Ni la historia ni los personajes me pertenecen.

CAPÍTULO 2

No sé cuánto tiempo permanecí sentada ahí, dando sorbos a la cerveza, pero bastó para que la cabeza dejara de sangrarme, aunque no de dolerme. A esas alturas, toda la oficina del sheriff del condado debía de estar fuera, a juzgar por el resplandor de los rayos de luz que se proyectaban dentro de la tienda y por el bullicio de la multitud.

Hacía un rato, Deidara había empezado a rascarse, con lo que se había abierto las llagas. Y sus temblores habían empeorado. Sasuke, con absoluta calma, continuaba hablando, contando historias que sabía por su hermano, preguntándole por gente a la que ambos conocían. Conforme las botellas de cerveza vacías se apilaban a nuestro alrededor, su voz seguía y seguía, ronca y sorda, seguramente por culpa de tanto fumar. El amigo, Juugo, no decía nada.

—Deidara, hijo —dijo la voz de un hombre por el megáfono— soy el sheriff Sarutobi. He hablado con Tayuya… Sé que todo esto ha sido sin querer.

—¿Tayu?

Deidara gateó hasta la fachada de cristal, sin soltar la pistola, y se asomó un poco, protegido por las estanterías de las revistas.

—¿Por qué no lo hablamos? Solos tú y yo.

—¡No! —chilló el yonqui, mesándose su corto cabello— No está… No puedo verla.

Sasuke no pronunció palabra, tenía los ojos fijos en Deidara. No pude evitar ponerme a temblar. Primero, los brazos; luego, las piernas.

«Por favor, por favor, por favor. Que alguien me saque de aquí».

—Levántate.

Deidara se puso delante de mí, incorporando solo la mitad del cuerpo.

—¡Muévete, gorda de mierda! Es el momento de demostrarles a estos capullos que voy en serio.

—N-no. P-por favor.

Con brusquedad, me quitó de la mano la botella, que, al estar prácticamente vacía, dio un par de vueltas sobre el suelo. Una vez más, me agarró del pelo y me obligó a ponerme de pie. Ahogué un grito al notar que me arrancaba algunos mechones, y le así la mano para tratar de aflojársela y disminuir un poco la intensidad con la que me estaba desgarrando el cuero cabelludo.

—Date prisa —dijo, dándome una bofetada con la mano completamente abierta.

Empecé a sangrar por la nariz, lo que me llenó la boca de sabor a cobre. El lado derecho de la cara me palpitaba. Me empujó hasta la puerta, con la pistola apretada contra mi columna vertebral.

—Ábrela.

Entorné los ojos al lanzar un vistazo a la noche. No era fácil distinguir nada.

Había mucha luz y mucha gente ahí fuera, mirando. Pero nadie hacía nada para ayudar, maldita sea. Temblaba de pies a cabeza: lágrimas, sangre y mocos me bañaban el rostro. Con los dedos entumecidos, busqué el cerrojo a tientas y lo giré, abriendo la puerta hacia afuera. La mantuve así, sujetándola con una mano.

Deidara me rodeó con el brazo, como si fuera un amante; eso si se obviaba la pistola que me había encasquetado contra la barbilla.

—¡Que venga Tayuya! —bramó junto a mi oído.

—Deidara… —empezó el sheriff con voz amable y tranquila.

—Ahora. Traedla ahora.

—No está aquí, Deidara. Tardaremos un poco.

Detrás de mí, el aludido se puso a blasfemar.

—No; me la vais a traer ahora mismo.

—Si te la traigo, vas a tener que hacer algo por mí. ¿Por qué no dejas que la chica se vaya?

La respuesta de Deidara fue de todo menos de alegría. Me enfermaba el olor rancio que desprendía, al tiempo que su pesada respiración y su parloteo para consigo mismo retumbaban y se agrandaban en mi mente en blanco.

—No me estás escuchando. Aquí mando yo... «Yo». Vas a verlo.

—Deidara…

—¡Cállate! ¡No quería tener que hacer esto! —gritó— ¡Es culpa tuya!

Me tambaleé y la orina me corrió piernas abajo, sin ningún tipo de control por mi parte, hasta encharcarme las chanclas.

—Espera, de acuerdo —repuso rápidamente el sheriff— Estoy llamando ahora mismo. Mantengamos la calma.

¿Estaría mi madre por ahí? Ojalá que no.

Algo pareció moverse a nuestro lado, entre las sombras. No pude distinguirlo. Las luces eran cegadoras, lo que hacía que el dolor del golpe que me habían dado en la cara fuera más agudo, al igual que la presión de la pistola. Deidara me apretó con más fuerza la cola de caballo. Con el dedo en el gatillo, y todavía escudándose tras de mí, apuntó el arma en dirección a la voz del sheriff.

—Trae a Tayu aquí —dijo— Y también su automóvil.

—De acuerdo, todo lo que tú quieras, Deidara.

—Tengo a tres. Y les levantaré la puta tapa de los sesos uno a uno si intentas…

Sasuke nos derribó desde un lado. Todo el peso de Deidara me cayó encima cuando di de bruces en el suelo. La puerta se cerró sola. Una rodilla se me clavó en la espalda; era Deidara, que se apoyaba en mí para tratar de levantarse. Pero otro cuerpo, el de Juugo, se echó sobre nosotros, dando patadas y puñetazos, luchando por obtener el control. Los cuatro formamos un amasijo, entorpeciéndonos los unos a los otros. Por eso, aunque debían de apuntar a Deidara, fui yo quien recibió buena parte de los golpes de Sasuke e Juugo. En cualquier caso, el placaje de Sasuke había noqueado a Deidara, y ya no me encontraba completamente aplastada por él. De tanto miedo que tenía los músculos se me animaron. Luché por liberarme, contorsionándome y apartando las caderas y las piernas de Deidara, que se resistía. Justo encima de mí, Juugo agarraba desesperadamente el brazo de Deidara, tratando de quitarle el arma.

Mientras tanto, Sasuke molió a puñetazos en la cara a Deidara, hasta que se la dejó convertida en una masa informe y sangrienta. La pistola se disparó con un estruendo ensordecedor. Alguien lanzó un grito de dolor y, por segunda vez durante aquella noche, la sangre volvió a salpicar a su alrededor. El peso de Deidara se desplazó con el disparo y, por una fracción de segundo, tuve espacio para poder escabullirme de debajo de él. Libre al fin, me puse de rodillas y gateé. Juugo tenía las dos manos en la pistola, mientras le retorcía a Deidara el puño para quitársela. ¡Bang, bang, bang!. Después del último forcejeo, Juugo trastabilló hacia atrás, soltando el arma con violencia de la mano de Deidara.

«Gracias a Dios».

El revólver cayó al suelo y fue repiqueteando hasta llegar hasta mí. Sin dudarlo, lo tomé y fui retrocediendo, sentada, hasta que ya no puede más. La sangre —ignoraba de quién— me empañaba el ojo derecho. Pero veía lo suficiente para hacer lo que me proponía: apretar el gatillo con el cañón directamente apuntado al pecho de Deidara.

Clic, clic, clic. No pasó nada.

«Oh, mierda». Sin munición.

La puerta se abrió de golpe y entraron un montón de policías con pistolas y chalecos antibalas. Una luz intensa se encendió desde fuera. Dos de los agentes apartaron a la fuerza a Sasuke de Deidara.

Fue muy extraño. La boca de la gente se movía, pero todos sonaban como si estuvieran bajo el agua. Cada sonido parecía llegar apagado, retrasado. Un policía se agachó a mi lado y puso sus manos sobre las mías, para ponerle el seguro al revólver antes de sacarme el dedo del gatillo. En un primer momento no quería soltarlo. A lo mejor se le habían acabado las balas, pero seguía pudiéndolo usar para dar culatazos si hacía falta. Incluso reventarle la cabeza a ese pedazo de imbécil. Pero el policía tenía más fuerza en las manos que yo. Al final, ganó y le dio la pistola a otra persona, que se la llevó. Había tanta luz, tanto movimiento alrededor…

—¿Se ha acabado? —pregunté, mientras observaba la escena con un solo ojo, ya que el otro lo tenía hinchado y con el párpado pegado por culpa de la sangre reseca.

Lo que fuera que dijese el hombre de mi lado no pude oírlo.

Joder, el Drop Stop estaba hecho un asco, mucho más de lo habitual.

Deidara permanecía en el suelo, su cara parecía carne picada. Apenas se le podía reconocer. Dos oficiales estaban de pie junto a Sasuke, que tenía las manos llenas de sangre y una herida de muy mal aspecto en la parte superior del brazo. Juugo yacía encogido sobre el suelo, inmóvil. Con la mirada en blanco puesta en el techo. Su pecho estaba oscuro, algo empapaba el tejido gris pálido de su camisa. Seguí mirándolo, pero no se movió.

Ni una sola vez.

Los técnicos en emergencias sanitarias fueron los siguientes en cruzar la puerta corriendo, con sus bolsas de equipo médico a cuestas. Supongo que no los hubieran dejado entrar si no fuera seguro.

Se había acabado.

Cerré el único ojo bueno que tenía y recosté la cabeza contra el refrigerador de los lácteos.