No hay dos sin tres
Por Nochedeinvierno13
Disclaimer: Todo el universo de Shingeki no kyojin es propiedad de Hajime Isayama.
Esta historia participa en "Casa de Blanco y Negro 2.0" del Foro "Alas Negras, Palabras Negras".
Condición: Narrador en primera persona.
Me gustaría decir que fue por culpa del alcohol, pero ninguno de nosotros estaba borracho.
Porco había bebido media botella de vino —uno suave comparado a los licores en los que solía ahogar sus penas, cuyo aroma apenas se percibía—; tenía las mejillas coloreadas y los labios fruncidos. Estaba recostado en el sillón. Una mano sobre su rodilla; la otra aferrada al cuello de la botella como si se le fuera a escapar.
Pero no me la negó cuando quise beber directamente de ella. Porco me miró, dividido entre la sorpresa y la curiosidad. Aquel comportamiento no era propio de mí. Me gustaba beber cuando la ocasión lo ameritaba, pero siempre guardando los modales, tomando una copa con delicadeza y riendo por lo bajo cuando el alcohol se me subía a la cabeza.
Esa noche me sentía especialmente satisfecha. Habíamos vuelto a casa después de años a la deriva, vagando por un mundo poco conocido y hostil. No me importaba que hubiéramos ganado la guerra sino que hubiéramos regresado todos con vida.
Colt no dejaba de hablar sobre nuestra próxima batalla. «El infierno contra el paraíso», decía. Cuando tomaba, su poeta interior se apoderaba de sus palabras y lo convertían en un ser apasionado. Yo, por otro lado, prefería saborear nuestra victoria presente, ya me preocuparía luego por las gotas que derramara sobre la mesa.
Por eso bebí directamente de la botella y dejé que el vino bajara por mi garganta, despertando mis sentidos. Sentí una sensación cálida abrazando mi cuerpo. Eso hizo que quisiera otro trago. Derramé tres gotas sobre mi abrigo cuando sonreí. Fue un buen momento para quitármelo, pues el ambiente estaba cargado de calor y tensión. A pesar de que la ventana estaba abierta, el aire nocturno no mitigaba el ardor veraniego; las luces encendidas de par en par y el alcohol de por medio, tampoco.
La única copa que permanecía intacta, abandonada al borde de la mesa, era la de Reiner.
En rara ocasión lo veía beber, pero nunca declinaba una invitación para celebrar nuestras victorias. Quizás lo hacía para no quedarse al margen, para sentir que pertenecía, o porque le costaba decir: «me importa una mierda». No lo sé. En realidad, nunca podía saber con exactitud qué pensaba Reiner o cómo se sentía. Era un completo enigma. Incluso más difícil de descifrar que Porco.
Él era como una cebolla, había que pelarlo capa por capa para entenderlo y, la mayoría de las veces, me hacía llorar con sus secretos. Sabía de su frustración por no haber ganado el Titán Acorazado —frustración que había disminuido consigo mismo desde que era dueño del Mandíbula—, de la inexistente relación con su madre desde la muerte de Marcel y del insomnio que sufría gracias a las memorias de la anterior portadora.
A veces nos besábamos y dormíamos en la misma cama. Detrás de esa fachada de «soy un chico rudo que va contra el mundo», Porco besaba suave y acariciaba con ternura. Siempre me pasaba los dedos por el pelo hasta que me quedaba dormida en su pecho.
Pero esa noche, con la presencia de Reiner, se mostraba esquivo.
Su rivalidad se remontaba años atrás, cuando no éramos más que niños que soñaban con gloria y títulos honorarios. Porco no le perdonaba que le hubiera quitado su lugar; Reiner no podía hablar de Marcel sin desviar la mirada. «Murió antes de llegar a la isla» y «fue por Reiner» era lo que se decía.
Entendía el dolor de Porco. Marcel era su hermano, sangre de su sangre, pero resentir a Reiner por su muerte, no haría él volviera o la pena desapareciera. Lo único que ganaba era seguir carcomiéndose por dentro.
Y ese constante conflicto se percibía en el aire. Miradas de reojo, ceños fruncidos y silencio abrazador.
Reiner me miró.
Sus ojos avellanas se posaron en mi figura. Lo hicieron de forma casual, casi como un «sin querer», pero lo hicieron, pequeños e insistentes. Llevé mi mano derecha hasta mi camisa y desprendí los primeros tres botones; la curva de mi pecho asomó como acto reflejo. Las mejillas de Reiner se arrebolaron al ver mi piel expuesta. Ladeé levemente la cabeza cuando volví a llevarme la botella a los labios, de modo que él no se perdiera ningún detalle.
No sólo capté su atención por completo sino también la de Porco, quien se removió en el sillón y tragó saliva con dificultad.
Me incorporé y, con pasos lentos, me acerqué a Reiner. Las luces doradas giraron a mi alrededor. Saber que tenía los ojos de Porco clavados en mi espalda y lo de Reiner por delante, me hacía sentir poderosa. Era un poder diferente, uno al cual no estaba habituada. Cuando me hacía daño para convertirme en titán, sabía lo qué iba a suceder. Pero ahora, en ese preciso instante, todo era incertidumbre.
—Pieck —dijo Reiner. Su voz era ronca—, ¿qué estás haciendo? —Estaba nervioso por mi cercanía, lo presentía. Le sonreí—. ¿Por qué me estás mirando así?
Junté mis labios con los suyos sin previo aviso.
Yo estaba acostumbrada a la boca de Porco, inquisitiva y firme; la de Reiner, en cambio, era suave —a pesar de su mandíbula varonil— y me dejaba llevar el ritmo del beso. Estaba sorprendido, sus ojos abiertos de par en par lo gritaban, pero no interrumpió el contacto. Mis manos buscaron su rostro y acariciaron sus mejillas, cubiertas por una barba de tres días. Separó los labios y nuestras lenguas se tocaron suavemente. Su boca sabía a menta fresca, a juventud, a novedad.
—¿Te has vuelto loca? —la voz de Porco se elevó como un rugido a mis espaldas. Caminó a nuestro encuentro—. ¡Ella es mi novia, imbécil!
El terror se reflejó en él.
—No es cierto —aseguré—. Lo nuestro es sexo casual. —No estaba mintiendo. Nos perdíamos en las sábanas durante la noche, pero ninguno había prometido exclusividad al amanecer—. ¿Estás celoso, Porco?
Recibí un gruñido como respuesta.
Me volteé, encontrándome de frente con sus ojos encendidos. Estaba celoso, furioso y sorprendido. Todo al mismo tiempo. Le eché los brazos al cuello, atrayéndolo hacia mi cuerpo, y lo besé. Se quedó atónito ante mi movimiento, pero tampoco se separó.
Conocía la manera exacta de disipar su enojo y encender la lujuria en su interior: le mordí el labio.
A Poro le gustaba morder y ser mordido, pero cuando estábamos juntos se contenía. No quería dejarme los dientes marcados o lastimarme —a pesar de que a mí me excitaba su placer—, pero yo no fui suave en absoluto. Él gimió dentro de mi boa. Su aliento cálido era vino puro. Su pulso estaba acelerado, lo sentí a través de nuestras manos unidas.
—Te deseo —susurré contra su oído. Sobre mi hombro, los ojos de ellos se encontraron—. Y también lo deseo a él. —Rocé su entrepierna con suavidad. No me extrañó encontrarla dura como una piedra. Sonreí sabiendo que me había salido con la mía—. Bésalo —ordené.
Porco parpadeó confundido; luego, dio un paso hacia atrás, pero mantuvo su mano unida a la mía.
—Pero es Reiner...
—Los quiero a los dos —insistí. Reiner miraba expectante la situación, debatiéndose entre salir corriendo o permanecer anclado en el sillón—. Y Reiner también quiere, ¿a qué sí? He visto como te mira. —Se sonrojó violentamente al ser puesto en evidencia—. Olvidémonos del pasado por esta noche; mañana le echaremos la culpa al alcohol.
—Sólo por esta noche —asintió Porco—. Y jamás hablaremos de esto.
Los tres estuvimos de acuerdo.
Reiner se puso de pie y me sujetó de la cintura. Me estampó un beso que, de no haber sido por su agarre, me habría hecho caer. Porco también me besó porque, ante todo, él no podía quedarse atrás. Y luego vi cómo sus bocas se unieron. No fue un roce leve o una caricia suave. Fue algo salvaje, casi animal, donde se disputaban quién tenía el control sobre quién.
Ver esa lucha me encendió. Sentí la humedad anidándose entre mis muslos. Jamás pensé que tendrían ese efecto en mí. Quería que Reiner lo desnudara, que lo tocara como yo tantas veces lo había hecho; quería que Porco correspondiera sus caricias, que se entregara sin pudor alguno. Y también quería que ellos me tocaran a mí, los dos al mismo tiempo, sin vergüenza, y gemir los tres al mismo tiempo.
—¿Buscamos una cama? —preguntó Reiner cuando se separaron para respirar.
Y, por primera vez en la vida, Porco estuvo de acuerdo con él.
Cuando amaneciera y nos encontráramos los tres desnudos, compartiendo la misma cama, diríamos «fue por el alcohol» y «no volveremos a salirnos de control». Pero, lo cierto, era que los tres lo deseábamos —quizás desde toda la vida— y el vino fue un incentivo para aceptarlo y disfrutarlo.
