Disclaimer: Draco, Harry y compañía son propiedad de su creadora y asociados. Lo mío es ponerlos a enamorarse una y otra vez porque amo, adoro y vivo para el fluff, carajo.

Advertencias: harco, futuro mpreg.


Epílogo I. 5 años después.

Era un sentimiento nuevo, magnánimo y potencialmente devastador. Lo había sabido desde el primer momento. Desde la primera vez que le robó el aliento, cuando no pudo despegar sus ojos de él por más que otros rostros se habían interpuesto en su camino. Aquella noche, acontecida hacía tantas primaveras, había cambiado el rumbo de su destino. Como un sello en su alma, la revelación de la más cruel y dulce epifanía. Su mirada a través de la habitación lo había anclado en su lugar, hechizante y fatal. Si tuviese el espíritu de un artista, le habría dedicado cada obra hasta el día de su muerte. Porque jamás el universo había conocido a alguien capaz de fungir como musa y moira al mismo tiempo. Sería su perdición, eso clamaba el sentido común. Una mirada el anzuelo, un solo toque lo condenaría. Y aún así había acudido a él. Como una tragedia que gustosa aguardaba acontecer. Y lo había adivinado muy bien. Solo el roce de su mano lo había trasladado a un universo sin par, donde no existía, prejuicios ni expectativas que llenar. Y la primavera llegó. Se fue. Y regresó. Y él seguía acudiendo ahí, donde su alma se colmaba de ardor juvenil y su corazón rebosaba casi haciéndolo morir. Y estaban al borde, ambos lo sabían. Llevaban tanto tiempo danzando, coqueteando y esquivando al destino, que la confirmación de lo que siempre había aguardado por ellos resultó antinatural. Antinatural… Eso describe a la perfección el estar lejos de él, el tener que resignarse a la vida que siempre soñó, mientras renunciaba al sueño prohibido y colosal.

-Te escucharé desde lejos, me esconderé entre la multitud para verte cada primavera –fue el juramento que recibió como despedida, aquella última noche otoñal.

-Siempre estaré deseando encontrarte –reveló su capricho más íntimo, lo único que le mantendría en pie a pesar del peso sobre su cabeza.

-Un deseo fútil, considerando que siempre me tendrás.

-Enfurecerás si te digo el verdadero anhelo de mi alma.

-Hazlo entonces. Rompe en mil pedazos mi corazón para que sea más fácil verte partir.

-Desearía jamás haberte conocido –una declaración atroz, que su amante rechazó con irónico regocijo.

-Mentir se te da fatal.

-Y alejarme de ti se me da peor.

-Compartimos más de lo que merecíamos. Es hora de pagar el precio –un cálido rayo anaranjado tintó su expresión, marcando el final de un recorrido infame en tierra sin fe.

-Siempre te estaré buscando, y te juro amor mío, que te encontraré.

La primavera llegó y se fue. Su voz resonó ante la multitud tantas veces, pero su rostro jamás pudo encontrar. Más su verdadero deseo prevaleció. Su corazón y su magia actuaron en perfecta armonía, como él y su amante durante tantas pequeñas eternidades fugaces. Así fue como consiguió volver a él. Por medio de un reflejo que evocaba sus días de juventud, la perpetua felicidad y lo que nunca pudo conservar. El último hilo que ató su destino y su condena mortal. Acudiendo cada noche a lo que nunca podría gozar. Con el tiempo su historia se perdería, más no su juramento. Y desde entonces por toda la posteridad, quien se reflejara ahí también perdería la razón, viendo sin cesar el deseo más profundo y certero del corazón.

Apretó el botón de pausa, deteniendo la cinta y dejando en silencio la habitación. Como cada vez que grababa, sentía la boca reseca y la garganta estrecha. Aunque también podía verse influenciado por la historia que acababa de relatar y por la presencia de alguien más frente a él.

-¿Es verdad, Draco?

-¿Uhmm?

-¿Ese es el verdadero origen del espejo de Oesed? –aclaró, todavía con un velo de nostalgia y comprensión cubriendo sus ojos. El rubio dio un trago más a su vaso de agua antes de contestar.

-Hay muchas leyendas, pero es la que prevalece. Un príncipe que se enamoró de un campesino. Vivieron un amor prohibido hasta que tuvo que ascender al trono… Cumplió su deber, pero perdió a su gran amor –Harry suspiró, dándole una mirada triste.

-¿Hay alguna leyenda con final feliz?

-No que yo sepa, no.

-Ahora me arrepiento de haber pedido esto como premio. No pensé que estuvieras trabajando en algo tan deprimente –se quejó a medias, dejando de juguetear con el anillo en su dedo–. Pero escucharte siempre es un placer. Aunque me rompas el corazón –Draco disimuló una sonrisa, o al menos lo intentó.

Los premios de Harry habían sido una idea desesperada después de su tercer turno en una sala de espera en San Mungo. Al cumplir un mes sin ningún incidente remarcable, le concedería algo especial. Durante casi un año las peticiones se limitaron a dejarlo estar presente en sus sesiones de grabación. Había estado cohibido al principio, pero era un buen arreglo. El auror dejó de tentar tanto al peligro y se mantuvo lejos de la sala de emergencias (mejor aún, lejos de la sala alpha). Además, tras la timidez inicial, incluso él había empezado a disfrutar de tenerlo ahí en esos momentos tan íntimos y que tan feliz lo hacían. Claro que también surtía un efecto beneficioso en Harry, en especial cuando se trataba de otro tipo de lectura. Prueba de ello era que su primera vez juntos hubiera sido después de un capítulo particularmente candente. Y Draco no se quejaba, por supuesto que no. Sin embargo, con el tiempo también empezó a pedirle otras cosas. Viajes juntos, recreación de ciertas escenas hasta cosas más arriesgadas. Como ser su contacto de emergencia y su compañero de piso. Recordó con una media sonrisa esa conversación.

-¿Tu compañero de piso?

-Ajá.

-¿Quieres que nos mudemos juntos? –debió pensar mejor antes de expresar su asombro de esa forma, porque Harry esbozó una amplia sonrisa antes de responder.

-No dije eso, pero ya que lo propones, no puedo negarme.

-¡Harry!

-¿Qué pasa, cariño? –tuvo el descaro de preguntar, con una falsa sonrisa inocente.

-Eso podría desatar un escándalo.

-Uno más, uno menos –descartó, indolente–. Piénsalo bien. Prácticamente vengo a desayunar cada día. Y cenamos juntos cuando vuelves temprano del trabajo y yo no termino en San Mungo. Quizás debería agregar que ya es más por la segunda razón. ¡Cinco meses invicto, amor! –Draco rió ante esa declaratoria casi infantil, notando lo orgulloso que Harry estaba por eso–. Y admítelo, me quedo aquí al menos una vez a la semana.

-Es un paso importante.

-Ya tengo un cajón en tu armario –apuntó, lo cual era cierto.

-Para evitar que se mezclen nuestras cosas.

-Compras jugo con pulpa aunque no te guste. Porque lo compras para mí –recalcó, lo que también era cierto.

-Soy un buen anfitrión.

-Constantemente tengo que venir aquí por mis cosas. Ya he tenido que regresar por mi placa, un par de zapatos… ¡Hasta por mi varita! –continuó, exponiendo más verdades.

-Deberías ser más cuidadoso de donde dejas tus pertenencias.

-Además, Toffee prefiere pasar su tiempo aquí porque está a mayor altura.

-Puedo aceptarla a ella como mi compañera –Harry jadeó indignado, llevándose una mano al pecho.

-¿Y tú dices amarme, hombre? –finalmente se rindió ante eso, riendo e inclinándose para obtener un suave beso antes de dar su resolución.

-Está bien. Hagámoslo oficial.

-Uhmm, primero la mudanza. Después eso –Draco había contestado con un leve movimiento de cabeza, consciente de que se había sonrojado ante lo que implicaban esas palabras.

Eso había sido hacía casi tres años. Y pese a su aparente negativa, tuvo que reconocer que Harry tenía razón. Prácticamente ya vivían juntos. La única diferencia fue que desde entonces podía irse a la cama y despertar sabiendo que él seguiría ahí. O en la cocina, preparándoles un delicioso desayuno para compartir en calma antes de discutir sobre quién usaría el baño primero y quién había olvidado comprar polvos flú. Algo podía concluir después de todo ese tiempo, y es que había sido uno de los premios más sencillos y gratificantes de conceder. Aunque las vacaciones en Italia se le acercaban.

-¿Dray? –el rubio volteó, terminando de guardar su equipo de grabación y notando que Harry no había dejado de seguir sus movimientos.

-¿Decías algo?

-Creo que ya sé qué pediré el mes que viene –informó, tomándolo de la mano y halándolo hacia su regazo.

-¿Y qué es?

-A ti.

-Ya me tienes –recordó, sonriendo y peinando un poco esos rebeldes cabellos, aunque no hacía mucha diferencia.

-Sabes de lo que hablo –hizo un puchero resentido, que ameritó que le diera un beso antes de replicar.

-Por si ya lo olvidaste, pusiste un anillo en mi mano hace más de un año.

-Un anillo de promesa –precisó, alzando la mano donde el rubio tenía una joya idéntica a esa que Harry toqueteaba cada vez que estaba nervioso, preocupado o reflexivo.

-Exacto. Y debes recordar que al hacerlo te dije que sería tuyo por el resto de mi vida. Eso suena a votos nupciales para mí.

-Y amé que lo hicieras, pero estábamos solos y no tiene valor legal –insistió, depositando un beso en sus nudillos, probablemente para atenuar lo duro de esas palabras–. Hablo de algo más mágico y definitivo. Además, Cissy se muere por organizar nuestra boda –Draco resopló, porque si su madre mencionaba eso en presencia del moreno, en su ausencia era peor. Casi cada visita empezaba por un ¿Ya tienen fecha?, con la sutil variación de ¡[X estación] es perfecta para las bodas! Y prohibido olvidar la más infame: a este paso, tendrás canas cuando camines hacia el altar.

-Mamá ha estado anhelando eso desde que tenía 20. No la dañará esperar unos años más –rechazó aparentemente indolente, pero sí que lo afectó el chispazo de decepción en los irises esmeralda.

-De acuerdo –lacónico, mientras rehuía su mirada.

-Harry…

-Está bien, Draco. Pensaré en algo más para el siguiente mes –sonrió otra vez, aunque el gesto no alcanzó sus ojos. Entonces le dio una leve palmada en el muslo, dejando en claro sus intenciones–. Tengo algo de papeleo, creo que trabajaré un rato antes de la cena –y efectivamente, se escabulló después de decir eso, dejándolo solo y sintiéndose culpable.


-Creo que cometí un terrible error –se encontró diciendo una semana después, mientras miraba hacia la calle sobre el hombro de su acompañante. Una cierta sensación de pesadez y arrepentimiento había ido creciendo en él, rodeándolo como lazo del diablo y privándolo del sueño, incluso cuando había tenido a Harry a su lado sin falta.

-Uhmm, ¿un error del tipo estúpido, irreparable o ilegal? –cuestionó ella a su vez, dándole un sorbo a su café, con aspecto evaluativo.

-¿Qué?

-Responde. De eso depende cuál será mi coartada cuando los aurores vengan por mí –Draco resopló, dejando en paz la servilleta que había estado desmenuzando.

-¡Hablo en serio, Pansy!

-¡Yo también! –Resopló, empezando a debatirse entre hablar con alguien más o seguir sufriendo en silencio, pero ella añadió:- Supongo que hablas del por qué Harry no nos acompaña en esta mañana de cotilleos.

-Mmm.

-Porque si soy sincera, lo extraño –clavó una inexpresiva mirada en ella, por lo que pareció abandonar la broma que pretendía hacerle–. ¿Discutieron?

-No. Dijo que quería visitar a Molly.

-Entonces, ¿cuál es el problema?

-La boda –debía empezar a explicarse mejor y no responder lo que más sonaba en su cabeza, porque esas dos palabras hicieron gritar a su amiga, mientras daba varios aplausos y saltos en su lugar.

-¡Al fin! Por los sagrados veintiocho, ya era tiempo. Quiero decir, ¡felicidades! Y sí, claro que sí quiero ser tu dama de honor –concluyó con una brillante sonrisa, misma que se desvaneció poco a poco ante su falta de reacción.

Draco suspiró antes de responder.

-No hay boda, Pansy. Ese es… el problema, supongo.

-Pero no han terminado –lo formuló como una frase, aunque aguardó por su respuesta negativa antes de continuar–. No lo entiendo entonces.

-La verdad es… Desde que intercambiamos los anillos de promesa, lo hemos conversado un par de veces. Usualmente es algo de pasada, como un plan del que hablas sin fecha establecida. Ya sabes, como cuando éramos chicos y decíamos "al salir de Hogwarts iremos a la ruta mágica de Asia", pero no lo cumplimos hasta los veinticinco. Porque entonces era el momento oportuno y fue fantástico.

-A ver si entiendo –replicó con una sonrisa paciente–. Dices que sí quieres casarte con él, pero que aún no es ese momento oportuno.

-Ajá.

-¿Y se lo dijiste?

-Pues… no. Hice una broma y él debió pensar que no me lo tomaba en serio, así que se escudó detrás de un papeleo de no-sé-qué y después actuó como si nada hubiera pasado.

-Ay, primor. Sabes que casi no me gusta entrometerme entre ustedes…

-¿Casi? –Pansy arqueó una ceja, pero siguió hablando como si no la hubiera interrumpido.

-...pero yo tampoco lo entiendo. Llevan más de cinco años de relación, viven juntos desde hace tiempo y según mi opinión, la de sus amigos y media comunidad mágica, lo suyo durará toda la vida. Es que basta verlos o estar cinco minutos en su presencia. Quiero decir, que si yo fuera tú, me habría casado con él hace años –sacudió la cabeza, como si parte de ella no pudiera creer que acababa de decir eso sobre el héroe del mundo mágico–. Al principio creí entenderlo. Que no querías precipitarte o arriesgarte porque… Bueno, es un hombre divorciado. Y nos educaron con el pensamiento arcaico de que una segunda unión no es honrosa. Pero los dos hemos dejado toda esa mierda muy atrás en nuestro pasado. Entonces, ¿por qué no hacerlo, Dray? –el uso de ese mote cariñoso, ese que Harry le dedicaba acompañado de sonrisas cálidas y amorosas, lo hizo confesar por primera vez el verdadero motivo de su renuencia. Su miedo más vergonzoso.

-Porque él ya tuvo un vínculo.

-Oh –pudo leer la comprensión en los ojos de su amiga, pero apartó la mirada cuando también reconoció lástima en ellos–. Pues qué idiota eres.

-¡Pansy!

-Lo siento, es que… Tienes razón, por supuesto. Pero sabes que ese lazo se rompe tras el divorcio. Y de eso han pasado años, no debe quedar rastro de él.

-Sé los términos y efectos legales, también los mágicos –reconoció, aunque tampoco admitiría que había acudido a Michael hacía meses para que le explicara a detalle cómo funcionaba todo eso–. Lo que quiero decir es que él ya lo vivió. Ya sabe cómo es estar vinculado a alguien, cómo es el matrimonio en general. Y no quiero que nada cambie entre nosotros.

-Si la madre de Blaise me enseñó algo alguna vez, fue que cada vínculo es diferente.

-Ella no es el mejor ejemplo de éxito matrimonial –Pansy se echó a reír, e incluso él esbozó una media sonrisa.

-No, pero con eso rebato una de tus excusas. Y sobre lo otro… Nada tiene que cambiar, querido. Al caso lo hará para bien. Seguirán viviendo juntos y siendo tan odiosamente felices como siempre. La única diferencia será que llevarás otro anillo en tu mano y podrás usar su magia en momentos de emergencia.

-Eso no es cierto.

-Claro que sí, bajo ciertos tipos de enlaces.

-Uhmm.

-¿Entonces? –Draco alzó las cejas, confundido.

-¿Entonces qué?

-¿Sí seré dama de honor? –el rubio resopló. Asistió. Y entonces se arrepintió al casi quedarse sordo por la reacción de su amiga.


Su madre estaba al borde de las lágrimas. Su padre bien podría haberse tragado una cucaracha. Draco sonrió a medias, centrándose en ella.

-¿Qué opi…?

-¡Es fantástico, mi cielo! Oh, será una recepción fabulosa. ¡Primavera! Es la estación más bella para las bodas, y faltan cinco meses. Tiempo más que suficiente. Mmm, es tiempo suficiente, ¿verdad?

-Bueno, aún no se lo propongo pero lo haré esta misma noche.

-No me refería a eso –le brindó una suave sonrisa, mezcla de simpatía y palabras implícitas.

-¡Mamá! No. No estamos… esperando –ella asintió pensativa. Lucius bien podría haberse tragado también un murciélago. Draco esperó que el sonrojo que sentía no fuera tan notorio.

-Tampoco habría sido tan escandaloso. Ya se acercan a los cuarenta y…

-Tengo treinta y tres –precisó.

-Pero es buena edad.

-La boda, mamá. Eso es todo –acotó, masajeándose la sien. Ni siquiera estaba oficialmente comprometido y ya tenía su primera migraña. La frase "las bodas son estresantes'' empezaba a tomar sentido.

-Por supuesto que sí. Oh, Harry estará tan feliz. ¿Ya pensaste cómo se lo pedirás?

-Eh, sí… Creo que sí. En realidad, por eso vine aquí primero.

-Lo traeré ahora mismo –dijo con una sonrisa de entendimiento, dejándolo casi petrificado en su lugar.

-¿Desde cuándo lo tiene aquí? –susurró, pues suponía que la joya que necesitaba estaría en Gringotts, no en la mansión familiar.

-Desde hace dos años –informó su padre. Draco se centró en él por primera vez desde que les había dado la noticia.

-¿Qué piensas?

-¿Importa? Eres un hombre ahora, hijo –decir que Lucius había sido hermético sobre su relación con Harry, era un eufemismo. Si bien nunca había sido entusiasta sobre ello, tampoco se había plantado como firme opositor ni lo cuestionaba al respecto. De hecho, había aceptado al Gryffindor en su casa más de una vez e incluso charlaba con él educadamente.

-Nunca hemos hablado realmente sobre él.

-No hay mucho que decir, supongo.

-Pero me gustaría saberlo –su padre sonrió de lado, un gesto que sabía él había heredado. Entonces dijo algo que sí lo tomó por sorpresa.

-De alguna forma, es como si siempre hubiera sabido que esto pasaría –si alguien más le estuviera diciendo eso, Draco reaccionaría con un certero bromeas. Pero era su padre. Él no bromeaba sobre muchas cosas, menos lo haría sobre eso. No, en cierta medida esa era la conversación más íntima y honesta que sostenían en años.

-¿Siempre?

-Hijo… No dejabas de hablar de él. Cada verano, en cada oportunidad. Por eso ni siquiera me sorprendió cuando "saliste del armario" a los 20. Lo sabía desde la primera vez que te vi interactuar con él.

-¡Papá! –Lucius rió ante su tono ofendido, dirigiéndole una mirada que recordaría toda su vida.

-Ahora, sobre el matrimonio… Es el desenlace esperado. Tu madre está feliz.

-¿Qué hay de ti? A fin de cuentas, Harry es un mago divorciado. Un mestizo –su padre bufó, pero de inmediato recuperó su semblante cercano y afectuoso.

-Podría tener cuernos y quince dedos, pero todo se resume en una cosa. ¿Te hace feliz a ti? –eso ni siquiera tenía que pensarlo. Asintió, por lo que el hombre conservó una sonrisa satisfecha–. Es todo lo que necesito. Aunque seguiré con el protocolo de rigor, y en cuanto se dé la oportunidad lo amenazaré con hechizar su trasero mestizo si se atreve a hacerte daño –Draco se echó a reír, aliviado y más que conmovido. También agradecido por haber tenido esa charla. Su padre, al que había crecido viendo cómo alguien tan severo y poderoso, había terminado transformado en alguien críptico y silencioso después de Azkaban. Pero en ese momento finalmente se sintió cercano a él. Porque pudo percibir su sinceridad y amor en cada palabra.


Dejó la casa de sus padres poco después, con un estuche antiquísimo en su bolsillo y los nervios a flor de piel. Sucedería esa noche. Lo había decidido hacía casi una semana, hasta que dio con la que en su opinión sería una propuesta de lo más memorable.

Trató de mantener su ansiedad a raya al volver a su hogar, aunque fue particularmente difícil durante la cena, pues no habían llegado ni al postre cuando Harry ya le estaba preguntando por el movimiento frenético de su pierna. Draco se lo adjudicó a una semana estresante y forzó una sonrisa tranquilizadora. Sabía que no lo había convencido, pero al menos no insistió. No obstante, supo que el momento había llegado cuando su novio mencionó la posibilidad de tomar un baño antes de ir a dormir.

-En realidad, quería grabar un poco –respondió, percibiendo la boca seca aún antes de empezar.

-Ah. Está bien. En ese caso iré a…

-¿Me acompañas? –soltó, interrumpiéndolo.

Como Pansy había apuntado, llevaban más de cinco años juntos. Y al menos tres compartiendo vivienda. Sin embargo, las horas de grabación solían ser algo íntimo para Draco. Las únicas veces que Harry estaba presente eran cuando cumplía su mes sin incidentes, lo que había ocurrido quince días atrás.

-¿En serio? Reclamé mi premio hace dos semanas –y por supuesto que pensó en eso. Aunque lo dijo con una sonrisa, había un matiz agridulce en su expresión, como si también recordase lo ocurrido posteriormente.

-Es que… Es algo que jamás he intentado y me gustaría una opinión –improvisó, su sonrisa nerviosa bastante acorde a la petición.

-Oh. ¿Y confiarás en mí para eso?

-¿Por qué no hacerlo?

-Uhmm, quizás porque estoy loco por ti y no puedo ser imparcial –Draco sonrió más genuinamente esa vez, dejándose atraer en un beso sublime y tranquilizador.

-Tal vez eso es lo que necesito, que me digas que te encanta cada palabra.

-Está bien, sabes que no puedo rechazar una oportunidad así –el rubio le dio un beso más, antes de enfilar el camino hacia la biblioteca. Harry tomando su lugar habitual y él preparando el equipo de grabación–. Así que un nuevo género. ¿Qué te hace falta por explorar? ¿Thriller, comedia tal vez?

-¿Crees que tengo voz para narrar comedia?

-Thriller entonces.

-¡No dije eso! –replicó entre risas, disfrutando de ese ambiente distendido.

-Es que ya has narrado romance, misterio, erotismo, poesía y hasta ese libro de pociones. No tu mejor trabajo mi amor, pero ahora me prendo cada vez que escucho mencionar la belladona.

-Ya cállate –pidió entre más risas, sentándose y poniendo el libreto frente a él.

-De acuerdo. Obra tu magia en mí, dragón –cedió, para después gesticular que sellaba sus labios.

Siguiendo con el proceso habitual, Draco presionó el botón de encendido y empezó a leer.

-Se dice que de una historia se puede elegir su final, más no su principio. Porque, aunque hay quienes opinan que existen encuentros obvios o predestinados, es innegable que nunca hay certeza al respecto. Los amantes que se despiden para tomar distintos caminos, pueden recorrer el mundo de meridiano a meridiano y volver a reunirse para compartir el resto de su existencia. O simplemente jamás volver a coincidir. Al igual que dos personas, que tras un crucial primer encuentro eligen la animadversión, gastando infructuoso tiempo en eso hasta que la vida los separa para… Bueno, para eso, para vivirla. ¿Quién de los dos podría haber imaginado que tras la sucesión de muchas estaciones volverían a estar frente a frente? Pero ahora como iguales, como dos hombres con su propio equipaje de frustraciones, anhelos y pensamientos sobre un futuro incierto –Harry, que había conservado la mirada embelesada que le dedicaba siempre en esas sesiones, empezó a parpadear curioso en ese punto de su narrativa–. Y fue así, un encuentro inesperado y tan extrañamente mágico el que marcaría un nuevo inicio. Aunque fue uno que se hizo esperar, con tropiezos en sus primeros pasos y cierta dosis de secretismo. Y ahí es donde afloran los miedos, porque después del inicio viene el camino hacia el final, ¿no? Al menos fue lo que muchos apuntaron cuando las cámaras los enfocaron y el rumor alrededor amenazó con ensordecerlos. No viene nada bueno cuando los buitres huelen la sangre, es otra cosa que la gente dice. Cuando surge el temor de que plumas ajenas escriban una historia tan convincente que los termine arrastrando. Pero eso tampoco pasó. No pasó porque su historia, mi historia, nuestra historia, nos pertenece solo a ambos –efectuó una pausa, levantando la mirada mínimamente para encontrarse con la expresión conmovida de su novio. Eso le bastó para terminar de recitar el resto de la hoja–. Es algo que he mantenido incluso cuando las nubes esconden el sol, cuando la lluvia ha amenazado con calarnos hasta los huesos. Porque sé que es así, no elegimos el principio, pero confío en que elegiremos el final. Y ahora debo recordar una declaratoria muy importante que dijiste hace años, cuando saboreábamos el principio de este amor. Y fue que estabas agradecido de haber sobrevivido para vivir en mis brazos. No supe muy bien qué contestar entonces. Todo era tan nuevo, tan brillante, tan mágico y al mismo tiempo frágil –suspiró entre sus labios, diciendo lo último mirando a los acogedores ojos esmeraldas–. Ya hemos escrito más en nuestra historia, pero sigue sintiéndose mágico y brillante. Mejor aún, ahora es fuerte e inmensurable. Por eso aquí mi declaratoria: elijamos que esto simplemente no tenga final. Porque pretendo amarte por el resto de esta vida y por la eternidad –sus piernas flaquearon solo un poco, pero consiguió que lo sostuvieran el tiempo suficiente para llegar hasta él y plantar una rodilla en el suelo. La joya familiar descansando en terciopelo frente a los ojos acuosos del moreno–. Dime, Harry. ¿Me concederías el honor de casarte conmigo?

-Sí, mil veces sí –accedió de inmediato, y sin pensar mucho en sus acciones, se abalanzó sobre él, literalmente derribándolo con un beso. Draco rió pese al dolor en su espalda, demasiado enfocado en disfrutar la sonrisa de dicha pura que le dedicaba su prometido–. No puedo creer que hicieras todo esto… Y todo lo que dijiste… –suspiró, dándole un tierno beso antes de volver a sonreír, perdidamente enamorado (y podía reconocerlo bien, porque era justo como se sentía)–. No tengo palabras, dragón. Amé la forma en que lo hiciste… Todo. Simplemente te amo tanto –más besos llegaron, demorándose un poco más esa vez. Todos sus nervios de la última semana habían quedado eclipsados por la reacción de Harry y por su propia oleada de felicidad.

-¿Y sabes qué es lo mejor? Todo quedó grabado, solo para ti –el moreno lució asombrado, lanzando una rápida mirada hacia el equipo de grabación que seguía andando–. Así que en cinco, ocho o diez años más, podrás revivir este momento.

Harry no respondió, al menos no verbalmente. Pero los besos tan dulces y entregados que compartieron entonces fueron suficiente réplica. Y aunque todavía no le había puesto el anillo -y no se lo pondría en un buen par de horas, si eso seguía por donde iba-, era oficial. En solo unos meses caminaría al altar para unir su vida a la del hombre que más había amado. Destinado o no. Aunque algo sí podía decir con certeza…

Benditas reuniones de reencuentro.


Notas finales: mi gorrita de embajadora del fluffy terminó echando humo después de esa propuesta, jajaja. Aquí agregué uno de mis headcanons favoritos y es que Narcissa es Drarry shipper. Y bueno, después de este romántico primer epílogo volveremos a dar un saltito en el tiempo para los dos restantes. Pero ya podrán leerlo la semana que viene.

Allyselle.