Ni la historia ni los personajes me pertenecen.
CAPÍTULO 5
Por lo general, en casa, las cosas iban mejorando. La gente me dejaba en paz.
Casi siempre.
Tuvimos que llamar a la policía por culpa de unos periodistas demasiado entregados, que se colaron a través del jardín y acecharon ante nuestra puerta. Asimismo, abandoné todas mis redes sociales y no contesté al teléfono ni de broma. Pero al menos no había doctores o enfermeras comprobando constantemente cómo estaba. Aunque echaba de menos los calmantes.
Después de unos cuantos días de asegurarle a mamá que estaba bien, regresó al trabajo. Se ocupaba de la recepción de un complejo turístico cerca del lago. Hacía un año, cuando cumplí los dieciséis, empezó a hacer el turno de noche. Por lo visto, lo pagaban mejor; aunque también creo que le gustaba por ser más tranquilo. Dadas las nuevas circunstancias, se ofreció a cambiarlo por el de día para que yo no tuviera que estar sola en casa por las noches. Pero le dije que no me importaba.
En casa, podía comer lo que me diera la gana o ponerme de los nervios sin motivo alguno. La mayor parte del tiempo no había nadie allí para juzgarme. Por si acaso, evité la televisión e Internet, salvo cuando mi madre y yo compartíamos nuestro momento de ver series juntas los domingos. El año pasado habíamos visto Nashville; este era Los 100. Francamente, no echaba de menos las redes sociales, habida cuenta de la mierda en la que se habían convertido. Carecía de la fuerza y de la energía para lidiar con ellas. Además, ¿quién las necesitaba? Tenía mi cama, perfectamente posicionada bajo mi ventana para poder ver el cielo. Cuando no podía —o no quería— dormir, había estrellas que contar y una luna que contemplar. Seguro que se estaba mucho más tranquilo en ella. En paz, sin gente. El único efecto negativo era que mi concentración se había ido al traste. No podía ponerme a leer. Mis libros permanecían en las estanterías, mirándome de modo acusador. Cada vez que había intentado leer, las palabras se convertían en borrones y mi mente vagaba. Sin duda alguna, ya era suficientemente malo que mi mejor amiga me hubiera traicionado sin que mis libros también me abandonaran, ¿no?
Vaya por Dios.
Había quitado todas las fotos de Ino y las había tirado a la basura. Años de amistad, al traste. Me sentía enfadada y abandonada, total y absolutamente sola. Querer a alguien era un asco.
Cosa curiosa, resultó que ahora utilizaba el teléfono móvil, básicamente, para colgar a cualquiera que me llamara. Lo que me era muy fácil, ya que no había nadie con quien quisiera hablar realmente. Si alguien venía a visitarme, fingía que estaba durmiendo o no abría la puerta. Mi madre encontró un psicólogo para que fuera a hablar con él, y yo encontré excusas para no ir. Me costaba mucho, y lo lograba a duras penas, mantener a raya mis fobias, así que si un psicólogo hablase conmigo podría sacar a la luz todo tipo de horribles verdades.
Paulatinamente, los cardenales que tenía fueron pasando al amarillo y al verde. Joder, las costillas, en cambio, se lo tomaban con calma, de manera que, durante todo ese tiempo, cualquier movimiento me dolía. Por lo visto, poco se podía hacer por ellas cuando estaban rotas: simplemente tenías que esperar a que se curaran. Una fea línea rosada me seccionaba la ceja izquierda y me subía unos centímetros hasta el nacimiento del pelo. Cortesía del culatazo de Deidara.
A pesar de que hacía todo lo posible por olvidarme del mundo, el tiempo pasaba. El instituto acechaba en el horizonte. Que Dios me ayudara. El nuevo año lectivo iba a volver a empezar en un par de semanas. En la vida, salvo que estés dispuesto a escaparte y a vivir en el bosque y a correr el riesgo de ser devorado por los osos, algunas cosas son inevitables.
CAPÍTULO 6
—Saku, date prisa —exclamó mamá, a voz de grito.
—Un momentito —le respondí, también a gritos, mientras me subía la cremallera de la falda del uniforme del instituto. Vivan los uniformes.
«No».
Extendí la pasta de dientes y me puse a cepillármelos, moviendo el cepillo de arriba abajo con mucho esmero. Un poco de corrector y un montón de base ocultaban los cardenales que aún me quedaban, así como las ojeras. Me había hecho una coleta baja, dejándome un par de mechones sobre la frente y recogiéndome el pelo tras las orejas. Si ese peinado no lograba disimular la cicatriz, yo misma me cortaría un poco de flequillo. La falta de sol en los últimos tiempos me había dejado una palidez enfermiza, pero qué se le iba a hacer. Había hecho lo que había podido para tener un aspecto presentable.
—¡Saku, vas a llegar tarde!
Hice una pausa en el proceso de cepillarme las muelas para vociferar una respuesta. Un poco de espuma de la pasta de dientes me entró en la garganta y tuve el reflejo de devolver. Solo con algo tan trivial, se me disparó el corazón y me entró un sudor frío en todo el cuerpo. Dios, era igual que aquella noche, cuando tenía la pistola dentro de la boca.
Tosí y escupí la pasta en el lavabo. El desayuno, consistente en un café y una tortita rellena, salió a continuación, gracias a las arcadas. Tres, dos, uno… cero.
Mierda, las costillas me dolían. Qué mal.
Abrí el grifo del agua fría para limpiar el lavabo, pero también para beber un poco y eliminarme el sabor ácido de la boca. Era asqueroso. Todo el baño apestaba a vómito. Tomé y expulsé aire lentamente. Todo iba bien. No estaba en el Drop Stop, con náuseas por culpa del cañón de un revólver. No había nadie detrás de mí; ni siquiera había alguien a la vista. Se trataba solamente de un absurdo accidente en el que estaba implicado un exceso de pasta de dientes, por el amor de Dios.
—Tranquilízate, pedazo de idiota —me dije a mí misma— No pasa nada.
—Saku… —Mi madre apareció por la puerta y entonces se paró en seco— ¿Qué pasa?
Tragué saliva.
—Nada.
La preocupación se pintó en su rostro. Lo odiaba.
—En serio —insistí. Lo que necesitaba era enjuague bucal; por esta vez, dejaría en paz el cepillo de dientes. Hice gárgaras y el agradable sabor a menta me inundó la lengua; luego escupí— Ya estoy.
—¿Seguro? Estás un poco pálida.
—Estoy bien.
—¿Quieres que te lleve en mi automóvil?
—No, no hace falta —Me apretujé para esquivarla, con una falsa sonrisa en la cara— Hasta la tarde.
Me siguió, con los ojos taladrándome la espalda.
—El pelo te ha quedado muy bien —me dijo.
—Gracias, mamá. Me tiré nerviosamente de la coleta. «Ay». Mi cuero cabelludo no se había recuperado por completo del hecho de que Deidara me hubiera arrancado un poco. Pero al menos no era algo visible como la cicatriz encima de la ceja—. Adiós.
Vivíamos en una casa de madera de un solo piso, en una calle tranquila. Con muchos árboles. Era un lugar bonito. Hice un gesto de despedida con la mano a mi madre mientras me metía dentro de mi funcional cinco puertas blanco, que tenía ocho años y había heredado de la abuela. Sakura, mi tocaya, vivía en Arizona y, al parecer, estaba atravesando la crisis de la vejez. Y es que no había ninguna otra explicación por la cual, de pronto, pudiera necesitar un deportivo sexi. Aunque, como al final la cosa me había beneficiado, pues lo que a ella le hiciera feliz.
La abuela también se ocupaba de pagarme el instituto privado. Creo que el adhesivo del parachoques «Mi nieta está en el cuadro de honor de Konoha», posiblemente le había costado casi tanto como el vehículo en el que lo había pegado.
Muchos años atrás, había sido profesora. Y estaba totalmente en contra de que los chicos y las chicas estuvieran en la misma clase. Por lo visto, nuestras feroces hormonas nos impedían estudiar y todo era perversión y anarquía. Sin embargo, por lo que yo había visto, a los alumnos homosexuales en las escuelas con personas de su mismo sexo les iba bien. No es que estuvieran haciéndolo en las mesas de la cafetería todo el día y de cualquier manera.
La mirada fija al frente y muy centrada en la calzada; no podía permitirme ninguna distracción. Resultaba ridículo el modo en que una persona cualquiera que hubiera en la acera podía ponerme de los nervios. Y es que cualquier policía con una pistola podía ser Deidara; mi imaginación hiperactiva los intercambiaba con una eficiencia alarmante.
Conduje súper lento, pero no sirvió de nada: la campana no había sonado todavía, no llegaba tarde y montones de chicas con sus uniformes grises llenaban los pasillos. Daba igual. Las multitudes son buenas para esconderse entre ellas. A lo mejor incluso fuera mejor así.
Con la cabeza gacha y la mochila en el hombro, fui hasta mi taquilla. Había tanto ruido a mi alrededor, tanta gente empujando… Pero podía aguantarlo: respirando profundamente, teniendo pensamientos positivos y todas esas bobadas.
Las manos se me empaparon de sudor mientras marcaba la combinación de la taquilla; la tela bajo las axilas estaba húmeda. Tarde o temprano tendría que lidiar con Ino y, francamente, se podía ir a la mierda. Que me hubiera traicionado continuaba doliéndome igual que lo había hecho en su momento.
—Hey, Willy —dijo una malvada voz a mis espaldas. No me volví, no me hizo falta: Kara Lamont— He oído que alguien intentó quitarte la libertad.
Era por la película, Liberad a Willy, al parecer era la única ballena que Kara conocía. Original y educada no describiría a la muchacha. Lo último que tomé fue el cuaderno de Lengua, tomándome mi tiempo.
Se había congregado un grupito, formado por más chicas de las que integraban la pandilla habitual de Kara. Podía oírles susurrar y lanzar risitas, moviendo los pies, impacientes por entrar en acción. Siempre solía haber unas cuantas listas para ver a una estudiante impopular recibiendo la dosis habitual recomendada al día de humillación.
Sin embargo, ese nivel de curiosidad iba mucho más allá. «Espléndido».
Por desgracia, el Drop Stop me había hecho famosa.
—¿De verdad te ha quedado la cara hecha un asco? —me preguntó Kara, con regocijo— Pobre Willy. Aunque supongo que, de todos modos, nadie va a mirarte.
Una ola de risas se extendió entre el grupo. A la gente le encantan los buenos espectáculos. Kara se creció con la atención, se irguió y sonrió ampliamente. Yo sabía que su opinión no debía importarme, pero siempre lo había hecho. A pesar de haberlo puesto todo de mi parte, la muy asquerosa aparecía demasiado a menudo en mi disco mental, con todas las asquerosas palabras que alguna vez me había dedicado. Cada insulto, cada comentario despectivo habían quedado guardados para la posteridad.
Pero esta vez, de alguna forma, era distinto. La voz de Kara sonaba muy lejos, como si se esforzara, simplemente, para que la oyesen.
—Debiste de ser un escudo humano estupendo —continuó— Estás tan gorda como la parte trasera de una furgoneta; y apuesto a que, con la cantidad de grasa que llevas encima, seguro que hasta podrías parar una bala.
Más risas e, incluso, algunos susurros de indignación y sorpresa. Realmente increíble. Cualquiera que hubiera estado en el instituto más de media hora se habría dado cuenta de que Kara no era más que una abusona. Aun así, lo del robo le había dado material nuevo. Tras varios años de oír los mismos insultos un día sí y el otro también, en el fondo resultaba hasta refrescante. A veces me había preguntado si esto era la cúspide de su existencia; si veinte años después miraría hacia atrás y pensaría que esa había sido la mejor época de su vida, cuando había podido atormentar a la gente sin que eso tuviera ninguna repercusión en realidad, pues no éramos más que unas crías. Sin consecuencias reales, como si cuanto ocurría entre esas paredes no tuviera importancia alguna.
Ojalá fuera una orca de verdad. Le arrancaría la cabeza de un mordisco y la usaría de pelota de playa. Al fin y al cabo, la tenía tan hueca como si lo fuera.
Por el contrario, no dije nada; se enardecía cuando la gente normal se enfrentaba a su pequeño reino del miedo. No hacerle caso e irme a la clase directamente era lo que tenía que hacer. Pero, cuando me di la vuelta, vi que había más gente mirando de lo que me imaginaba: unas cincuenta o sesenta personas, que abarrotaban el pasillo. Mierda, si incluso estaba escondida al fondo Ino, en espera de ver qué iba a pasar.
Kara se puso al frente y en el centro, encantada por la atención. ¿Cuál era su puñetero problema? Era rica, delgada y popular, todo lo que yo no era, y aun así tenía que montar toda esta mierda. Normalmente, en esa clase de situaciones, me notaba el corazón dándome golpes contra el pecho y las mejillas ardiéndome de vergüenza. Ahora no había nada. Mi ritmo cardíaco permanecía firme; mi respiración, calmada. Las risitas nerviosas de la multitud me eran tan indiferentes e irrelevantes como el rumor de los grillos en una noche de verano.
Kara parecía más pequeña de lo que recordaba. Peso ligero. A Deidara le habría parecido muy fácil de maltratar, de meterle una pistola entre esos bonitos, blancos y afilados dientes.
—Apártate el pelo, Liberad a Willy —me ordenó, acercándose a mí con la mano extendida— Vamos a ver.
Y un cuerno iba a tocarme. Ya me habían tocado lo suficiente contra mi voluntad para el resto de mi vida, y además lo había hecho alguien que daba mucho más miedo que Kara. El pulgar se me agazapó bajo los dedos y me moví con rapidez y fuerza.
«Plaf», le di un puñetazo en pleno rostro.
El crujido del hueso, el ruido que hizo su nariz al romperse, me pareció maravilloso. El dolor me desgarraba el brazo, los nudillos me palpitaban.
Mierda, qué daño.
Kara estaba llorando y montando un escándalo. Sus gritos inundaban el pasillo, al tiempo que la sangre le caía a borbotones sobre el uniforme. La gente salió corriendo sin orden ni sentido, para poder alejarse lo máximo de ese lío. Incluso las amigas de Kara la habían abandonado, las muy cobardes. Yo permanecía sola, de pie ante mi taquilla, sosteniéndome la mano. Puede que me hubiera roto un hueso, pero había valido la pena.
En cualquier caso, no era el regreso al instituto que había esperado. A mi madre no le iba a gustar.
—Joder —murmuró Ino, que se me acercó lentamente— Saku, ¿estás bien?
—Sí —contesté con cansancio.
Abrió la boca y luego la cerró. Se la veía tan perdida…
No sé; tal vez tendría que haberla perdonado por la campaña mediática y las pestes en contra de Sasuke. Ni ella ni yo teníamos dinero y, probablemente, le habrían ofrecido una buena suma por venderme. O al menos, deseaba fervientemente que se la hubieran ofrecido. Ino había entrado en el instituto con una beca. Tenía grandes sueños. Todas esas entrevistas habían sido su primer paso para hacer contactos en la industria del entretenimiento… su primer paso para ser actriz. Sus lecturas le habían contado este tipo de cosas y más. Bajo un cierto punto de vista, era más que comprensible. Pero eso no significaba que tuviera que gustarme o que lo aceptase. La vida era demasiado corta para tener amigos de conveniencia, y Ino me había roto el corazón.
—Deberías ir a clase —dije—. No querrás llegar tarde.
Retrocedió.
—Okey, te veo luego.
Asentí con la cabeza, mientras dejaba que se fuera para siempre.
