Ni la historia ni los personajes me pertenecen.

Ser joven significa vivir muchas experiencias: la primera vez que te saltas una clase, la primera vez que te enamoras… la primera vez que te apuntan con una pistola a la cabeza.

Tras ser retenida como rehén durante el robo de la tienda de alimentación local, Saku, de diecisiete años, siente que algo dentro de ella se ha roto. No le apetece soportar la tontería y el acoso de la escuela privada a la que acude, así que se matricula en el instituto público de su localidad, y ahí se cruza con Sasuke, el muchacho que arriesgó su vida para salvarla.

Mientras Saku se vuelve más rebelde, Sasuke está empezando a situarse. Tras años de fiesta loca y de coquetear con las drogas junto a su hermano mayor, ha empezado a cambiar: asiste a las clases puntualmente y ha comenzado a pensar en el futuro.

Y a pesar de que la distancia que los separa se va haciendo más amplia, Sasuke mantiene a Saku a salvo y la ayuda a ampliar sus horizontes. Pero cuando la ayuda con otro asunto, el de la pérdida de su virginidad, lo de ser amigos deviene complicado.

Mientras tanto, Saku y Sasuke se ven empujados otra vez hacia el peligroso mundo del que escasamente habían logrado escapar. La primera vez, tuvieron suerte y lo lograron, pero en esta ocasión lo que pueden perder es mucho más importante: pueden perderse el uno al otro.

CAPÍTULO 1

—¡No te olvides las tortitas de maíz! —gritó Ino asomándose por la ventana de su automóvil.

—Ya las tengo.

—Y la salsa picante, Saku. Nada de esa porquería de sabor suave, que te conozco, cobardica.

Le hice una peineta y seguí andando con la vista fija en el suelo.

La lluvia había convertido cada desnivel que había en el aparcamiento del Drop Stop en un pequeño pantano. Acabábamos de salir de una sequía, así que estaba bien que hubiera llovido. Tapas de botellas y cigarrillos flotaban como diminutos barquitos en sus turbias aguas. El viento de Carolina del Norte levantaba olas en los charcos, lo que distorsionaba la luz amarilla de la señal de «Abierto» que se reflejaba en ellos. Todo lo demás estaba a oscuras. Auburn, a medianoche, era un lugar tranquilo. Ino y yo nos habíamos visto obligadas a cruzar en automóvil toda la ciudad con el objetivo de encontrar los aperitivos que necesitábamos para nuestra maratón de cine. Ver las ocho cintas seguidas de Harry Potter iba a ser nuestra contribución como ciudadanas de la Capital Mundial de la Resistencia.

—¡Ah, sí, las Oreos!

«Como si fuera a olvidarme las Oreos», me dije a mí misma mientras entraba en esa tiendecita destartalada.

Lo único que probablemente bajaba al entrar en el Drop Stop («Párate y Baja»), eran tus estándares. Lo que ya había pasado. Iba con las mallas negras de hacer yoga, el sujetador de deporte y una vieja camiseta azul dada de sí, frente a la combinación de satén, con el dibujo de un unicornio, de Ino. Si llevar ropa de andar por casa se pudiera confundir con un atuendo normal para competir, yo habría ganado de calle. Creo que a ninguna de las dos se nos había ocurrido molestarnos en vestirnos de verdad: demasiado esfuerzo estando de vacaciones de verano.

Dentro, la luz de los fluorescentes era cegadora y el aire acondicionado estaba tan fuerte que se me puso la piel de gallina. Pero ya estaba allí: ante un pasillo en el que podían encontrarse las peores cosas de comer que una persona pudiera elegir, y que, tal como mi trasero atestiguaba, yo ya había elegido. Alegre y repetidamente.

Tomé una cesta de la compra de plástico y me dispuse a buscar lo que quería.

Solamente había un par de clientes más: un tipo con una sudadera negra y otro muchacho a su lado, que hablaban en voz baja junto al frigorífico donde estaban las cervezas. Pensé que era poco probable que alguno de los dos tuviera la edad legal para beber. Uno de los alumnos de la universidad local despachaba en el mostrador de la tienda; se reconocía su estatus de estudiante por el libro de texto que ocultaba detrás del mismo. Nota mental para mí misma: «Estudia como una loca durante el último año si quieres recibir una oferta de Berkeley».

Tabletas de chocolate con leche, cacahuetes recubiertos de chocolate, Oreos, ositos de goma, barritas energéticas, patatas chips, pastelillos recubiertos de chocolate, donuts recubiertos de chocolate y un bote de salsa. La etiqueta proclamaba que era infernalmente picante: incluso había dibujados, en un lado, unos demonios bailando. Todo fue a la cesta, en la que había productos de todas las marcas más conocidas. De todas formas, todavía quedaba un poco de espacio, y hubiera sido una tontería no ir hasta el final, teniendo en cuenta que habíamos venido conduciendo desde la otra punta de la ciudad. En fin, para llegar a casa de los padres de Ino se tardaba, al menos, entre diez y quince minutos… Únicamente para semejante trayecto sería menester algo de sustento.

Un tubo de Pringles para tener buena suerte y prosperidad, y ya habíamos acabado.

Vacié la cesta sobre el mostrador, lo que hizo que el universitario se sobresaltase. Supuse que estaba totalmente absorbido por sus estudios. Unos ojos marrones me miraron con sorpresa a través de unas gafas de montura metálica.

Joder, qué guapo era.

Inmediatamente, me di la vuelta, solo para quedarme cara a cara con una estantería repleta de revistas de mujeres enseñando las tetas.

«Vaya».

Deseé sinceramente que un porcentaje de las ventas se destinara a ayudar a mujeres con problemas de lumbago. Algunos de aquellos pechos eran tan grandes que casi daban miedo.

Aunque no se podía ver mucho de lo que había en la calle a través de la sucia ventana, era posible que se hubiera puesto a llover de nuevo. Así que llevar unas chanclas probablemente había sido un error.

Bip, bip, bip… sonaba la caja registradora mientras se iban añadiendo los productos que había escogido.

Perfecto.

El guapo dependiente y yo no hacíamos ni caso el uno del otro. Ni siquiera volvimos a cruzar la mirada. Lo que era el mejor de todos los posibles escenarios. En general, la interacción humana era un suplicio para mí, pero la gente atractiva me resultaba, con diferencia, la peor. Me ponían nerviosa. Siempre empezaba a sudar y a ruborizarme, y mi cerebro se convertía en un lugar vacío e inútil.

Todo mi botín fue embutido en una pequeña bolsa de plástico blanco, que garantizaba romperse en mitad del aparcamiento. Daba igual. Me la apreté contra el pecho y la envolví con la parte inferior de la camiseta para reforzarla o algo parecido. Eso era mucho más fácil que pedirle al tendero que me pusiera otra bolsa más.

Le di el dinero de manera distraída, balbuceé «gracias» y proseguí mi camino. Misión cumplida.

Salvo por el hecho de que un tipo esquelético entró entonces en la tienda, con más prisa incluso de con la que yo salía. Chocamos y salí perdiendo; se me resbaló una de las chanclas, por culpa del suelo mojado. Me tambaleé contra la estantería antes de caerme del todo y probar lo duro y frío que estaba el suelo. La bolsa se rompió y la basura que contenía se esparció por todas partes.

«La madre que lo parió».

—Estupendo —musité sarcásticamente, a lo que siguió un no menos sarcástico— Estoy bien, no me ha pasado nada.

Qué vergüenza. Aunque en realidad nadie me estaba prestando atención.

Debía de haberme dado contra un canto de metal al caer, porque tenía un arañazo en la cintura. Y vaya si escocía, igual que el golpe en el trasero.

El universitario contuvo el aliento. Era lógico. Yo también me hubiera mosqueado si una gorda en pijama empezase a lanzar sus cosas por todas partes. Pero entonces, el capullo que me había hecho perder el equilibrio golpeó con la mano el mostrador y gruñó algo, mientras el universitario tartamudeaba:

—P-por f-favor, n-no…

Me quedé helada, al darme cuenta de que eso no tenía nada que ver con que me hubiera estrellado contra el estante.

Ni mucho menos.

El universitario hurgaba torpemente en la caja registradora, con cara de pánico. Aquello no era bueno. Nada lo era. El tiempo se ralentizó conforme el chico iba apretando las teclas de la máquina, al tiempo que las lágrimas le rodaban por las mejillas dado que, por alguna razón, la caja no se abría. El tipo flaco se puso a gritar y a agitar algo en el aire con la mano como si hubiera perdido la cabeza.

Repentinamente, el cajón de efectivo se abrió de golpe con un leve y disonante tintineo.

El universitario tomó un fajo de billetes y los metió en una bolsa de plástico mientras el flacucho volvía a golpear con la mano el mostrador, frustrado y rabioso. En ese momento, resonó una sirena de policía y oí el ruido de unos neumáticos derrapando. Horrorizada, vi como un maltrecho automóvil salía del aparcamiento y derribaba un cubo de basura, con lo que desparramó su asqueroso contenido sobre la acera. Un vehículo policial lo siguió subiéndose al bordillo, mientras otro se paró en seco delante de la tienda, con las luces encendidas.

El hombre del mostrador se dio la vuelta hacia la zona de estacionamiento, bramando algo indescifrable a la vez que se retorcía sobre sí mismo, con ojos desquiciados, de tan hinchadas y enormes que tenía las pupilas. Manchas rojas –llagas– le cubrían la cara, mientras que por dientes lucía lo que parecían poco más que muñones podridos. Entonces vi la pistola que llevaba en la mano y se me detuvo el corazón.

Había una pistola.

«Una pistola».

Estaba pasando, ahí mismo, ahora.

Unas luces azules y rojas centelleaban a través de las mugrientas ventanas, y me quedé sentada, estupefacta, con los ojos desorbitados y la mente en blanco. Todo sucedía demasiado deprisa. Vi el momento en el que el tipo del revólver se daba cuenta de que lo habían abandonado, puesto que se le tensó todo el cuerpo. Y a pesar de que sostenía la pistola con mano insegura, se giró hacia el universitario.

Por unos segundos, ambos permanecieron frente a frente, uno temblando de miedo mientras el otro lo apuntaba con el arma. Y entonces un fuerte restallido llenó el espacio. El universitario se desplomó. Parecía como si alguien hubiera arrojado un cubo de pintura carmesí sobre el anaquel de los cigarrillos.

El sonido de las sirenas se incrementaba conforme más vehículos iban rodeando el edificio.

—¡Puta! —gritó el hombre, incluso más fuerte que el volumen de las sirenas y el de los zumbidos de mis oídos— ¡Tayuya, serás puta! ¡Se suponía que no tenías que marcharte! ¡Vuelve aquí!

No podía respirar. Tenía un nudo en la garganta. Permanecí, cobardemente, en el suelo.

Él, por su parte, regresó hacia el sangriento desastre que había tras el mostrador y se puso a renegar muy alto y durante mucho rato.

—Suelte el arma —dijo la voz de una mujer a través de un megáfono— Suéltela despacio y salga con las manos en alto, donde podamos vérselas.

Unas botas marrones, llenas de barro, resonaban pesadamente sobre el suelo al acercarse hacia mí.

«Oh, no».

Tenía que hacerle entrar en razón, disuadirle de alguna forma. Pero seguía con el cerebro en blanco y el cuerpo temblándome. Y por muy delgado que fuera, no le costó nada tirar de mí para ponerme en pie, sujetándome del brazo con tanta fuerza que me lo podría haber partido en dos perfectamente.

—Levántate —Un puño me agarraba dolorosamente del pelo, al tiempo que la boca caliente de la pistola me apuntaba bajo la barbilla— Ve hacia la puerta.

Paso a paso, con cautela, fuimos avanzando mientras él me utilizaba como escudo humano. Cuando casi me tropecé con las Pringles, cuyo tubo salió rodando bajo mis pies y casi hace que me caiga, me apretó con la mano el cabello rubio, hasta arrancarme un mechón. La agonía hizo que me cayeran lágrimas por las mejillas.

—Podemos acabar con esto sin más violencia —dijo la mujer policía, con voz quebrada— Deje que se marche.

La luz de los faros era cegadora, iluminaba la lluvia. Pude distinguir la sombra de una cabeza; uno de los policías estaba agazapado detrás de la puerta de un automóvil, sujetando entre las manos una pistola con los brazos extendidos. Ino estaba ahí fuera, en alguna parte.

Dios, ojalá estuviera a salvo.

—Tenemos ambas salidas controladas. Déjela marcharse y suelte el arma —repitió la policía— Todavía podemos acabar con esto de forma pacífica.

Volví a sentir un dolor lacerante en el cuero cabelludo cuando me tiró otra vez del pelo y me metió la pistola en la boca. Los dientes me castañetearon contra el duro metal mientras la punta del arma me arañaba el paladar. El hedor a pólvora me inundó la cabeza.

Iba a morir, aquí, esta noche, en el Drop Stop, llevando puesto un puñetero pijama. Así era. Fuera, en el aparcamiento, alguien chilló:

—¡La voy a matar! —bramó echándome su aliento fétido y caliente sobre un costado de la cara, mientras mantenía la puerta entreabierta con su cuerpo.

—No —Ahora la voz de la mujer tenía un deje de pánico— No. Hablémoslo.

El hombre armado no contestó. En vez de eso, me soltó el pelo y con la misma mano asió el picaporte de la puerta de la tienda y tiró de él hasta cerrarla. Seguidamente, hizo girar la cerradura con sus sucios dedos. No había escapatoria. No con la pistola en la boca y temblando igual que lo hacía su mano. Todas las cosas que nunca podría hacer si apretaba el gatillo llenaron mi mente: nunca volvería a casa, nunca podría despedirme de mi madre, nunca me convertiría en profesora.

—¡Para atrás! —ordenó—. ¡Muévete!

La pistola se introdujo más adentro, lo que me dio arcadas. Vomité, pero fue inútil: no saqué nada.

Di un paso atrás, luego otro, jadeando, mientras ambos nos íbamos moviendo poco a poco. Estantes repletos de revistas llenaban la fachada de vidrio de la tienda; no se nos veía nada hasta más debajo de la altura del torso. Por encima de esa línea, el mundo era rojo, blanco y azul. Se parecía a una retorcida discoteca, con luces de colores proyectándose y mezclándose entre los pósteres que anunciaban bebidas y otras cosas. A lo lejos, pude oír el ruido de un camión de bomberos acercándose paulatinamente.

Entonces, me sacó la pistola de la boca y me tiró al suelo, donde me quedé resollando, en un intento de permanecer calmada y hacerme así diminuta, invisible. Desde lo alto, el cromado del arma brilló mientras el brazo del hombre describía un poderoso arco hasta que, ¡plaf!, la culata de la pistola se estrelló contra mí y el cráneo me explotó de dolor.

—Zorra estúpida —masculló—. Quédate ahí. Y entonces, nada.

No hizo nada más. De momento.

Francamente, no hubiera podido moverme ni, aunque hubiera querido. A los ocho años, me había roto el brazo al caerme de la litera superior cuando estaba de campamento. Y había sido un verdadero fastidio. Lo de ahora, sin embargo, estaba a un nivel completamente distinto. El dolor me asaltaba en oleadas que me recorrían de la cabeza a los pies y me dejaban la mente hecha trizas. Ser consciente de dónde estaba el hombre no era fácil entre el daño que me había hecho y la sangre que me goteaba desde la frente hasta uno de los ojos. Eché un vistazo a través del cabello que me caía sobre la cara: el mundo era apenas un borrón.

Ni movimiento ni ruido alguno. Me puse tensa al oír el rumor de unos pasos, pero esta vez se alejaban de mí. Tomé aire lo más flojo que pude y lloré quedamente.

Todo quedó en sombras cuando apagó la iluminación del techo, aunque todavía había suficiente luz para poder ver, procedente de la calle. Supuse que a la mujer policía se le habían acabado las cosas que decir. La lluvia contra el tejado era el único sonido que se oía.

—No dispares —dijo una voz masculina, seguida de unos pasos amortiguados— Tenemos las manos levantadas. Eres Deidara, ¿verdad?

—¿Y quién coño eres tú? —espetó el tipo de la pistola.

—El hermano pequeño de Itachi Uchiha, Sasuke —contestó la misma voz.

—Itachi...

—Ajá —Los pasos se acercaban hacia la parte delantera de la tienda— ¿Te acuerdas de mí, Deidara? Viniste un par de veces a casa a ver a Itachi. En el instituto, solíais salir juntos por ahí. Estabais los dos en el equipo de rugby, ¿no? Soy su hermano.

—Itachi —El hombre armado se balanceó un poco, la voz le salía con dificultad— Claro. ¿Cómo coño le va?

—Bien, muy bien. Muy ocupado.

—Joder. Bien. Itachi. —Las botas llenas de barro retrocedieron, de forma que quedaron al alcance de mi vista. Pero podía ver muy poco, ya que el cabello me tapaba la cara. El tipo se apoyó en el mostrador salpicado de sangre— ¿Qué estás haciendo aquí… ah…?

—Sasuke —repitió su nombre. ¿Uno de los chicos que estaban delante del frigorífico de las cervezas? Tenía que serlo—. Aquí, reaprovisionándome. Ya sabes.

—Ya, ya—farfulló Deidara— Yo solo… Yo también venía a buscar suministros…

—Claro. —Sasuke, el chico de la sudadera, sonaba relajado y amable. Probablemente, drogado hasta las trancas igual que Deidara, nuestro amistoso psicópata del barrio. No se me ocurría otra forma de estar calmado en una situación como esta— Deberías probar por la puerta trasera.

—Sí —barbotó Deidara, e inmediatamente se dirigió a la puerta en cuestión, conforme desaparecía de nuestro campo de visión tras agitar la pistola en dirección a todos nosotros— Que ninguno de los tres se mueva, coño.

Se hizo un silencio absoluto. El ruido del cerrojo de la puerta de atrás al abrirse y el estrépito de un portazo unos segundos después se oyeron tan claros como el agua.

Deidara regresó al mostrador en dos zancadas, mientras maldecía vehementemente.

—Es inútil.

—Mierda —dijo Sasuke.

—Pero no era mala idea, eh… Joder, había olvidado que esto estaba abierto —Por el rabillo superior del ojo, pude ver a Deidara estirándose sobre el mostrador para sacar dinero de la caja registradora— ¿Quieres un poco?

—Veinte pavos no hacen daño a nadie, ¿no?

—Ya te digo —se rio Deidara mientras le pasaba un par de billetes a su interlocutor— Ve y alcánzame algunos cigarrillos, venga.

—Claro. ¿Qué marca fumas?

Deidara resopló:

—Marlboro.

—Sin problema —respondió Sasuke, mientras se metía detrás del mostrador— Joder, menudo desastre.

Se oyó un ruido de chapoteo procedente de ahí, del tipo que se obtiene cuando una suela de goma pisa algo húmedo. Se me revolvió el estómago y noté la bilis ardiéndome en el fondo de la garganta. Tragué saliva, una vez más intentando calmar mi respiración, intentando permanecer tranquila.

—¿Algún problema? —preguntó Deidara.

—Resbala —respondió Sasuke— Nunca se me ha dado muy bien la sangre.

—Nenaza —se rio Deidara histéricamente, como un chiflado— Te has puesto verde, joder. ¿No irás a vomitar?

Un gruñido fue la respuesta.

—No te pases, que todavía estoy en el instituto. Aún me quedan algunos años para volverme tan duro como tú. ¿Te importa si me llevo un cartón?

—No, chico. Sírvete tú mismo.

—Gracias.

Permanecía quieta, asimilando lo que pasaba. ¿No era maravilloso que Sasuke y su héroe Deidara, el drogata, pudieran estar pasando estos buenos momentos juntos?

«Me cago en todo».

Deidara carraspeó.

—¿Quién es tu amigo? Que también agarre alguno.

—Ah, este es Juugo —aclaró Sasuke— Un amigo del instituto. Está en el equipo de rugby.

—¿En serio? —dijo Deidara— ¿En qué posición?

—Receptor —repuso una voz más baja y menos segura.

—Yo era corredor de poder, Itachi era mariscal de campo —comentó Deidara con orgullo— Qué buenos tiempos aquellos.

Juugo emitió un sonido de asentimiento. Encendió una cerilla y el olor acre a tabaco inundó el ambiente.

—¿Queréis algo de beber? —preguntó Sasuke como si estuviera dando una estúpida fiesta.

—Mmm.

Chapotea que chapotea, unos pies se acercaron hacia mí, calzados con unas Converse de un verde descolorido, cuyas suelas estaban rojas por la sangre. Yo permanecía inmóvil, tumbada en el suelo, con la cara sobre un charco de sangre. Al menos, la frialdad del suelo me calmaba el dolor de cabeza un poco.

Muy poco.

El amigo de Deidara, Sasuke, se detuvo junto a mí y se quedó mirándome un rato. Luego, sin decir una palabra, dio un giro de ciento ochenta grados y se alejó dejando tras de sí un rastro de pisadas ensangrentadas.

—Mejor no ir por la puerta —murmuró.

—No —lo secundó Deidara, riéndose de nuevo— Iría mal.

Las botellas tintineaban al entrechocar unas con otras. Desde fuera me llegaba el ruido de puertas de automóviles cerrándose de golpe y el rumor de muchas voces distintas. Los destellos de rojo, blanco y azul eran más intensos que antes, como si todo un escuadrón de vehículos se hubiera sumado al espectáculo de luces. «Por favor, Dios mío, deja que alguno de ellos haga algo constructivo para sacarme de aquí». Iría a la iglesia; haría lo que fuera. Solo tenía diecisiete años y seguía siendo virgen, mierda. Y aunque sabía que seguramente nunca sería la reina del baile, al menos quería vivir lo suficiente como para poder asistir a alguno, aunque fuera una tontería.

—Qué bien —dijo Sasuke— Hay Corona.

Más ruidos: el sonido de botellas de cerveza al abrirse mientras los chicos se acomodaban para celebrar toda esa situación de rehenes y tal. No podía ver al otro chico, Juugo, solamente a Deidara, el yonqui, y a Sasuke. Estaban sentados en el suelo con la espalda apoyada en la parte inferior del mostrador, pasando el rato. Era ridículo. Y por mucho que se conocieran, no parecía que Sasuke consumiera drogas. Al menos, no de manera habitual. No tenía la media melena ni trasquilada ni grasienta como la de Deidara; y si bien una descuidada sombra de barba le cubría la mandíbula y le enmarcaba la boca, su cara angulosa y delgada no tenía tampoco las mismas llagas ni la misma apariencia demacrada.

—¿Cómo te llamas? —me preguntó cuando me sorprendió mirándole.

Me mojé los labios con la lengua, en un intento de recuperar algo de humedad.

—Saku.

—¿Saoku?

—No. Sa-ku.

Asintió con la cabeza.

—¿Dejamos que Sa-ku también tome un trago, Deidara?

—Como quieras —masculló el aludido, con la mirada fija en un punto indeterminado.

Sasuke se levantó y se aproximó a mí con tanta cautela que parecía que fuese yo la que estuviera sujetando la pistola. Quién diría que el drogata no era su máxima preocupación… Entonces el pirado —esto es, Sasuke— me guiñó un ojo. Y no fue la clase de guiño en plan «hola, nena», sino en plan «sígueme la corriente».

«Vaya». Lo había malinterpretado. No trataba de parecerse a Deidara. Trataba de «manejarlo».

—Siéntate —murmuró, poniéndose en cuclillas a mi lado.

Dios, cómo me dolía. Moverme, pensar, respirar: hacer cualquier cosa.

Logré incorporarme apoyándome en el borde de una estantería. Una nube grisácea me distorsionó la visión, al tiempo que el mundo me daba vueltas de un lado a otro. Sasuke le quitó la chapa a otra Corona, me la puso en la mano y me cerró los dedos en torno a la fría y húmeda botella. La forma en la que me tocó debió de ser la única cosa que no me hizo daño.

—Bébetela, Saku —me dijo— Estamos haciéndonos amigos, ¿verdad, Deidara?

Este lanzó una carcajada exánime.

—Claro, amigos.

—Eso es —siguió Sasuke— Todo va bien.

Me tuve que obligar a mí misma a no resoplar.

—A lo mejor podrías sostenerla contra la cabeza —sugirió en voz más baja— ¿Okey?

—De acuerdo.

La cerveza nunca había sido lo mío. En cambio, Ino y yo teníamos un don para liberar, ocasionalmente, alguna que otra botella de la reserva de vinos de su madre; compuesta básicamente por basura barata y asquerosa. Así que no era como si la buena mujer fuera a darse cuenta, y mucho menos a importarle.

La cerveza se deslizó por mi irritada garganta, con lo que se sumó a las arcadas y a las náuseas que seguían revolviéndome el estómago. Quería que se estuviera quieto, por lo que respiré profundamente y me tragué con dificultad el contenido del primer sorbo.

Sasuke asintió.

Le devolví el gesto con la cabeza, al estar todavía viva y todo eso.

—Gracias.

Sus ojos eran profundos, su mirada intensa. En un concurso al chico más guapo, habría podido ganar fácilmente al guapo —y ahora muerto— dependiente. Vaya pensamiento más retorcido. ¿Cómo saber de quién sería la siguiente sangre que terminaría por decorar las paredes del local?

—¿A qué instituto vas?

—Konoha.

—Pobre niña rica —intervino Deidara—. Son todas unas putas. Permanecí muda como una tumba.

—A mi hermano Itachi siempre le gustaron las chicas de Konoha —comentó Sasuke mientras regresaba al mostrador, junto a Deidara.

—Le gustaba follárselas.

—Eso también —repuso Sasuke con una sonrisa forzada— Decía que era más fácil salir con una chica de Konoha. No podían fastidiarle en el instituto. Suponían menos mantenimiento.

Deidara se rio entre dientes.

—¿Qué dices, Saku, te gustaría que saliéramos algún día? —preguntó Sasuke.

No podía decirlo en serio. Debía de estar loco.

—Claro —contesté, dejando el «pero qué narices» circunscrito solo a mi cara.

—Pero ¿por qué estás interesado en «esa»?

Deidara se rascó la barbilla con una mueca burlona en los labios.

—Me gustan las pelirrosas —Sasuke esbozó una ligera sonrisa— Y se diría que a Saku le parece bien esto de beber cervezas robadas: mi tipo de chica.

Deidara movió la cabeza en un gesto de desaprobación. Como ninguna palabra era segura, me limité a dar sorbos a mi bebida.

Deidara echó hacia atrás el brazo, para lanzar por encima de su cabeza la botella vacía, que se hizo añicos al estrellarse contra la pared trasera. Di un respingo: el estropicio había sonado sorprendentemente alto.

—¿Otra? —preguntó Sasuke, con absoluta calma. Como si viera este tipo de cosas cada día. Tal vez era así.

—Tú.

Deidara alzó la barbilla en un ademán dirigido al amigo que permanecía en silencio.

—Iré a por más —dijo Juugo, con voz temblorosa.

—Me gustaría no haberme dejado mi alijo en el automóvil —comentó Sasuke— Estaría bien poder devolverte el favor, Deidara.

Deidara rio entre toses.

—Otro día.

Asintiendo, Sasuke sonrió.

Un timbre repentino y obscenamente fuerte rompió el silencio, lo que me cortó la respiración. Era el teléfono. Solo el teléfono. A ese ritmo, moriría de un ataque al corazón mucho antes de que la herida de la cabeza me causara un daño irreversible.

—No contestéis —ordenó Deidara, cuyo cuerpo se puso firme mientras nos fulminaba con la mirada. Como si nos hubiéramos atrevido a hacerlo.

La llamada paró, para empezar de nuevo un momento después.

—¡Cabrones!

Deidara hizo un esfuerzo para ponerse en pie, manteniéndose agachado conforme apuntaba el arma, que disparó varias veces. Le costó tres intentos, pero, finalmente, logró anotar un tanto.

Al menos, el timbre del teléfono dejó de sonar.

—Voy a… voy a esperar; Tayuya volverá. Con un plan. Siempre tiene un plan. Seguro que tendrá algo que ver con embestir una ventana o algo así, no sé.

Juugo regresó y nos repartió más cervezas.

—Estupendo —dijo Sasuke mientras encendía otro cigarrillo y dibujaba un anillo con el humo.

—Entonces os podréis ir —Deidara sonrió mostrando una dentadura negra y rota— Solamente tenemos que esperar.

Sasuke se mojó los labios.

—¿No querrías quitarte de encima a Saku de una vez?

Frunciendo el ceño, Deidara giró la cabeza.

—¿Y por qué cojones haría eso?

—Como decías, no es más que una inútil de Konoha. No la necesitamos —comentó Sasuke con voz suave y persuasiva— Qué te apuestas a que le da un ataque de pánico y lo lía todo, y te mete en un marrón aun peor. Lo mejor sería que la enviaras fuera, ¿eh?

—¡Ni hablar! —Más rápido de lo que creía posible, Deidara agarró a su interlocutor— ¿A qué coño estás jugando? ¿Crees que soy un estúpido?

—No, no. ¿Qué…?

—Cierra la puta boca —masculló Deidara, con los dedos cerrándose en torno a la pistola— Ella es el único rehén de verdad que tengo. ¿Crees que a los polis les importaría una mierda si me cargo ahora mismo a un imbécil como tú?

—No entraré en pánico —intervine, sin pararme a pensar— Lo prometo.

Con la cara contraída, una mirada furibunda y algo confuso, Deidara se volvió hacia mí.

—Solo tenemos que esperar a Tayuya —añadí, con la respiración cada vez más acelerada— Te agradezco… gracias por la cerveza.

Lentamente, Deidara retrocedió un poco; la rabia le desapareció del rostro.

—Eso es. Solo tenemos que esperar a Tayuya.

No me atreví a mirar directamente a Sasuke para agradecerle que hubiera intentado ayudarme ni para comprobar que estuviera bien. La mirada gacha y la boca cerrada: era lo más seguro.

—No tardaremos mucho —farfulló Deidara como para sí—. Enseguida se acabará.