Ni la historia ni los personajes me pertenecen.
CAPÍTULO 4
Resultó que el hombre del traje gris era la detective Mitarashi. Ella, junto con el detective Morino, me interrogaron en el hospital, el domingo por la tarde. Fue lo más pronto que tanto los doctores como mamá les permitieron hacerlo. Mi historia nunca cambiaba, no importaba de qué manera venían o cuántas veces me hicieran repetir la secuencia de los hechos que habían tenido lugar el sábado por la noche.
Al final, se dieron por satisfechos.
La buena noticia era que, dado que todo había sucedido a la vista de todo el mundo, Deidara se había declarado culpable, lo que significaba que yo no tendría que ir al juzgado como testigo ni nada así. Para mí, fue perfecto. Si me pasaba el resto de la vida sin volver a ver a Deidara, mejor que mejor.
Una nada sonriente detective Mitarashi confirmó que a Sasuke lo habían soltado después de interrogarlo. Recibí esa noticia con alegría. No había cesado de reproducir en mi cabeza la imagen de Sasuke, solo y herido, mientras la policía se lo llevaba. Al menos, las cosas habían ido bien desde ese momento: Deidara estaba entre rejas y Sasuke era libre. Esa idea hacía que me sintiera mejor; no recuperada del todo, pero mejor.
Analgésicos y reposo fue lo que los médicos recomendaron. Sin embargo, resultaba difícil estarse quieta cuando mi mente creía que cualquier tipo alto que entrase por la puerta podría ser Deidara. Por lo visto, temblar e imaginarme toda clase de locuras parecía ser mi nuevo estado de normalidad.
Cuando Ino entró, se echó, llorando, encima de mí. No fue bonito ni tampoco agradable, teniendo en cuenta que tenía unas cuantas costillas rotas, algunos cortes y unos cuantos cardenales. Pero fue estupendo verla.
—Les dije que estábamos ahí por aciago azar o algo así —comentó mientras se secaba las mejillas con las palmas de las manos.
—¿Has concedido entrevistas llevando tu pijama del unicornio?
Asintió con la cabeza.
—Parecía una lunática total.
Pese a mis heridas, no puede evitar echarme a reír. Un dolor punzante se mezcló con mi hilaridad.
—Dios, Saku, lo siento muchísimo.
—¿Por qué? Tú no tienes la culpa de lo que ha pasado.
Hice una mueca de contrariedad mientras trataba encontrar una postura más cómoda entre mi montaña de almohadas de hospital.
—Pero…
—No, en serio.
Un hondo suspiro resonó.
Por lo que atañía al aspecto, Ino y yo éramos los polos opuestos. Ella tenía el pelo corto y rubio y una figura delgada y menuda, perfecta para la carrera de actriz con la que llevaba soñando desde que nació. Nuestro análogo sentido del humor tonto, nuestro amor por Sephora y nuestro similar gusto con respecto a los libros propiciaron una estrecha unión entre ambas.
Íbamos a ser amigas para siempre, Ino y yo.
—Debutas en TV, con el pelo hecho un desastre, y ni siquiera vas maquillada —bromeé—. Catastrófico.
Se llevó las manos a la cara y puso una fingida cara de consternación.
—¿Puedes creértelo?
—Qué inoportunos.
—Ya ves. —Frunció el ceño un poco y sollozó— ¿Qué narices pasó allí dentro? No había pasado tanto miedo en la vida. Pero fuiste tú la que realmente estuviste atrapada ahí en medio, entre esos tipos.
—Era solo uno, el drogata de Deidara.
—¿Estás segura? Se llevaron a ese otro chico esposado; los vi.
Negué con la cabeza, lo que me desenfocó la visión y me produjo punzadas de dolor en el cerebro. La conmoción cerebral era un asco. Con cuidado, me habían dicho. Debía ir con más cuidado. Gemí.
—No, Sasuke conocía al tipo, pero intentó ayudar. De hecho, repartió cervezas y cigarros entre todos.
—¿Qué?
Arrugó la nariz poniendo cara de que no podía creérselo.
—Es la verdad. Bebí cerveza a punta de pistola —Mi intento de esbozar una sonrisa me hizo daño, con lo que esta se torció en una mueca. Que también me dolió— Trataba de mantener al imbécil tranquilo. Y funcionó… durante un rato.
—Pero conocía al ladrón, ¿no?
—Sí —Había empezado a dolerme todo. Supongo que se me estaba pasando el efecto de los calmantes— Al principio creí que eran súper amigos o algo por el estilo, pero luego Sasuke me guiñó un ojo y me di cuenta de que simplemente estaba tratando de sacarnos a todos de allí con vida —Hablar, nada más, ya me dolía. Cerré los ojos para evitar que el dolor se me propagara por la cabeza. Diminutas personitas con diminutas piquetas estaban escavándome el lóbulo frontal. Solo Dios sabía qué andarían buscando— El hermano de Sasuke y Deidara eran viejos amigos, o algo así.
—Caramba. De todas formas, los polis debieron de tener sus motivos para sacarlo de allí, detenido de esa forma —insistió, con curiosidad y ansias de saber. Ino siempre hacía demasiadas preguntas, usaba demasiadas palabras— ¿Qué crees? Quiero decir que…
Desconecté la atención de ella y cerré los ojos, en un intento de aliviar el dolor. Y es que solamente respirar ya me hacía daño.
Mamá regresó entonces de tomar café o de lo que fuera. Murmuró algo y la silla en la que estaba sentada Ino se movió. Oí pisadas y a alguien llamando a una enfermera en el pasillo. Ojalá fueran a traerme drogas de las buenas.
—Más flores —me informó mamá al día siguiente, con una sonrisa tan radiante que casi resultaba dolorosa. Era un milagro que la cara no le doliera más que a mí. Su determinación por mantenerse optimista era muy firme.
—Huele igual que en una funeraria —comenté olisqueando el ambiente.
—No digas eso —Con cuidado, movió un par de jarrones para ajustar el arreglo floral en el alféizar de la ventana del hospital— Ya está. Es de parte de todos los alumnos de tu instituto.
Me entró la tos cuando intenté echarme a reír.
Si, las costillas seguían doliéndome un montón.
—Ya, claro.
A modo de respuesta, sacó su teléfono móvil y se acomodó de nuevo en la confortable silla de la esquina.
—No tienes por qué quedarte —le dije— Sé que tienes otras cosas que hacer.
Enarcó las cejas.
—No pienso dejarte aquí sola, cariño.
—No pasaría nada. No hubo respuesta.
Ah, bueno. Si mamá estaba decidida a interpretar el papel de perro guardián, no había mucho que yo pudiera hacer al respecto. Incluso podía tener algo de razón. Se había desatado una inmensa tormenta mediática en torno al suceso. La toma de rehenes había durado lo suficiente como para que buena parte de la prensa llegara hasta allí. Ino me contó que incluso había imágenes de cómo disparaban a Juugo circulando por Internet.
«Cerdos».
Un reportero demasiado entusiasta ya había intentado colarse y llevarse la exclusiva. Como si yo tuviera algo que decir o incluso remotamente valiera la pena fotografiarme. A mamá no le había gustado la idea de que yo hablase con los medios de comunicación, pero me dejó a mí la decisión final. Yo llevaba escrito en la cara un gran N-O.
En sueños, todavía me rechinaban los dientes contra el cañón de una pistola mientras permanecía de pie sobre un apestoso charco de orina y de sangre. Revivir el atraco, para contar la historia… la simple idea hacía que quisiera vomitar. Encima, me habían dado puntos en la frente y en la ceja derecha, y para colmo lo tenía todo hinchado y lleno de hematomas. Vamos, que la novia de Frankenstein habría sentido celos de mí. ¿Por qué narices querría que alguien, aparte de la policía, me sacara una foto como prueba?
—Por lo que veo, sigues insistiendo en que quieres volver a casa esta tarde, ¿no? —me preguntó mi madre.
—Sí.
Suspiró.
—Tus heridas no son una tontería, cariño.
—Por favor —le supliqué— Ya has oído lo que ha dicho el médico: la conmoción cerebral va mejorando y no pueden hacer nada por mis costillas rotas. Y descansaría mejor en casa… Estoy segura. Me movería mucho menos y estaría en mi propia cama.
Entornando los ojos, volvió a suspirar, derrotada.
—¿Me prometes que descansarás y que seguirás las órdenes del doctor?
—Por supuesto.
—Lo digo en serio, Saku.
Puse mi cara más dulce e inocente: los ojos muy abiertos y una sonrisa pequeña y esperanzada. Luego, con el índice, me dibujé una línea sobre el pecho.
—Que me caiga muerta si miento.
—Deja de hablar de morir.
—Lo siento.
Se dio por vencida, no sin antes dedicarme una última mirada de reproche.
Estoy segura de que mamá tenía tantas ganas como yo de salir del hospital y de recuperar alguna clase de normalidad. Mi madre y yo éramos un equipo. Incluso me parecía mucho a ella: alta y rubia, pero con tetas, barriga y trasero, sin mencionar mis adorables muslos de hipopótamo. Mamá había hecho dieta casi todos los días de su vida. «Combatiente» sería el término más preciso para describir su relación con la comida; siempre privándose, tomándose una migaja cuando lo que en verdad quería era un pedazo entero de pastel. Tal vez, para ella, caber en una talla S hacía que mereciera la pena. No lo sé. En cualquier caso, yo no quería vivir así. Aunque en ese momento, simplemente me sentía feliz de estar viva, sin más.
Llegamos a casa sin percances. No había alcanzado ese nivel de celebridad que hiciera que el hospital tuviese periodistas acampados afuera ni nada por el estilo. El sofá de la sala de estar nunca me pareció tan cómodo. Me desplomé sobre él. Estar en casa lo era todo.
Estar en casa era estar a salvo.
—El chico ese que la policía también se llevó —empezó mi madre— ¿cómo supiste que era inocente?
—Trató de salvarme la vida.
—Según los detectives, ya había sido detenido antes bajo sospecha de traficar con drogas —añadió—. Entre otras cosas.
Negué con la cabeza, e inmediatamente me arrepentí. Otra vez.
Hablando de no aprender nunca…
—Au. Tienes tantos prejuicios como Ino. Qué importa lo que hiciera antes. Solamente había un delincuente psicópata aquella noche, y no era él. Joder, mamá; de no ser por Sasuke y Juugo, ahora estarías de pie ante mi tumba.
Los labios de mi madre se apretaron en un gesto de desaprobación, pero no volvió a molestarme con el asunto.
Cansada y aburrida, me recosté sobre los cojines con el mando a distancia en la mano, y me puse a hacer zapping. Normalmente, podía desperdiciar el día pasando de un canal a otro sin demasiados problemas. Pero hoy era distinto. Todo lo que había en la tele parecía ajeno y trivial: una vieja película en blanco y negro; gente discutiendo de política; un documental sobre ranas, y una tipa vendiendo una crema facial que te ayudaba a recuperar el brillo juvenil, fijo. La modelo a la que se la estaba aplicando debía de tener unos catorce años.
Después había un vídeo musical con una chica que movía el trasero delante de la cámara como si sufriera de hiperlaxitud. El trasero, no la cámara. A continuación vino la reposición de un partido de baloncesto universitario, y seguidamente, ahí estaba Ino.
«Ino».
A duras penas se la reconocía. Si no hubieran parado de poner fotografías de ella y de mí juntas en el campamento, además de un selfi en el cine y otro haciendo el tonto en su habitación, ni me habría molestado en ver aquello.
«Oh, mierda, no».
Incluso les había dado la foto en la que estábamos sentadas en su piscina el verano pasado, yo con un bikini. Era muy bonito, de estilo retro, y me encantaba; pero aun así… Esa fotografía no pintaba nada en televisión sin mi permiso.
— …se comporta como si fuera muy dura, pero en el fondo Saku es muy sensible y vulnerable.
—Debes de estar muy preocupada por ella. —El entrevistador, un hombre de mediana edad con un pelo divino, movía la cabeza con aire de tristeza.
—Sí, lo estoy —Su voz emanaba una empalagosa inquietud— No sé cómo lo va a superar.
—¿Tengo entendido que tu amiga te confió lo que había pasado en la tienda?
Ino bajó la mirada en dirección a sus manos, que tenía entrelazadas sobre el regazo.
—Sí.
—¿Y sobre la implicación de Sasuke Uchiha, residente en el barrio y de unos dieciocho años?
—Conocía al atracador, sin lugar a dudas: Saku me lo dijo.
—Ha habido rumores de que el señor Uchiha tiene un historial de tráfico de drogas en la zona.
Ino se encogió de hombros.
—No sé nada de eso. Pero, por lo visto, estaba robando cervezas y cigarrillos en la tienda. Como si estuvieran de fiesta. Incluso le guiñó el ojo a Saku y todo. Me parece muy mal que la policía dejara que se fuese.
El entrevistador arrugó el ceño, pensativo.
—Es solo… Yo no quiero que vuelva a hacerle daño —precisó Ino, alzando la voz— Y está ahí fuera, en libertad, haciendo quién sabe qué.
—Eres una buena amiga —dijo el hombre— Señoras y señores, Ino Yamanaka. La mejor amiga de Saku Haruno, tomada como rehén. Muchas gracias, Ino.
—Gracias a vosotros.
Consiguió, incluso, soltar una lagrimita; todas las clases de interpretación a las que sus padres la habían obligado a asistir habían valido la pena.
El hombre del pelo divino empezó a hablar de un inminente concurso de perros en la ciudad: apagué la televisión. La rabia se expandía en mi interior y quería salir, apretándome las magulladas costillas. En cambio, me quedé mirando fijamente la pantalla vacía en silencio, estupefacta. ¿Cuánta gente habría visto esto? ¿Cuánta basura del mismo estilo circularía por ahí? Gente enseñando fotografías mías, diciendo mi nombre, hablando de lo que había pasado como si tuvieran la más mínima idea. Opinando sobre Sasuke. Dios, quería vomitar.
Mi madre permanecía callada.
—¿Ino no trató de venir a verme de nuevo? —le pregunté— ¿No ha llamado?
Movió la boca y un brillo compasivo le iluminó los ojos, como si estuviera pensando en darme alguna excusa. Al final, sin embargo, no lo hizo.
—No.
—No —coreé, mientras cerraba los ojos— No me dijo nada de esto, de que hablaría con ellos.
—¿Estás bien?
—Sí.
—¿Seguro?
—Le conté esas cosas en privado. Confiaba en ella, mamá.
Cambió de postura y me miró con las cejas ligeramente fruncidas.
—Ha dicho que estaba preocupada por ti.
—¿Y por eso va y concede una entrevista? —Me había vuelto el dolor de cabeza, más intenso que nunca— No, sabía de sobra que yo nunca querría esto, por eso no se molestó en preguntármelo. Y ni siquiera sabe de lo que está hablando. Dios, Sasuke va a pensar que yo me creo todas esas bobadas.
Mamá no dijo nada.
—¿Cómo puede haber hecho algo así?
Incluso aunque hubiera querido llorar, no hubiera podido. Podría haber sido catártico, un desahogo. Pero el muro que había entre mis emociones y yo solamente permitía que saliera lo peor de lo peor: el miedo, la angustia y todo lo relacionado con ambos sentimientos, en espera de montar una juerga en mi cabeza. Mejor seguir apostando por el entumecimiento, y ¿quién sabe? Con el tiempo, hasta podría funcionar.
Un día después, cuando Ino finalmente me llamó, no le contesté. Traté de no echarla de menos, pero era muy difícil. Luego me envió unos mensajes y tampoco hice caso; tras haberlos leído, por supuesto. No eran más que un montón de mentiras. En cualquier medio de comunicación que le hubiera dado día y hora, Ino allí había estado, hablando, compartiendo sus opiniones sobre mí y sobre la situación, dándoles fotos nuestras y todo tipo de información personal que yo le hubiese confiado. Fueran verdades o mentiras, ella ya las había contado todas. No me quedó nada más que añadir.
