó con amabilidad.

Supe que el estar ociosa no iba ayudarme a librarme de las pesadillas, pero no quería preocuparla más, así que le agradecí con una sonrisa.

Tras que la anciana hubiese abandonado la casa, recogí los tazones y palillos que habíamos utilizado para enjuagarlos con el agua restante en el balde de madera. Me anoté mentalmente que luego tendría que ir a por más al río. Retiré los restos de comida, y procedí a secarlo todo con un paño de tela.

Mientras estaba terminando mis tareas, escuché la estruendosa e inconfundible voz de Inuyasha resonando por toda la aldea:

- ¡Kagome! ¡¿Dónde estás, eh?!

No sabría decir si habían vuelto a discutir o no. Dejé los enseres sobre la alacena y salí al exterior para encontrarme con él.

- Kagome dijo que volvería a casa de su familia por unos días, Inuyasha. – Le informé para que dejase de alertar a todo el poblado.

Su rostro presentaba unas visibles ojeras. No debía de haber dormido demasiado, lo cual crispaba aún más su carácter.

- ¿Dijo que se iba a casa? – Quiso asegurarse el medio demonio.

- Sí, eso dijo. ¿Vive muy lejos su familia? – Quizás podía ir y volver en el mismo día.

Inuyasha trató de recomponerse para mostrarse despreocupado, como de costumbre.

- No importa, ya volverá.

Se dio la vuelta para marcharse, decidido, fingiendo no le importaba en absoluto lo que hiciera Kagome. No sabía a quién pretendía engañar, ambos sabíamos que no era cierto.

- Inuyasha, espera. – Traté de retenerle. - ¿Estás ocupado hoy?

Me miró levantando una ceja, un gesto muy similar al de aquella persona en la que no quería pensar. No sabía si era buena idea lo que estaba a punto de proponer.

- Hoy… no. – Admitió, algo desconfiado.

- ¿Te importaría acompañarme?

- ¿Para qué? ¿No tienes que ayudar a la anciana Kaede?

Entrelacé mis dedos nerviosamente, quizás aún no se sentía del todo cómodo conmigo.

- Quiero ir a buscar unas flores para… el perfume, lo que hablamos. Me gustaría que me ayudaras, para que no tengas que pasar más noches en vela. – Me justifiqué, aunque no me lo hubiera pedido, en un intento de convencerle de mi buena causa. Realmente lo que más me preocupaba era que no quería era pasar el día a solas con mis pensamientos.

Su expresión sorprendida me hizo pensar que quizás lo había olvidado.

- Claro… Sí, te acompaño.

Se le veía distraído. Claramente, tenía el corazón ocupada en otros asuntos.

- ¿Ha pasado algo con Kagome? – Esperaba no estar siendo muy indiscreta.

- No quiero hablar de ello. – Respondió con tono serio y cortante. - Vamos a por las flores, o lo que sea.

Era obvio que no estaba de buen humor, pero agradecía poder contar con su compañía ese día. Sin seguir un rumbo concreto, caminamos en dirección contraria al río, donde el bosque no era muy denso. Había muchas hiervas con usos medicinales por el camino, pero no se veía ni rastro de algo parecido a una flor aromática.

- ¿No sabes si hay algún campo de flores aquí cerca, Inuyasha? – Le pregunté, totalmente desorientada.

El medio demonio salió de su estado de trance y trató de olfatear el aire. Señaló en dirección al norte.

- Creo que por allí encontraremos algo.

Su fino sentido del olfato era bastante útil. Seguí la dirección que había indicado escoltada por Inuyasha, hasta que encontramos un claro donde florecían unas diminutas margaritas. Me agaché a recoger una de ellas, aspirando su tenue aroma.

- ¿Crees que estas podrían servir? – Le consulté mientras seguía agachada.

Se dejó caer a mi lado, olisqueando las flores.

- Tiene un olor muy débil, no sabría decirte… ¿podrás potenciar el olor al extraer su esencia?

- No estoy segura. – Admití. – No lo he hecho nunca.

- Quizás deberíamos recoger todas las plantas aromáticas que veamos, e ir probando.

No pude evitar sonreír al escucharme hablar de "nosotros".

- Me alivia pensar que ya no me odias tanto como al principio. – Le confesé, animada.

- ¿Eh? – Parecía genuinamente extrañado. - ¿Cuándo he dicho que te odiase?

- Siempre he pensado que te disgustaba mi presencia.

El medio demonio se sentó sobre el suelo, cruzando las piernas.

- Inicialmente me molestaba demasiado tu olor, pero jamás he tenido nada en tu contra, personalmente.

Sabía que aquel chico no tenía en consideración los sentimientos de los demás antes de hablar, por lo que podía fiarme de la sinceridad de sus palabras. Me agradaba que no me tratase con lástima, como hacían los demás.

- Me alegra saberlo, gracias por decírmelo.

Inuyasha no parecía saber cómo contestar a los agradecimientos. Se puso en pie, carraspeando:

- Sigamos buscando, ya que hemos llegado hasta aquí.

Le di la razón. Seguimos dando vueltas por los alrededores y pude recoger algunas plantas y florecillas silvestres más, aunque ninguna prometía demasiado. La compañía del medio demonio era agradable, no me miraba con lástima ni me hacía preguntas respecto a mis sentimientos. Se limitaba a centrarse en nuestro objetivo, ayudándome a alejar de mi mente de pensamientos viciados.

- Inuyasha, ¿podemos echar un vistazo detrás de aquella colina también? – Le pregunté, señalando un pequeño montículo de cubierto por hierba.

- ¿No tienes suficientes por hoy? – Mencionó, señalando mis brazos, que sostenían un buen ramillete de distintos tipos de plantas.

- Sólo echamos un vistazo más y nos volvemos, lo prometo.

Estaba comenzando a disfrutar el hecho de simplemente recoger flores, aunque no sirvieran para ningún propósito final. Hacía muchos días que no sentía un atisbo de aquella pacífica felicidad. Era posible que mi corazón estuviese comenzando a sanar, rodeada de aquel grupo de personas amables.

- Un momento, Rin. – Inuyasha me retuvo, sujetándome del hombro.

Sus orejas de perro apuntaban hacia el cielo, en señal de alerta.

- ¿Pasa algo? – Musité, preocupada.

Me hizo una seña con su mano para que no hiciese ruido y comenzó a olfatear el suelo. Se acercó a unos arbustos y tomó impulso para abalanzarse sobre un bulto, el cual trató de escabullirse ante su cercanía.

- ¡Perdóneme la vida, por favor! ¡Le prometo que pretendía hacer ningún daño!

Esa voz chillona era extrañamente familiar.

- ¿Jaken? – Murmuré, sin salir de mi asombro.

Dejé caer las plantas que cargaba en mis brazos de forma inconsciente. Inuyasha suspendió al pequeño demonio en el aire, sujetándolo por el cuello de su túnica.

- ¿Tú no eras el esclavo de Sesshomaru? – Inquirió el medio demonio con desprecio.

- ¡Soy su leal sirviente, un poco de respecto!

Me quedé sin habla unos instantes, observando los inútiles intentos del duendecillo verde por escapar. Inuyasha no parecía dispuesto a ponérselo fácil.

- No pienso dejarte ir hasta que me digas qué diablos estás tramando y por qué nos espiabas. – Decía el chico del pelo plateado con tono amenazador.

- ¡No estaba planeando nada! ¡Ha sido una mera coincidencia que me encontrase por aquí!

- ¡Como si me fuera a creer eso!

- Jaken. – Le llamé con la voz más firme que pude.

Interrumpí su discusión dando un paso al frente. Los dos, que debían haberse olvidado de mi presencia, me observaron anonadados. Había tratado de aparentar serenidad, pero allí me encontraba, temblando como un cervatillo mientras las lágrimas caían por mis mejillas sin control, tratando de no romperme ante la cantidad de emociones que me habían atravesado en apenas un instante.

- El Señor Sesshomaru está por aquí cerca, ¿verdad? – Sollocé.

La expresión de Jaken se ensombreció por mi pregunta.

- Está de muy mal humor últimamente, Rin. – Respondió, cabizbajo. – Ni siquiera a mí me permite acercarme demasiado.

- ¿Por qué? ¿Qué es lo que ha pasado con él, Jaken?

Era ahora o nunca. Ya que Inuyasha lo tenía inmovilizado, pensaba extraer todas las respuestas que fuese posible.

- No creo que el Señor Sesshomaru me permitiese seguir viviendo si le diera esta información a un sucio medio demonio. – Se excusó lanzándole una mirada recelosa al joven que lo mantenía inmovilizado en el aire.

- No pienso dejarte ir hasta que contestes, listillo. – Respondió Inuyasha con tono arrogante.

- ¿Hablarías conmigo si él se marcha? – Pregunté muy seria. Las lágrimas por fin me habían dado tregua.

Jaken vaciló unos instantes antes de dar su respuesta.

- Podría considerarlo. – Murmuró.

- ¡¿Estás loca, Rin?! ¡No pienso dejarte a solas con esta sabandija!

A pesar de que Inuyasha no estuviera de acuerdo, decidí aferrarme a la mínima posibilidad de obtener respuestas.

- Confío en Jaken, sé que no me hará daño. – Miré a los ojos dorados del joven con decisión. – Si me pasa algo, será bajo mi propia responsabilidad. – Él no parecía muy convencido. – Te lo ruego, Inuyasha.

Finalmente, el medio demonio cedió, chasqueando la lengua, y depositó a Jaken en el suelo. Por un instante, temí que todo hubiese sido un farol y echase a correr. Sin embargo, el pequeño demonio se quedó muy quieto, observándome con sus enormes ojos amarillos, como los de un sapo.

- Más te vale no intentar nada extraño. Os dejaré a solas, pero no pienso marcharme muy lejos. – Advirtió Inuyasha pasando a mi lado. – Grita mi nombre a la mínima que presientas que pueda ser una trampa. – Me pidió en voz baja, mientras me dejaba atrás.

No le había pedido que me protegiese en ningún momento, pero me enterneció su preocupación por mí. Le agradecí internamente sus buenas intenciones. El chico del hakama rojo se perdió en el bosque, dejándome cara a cara con el duendecillo verde. Aunque hubiese sido liberado, su expresión seguía siendo de angustia. Me agaché para dejar mi rostro a la misma altura que el de la criatura.

- ¿Puedes contarme un poco más en detalle qué ha ocurrido, Jaken? – Le pedí con un tono de voz dulce, tratando de no sonar tan desesperada como estaba.

Jaken tomó una gran bocanada de aire, y comenzó a hablar, como si se hubiese estado conteniendo toda aquella información hasta aquel momento:

- Encontré al Señor Sesshomaru herido hace una luna aproximadamente, después de encontrar el castillo lleno de cadáveres. El Amo había perdido su brazo izquierdo, y parecía tener problemas para mantener a su forma de bestia bajo control. Apenas podía contener la transformación, sobre todo por las noches… No podido obtener ni una sola palabra de él al respecto, pero no dejaba de maldecir el nombre de ese medio demonio que tiene por hermano.

Escuché todas y cada una de sus palabras cuidadosamente, analizando la situación. Parecía que el episodio de pérdida de autocontrol que presencié aquella noche se había agravado. Debía de estar siendo difícil para él, tan herido como había resultado en la batalla. Decidí que sería más prudente no mencionar en ese momento que Inuyasha era el culpable del estado deplorable en el que Jaken lo había encontrado, temerosa de perder la oportunidad de interrogar al demonio.

- Ya veo… No ha mencionado mi nombre en ningún momento, ¿verdad?

El demonio negó con la cabeza.

- Es más, se quedó muy quieto y en silencio cuando yo pronuncié tu nombre, Rin.

Aquello sí que me pilló por sorpresa. Por parte de los dos demonios.

- ¿Usted preguntó por mí, Señor Jaken?

La criatura tragó saliva, incómodo por haber mostrado un mínimo de interés por mí.

- Bueno… el Señor Sesshomaru parecía muy relajado cuando estaba a tu lado. Pensé que era extraño que ya no te encontrases con él. Seguro que le haría sentirse más calmado.

Sentí una oleada de cálido alivio envolver mi corazón ante sus palabras. Eso quería decir que él no me odiaba, ¿verdad?

- ¿De verdad se veía feliz a mi lado? – Pregunté, en busca de reafirmación.

- Nunca había visto una expresión tan apacible en su rostro, a pesar de que lo he acompañado por muchos años.

El nudo que había aprisionado mi garganta desde que había visto a Jaken se deshizo en ese momento. Pude relajarme y respirar hondo por un momento. Me sentía más ligera también, como si me hubiese quitado un gran peso de encima. La persona que más amaba del mundo no me guardaba rencor ni me odiaba, y, además, parecía haber disfrutado de mi compañía mientras pudimos estar juntos. Esa certeza era más que suficiente para calmar muchas de las voces que me atormentaban.

Aun así, todavía quedaban muchos cabos sueltos por atar, por lo que no pensaba dejar que la conversación acabase allí.

- Jaken, necesito que me expliques una cosa. He oídos cosas horribles respecto al pasado del Señor Sesshomaru, como de su odio hacia los humanos. Necesito que me expliques cómo acabó siendo el señor de un castillo humano, y por qué decidió tomar mi mano en matrimonio.

Jaken titubeó.

- No creo que el Amo quisiera que diese detalles sobre eso a nadie.

No me gustaba ser insistente, pero necesitaba un poco más de información para comprender lo que estaba pasando.

- Por favor, Jaken. Te lo ruego. – Me arrodillé ante él, tocando con mi frente el suelo lleno de raíces, hierba e insectos.

El pequeño sapo caminó hacia mí con paso vacilante y posó su mano sobre mi coronilla.

- Está bien. Sólo no le digas a nadie. – Musitó, con miedo a ser escuchado.

Alcé el rostro para encontrarme frente a frente con sus ojos de sapo. No sabía cómo agradecer su compasión en aquel momento. Le miré expectante a la espera de que comenzara su relato.

- Pasó hace algunos años, no recuerdo exactamente si fue hac primaveras… El Señor Sesshomaru estaba intentando hacerse con la Tessaiga, que se encontraba en poder de Inuyasha, aunque ese estúpido ni siquiera fuese consciente de ello. Trabajé muy duro en idear un plan para poder capturar a ese medio demonio y arrebatarle la legítima herencia del Señor Sesshomaru. – Acreditó su mérito con orgullo. - Sin embargo, no pude prever las precauciones que había tomado Inu no Taisho.

Incluso Jaken hablaba con mucho respeto del Señor del Oeste. Debía de haber sido mucho más importante y poderoso de lo que podía imaginar.

- ¿Qué pasó entonces?

- Inu no Taisho estaba empeñado en dejar su espada más poderosa a su hijo menor, por lo que colocó un sello en el portal que trasportaba hasta su tumba, donde se encontraba oculta la katana. Este sello reaccionó tan pronto como Sesshomaru intentó romperlo para hacerse con la Tessaiga, suprimiendo todos sus poderes demoníacos en el acto. El Amo se sintió tan humillado por haber caído en aquella trampa que perdonó la vida de Inuyasha y la mujer extraña que lo acompañaba, y nos marchamos de allí de inmediato.

Hasta ahí, todo lo que había dicho parecía coincidir con lo que me había informado Kagome con anterioridad. Dejé que Jaken prosiguiera con su relato.

- El Amo Sesshomaru no podía soportar estar atrapado en aquel débil cuerpo, el cual apenas era capaz de reconocer como propio. Trató de recuperar sus poderes, pero todos sus intentos se veían frustrados por las limitaciones de haberse convertido en una criatura mortal. Llegó a estar al borde de la muerte en varias ocasiones, empeñado en acabar con la vida de algunos demonios con sus propias manos, como hubiera hecho antaño sin ningún tipo de dificultad. Sin embargo, todos los esfuerzos por recuperar sus fuerzas demoníacas fueron en vano. Entonces, en mitad de la desesperación del Señor Sesshomaru, él apareció.

- ¿Quién?

- Naraku. – De nuevo, aquel inolvidable nombre volvía repetirse. - A cambio de ofrecerle protección frente a otros demonios, la misión que le encomendaba al Señor Sesshomaru era llevar las riendas de un castillo humano que se encontraba en una zona estratégica para él, por la alta actividad demoníaca en sus inmediaciones. Naraku erigió una barrera protectora alrededor de la fortaleza como garantía, y le entregó un fragmento de la Perla de Shikon al Señor Sesshomaru, asegurando que le ayudaría a recuperar sus poderes. Además, debía de recolectar todos los fragmentos que pudieran caer en sus manos, así como mantenerlos a salvo. Esas fueron las condiciones del acuerdo. – Jaken hizo una pausa para reflexionar. – La verdad es que me pareció muy sospechoso, pero el Amo no dudó en aceptar. No soportaba la idea de seguir atrapado en el cuerpo de un vulnerable mortal.

Su relato había sido desgarrador, aunque me costaba imaginar al majestuoso Sesshomaru, sufriendo en un estado tan lamentable. Me partía el corazón. Podía imaginar su orgullo hecho pedazos, martirizándose a diario por aquella maldición. Comencé a entender su pesar, aunque por encima de todo, aquella situación planteaba nuevas incógnitas.

- Pero Señor Jaken, yo residía ya por aquellas tierras hace varios años, y recuerdo claramente que el heredero del castillo era un muchacho enfermizo, y completamente humano. ¿Cómo logró suplantar su identidad?

Me preocupaba seriamente la posibilidad de que hubieran podido asesinarlo a sangre fría para ocupar su lugar. Jaken no pudo contener su desagrado por el hombre que había establecido un trato con su amo mientras seguía explicando:

- Ese bastardo de Naraku lo tenía todo planeado. El heredero había fallecido debido a su frágil estado de su salud, dejando el castillo sin nadie que pudiera hacerse cargo, ya que su madre había muerto en el mismo parto, y el padre había sido víctima de la guerra. Fue sencillo para Naraku lanzar un encantamiento sobre todos los habitantes de la mansión para cambiar la imagen del humano por la del Amo Sesshomaru, borrando por completo su muerte de sus recuerdos. Así es como pudo comenzar aquella vida como humano sin levantar sospechas. De esa manera, el Amo fue recuperando sus poderes uno a uno con el paso de los años. Llegó incluso a comenzar a salir a cazar demonios él mismo durante las noches para obtener fragmentos más rápidamente, acompañado de Kagura, una sierva de Naraku.

Eso también explicaba por qué todas las criadas hablaban sobre él como un hombre que había sido muy enfermizo toda su vida, a pesar de lo robusto que demostraba ser. También pude entender el motivo de la familiaridad con la que el demonio del abanico hablaba de Sesshomaru. Jaken estaba resultando ser una mina de información valiosa.

- Entonces… por último, ¿sabrías decir cómo encaja mi matrimonio con él en todo ese escenario? – Pregunté al demonio con ojos suplicantes.

- Para ser sinceros… a mí también me sorprendió. Me lo informó un día, como si nada. Yo tampoco le di importancia a las nupcias con una mera humana, sin ánimo de ofender. – Realizó un inciso por temor a haberme molestado con su forma de referirse a mí. No le di importancia en ese momento. – Pero es cierto que nunca me dio detalles al respecto al motivo que tuvo para hacerlo.

Como me había temido, sólo el mismo Sesshomaru debía tener las respuestas para aquel misterio.

- Sin embargo… - Siguió Jaken, perdido en su monólogo. – Sí me sorprendió la primera vez que los vi juntos. El Señor Sesshomaru se veía calmado, y no quería involucrarte en nada que pudiera poner tu vida en peligro. Es la primera vez que le veía actuar de esa manera sobreprotectora con nadie. Por eso había venido a buscarte.

Abrí mucho los ojos, sorprendida.

- ¿Me buscabas?

- Quería llevarte ante él para ayudarlo a sentirse mejor, pero ahora pienso que el Señor Sesshomaru querría seguir manteniéndola al margen de todo esto. Además, no puedo garantizar tu seguridad ahora mismo si te encuentras con él. – Admitió con tono amargo. - No creo que el Amo me perdonase la vida si te pasara algo.

Definitivamente, no debía andar muy lejos, pero comprendía el punto de Jaken. Yo tampoco quería meterle en problemas, y, por otro lado, me sentía aterrada por la posibilidad de ver a Sessomaru perder el control de nuevo ante mis ojos. Supe que tendría que ser paciente.

- Gracias por haber sido tan sincero conmigo, Jaken. – Estiré los brazos para dar un sincero abrazo al demonio, que se revolvió en mitad de un sobresalto. – Me has ayudado a encontrar la paz que necesitaba.

- ¡T-tampoco lo he hecho por ti, no seas engreída! – Chilló mientras seguía intentando liberarse.

Lo dejé ir con una risa de alivio. Su temperamento se me hacía muy simpático y gracioso, ayudándome a liberar mucha tensión de mi cuerpo.

- Bueno, yo ya no tengo nada que hacer por aquí, así que me marcho. – Anunció el demonio verde, con el rostro colorado.

- Espera. – Le pedí. - ¿Puedo pedirte un último favor antes de que te vayas?

- Pero date prisa, humana, que no tengo todo el día. – Me apremió el duendecillo, pataleando el suelo con impaciencia.

Me puse en pie con dificultad, sentía las piernas entumecidas por haber permanecido agachada durante tanto tiempo. Tomé una pequeña flor violeta del ramillete que hacía dejado caer y se la tendí a Jaken.

- ¿Podrías dársela al Señor Sesshomaru por mí? Y hazle saber que necesito hablar con él tan pronto como le sea posible, por favor.

El demonio con cara de sapo tomó la planta con aire de superioridad.

- Eso son dos favores.

Le sonreí con dulzura.

- Por favor.

- ¡Está bien, pero no te creas tan importante! – Se quejaba como un anciano cascarrabias. Quizás por eso me despertaba cierta ternura su mal humor.

- ¡Gracias, Jaken! Ten cuidado en tu viaje de vuelta. – Le deseé, mientras lo veía marcharse.

Mientras él se alejaba, yo me di la vuelta para recoger del suelo las flores que había estado recolectando junto con Inuyasha aquel día, no quería que se echasen a perder. Las apreté contra mi pecho y eché a andar en la dirección en la que se había alejado el medio demonio.

- ¡Siento haberte hecho esperar, Inuyasha! ¡Ya podemos volver a la aldea!

Notas de la autora: ¡Hola a todos! Tenía muchas ganas de llegar a este capítulo, ya que por fin se dan unas pinceladas del Sesshomaru que he construido para esta historia. Tiene un trasfondo más triste que el original, ha pasado por una gran humillación y comprende más los sentimientos humanos al haber convivido con ellos, tragándose su orgullo, lo cual espero que explique muchos comportamientos que hemos visto en él hasta el momento.

Por otro lado, solo quería aclarar que a pesar de que tenga una "justificación", no estoy intentando romantizar ni perdonar lo que ha hecho Sesshomaru al abandonar a Rin sin decirle nada. Sé que nadie me ha pedido mi opinión, pero me parece importante mencionar en este punto la responsabilidad afectiva. Él es libre de dejar a Rin, o alejarse si no está pasando por un buen momento, pero teniendo en cuenta el vínculo que compartían, lo mínimo que tendría que haber hecho es consultarlo con ella, o al menos declarar su intención de forma clara. Sin embargo, como no ha sucedido así (todos nos equivocamos, es parte del personaje y no tiene que ser perfecto), es normal que Rin se haya sentido de forma tan pesimista hacia sí misma, ya que no lograba entender qué había hecho mal. Me alivia haberle dado un poco de paz a su mente en este capítulo, no me gusta hacer sufrir a mi niña.

En fin, espero que os esté gustando la historia y nos leemos el domingo que viene, como siempre 3 Echo de menos escribir escenar bonitas entre Sesshomaru y Rin, ¿vosotros qué pensaís?