18. EPÍLOGO
—-o-—
Personajes creados por J.K Rowling, aunque por supuesto yo los he adaptado a mi imaginación...
—-o -—
Todo concluye al fin, todo tiene un final...
—-o -—
01/09/1991
Harry miraba fascinado el espreso en el andén nueve y tres cuartos. Por fin había cumplido once años e iría a Hogwarts.
El niño sabía que sus dos padrinos habían apostado por la casa en la que quedaría. Sería divertido ver sus caras cuando se dieran cuenta que ambos había perdido.
Era una lástima que no hubieran incluido al tío Moony en la apuesta, así al menos hubiera habido un ganador. Un ganador que gastaría las ganancias en chocolate y las compartiría con él. A veces la vida era tan injusta...
Se consoló pensando en la promesa de Moony, un alijo de chocolates y plumas de azúcar todas las semanas.
Estaba ilusionado por esa nueva aventura que lo esperaba. Aunque también se sentía algo asustado, ya que por primera vez se separaría de Sirius y Remus. Por suerte, su tío Sev estaría en el castillo.
El pocionista había retomado su puesto como profesor de Pociones en Hogwarts a tiempo completo, dispuesto a sacrificar su buen humor y su salud mental con tal de mantener vigilado a su escurridizo y curioso ahijado.
No es que no confíara en Harry, es solo que prefería prevenir ahora para no tener que lamentarse luego.
El ojiverde pudo "despedirse" de Severus esa mañana en casa. El pocionista, que ya se había instalado en el castillo de nuevo, había vuelto de Hogwarts esa mañana solo para que desayunaran los cuatro juntos por última vez hasta las vacaciones de Yule.
El ojinegro se había ido una semana atrás para preparar sus clases y poner a punto el aula de pociones, y el niño lo había echado mucho de menos así que se puso muy contento cuando su tío Sev lo despertó esa mañana.
Sirius y Remus miraban al tren con añoranza, recordando los muchos buenos momentos que habían vivido a bordo de ese mismo tren.
El castaño encogió el baúl de su sobrino, y se giró hacia él.
— ¿Estás listo, cachorro? — preguntó el licántropo, pasándole su baúl para que lo guardase en el bolsillo de su túnica.
— Lo estoy, pero voy a echaros mucho de menos — asintió Harry, poniendo un puchero al que ninguno de los adultos era capaz de resistirse.
— Y nosotros a ti, pero antes de que te des cuenta serán las vacaciones de Yule y estarás en casa — lo consoló Remus, acariciando su cabello.
— ¿Vendréis en Samhain? — interrogó el azabache, mirándolo con sus enormes orbes esmeralda.
— Por supuesto que sí, allí estaremos — prometió el castaño, enderezando su túnica torcida.
— Te quiero, Moony — dijo el menor, abrazándose con fuerza a la cintura de su tío.
— Y yo a ti, cachorro — respondió el licántropo, devolviéndole el abrazo, mientras intentaba retener las lágrimas.
Sirius miraba a su pareja y su ahijado con una sonrisa. Cuando llegó su turno de despedida, el animago se arrodilló delante del niño para poder mirarlo a los ojos.
— ¿Cuándo creciste tanto, bebé? — gimoteó el animago, mirándolo de manera lastimera.
— ¿Qué hablamos sobre llamarme así en público? — lo reprendió suavemente su ahijado, mirando a su alrededor para asegurarse de que nadie hubiese escuchado.
— Hablaremos cada noche por los espejos gemelos, ¿vale? Y si alguien te molesta, se lo dices a Severus — le recordó el ojigrís, ignorando la reprimenda del niño.
— Todo irá bien, padrino — lo tranquilizó el ojiverde, ayudándolo a ponerse de pie.
— Y recuerda: Nada de novias o novios hasta los catorce — exigió Sirius, enviándole una mirada seria.
— Tío Moony, dile a Paddy que deje de molestarme — lloriqueó Harry, mirando a su tío con ojitos de cachorro.
— Basta, Sirius — lo riñó el castaño, golpeándolo suavemente en la nuca como advertencia.
— Pero... — protestó el animago, haciendo un puchero infantil.
— ¿Quieres dormir en el sofá? — lo amenazó Remus, sin dejarse ablandar por su alma gemela.
— ¿Y tú de qué te ríes, mocoso malvado? — preguntó Sirius, mirando a su bebé, quien estaba aguantando la risa.
— ¿Qué quieres que te diga? Disfruto siendo el favorito de Moony — se encogió de hombros, el ojiverde, con rostro satisfecho.
— No eres su favorito — negó el ojigrís, cruzándose de brazos.
— Sí lo es — replicó el hombre lobo, besando la cabeza de su amado sobrino.
— Adiós, Paddy. Te quiero — se despidió, con un abrazo y una sonrisa burlona, el niño de su padrino.
Harry subió al tren, mirando todavía hacia atrás, reacio a dejar a su familia.
Tomando aire profundamente, decidió ser valiente y caminó por el pasillo buscando un compartimento vacío.
No tardó mucho en encontrar uno en el que solo había un chico pelinegro leyendo un libro sobre Transformación.
— Hola, ¿puedo sentarme? — preguntó, viendo como el otro estudiante levantaba la vista de su libro para mirarlo.
— Claro, siéntate — asintió el otro niño, haciendo un gesto con su mano para señalar el asiento frente a él.
— Mi nombre es Harry Potter. ¿Y tú? — se presentó el ojiverde, alargando su mano hacia el pelinegro.
— Theodore Nott, pero prefiero Theo — reveló el ojigrís, estrechando su mano, y conteniendo a duras penas su gesto de sorpresa.
— Un placer conocerte, Theo. ¿Primer año, verdad?
— Sí.
— ¿Preparado para vivir una gran aventura durante los próximos siete años? — preguntó Harry, luciendo muy animado e impaciente.
— ¿Aventura? Solo un gryffindor lo vería así — sonrió, sin poder evitarlo, Theo.
— Mis padrinos han apostado en que casa quedaré, pero los dos perderán la apuesta. Parece que tú también la perderás... — se burló el ojiverde, tomando asiento frente a él.
— Que tengas una visión gryffindor de Hogwarts no quiere decir que crea que esa sea tu casa — replicó el pelinegro, guardando el libro que había estado leyendo hasta el momento, había encontrado algo mucho más interesante para entretenerse. Bueno, en realidad, ese algo lo había encontrado a él
— ¿Ah, no? — cuestionó, arqueando su ceja izquierda, el azabache.
— No. Yo sé a qué casa irás, y no es Gryffindor — negó, con gesto divertido y presumido, el heredero Nott.
— Si realmente lo sabes, entonces no solo seremos compañeros de curso. También seremos compañeros de casa — devolvió la pelota, con una sonrisa muy satisfecha, Harry.
Theo no contestó, pero sí sonrío. Parecía que su vida iba a sufrir grandes cambios, pero eso no lo asustaba, todo lo contrario, estaba emocionado y ansioso con todo lo que estaba por venir.
Ambos chicos se dedicaron a hablar sobre las diferentes materias que aprenderían en Hogwarts, confesando cuales eran sus favoritas.
Unas horas más tarde, llegaron al castillo, dónde los recibió el profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras y jefe de la casa Gryffindor, Billius McField.
Tras un paseo en barca, fueron recibidos en la puerta del castillo por el subdirector, Filius Flitwick. El profesor de encantamientos los tranquilizó lo mejor que pudo, antes de hacerlos entrar al Gran Comedor en una fila ordenada, para ser sorteados en una de las cuatro casas.
Minerva McGonagall, la directora de Hogwarts, miraba con orgullo a Harry desde la mesa de los profesores.
Sus padrinos y su tío habían hecho un excelente trabajo con él. El niño era inteligente y educado, además de alegre y curioso.
La escocesa los había visitado con regularidad desde que todo salió a la luz, y se sentía agradecida y orgullosa de que la consideraran parte de esa familia tan especial.
Pronto llegó el turno para Theo de ser sorteado. El ojigrís caminó con elegancia hasta el taburete, y se sentó en él.
Su mirada permaneció fija en el ojiverde, hasta que el subdirector puso el sombrero sobre su cabeza.
Harry sonrió mientras veía a Theo caminar hasta la mesa de la que pronto sería su casa.
Esperaba que pudiesen ser compañeros de habitación, el chico le había caído bien.
Harry Potter fue ordenado en Ravenclaw, tan solo un minuto después de que el sombrero seleccionador fuera puesto sobre su cabeza. Había crecido con tres hombres curiosos y algo adictos al conocimiento. ¿Cómo no iba eso a pasarle factura?
Desde la mesa de profesores, Severus tuvo que aguantar una carcajada cuando su ahijado lo miró con gesto burlón. Por su parte, Filius rebotaba feliz en su asiento, el profesor había conocido al niño ese verano, y había ansiado tenerlo entre sus águilas.
Minerva tan solo sonreía, no le importaba en que casa estuviera su pequeño león, solo quería que fuese feliz.
Tras el discurso de bienvenida de la directora, la cena apareció en las cinco mesas, y todos empezaron a comer.
Harry, pronto fue acribillado a preguntas por sus compañeros de casa.
Eso era algo que ya se había esperado, después de todo había elegido la casa de las mentes inquisitivas.
Las preguntas curiosas le parecían normales, pero quería acabar con todo esa estupidez del "niño que vivió" esa misma noche.
— Entiendo vuestra curiosidad, pero no estoy dispuesto a ser un mono de circo haciendo gracias a los espectadores. Por eso os lo voy a dejar muy claro — empezó a hablar el ojiverde, notando que toda su casa le estaba prestando toda su atención — Yo no hice nada esa noche, sobreviví gracias a la valentía de mis padres. Ellos son los verdaderos héroes, al igual que los padres de muchos otros alumnos. No soy especial, y tampoco seré el próximo Merlín.
— Pero sobreviviste a la maldición asesina — replicó un estudiante de último año.
— ¿Quién dice eso? ¿Dumbledore? Nadie estaba allí ara ver lo qué pasó. ¿Tengo que recordaros que Dumbledore era un gran mentiroso, uno que manipuló a todos en su afán de poder? — les recordó el niño, mirándolos con gesto de desafío. Sabía que había ganado esa pelea.
Y ese recordatorio fue suficiente para cesar la expectación, todos volvieron a sus conversaciones sobre el verano o el nuevo curso.
Penélope Clearwheater y Michael Kingston, los prefectos de quinto año los llevaron a la sala común.
A Harry le pareció muy divertido tener que resolver un acertijo cada vez que quisiesen entrar en ella.
Los prefectos les dieron la bienvenida y les explicaron las normas de la casa.
Poco después llegó el jefe de Ravenclaw, el profesor Flitwick, quien les dio un discurso alegre y motivador.
Su jefe de casa acompañó, de dos en dos, a todos los primeros años a sus habitaciones, revisando que los niños se sintieran cómodos y confortables.
Harry y Theo fueron los últimos en ser llevados a su habitación, y el medio gobblin aprovechó para decirle al ojiverde lo feliz que estaba de tenerlo en su casa. También le entregó una nota que Severus le había pasado para él después de la cena.
Los dos niños decidieron que estaban demasiado cansados para vaciar sus baúles, así que se limitaron a ponerse sus pijamas, y se metieron en sus camas, ambos deseosos de que llegara mañana para poder ir a sus primeras clases.
Antes de dormirse, el ojiverde leyó la nota de su padrino.
—•°•∞•°•—
Orgullo máximo.
Te espero mañana en mi oficina después de clases.
Buenas noches, mi pequeña serpiente
Sev
—•°•∞•°•—
El azabache tan solo sonrió, y cerrando los ojos, suspiró de felicidad.
Harry Potter sería un soplo de aire fresco para Hogwarts. El castillo llevaba varias décadas muy aburrido, y ese niño despeinado y de ojos brillantes sería su cura para el aburrimiento.
FIN
