Notas de la autora: ¡Buenas, no se me ha olvidado que es domingo! He tenido una vida social muy intensa últimamente, pero tan pronto como he llegado a casa me sentado en el ordenador para actualizaros. Este capítulo no era estrictamente necesario a nivel de lore o historia, pero me apeteció a hacerlo... Nos leemos en las notas finales ;)

Definitivamente, había perdido la cabeza. Esa mujer me había vuelto loco. Jamás en mi larga existencia había tomado una decisión tan impulsiva como aquella. No había razonado si sopesado las consecuencias, pero sabía con seguridad que la deseaba. Quería poseerla como jamás había deseado con ninguna otra criatura.

No estaba seguro en qué momento había comenzado a atraerme de aquella manera tan primitiva, siempre había pensado en ella como una intrigante cría humana. ¿Por qué se veía ahora tan preciosa como una diosa de ensueño? ¿Por qué no podía dejar de imaginar cómo sería el tacto de su tierna piel o el sabor de su boca?

Evité deliberadamente encontrarme con ella mientras se llevaban a cabo los preparativos para la boda. Temía cómo podía escalar aquel deseo si me quedaba a solas con ella, por lo que supe que debía ser cauteloso en mis acercamientos.

- Señor Sesshomaru. – Escuché una voz chirriante llamarme desde el ventanuco de la alcoba. – Llevo varios días intentando venir a entregarle esto, pero hay mucho revuelo en el castillo, ¿ha pasado algo?

Mi siervo me entregó unos manuscritos con los registros de la actividad demoníaca de la zona. Tendría que revisarlos más tarde, antes de entregárselos a Naraku.

- Seguramente se deba a los preparativos de la boda. – Contesté sin darle mayor importancia.

Sin embargo, aquel demonio siempre tenía que meter su hocico en todo.

- ¿Boda? ¿De los humanos?

- Se trata de mi boda. Con una humana.

Jaken me observó con perplejidad. Apenas podía creer lo que acababa de escuchar.

- ¡P-p-pero Señor Sesshomaru…! – Comenzó a replicar.

- No vuelvas a aparecerte por aquí, Jaken. – Le ordené, cortando su parloteo. – Podrían descubrirte así que yo saldré a contactarte la próxima vez.

Con reservas, el demonio terminó por marcharse, dejándome una vez más solas con mis pensamientos sobre el cuerpo desnudo de Rin.

El día de la boda fue muy tenso. Un gran silencio reinaba en la sala, un gesto reprobatorio de aquella unión por parte de todos los presentes, pero su opinión no importaba nada en absoluto. Deseaba tener a mi lado a aquella mujer, que apareció vestida de blanco con una gran capucha envolviendo su cabeza a la ceremonia. Le habían empolvado demasiado el rostro y recogido el cabello. Aunque no fuera del todo de mi gusto, ella seguía viéndose hermosa. Me costaba mantener mis ojos alejados de su disimulada silueta bajo aquellas capas de ropa.

EL sacerdote me ofreció una diminuta copa de sake, de la que bebía beber tres sorbos. Tragué el líquido bajo la atenta mirada de mi esposa. Mi cuerpo se estaba calentando considerablemente. Cuando le ofrecí la copa a Rin, sus dedos produjeron una corriente eléctrica al rozar los míos, aunque fui el único afectado por el contacto. Mi esposa tomó el recipiente y tomó sus tres tragos correspondientes, agotando el líquido.

Sus labios brillaban debido a la bebida que había ingerido. Necesitaba morder esa boca. Hice uso de toda mi fuerza de voluntad para contener mis miradas furtivas y mantener una apariencia calmada, aunque sentía todo mi cuerpo arder de deseo.

Al fin había caído la noche, y sabía que ella me esperaba en nuestra alcoba. Sin embargo, no podía evitar sentirme inquieto a la par que expectante. Deseaba hacerla mía, beber su sangre y clavarme en ella de todas las maneras posibles. Jamás me había sentido de aquella manera, por lo que no sabía controlarlo. ¿Y si le hacía daño? No quería asustarla. Por nada del mundo quería sus ojos mostrasen un ápice de tristeza.

Con dudas nublando mi mente, entré en la habitación. Rin se encontraba recostada sobre el futon, y se incorporó nada más escucharme entrar.

- Señor Sesshomaru… - Me llamó en un susurro.

Su rostro había sido limpiado de todo el maquillaje que llevaba en la ceremonia, mostrando sus sonrojadas mejillas. Llevaba el oscuro cabello suelto sobre sus hombros. Su cuerpo estaba envuelto por un fino kimono de color blanco. Se veía terriblemente apetecible.

Apagué las velas del cuarto una a una, tratando de no pensar en el cuerpo desnudo de aquella muchacha. Cuando estaba a punto de apagar la última luz, ella te interrumpió con su trémula voz.

- Disculpe, m-me… da un poco de miedo la oscuridad, y no estoy acostumbrada a este sitio todavía. ¿Le importa dejar esa vela encendida, si no es mucha molestia?

La observé bajo la tenue iluminación. Tenía las manos cerradas en dos puños, visiblemente nerviosa.

- Claro. – Accedí. – Sin ningún problema.

Me aproximé a Rin con la intención de desprenderla de su ropa y admirar cada centímetro de su piel, incapaz de contener mis impulsos. Por fin había llegado el momento. Sin embargo, al tocar la solapa de su kimono, justo en el nacimiento del cuello, me detuve en seco. Una poderosa fuerza pujaba por salir de mi cuerpo. Era casi imposible contener la transformación y el grotesco deseo de desgarrar su carne con mis garras, que comenzaban a asomar, por lo que la solté y me eché a su lado, dándole la espalda. Tenía que calmar los frenéticos latidos de mi corazón.

Observé la pared frente a mí, tratando de dejar la mente en blanco. Ella se acurrucó a mi lado, dificultando la tarea. Pensé que aquella era la primera vez que yacía en el mismo lecho que otro ser vivo. Su calidez me provocaba un agradable cosquilleo en los puntos donde nuestros cuerpos hacían contacto a través de la ropa. Su dulce esencia a jazmín no dejaba de acosarme, haciéndome más consciente de su proximidad. Sentía su mirada en la nuca, expectante ante mi próximo movimiento.

En aquel momento, noté cómo me clavaba mis propias garras en las palmas de las manos debido a la tensión de mi cuerpo. Me había transformado por completo, volviendo a tener mi apariencia de siempre. La cercanía con aquella mujer era extremadamente peligrosa.

No podía permitir que ella descubriese que era un demonio, o saldría corriendo despavorida. Entonces, todo lo que había tenido que soportar para tenerla conmigo en aquel momento se convertiría en una pesada losa sobre mi conciencia. No quería perderla, y no deseaba tener que verla marchar.

Tratando de serenarme lo máximo posible, me alejé lo suficiente de ella para romper el leve contacto entre nuestros cuerpos. Tenía que mantener la cabeza fría. Podía soportar no hacerla mía siempre y cuando siguiera a mi lado. Merecía la pena hacer aquel titánico esfuerzo. Ella contuvo la respiración un momento mientras yo me revolvía bajo la manta.

Sabía que una retirada estratégica era lo más sabio en aquella situación, aunque estaba convencido de que Rin haría preguntas al respecto, y correría el riesgo de que viene mi rostro completamente transformado. Intentaba desesperadamente ignorar su presencia mis espaldas, pero se hacía mucho más complicado de lo que había calculado inicialmente. Su aroma no hacía más que intensificarse, impidiendo que pudiera sacar de mi cabeza el brillo inocente de sus ojos o la forma perfecta y tentadora de sus labios. Era demasiado consciente también del calor de su cuerpo tendido a mi lado, preparado para ser poseído con fuerza contra el suelo…

Maldición. En aquel punto ya no sabía con qué parte concreta de mi cuerpo estaba pensando. Inhalé y exhalé profundamente.

Rin se revolvió a mis espaldas, en busca de una posición más cómoda en la que recostarse. El sonido que producía la tela contra su piel me hacía preguntarme qué sabor, temperatura y textura tendría en mi boca. Debía que estar enloqueciendo por completo, jamás había sentido aquel tipo de necesidades tan primitivas.

En aquel momento, la escuché bostezar, seguramente en un intento de mi esposa por conseguir mi atención, y recordarme que seguía esperando, despierta. Sabía que ella también lo deseaba tanto como yo, pero no podía permitir que ocurriese, o todo se habría acabado tan pronto como comenzase.

Todo mi cuerpo ardía con cada pensamiento lascivo que acudía a mi mente, y sabía que si la tocaba no sería capaz de replegar mis garras, o revertir la transformación de ninguna manera. Y en el momento en que ella fuera testigo de mis prominentes colmillos o las marcas moradas de mi cuerpo, seguramente saldría corriendo espantada a alertar a todo el mundo, descubriendo mi bien cuidada tapadera.

Y no es que importase demasiado a aquellas alturas tener que abandonar aquel castillo, con todos sus irrelevantes habitantes dentro, pero una parte de mí no soportaba la idea de perder a aquella mujer de vista. No podía dejarla sola y desprotegida. Y mucho menos, en aquel momento que había acabado compartiendo lecho con ella gracias a la decisión más impulsiva que había tomado jamás.

Percibí entonces cómo la respiración de Rin se ralentizaba. No era posible que hubiera conciliado el sueño tan rápidamente. ¿Acaso se estaba burlando de mí? Me giré con cautela, apoyándome sobre mi antebrazo para encontrarme con su rostro. Sus facciones estaban relajadas y disfrutaba de un plácido sueño. ¿Cómo podía permitirse mostrarse tan vulnerable al lado de un hombre con tanta facilidad? Sin duda, esa muchacha debía tener el instinto de autopreservación atrofiado.

Supe que debía aprovechar la oportunidad que se me había presentado para abandonar la habitación cuanto antes. En la oscuridad de la noche, me dirigí hasta mi oficina, donde me recosté al lado de la ventana por la que se colaba la luz de la luna. No era un mal lugar para pasar la noche, si es que lograba conciliar el sueño.

Mi cabeza se había convertido en un hervidero de escenas sexuales sin control. Fantaseaba con llevármela al bosque, donde nadie aparte de mi podría escuchar sus gemidos de placer ni sus advertencias sobre el terrible demonio que la había seducido. Aquella situación imaginaria ni siquiera tenía ningún sentido. Sólo una bestia descerebrada arrastraría a una hembra a la naturaleza para calmar su deseo de aquella manera tan desagradable.

Sin embargo, no podría dejar de imaginar la sensación de enterrarme en ella, de sentir todo su cuerpo estremecerse, el tacto de su sensible pecho bajo mis garras y el sabor de su sangre en mi boca. Esa última idea hacia mis deseos mucho más peligrosos para ella. Utilicé aquella certeza para enfriar mi mente.

Siendo franco conmigo mismo, y analizando la situación, no estaba seguro de que podría evitar que aquello ocurriese tarde o temprano, dado que el ferviente interés que sentía por la humana no era unilateral. Por eso motivo, tendría que aprender a controlar mis instintos para poder garantizar su seguridad. También tendría que manejar la situación perfectamente para que ella no se diera cuenta de que estaba teniendo intimidad con una criatura que no era un ser humano.

Me convencí de que podía conseguirlo, después de todo, seguía siendo el Gran Sesshomaru.

Por un fugaz instante, me pregunté si mi padre se habría sentido de la misma forma que yo en aquellos momentos. Tampoco era como si importase. Ya ni siquiera me molestaba pensar que, a fin de cuentas, todo se estaba desarrollando de acuerdo a su voluntad al colocarme aquel sello que me privada de mis poderes. Era una dulce tentación en la que estaba más que dispuesto a caer. Buscaría alivio por aquella noche y comenzaría a trabajar con mi bestia interior para poder cumplir mis deseos.

Tomé mi excitado miembro, en un intento de calmar mi necesidad, pero mis manos por sí solas no estaban funcionando. No dejaba de estar duro, a la que vez que era totalmente incapaz de acercarme lo más mínimo al orgasmo. Estaba comenzando a frustrarme, pero no podía simplemente ignorarlo. Temía que, si lo hacía, la próxima vez que me cruzase con mi esposa, sería incapaz de contenerme.

Suspiré. Ya que aquella humana era la causante de aquella situación, fantasear sobre lo que quería hacerle podría ser una buena herramienta para disminuir aquella ardiente sensación. Cerré los ojos para visualizar su imagen.

La Rin que apareció en mi mente estaba vestida (todavía) con un exquisito kimono de flores rosadas. Me observaba acorralada contra la pared de un calabozo, con las mejillas sonrojadas y los ojos brillantes. Estaba muy tentado de tomar ese rostro y devorar sus carnosos labios, pero tenía otros planes para aquella mujer imaginaria.

Agarré sus manos con brusquedad y aprisioné sus muñecas con los grilletes con cadenas que pendían de la pared. Quería disfrutar por completo de su cuerpo sin la posibilidad de que pudiera escapar o tratar de oponerse a mis deseos. Esa noche necesitaba hacerla toda mía. Su olor me hizo saber que ella se encontraba más que dispuesta a complacerme.

Sin esperar ni un segundo más, no dudé en utilizar mis garras para desnudarla por completo, haciendo añicos la prenda que me privaba de la visión de su cuerpo. Fue una imagen que me dejó sin aliento por un momento.

Su cabello oscuro caía sobre sus hombros, enmarcando su perfecto rostro, dominado por la excitación. Tenía los labios entreabiertos, tratando de recuperar el aire en sus pulmones. Descendí mi mirada por su delgado cuello hasta llegar a sus pechos, redondos y tiernos, marcados por finos hilos de sangre provocados por mis uñas al desgarrar su ropa. Seguí el recorrido por su cuerpo para admirar su vientre, recorrido también por varios arañazos, ensanchándose hacia los lados en unas amplias cadenas que jamás hubiera podido adivinar bajo las capas de tela. La chica juntaba sus redondeados muslos con fuerza para ocultarme su rincón más íntimo. Interiormente me complació saber que no tardaría en descubrirlo, por mucho que tratase de ser pudorosa.

Tomé una de sus piernas y comencé a lamer desde su tobillo hasta el muslo, donde no pude resistirme a darle un mordisco, clavando mis colmillos con un limpio movimiento. Ella gimió, sobresaltada, mientras intentaba volver a juntas sus piernas desesperadamente, aunque yo bien sabía que no iba a permitir que eso ocurriera. Con ambas manos, separé sus muslos para obtener acceso directo al lugar del que provenía el delicioso olor de su excitación. Llamó mi nombre con tono de reproche. Ignoré sus quejas porque sabía que sólo estaba siendo vergonzosa.

Me acerqué, sediento de su sabor, hasta casi rozar con mi lengua su clítoris, pero decidí detenerme en el último momento. Pensé que sería interesante ver su reacción si la dejaba con las ganas. Me incorporé para mirarla y tenía sus grandes ojos castaños clavados en mí, atentos a mis movimientos. Pude notar cómo aumentó su deseo en el brillo de aquellas pupilas mientras me alejaba de ese lugar. Comencé a lamer la sangre sobre su vientre hasta llegar a sus pechos, que me esperaban con los rosados pezones erectos. Introduje uno en mi boca para succionarlo lentamente, mientras agarraba su otro pecho, conteniendo mi deseo de hacerlo con fuerza.

- Señor Sesshomaru, - Gimió ella con su dulce voz. – e-esto no es justo…

Coloqué mi rostro a la altura del suyo mientras seguía sujetando sus pechos, jugueteando con sus pezones entre mis dedos.

- ¿Quién dijo que nada de esto iba a ser justo? – Le inquirí a aquella Rin imaginaria.

- Yo también… quiero tocarle… - Suplicó.

¿Quién se creía aquella humana que era para pedirme ningún favor?

- Eres mía. – Le recordé, por si no le había quedado suficientemente claro. – Yo decidiré si en algún momento deseo que pongas tus manos en mí.

Ella iba a replicar de nuevo, pero mordí su labio inferior para acallarla. El tacto de su boca era puro fuego y terciopelo, podría lamerlos durante horas sin parar. Una parte irracional de mi cabeza me hizo introducir la lengua en su boca para fundirse con la suya. Cuanto más la besaba, más evidente se hacía en su esencia cómo ella se iba empapando, deseándome, frotando sus caderas contra mi pierna. Permití que lo siguiera haciendo mientras lamía su cuello, dejando marcas de pasión a mi paso.

Observé su rostro extasiado con el roce de mi pierna contra su intimidad. Le devolví la caricia activamente con un poco más de intensidad y ella gimió, estremeciéndose ante el repentino movimiento. La visión de sus labios hinchados y sus mejillas sonrojadas era insoportable en aquel punto. Me estaba poniendo muy duro. Maldición.

La agarré del trasero para alzar sus caderas, cubriendo con mi boca los labios de su vagina. Ella ahogó una exclamación, sorprendida. Me di el placer que me había negado antes a mí mismo de explorar sus pliegues con su lengua, provocando sus gemidos con cada uno de mis movimientos. Me retiré un instante para aprisionar su clítoris entre mis labios en esta ocasión. Sentí sobre mis hombros cómo trató de cerrar las piernas, perdida en mitad del éxtasis. Cada vez que ejercía una delicada succión, todo su cuerpo se estremecía y comenzó a gimotear, pidiendo más. Me detuve un momento para empapar mis dedos con su flujo, y comencé a introducirlos en su ano, lentamente.

- S-se siente extraño en ese lugar, Señor Sesshomaru…

- Dale tiempo.

Esta mujer no tenía nada de paciencia, ni siquiera en mis sueños. Iba tanteando la entrada de su ano con mis dedos índice y corazón alternativamente, mientras volvía introducir mi lengua en el lugar más caliente de su cuerpo. Cuando noté que se había relajado lo suficiente, distraída con las sensaciones provocabas por su parte delantera, metí ambos dedos lo más profundo que pude en su trasero. Volvió a tensarse de nuevo, con un gemido.

- ¿Te duele? – Le pregunté. No entendía por qué estaba teniendo alguna consideración con mi propia imaginación.

Su mirada se había tornado hambrienta, como un adicto al opio que estaba comenzando a sentir cómo las sustancias hacían efecto en su sistema, llevándola a lo más alto. Contestó, apenas sin aliento:

- En absoluto.

No pude evitar sonreír con malicia. Saqué los dedos de su interior.

- Perfecto. Espero que sigas igual de apretada cuando te la meta.

Bajé mis pantalones para liberar mi miembro, que no aguantaba más aquella tortura, y lo introduje sin pensar en su vagina, dejando que me cubriese de su lubricante natural. Ella se revolvió, incapaz de liberarse de sus cadenas. La embestí más veces de lo necesario al sentir cómo me deseaba allí dentro, pero tenía que cumplir mis necesidades, antes que las suyas.

Saqué mi miembro, empapado por sus fluidos, y lo coloqué en la entrada de su trasero, excitado, impaciente por ahogar de una vez mi necesidad. Fui más despacio en esta ocasión, mientras la penetraba, aferrándome a sus caderas, clavando mis garras. Ella se mordía el labio, muy pendiente de todas las sensaciones que estaba experimentando. Yo sólo pude dejarme llevar hacia su interior, que me arrastraba, cada vez más profundo y apretado. Podía correrme si sólo perdía mi concentración por un momento. Joder.

Agarré sus glúteos, tratando de pensar en el tacto de su piel, en lugar de en cómo se iba cerrando sobre mi miembro palpitante, pero fue inútil. Sus gemidos me traían de vuelta a las puertas del orgasmo. Decidí que, si no había vuelta atrás, entonces trataría que durase lo máximo posible. Muy despacio, traté de salir de su interior para volver a hundirme en ella, sin apresurar el ritmo. Fue ella quien trató de que la llenase más rápido y más duro, arrimando su cadera contra mí. La miré con seriedad.

- Ni se te ocurra moverte. – Le ordené, con la voz ronca por el placer que trataba de contener.

- P-pero Señor… Le necesito…

- No me importa, quédate quieta.

Pareció dispuesta a obedecer. Dejó su cuerpo totalmente relajado, entregándose por completo a mí. No había visto devoción igual en ningún ser humano. Aunque esta Rin se tratase de una fantasía en mi cabeza, sabía que ella acataría cualquier cosa que le pidiera en la realidad también, sin oponer resistencia, lo cual me excitó todavía más. Seguí por un rato más con aquel lento vaivén, notando cómo su cuerpo temblaba, escuchando sus gemidos que en ocasiones hacían coro con los míos. Aquella mujer era demasiado, mucho más de lo que podía soportar en aquel momento. Apenas traté de darle una estocada más ruda, sentía que me perdía dentro de ella, que toda mi fuerza de voluntad me abandonaba en mitad de un satisfactorio orgasmo.

La imagen de mis pensamientos se estaba desvaneciendo, pero no quería que acabase así, maldita sea. Necesitaba seguir llenando ese rostro de placer y escuchar cómo llegaba al orgasmo gracias a mí. No podía parar en ese momento. Aún seguía duro, podría conseguirlo.

Volviendo a ver a Rin más nítidamente en mi cabeza, las despojé de las ataduras que aprisionaban sus muñecas y la senté sobre mi regazo, con sus brazos rodeando mi cuello. Jadeando, ella me besó cariñosamente. Correspondí su gesto mientras acomodaba mi erección en la entrada de su vagina. Ella se dejó caer sin rechistar. Gimió en mi boca, temblando ante las sensaciones que le proporcionaba su cuerpo.

Volví a besarla, adorando su boca y atrayéndola hacia mí con las manos sobre su espalda. Era adorable, era preciosa. No quería parar hasta que gimiese mi nombre, hasta que me suplicase que parara porque no podía seguir más. El movimiento de sus caderas de arriba hacia abajo fue acelerándose progresivamente. Ella cabalgaba sobre mí con fuerza, con necesidad. Ya no podía negarle sus deseos, sólo seguía existiendo para satisfacer sus placeres.

- Sesshomaru. – Me llamó. – M-me voy a…

Tenía que hacer todo lo que estuviera en mis manos porque fuera tan espectacular como ella misma. Agarré sus caderas, la penetré con fuerza una y otra vez. Ella se sujetó a mis hombros, con los ojos cerrados, gritando que estaba siendo demasiado duro, que no iba ser capaz de aguantar más. Sentí sus espasmos sacudirme y exprimir hasta la última gota que quedaba de mí. Acto seguido, se dejó caer sobre mi pecho, agotada, a punto de ser vencida por el sueño. La estreché entre mis brazos instintivamente mientras la fantasía llegaba a su fin, enterrándose en el rincón más profundo de mi memoria.

Abrí los ojos y fui consciente del sudor sobre mi frente y la elevada temperatura de mi piel. Observé el tatami frente a mí, todavía jadeando. Necesitaba solo un segundo. Un momento más de reposo y podría levantarme a limpiar el desastre que había montado.

Con el paso de los días, sentía una capacidad mayor de autocontrol cuando tenía que compartir espacio con Rin. Sin embargo, la mujer que me deseaba cada noche en nuestro lecho no tardaría demasiado en hacer su primer movimiento, capturándome en sus tiernas fauces sin apenas esforzarse. Sabía que iba a ser mi perdición, y aún así, no me pude resistir a caer rendido ante aquella cautivadora mujer.

Notas de la autora: Decidme que no era la única que necesitaba a nivel espiritual verlos interatuar de forma íntima de nuevo y que estaba de menos el lemon e.e con el dramatismo que ha cobrado la historia no había un momento coherente pero finalmente logré introducir la escena de las fantasías de Sesshomaru que escribí hace meses.

¿Qué os ha parecido? ¿Echábais de menos este tipo de capítulos más eróticos? A veces me cuesta creer que todo empezó por un one shot de una escena erótica que llevaba tiempo imaginado para esta pareja. Espero que os haya gustado, como siempre, nos vemos la semana que viene, y no olvidéis que me encanta leeros a vosotros también!