Las sombras de Rocadragón
Disclaimer: Todo pertenece a George R. R. Martin.
Esta historia participa en el reto Poder femenino del foro Alas negras, palabras negras.
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La primera vez que Selise divisa la isla de Rocadragón el cielo gris está lleno de nubes que se arremolinan presagiando una próxima tormenta. El barco navega plácidamente en dirección a su nuevo hogar y ella ha salido a cubierta para poder contemplarlo.
El castillo es imponente. Es lo más bonito que Selise puede decir de él y, en esa época de su vida, Selise todavía se esfuerza por encontrar cosas bonitas. Su matrimonio con Stannis Baratheon acaba de comenzar. Su marido es un hombre frío y serio, pero Selise piensa que quizá con el tiempo llegue a conocerlo mejor. Aún le arden las mejillas de rabia y vergüenza cuando piensa en su noche de bodas y en lo que su prima y el rey hicieron en su cama, mas ahora está lejos de ellos y su nueva vida comienza.
Está nerviosa y emocionada. Le hace ilusión ser por fin la señora de su propio castillo. Además, es nada más y nada menos que la esposa del hermano del rey. Se siente importante. Ni siquiera en sus mejores sueños se habría imaginado algo así. Le sonríe a su marido, que se ha situado a su lado para observar como el barco se acerca al puerto. Él no le devuelve la sonrisa, pero da igual. No necesita que le sonría siempre que la haga feliz y no duda de que así será.
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De lejos Rocadragón le pareció imponente. De cerca, Selise ha descubierto que es incómodo. Es un lugar frío y oscuro. Tienen que tener siempre las chimeneas encendidas porque si no no se puede estar en las habitaciones e incluso cuando el sol brilla en el cielo las sombras se ciernen sobre la fortaleza.
Además, los dragones están por todas partes. A Selise no le gustan. Siente como si la estuvieran mirando, como si estuvieran quietos a la espera del momento adecuado para saltar sobre ella y devorarla.
Sabe que es una estupidez, pero no puede evitar pensarlo. Por supuesto, nunca ha compartido esos pensamientos con Stannis. Otro hombre quizá la abrazaría y le diría que no tiene nada que temer, pero lo más probable es que su marido se limitara a mirarla como si se hubiera vuelto loca y a decirle que deje de molestarlo con sus idioteces.
A esas alturas Selise ya ha aprendido a conocer bien a su esposo y sabe qué es lo que puede esperar de él: lo necesario, absolutamente nada más. Stannis se asegura de que se encuentre bien atendida y con sus necesidades básicas cubiertas; come con ella tres veces al día y acude de vez en cuando a su lecho con el fin de buscar un heredero.
De hecho, esa mañana le ha informado de que cree que ya ha pasado el suficiente tiempo desde que nació Sireen y que por la noche volverán a "cumplir con su deber". Se lo ha dicho con toda seriedad, nada de un guiño pícaro o un gesto cómplice. Selise piensa que ese es justo el problema de su matrimonio: que Stannis se limita a cumplir con su deber. Con él no hay muestras de cariño, conversaciones amenas o aunque sea algún regalo de tanto en tanto. Todo con él es igual, monótono y gélido, como la propia Rocadragón.
De todos modos Selise ya se ha resignado y no le importa. Tiene a su hija, un bebé sano y fuerte. Es la niña más bonita del mundo y pronto vendrán más niños. Esa será su felicidad.
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Los años pasan y Rocadragón cada vez le resulta a Selise más sombría. Quizá es porque los chiquillos que iban a llenar esa casa de luz nunca han llegado. Solo están ellos tres: Stannis, ella y Shireen. Shireen, su hija, la que iba a ser la niña más bonita del mundo. Ni todo el amor de madre podría decir eso de ella.
Selise la quiere, claro que sí, es una niña lista y educada y una buena hija, pero fue tocada por la desgracia. Selise sabe que debería dar gracias a los dioses porque esté viva, pero no puede evitar lamentarse por la suerte de su hija igual que no puede dejar de lamentarse por la suya propia.
Rocadragón es una fortaleza sombría, igual que la vida de Selise. A veces piensa que el bufón Caramanchada tiene razón cuando dice eso de que las sombras se van a quedar. En Rocadragón es como si solo hubiera sombras: la sombra de los hijos que nunca fueron, la sombra del marido que Selise esperaba encontrar y la sombra de la felicidad que nunca ha hallado; o quizá las verdaderas sombras son ellos tres, encerrados allí entre los dragones de piedra sin poder disfrutar de la calidez que la vida ofrece fuera de esos muros.
