14. CONVERSACIONES PENDIENTES
—-o-—
Personajes creados por J.K Rowling, aunque por supuesto yo los he adaptado a mi imaginación...
—-o -—
Subir es muy fácil, solo es cuestión de tomar impulso y volar. Lo realmente difícil es mantenerse en las alturas y no caer...
—-o -—
12/08/1984
Sirius no se había equivocado con los gobblins, estos los recibieron como recibirían a cualquier otro cliente, es decir con desinterés y desconfianza.
La reunión con Khogner, el gobblin responsable de las bóvedas Black, fue muy fructífera.
Sirius fue aceptado por el anillo familiar, y éste asumió su herencia como Lord Black.
Tras repasar las propiedades Black, tuvo que admitir que Grimauld Place, la horrible casa en la que había crecido, era el lugar que contaba con mayores protecciones. Nadie podría tener acceso a ella sin su permiso, en realidad, ni siquiera podrían verla.
La seguridad de Harry era lo más importante para los tres, así que la decisión de esconderse allí, hasta que pudiesen salir del país, fue una bastante fácil de tomar para ellos.
Khogner les ofreció usar su chimenea, para evitar así el exterior y que alguien reconociese a alguno de ellos.
Los magos adultos aceptaron, mientras miraban a Harry dormir en los brazos del licántropo. El ojiverde se había dormido tras desayunar, y dos horas después seguía igual. Ni siquiera se había inmutado cuando se aparecieron en el Callejón Diagon.
Sirius tuvo que pasar primero, para poder darle acceso a Remus, Severus y Harry desde las salas de Grimauld Place.
Solo estarían allí hasta que la nueva casa estuviese lista para vivir, eso era lo que el animago se repetía sin cesar antes de gritar su destino a la red flu.
Una vez que todos estuvieron en el hogar de los Black, los adultos respiraron tranquilos sabiendo que, por ahora, estaban a salvo.
Kreacher, el último elfo Black en la casa, los recibió con desconfianza y falsa cortesía, sin dejar de murmurar insultos a los tres adultos.
Sirius, sin enfadarse por los comentarios ofensivos, saludó con cariño al viejo elfo. Y esa repentina amabilidad, logró desconcertar al elfo, quien sólo conocía la parte más malhumorada y rebelde del ojigrís.
— Me alegro de que sigas aquí, aunque debes sentirte muy solo — le dijo el animago, sabiendo muy bien lo que era soledad.
— Kreacher no abandonará al ama — replicó el viejo elfo con una mirada obstinada y orgullosa.
— Lo sé, eres un elfo muy leal. Siento mucho haberte causado tantos problemas con mis travesuras — se disculpó el ojigrís, muy arrepentido por todas las jugarretas que le había hecho al elfo.
Y ahora el elfo estaba realmente confuso. ¿Acaso Sirius Black, el más orgulloso de los Black, le estaba pidiendo disculpas a él, un elfo viejo e insignificante?
Antes de que el elfo pudiese decir algo, el retrato de Walburga Black, situado al pie de las escaleras, comenzó a gritar sobre traidores que se atrevían a mancillar su hogar, despertando a Harry, quien asustado por los gritos, rompió a llorar.
— ¿Quién es él? — preguntó la matriarca Black, deteniendo sus diatribas sobre la supremacía.
— Él es Harry Potter, mi ahijado — presentó Sirius, haciendo una mueca de desagrado al escuchar a su madre.
— ¡Volviste! ¿Qué le pasa? — interrogó Walburga, mirando al ojiverde con algo de preocupación, mientras Remus y Severus calmaban al niño con caricias y palabras suaves.
— Está asustado, él no ha tenido una buena vida desde que se quedó huérfano — respondió con tristeza el animago, acariciando el cabello del niño.
— Eso es un eufemismo — bufó Severus, sin poder contener su lengua.
— Severus Snape, te recuerdo, eras amigo de mi Regulus — lo reconoció la matriarca, sabía que era un mestizo, pero muy poderoso.
— Así es — asintió el ojinegro, haciéndole una breve reverencia con su cabeza.
— ¿Qué le pasó? — preguntó la bruja, había muerto sin saber que le había pasado a su pequeño, y esperaba poder averiguarlo por fin.
— Ojalá lo supiera — suspiró, con frustración, el pocionista. Él también estaba muy interesado en averiguar qué le había pasado a su mejor amigo.
— ¿Y al chico? ¿Qué le ha pasado? — volvió a preguntar Walburga, ese niño estaba demasiado delgado para su gusto.
— Que ha tenido la desgracia de ser abandonado con la peor clase de muggles. Lo trataban como un elfo doméstico y lo mantenían encerrado en un armario bajo las escaleras — respondió Sirius con tono furioso, se sentía culpable por todo lo que había tenido que sufrir su ahijado.
— ¿Por qué no te hiciste cargo de él? — quiso saber la matriarca Black, después de todo si los Potter murieron, la custodia de su heredero pasaba automáticamente a su padrino.
— Porque me encerraron en Azkaban — confesó el ojigrís con amargura.
— ¿A ti? ¿Por qué? — se sorprendió la bruja; su hijo mayor era un idiota, pero tenía buen corazón.
— Me acusaron de entregar a los Potter a Voldemort — reveló el primogénito de los Black, haciendo una mueca.
— ¿Tú? ¿Quién podría creer semejante estupidez? — inquirió Walburga, resoplando como una buena sangre pura nunca haría.
— Cualquiera que crea en Dumbledore. Después de todo él sabe de mi inocencia, pero prefiere mantenerme alejado de Harry — respondió, con gesto amargo, Sirius.
— ¿Por qué el líder de la luz haría algo así? — quiso saber la matriarca Black, nunca le había caído bien ese viejo idiota.
— Tenemos una sospecha. Pensamos que quiere usarlo como una marioneta para algún plan suyo — explicó Remus, uniéndose a la conversación.
— ¿Hiciste una adopción de sangre? — preguntó la bruja, sabiendo bien que si eso era así no podrían quitarle al niño.
— Así es, en el hospital, un día después de que Harry naciera — afirmó, con orgullo, el animago.
— Bien, entonces a todos los efectos legales, tú eres su padre ahora. No podrán quitártelo — asintió con gesto de arrogancia Walburga, luciendo muy satisfecha.
— Bueno, está eso de que soy un fugitivo... — replicó el ojigrís divertido.
— ¿Conseguiste escapar de Azkaban? Nadie lo ha conseguido antes — interrogó la bruja, su hijo había conseguido lo imposible, y se sentía orgullosa de él.
— Bueno, nadie tiene tan buenos amigos como yo — replicó Sirius, mirando al castaño y al pelinegro con una pequeña sonrisa.
Mientras Remus le devolvía la sonrisa, Severus estaba desconcertado por el comportamiento del ojigrís. ¿Acaso lo había llamado amigo?
— ¿Vosotros lo ayudastéis? — se sorprendió Walburga, debían ser realmente leales a su hijo para exponerse de esa manera.
— No lo habríamos conseguido sin Harry — confesó Severus, mirando al niño, en brazos del castaño, con una sonrisa cariñosa.
— ¿Y cómo puede ser eso? — exigió saber la bruja, intrigada por cómo el pequeño podría haber ayudado.
— Mi bebé convocó un patronus tan poderoso como para lograr que cientos de dementores huyesen con la cola entre las piernas — reveló Sirius, sin poder ocultar el tono de orgullo en su voz.
— ¿Tomó forma? — preguntó, sintiéndose cada vez más curiosa, la mujer.
— Un unicornio — respondió su hijo con una sonrisa traviesa.
— El heredero Black es lo mejor que le ha pasado a esta familia en mucho tiempo — suspiró la matriarca Black, mirando al pequeño ojiverde con respeto.
— Por esta vez, voy a estar de acuerdo contigo — asintió el animago, conforme con las palabras de su madre.
— ¡Kreacher! — llamó la bruja, tras haber tomado una decisión.
— ¿Qué desea la ama? Kreacher vive para complacer los deseos de su ama — gimió el elfo, haciendo una reverencia exagerada al cuadro.
— Quiero que obedezcas y sirvas con lealtad al nuevo Lord — ordenó Walburga con tono firme.
— Kreacher lo hará, ama buena y poderosa — juró el viejo elfo, dispuesto a todo por su adorada ama.
— Será un honor tener a mi lado al mejor elfo Black — intervino Sirius, poniendo su mano sobre el hombro huesudo del elfo.
Kreacher lo miró con sus enormes ojos aguados por la emoción, y tras una reverencia desapareció.
Sirius quiso aprovechar ese momento para pedirle perdón a Severus, y también para agradecerle por haberlo ayudado.
— Severus, quiero disculparme por toda la mierda que tuviste que aguantar en Hogwarts por mi culpa — se disculpó, de corazón, el ojigrís.
— Pensé que ya habíamos hablado de esto — replicó el pocionista, sin entender por qué tenían que volver a hablar del pasado.
— Pero no te pedí disculpas — insistió el animago, tratando de que el otro viera que su arrepentimiento era totalmente sincero.
— Bien. Acepto tus disculpas — zanjó el tema el ojinegro, sin querer seguir hablando más de sus años escolares.
Mientras los magos adultos hablaban, Harry se había acercado, silenciosamente, al retrato de Walburga.
La matriarca Black le estaba dando la bienvenida a la familia al menor, y diciéndole que podía llamarla abuela.
Kreacher, invisible, observaba la interacción entre la bruja y el pequeño mago. Ese niño le recordaba mucho a su amito Regulus, tan pequeño y frágil.
De repente, Harry, detuvo la conversación con su abuela, se quedó mirando hacia el punto exacto donde el elfo se escondía invisible de los magos, y sonrió. Kreacher se dejó ver por unos segundos, y le devolvió la sonrisa.
Y ese fue el comienzo de una gran amistad.
La semana siguiente el niño y el elfo se volvieron inseparables. Harry era muy cariñoso y demostrativo con Kreacher, y siempre intentaba ayudarlo a realizar las tareas del hogar. Por su parte, el elfo se desvivía por complacer a su pequeño amito.
—-o-—
Y hasta aquí por hoy...
—-o-—
