2. SIRIUS BLACK

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Personajes creados por J.K Rowling, aunque por supuesto yo los he adaptado a mi imaginación...

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Hoy estoy, y mañana...

¿Quién sabe?

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07/07/1984

En una oscura y húmeda celda de Azkaban se encontraba un hombre de veinticinco años. Su nombre era Sirius Orión Black, y su aspecto cadavérico habría asustado hasta al más valiente Gryffindor, mientras que su rostro de tristeza y desolación habría conmovido hasta al más frío Slytherin.

Los dementores, los carceleros de esa horrible prisión, se alimentaban de los sentimientos de culpabilidad y tristeza del preso. Y no es porque el hombre fuera culpable de los crímenes de los que lo acusaban. Su condena interior era otra muy diferente.

Sirius se consideraba culpable de su arrogancia. No había seguido sus instintos, y sus amigos, esos que él consideraba su familia, habían pagado su error. Quizás él también estuviera pagando, pero a diferencia de ellos, él se lo merecía. O al menos, eso era lo que el hombre deprimido y hambriento pensaba.

El ojigrís, pese a sus reservas, había permitido el plan de Dumbledore para despistar a Voldemort, cambiando el guardián del hechizo Fidelius, sin saber que el nuevo guardián sería un mortífago encubierto.
Esa rata traidora había entregado a los Potter, además de inculparlo a él, sin que le temblara la mano.
Le revolvía las entrañas darse cuenta de lo estúpido que había sido. Jamás debería haber puesto la vida de James y Lily en las manos de un cobarde como Pettegrew.

Lo que más le dolía era haber sido tan irresponsable, dejándose llevar por la furia, había dejado a su cachorro para ir en busca de venganza.
Pero Peter no se saldría con la suya, no sabía cómo, pero si de algo estaba seguro era de que esa sucia rata pagaría por sus crímenes y volvería para cuidar de su ahijado.

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08/07/1984

El personal encargado de dar de comer a los presos estaba haciendo su ronda, por lo que los dementores permanecían fuera de la prisión. Ese quizás era uno de los mejores momentos del día para los presos, y no era por la comida, insuficiente e insípida, sino por el descanso durante al menos una hora de la influencia de los dementores.

Sirius apartó a un lado su comida, hacía mucho que su cuerpo se había acostumbrado a la falta de alimento. Suspirando, cerró los ojos, bajó sus barreras de oclumancia, y dejó que sus pensamientos más ocultos fluyeran.

Su primer pensamiento fue para su lobito, su otra mitad, su alma gemela.
Recordó la primera vez que lo vio, en el dormitorio que les habían asignado a todos los primer años que habían sido seleccionados en Gryffindor.
El castaño le había parecido un tanto frágil y desvalido, e internamente había tomado la firme decisión de protegerlo.

Durante los primeros años, James y él, habían observado preocupados como cada mes pasaba unos días en la enfermería. No había sido hasta el tercer año que habían descubierto su "pequeño problema peludo". Y desde ese momento habían buscado sin descanso la manera de ayudarlo, de acompañarlo en su dolor.

Tuvieron que esperar hasta quinto año para conseguir su propósito, y su solución no había sido otra que convertirse en animagos. Desde entonces, Remus había sido un poco más feliz, ya que por primera vez en su vida había estado acompañado en sus transformaciones.

Su vida había dado un vuelco una noche que James y Peter no habían podido acompañarlos por estar castigados. Esa noche, el perro y el lobo habían correteado felices y despreocupados por el Bosque Prohibido. A la mañana siguiente, se habían despertado abrazados en el suelo de la Casa de los Gritos. Sirius había sido el primero en despertarse, y no pudo evitar quedarse omnibulado mirando los hermosos rasgos de la cara de Remus. Sin darse mucha cuenta de lo que hacía, fue acercándose a sus labios lentamente. Se detuvo de repente al ver abrir los ojos al castaño, quien lo miraba con rostro confuso, pero sin apartarse. Ambos siguieron mirándose durante varios segundos, perdidos en la mirada del otro. Finalmente, Sirius no pudo retener lo que llevaba tanto tiempo sintiendo y lo besó. Su sorpresa fue mayúscula cuando Remus siguió el beso.

Desde ese día tuvo muy claro que su lobito era el amor de su vida, y así se lo hizo saber cada día que siguió a ese hasta que la guerra los separó.

El último mes en Hogwarts fue el más complicado para el ojigrís, temeroso de que el futuro fuera del colegio lo alejara del castaño.
El día antes de la graduación había estado muy nervioso, en unas horas dejaría el castillo que había sido su hogar durante los últimos siete años. Los Potter, quienes lo habían acogido en su casa los últimos años, había muerto unos meses atrás, dejando un vacío muy grande en los corazones de los merodeadores. James le había ofrecido irse a vivir con él a la mansión Potter, pero Sirius quería irse a vivir con Remus, aunque no sabía lo que él pensaba al respecto, y no se atrevía a preguntárselo.

Por suerte, el licántropo era más valiente que él, al menos cuando se trataba de su relación con su pulgoso, y fue él el que le propuso que vivieran juntos.
Habían sido muy felices viviendo juntos, aunque por el día pasaban mucho tiempo en casa de James y Lily, pero las noches eran solo de ellos.

Sus pensamientos se fueron a James, su hermano de otra madre. Se habían hecho amigos la primera vez que ambos tomaron el espreso de Hogwarts, desde el primer instante en el que se vieron ambos habían sentido una extraña conexión. Provenían de dos familias sangre pura que no podían ser más diferentes entre sí, pero eso no les importó a ninguno de ellos.

Antes de conocerlo, el ojigrís simplemente quería estar en una casa que no fuera Slytherin, para escapar así de las ideas y costumbres de su familia. Pero ese viaje en el tren, al lado de ese chico alegre y alocado, lo hicieron desear pertenecer a Gryffindor.
En la ceremonia de selección le suplicó al sombrero que lo enviara a la casa de los leones, y éste, divertido, cumplió su deseo. Jamás se había arrepentido de esa decisión.

James siempre había sido un amigo leal, un compañera de risas, bromas y lágrimas. Jamás olvidaría como lo había apoyado cuando su familia lo repudió, haciéndole saber que en él siempre tendría una familia.
El ojiavellana había estado realmente feliz cuando supo que Remus y él eran pareja. Había celebrado su amor como si hubiesen ganado una guerra. Claro que de guerras en el amor, el heredero de los Potter sabía mucho. Llevaba batallando desde su primer año en Hogwarts por el amor de cierta pelirroja.
Sirius y Remus también se habían alegrado mucho, cuando Cornamenta ganó su guerra en su último año en Hogwarts, demostrando así que nunca hay que darse por vencidos.

Una pequeña sonrisa asomó en su rostro al pensar en Lily. Su relación había evolucionado tanto a lo largo de los años...
Al principio solo había sido la niña amiga de un Slytherin. Al poco tiempo había pasado a ser la obsesión de su mejor amigo. En su último año, cuando empezó una relación con James, había empezado a verla como alguien confiable.
Pero cuando se había quedado embarazada todo había cambiado, convirtiéndose en alguien imprescindible en su vida.
Durante su embarazo y el año posterior ambos se habían unido mucho, y su relación se había vuelto fraternal.
Todavía se maravillaba al recordar la extraña paz que lo había embargado cuando tocó su apenas abultada barriga, y notó la magia familiar y envolvente que provenía de ésta.
Desde ese mismo momento, estar lejos de la pelirroja y su barriga le producía una horrible sensación de vacío. Por eso ambos habían pasado largas horas en un sillón hablando y compartiendo anécdotas, miedos y sueños.
Se había involucrado y preocupado tanto por el embarazo, que James y Lily no dudaron en elegirlo como padrino, algo que lo había hecho volar de felicidad.

La llegada al mundo de Harry había sido sin dudarlo el mejor día de su vida. Hasta ese día, nunca se había imaginado que se podía querer de esa manera tan absoluta e incondicional.
Recordó como tuvo que sentarse para poder tomarlo en brazos ya que sus rodillas habían empezado a temblar de la emoción desde el primer momento en que había visto su linda carita.
Tenerlo en sus brazos fue una descarga de adrenalina para él. Y pronto le llegó una sensación de pertenencia hacia el pequeño.
James sería su padre, pero él, su padrino, sería su guardián y jamás permitiría que nadie dañase a algo tan bello y puro.

La noche que Dumbledore les habló de la profecía, el peligro que corría Harry, se sintió más asustado de lo que se había sentido alguna vez en su vida.
Había necesitado todas sus fuerzas para mantenerse entero por James y Lily, quienes también estaban aterrados ante la posibilidad de perder a su bebé. Pero una vez que regresó a casa con Remus se derrumbó. Lloró hasta que se hizo de día abrazado a su lobito, quien pese a estar tan asustado como él, trató de animarlo una y otra vez.

Ocultos bajo el Fidelio, James y Lily habían tratado de seguir adelante con sus vidas y la de su pequeño. Sirius los había visitado con asiduidad, incapaz de mantenerse alejado de su cachorro por mucho tiempo.
Cuando los visitaba, no dudaba en reclamar la exclusividad de la atención del pequeño ojiverde. Por suerte, Harry siempre parecía encantado de permanecer en los brazos de su padrino. Prueba de ello, eran su permanente sonrisa y sus ojitos brillantes cuando miraba las divertidas muecas que le hacía el ojigrís.

Los dementores todavía se encontraban lejos, por lo que pudo permitirse pensar en su hermanito. Habían estado muy unidos antes de que Sirius fuera a Hogwarts y fue enviado por el sombrero seleccionador a Gryffindor. Ese verano regresó a casa sabiendo que su madre estaría furiosa con él por haber deshonrado a su familia. Y no se equivocaba, el castigo fue ejemplar, tanto que estuvo una semana sin poder levantarse de la cama.

Regulus lo había visitado cada noche, cuando sus padres dormían, y le había transmitido palabras de aliento y cariño.
Pero Sirius lo había traicionado muy poco después, cuando el menor había sido seleccionado en Slytherin.
Desde ese mismo día, en su estupidez, lo consideró un enemigo. Y pese a que Reg intentó acercarse a él en varias ocasiones, él jamás se lo permitió.

Ahora, su pequeño Reggie estaba desaparecido, seguramente muerto a manos de Voldemort. Y no podía evitar preguntarse si las cosas hubiesen sido de otra manera si el más pequeño de los Black hubiese tenido el apoyo de su hermano mayor.

A su mente llegaron unos tristes ojos negros a los que él, en su estupidez, había contribuido a ese estado de tristeza.
Cuando Lily le contó la historia familiar de Severus Snape se había sentido como una mierda, y lamentó cada una de las bromas y humillaciones a las que lo había sometido.

Su historia de enemistad había comenzado en primer año, en el espreso de Hogwarts. Había sido una discusión tonta sobre las casas, y ahí debería haber quedado, pero por desgracia no había sido así. James se había prendado de la pelirroja, y muerto de celos por la amistad de Lily y Severus, había comenzado una campaña de odio entre él y el Slytherin. James había sido su único amigo hasta entonces, por lo que, sin dudarlo, lo había acompañado cada vez que el Gryffindor se enfrentaba al ojinegro. En el pasado había pensado que era un tema de lealtad hacia su amigo, ahora se daba cuenta de que ambos se habían comportado como un par de estúpidos y despreciables matones. El miedo a perder a James no lo había dejado pensar con claridad.

Y todo empeoró cuando su hermanito había llegado al castillo y se había vuelto una especie de hermano menor para el ojinegro. Cada vez que los veía juntos hervía de celos, queriendo ser él el que ayudaba y mimaba a Regulus.

Aunque nunca lo había admitido, él admiraba mucho a Severus. El Slytherin jamás había agachado la cabeza ante él y James, se había defendido y les había devuelto cada uno de sus ataques.

Pero finalmente James había conseguido su objetivo en el quinto año. Tras los timos habían humillado de tal manera al ojinegro que finalmente éste, rabioso, había dicho esa maldita palabra que lo había alejado de Lily, una de las dos personas más importantes de la vida de Severus. Tras haber conseguido la atención de la pelirroja, el ojiavellana se olvidó del Slytherin.

Todo debería haberse detenido ahí, pero no, él todavía no había recuperado a su hermanito, así que continuó con su acoso a Snape.
En sexto año había hecho lo más despreciable y ruin que podría haber hecho. Había puesto en riesgo la vida de Severus, y en el proceso la del amor de su vida. Fue una suerte que James, que gracias a la pelirroja había adquirido cierta madurez, hubiese intervenido y hubiese salvado la vida de ambos.

Dumbledore debería haberlo expulsado, pero ese viejo tonto siempre había tenido debilidad por los merodeadores, y una vez más pasó por alto sus faltas.
Bueno lo quisiera el viejo o no, al final estaba pagando por su crimen, porque aunque en ese momento no lo había visto así, lo que hizo fue un intento de asesinato, y debería haber pagado por ello en su momento.

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09/07/1984

Sirius había pasado una muy mala noche, atormentado por las horribles pesadillas que le mostraban los cuerpos sin vida y las miradas vacías de James y Lily.

Su cuerpo empezaba a atrofiarse por la falta de ejercicio, y su energía se desvanecía cada día un poquito más. Pero sabía que no podía rendirse, debía seguir luchando contra el frío y la desolación.
Tenía que sobrevivir por ellos, por Remus y Harry. Tenía que mantenerse cuerdo, aunque cada vez le costaba más.

Sabiendo que no quedaba mucho tiempo antes de que los dementores regresaran para atormentarlo de nuevo, se preparó para su ritual diario.
Apoyando su espalda contra la fría y dura pared de la celda, cerró los ojos y se preparó para recibir la calidez de sus momentos más felices.
Uno a uno, los recuerdos se iban deslizando por su mente, transmitiéndole fuerza e inyectándole esperanza.

Cuando él y James consiguieron hacerse animagos.

La primera vez que besó a Remus.

Cuando escuchó a Remus decirle a Lily que estaba enamorado de él.

La primera vez que tuvo a Harry en sus brazos.

Las visitas a casa de James, y como Harry se alegraba de verlo.

La foto de Harry volando en la escoba que le regaló por su cumpleaños.

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Y eso es todo, amig s...

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