Ni la historia ni los personajes me pertenecen.
CAPÍTULO 3
Salí por mi propio pie. Más o menos.
Uno de los paramédicos me sujetaba de los codos y me llevaba, con cuidado, hacia una de las ambulancias. Se habían molestado cuando rechacé la camilla. A Deidara se lo habían llevado atado a una, mientras protestaba de manera incoherente. Juugo y el dependiente de detrás del mostrador fueron transportados en bolsas para cadáveres. Y en cuanto a Sasuke, los policías seguían hablando con él.
Me acurruqué debajo de una manta para apartar la cara de la multitud de espectadores que se apiñaba tras el cordón policial. Los medios de comunicación y otra surtida variedad de curiosos de mierda rodeaban el lugar.
—Saku.
Mamá estaba llorando, tenía la cara enrojecida y cansada. Abrió mucho los ojos al verme, aterrorizada por mi aspecto.
Tenía el delantero de la camiseta cubierto de sangre, sangre seca y sangre fresca. Apreté más la manta en torno a mí.
—No es toda mía.
Eso no tranquilizó a mamá.
—Vamos allá —dijo Iruka, el paramédico, indicándome que me sentara en el escalón trasero de la ambulancia.
Hasta la última brizna de energía se me acababa de esfumar. Parecía que los brazos estaban a punto de desprendérseme, no podía levantar la cabeza. Iruka se puso a trabajar, ocupándose de mi cara con tanta gentileza como eficiencia. De hecho, en el resto del cuerpo solamente tenía algún moratón. Su compañero subió al fondo de la ambulancia, desde donde le fue dando vendas, compresas, etc.
Había un montón de vehículos policiales. Algunos agentes no paraban de ir y venir entre el aparcamiento y el Drop Stop, mientras que otros se limitaban a permanecer por ahí. Iruka respondió a las preguntas de mamá en un tono parco y brusco, repitiéndole una y otra vez que pronto iríamos hacia el hospital, y que una vez allí los doctores ya le darían más detalles acerca de mi estado. A pesar de su invariable contestación, mamá continuó haciéndole preguntas.
Todo era como un sonido de fondo, nada parecía real. Mi amiga Ino rondaba por allí, sus padres también habían venido, con la palidez y el cansancio pintados en sus rostros. Y seguramente aliviadísimos de que no fuera Ino quien estaba sentada en la parte de atrás de una ambulancia, cubierta de sangre y con la cara machacada.
Dos Sasuke estaban siendo conducidos hacia un vehículo de patrulla, con las manos esposadas por delante. Lentamente, se fueron desdibujando hasta convertirse en uno.
¿Qué demonios estaba pasando? Intenté levantarme.
—Saku. —Iruka levantó la mano para detenerme— A ver, jovencita, ¿adónde vas?
—Tengo que hablar con ellos.
—Estoy seguro de que algún detective querrá hablar contigo en el hospital.
—No —Me puse de pie lentamente. Joder, no me sentía nada bien. No es que pensara que fuera a sentirme bien, pero de no haber sido porque Iruka me estaba agarrando, mi pobre y magullado trasero probablemente habría acabado chocando contra el suelo. Otra vez— Tengo que hablar con ellos ahora.
—Lo que tienes que hacer es dejar que te cure.
—No. Ahora.
Iruka suspiró y decidió ayudarme.
—Alto —dije, con voz terriblemente débil, incluso para mis propios oídos, que me seguían zumbando— ¿Qué están haciendo? ¿Por qué le han esposado?
El policía que llevaba a Sasuke lo metió en la parte de atrás del vehículo policial, frunció el ceño y cerró la puerta.
—Apártese, por favor, señorita.
—No ha hecho nada.
Un hombre con un arrugado traje gris dio un paso adelante y esbozó una sonrisa profesional.
—¿Señorita Haruno? ¿Puedo llamarte Saku?
—Sáquenlo de ahí —exigí, aunque tambaleándome un poco, lo que no fue muy alentador— Me ha ayudado. Me ha salvado la vida. ¡Su amigo acaba de morir, por el amor de Dios!
Su sonrisa se transformó en una de condescendencia.
—Saku, me temo que no es tan sencillo.
—¿Cómo? —Quería gritar de frustración pero, para ser francos, no tenía fuerzas. Me pregunté si podríamos seguir la conversación después de que me hubiera echado una pequeña siesta— ¿Por qué hacen esto? No lo entiendo.
El policía abrió la boca, como si dudara en añadir más de lo mismo. Pero entonces Sasuke dio unos golpecitos en la ventana del automóvil. No sonrió ni arrugó el ceño; simplemente me miró. La sangre le salpicaba el rostro y manchaba el vendaje de su brazo. Su media melena de color negro le enmarcaba la cara. También había grumos de sangre en ella.
De las cinco personas que habíamos estado en la tienda, solo quedábamos él y yo. Aparte de Deidara, por supuesto.
El motor del automóvil se encendió con un ruido sordo.
Los golpecitos se detuvieron, y Sasuke extendió la palma de la mano, herida y llena de sangre, contra el cristal de la puerta. Tal vez fuera su forma de despedirse, o de decirme que se alegraba de que yo estuviera bien. Pero con el resplandor metálico de las esposas en torno a su muñeca, el gesto solo sirvió para que pareciera solo y perdido. No cambió el gesto, siguió mirándome con sus ojos atormentados en mitad de un rostro pálido y conmocionado. Nada de lo que estaba pasando era justo. Y es que, mientras yo desdeñaba las atenciones de mamá y de Ino, y del amable paramédico, se llevaban a Sasuke en el asiento trasero de un vehículo policial.
Nos sostuvimos la mirada conforme el automóvil avanzaba lentamente, mientras más policías despejaban su paso entre la multitud. Cámaras y periodistas se agolpaban alrededor como una horda frenética. En cuanto el vehículo desapareció, giraron sus objetivos en dirección a mí. Convertí la manta en una capa estilo Jedi para ocultar mi rostro.
—Vamos, chica dura —dijo Iruka, cuya firme mano me apartó de ahí— Lo llevarán al hospital para curarlo. Al mismo lugar al que debes ir tú.
El hombre del traje gris no dijo nada, pero no parecía contento. Ya éramos dos.
