Ni la historia ni los personajes me pertenecen.

CAPÍTULO 7

—Hola, campeona.

—Hola, Iruka. —Me senté en una camilla, en urgencias, balanceando las piernas hacia atrás y hacia adelante, en un intento, sobre todo, de no obsesionarme con los olores y los sonidos, demasiado familiares. Vomitar en el suelo no habría estado nada bien— ¿Qué haces aquí?

—Vengo a que me miren un corte que me he hecho reformando la casa —El paramédico de la noche del Drop Stop sonrió— El fregadero me ha atacado.

—Y yo que pensaba que tu trabajo era peligroso…

Al oírlo, su sonrisa se agrandó.

—¿Cómo estás?

—Bien.

—¿Para qué has venido? —me preguntó mientras se apoyaba en la pared de enfrente.

Debía de tener unos cuarenta años, estaba en forma y llevaba la cabeza rapada. Era sexi si lo que te iba eran los tipos maduritos. Seguro que a mi madre le gustaría.

—Me he dislocado el pulgar.

Le enseñé la mano vendada.

—¿Cómo demonios te lo has hecho? —volvió a preguntarme, cruzando los brazos, poniéndose cómodo.

—Le he dado un puñetazo a una chica en el instituto.

Frunció el ceño.

—¿Se lo merecía?

—Oh, sí. A más no poder. Lleva años acosándome.

Hizo un ademán con la cabeza en señal de censura.

—Meterse con los demás, burlarse de ellos para sentirte superior, es un comportamiento de capullo se tenga la edad que se tenga, la verdad.

—No puedo estar más de acuerdo.

—Dame un puñetazo con la izquierda —dijo, levantando la mano, como si hiciera una señal de stop— Veamos ese gancho. Golpéame.

Le di un golpe con fuerza en la mano con la izquierda. Se oyó un sonido intenso del choque de piel contra piel.

—De acuerdo, aquí está el problema —comentó— Las buenas noticias son que giras el puño y das en el objetivo. Te sale innato. Las malas son ese pulgar.

Suavemente, me dobló los dedos y luego me estiró el pulgar bueno hacia fuera de la palma.

—Así —dijo— El pulgar hacia fuera, apoyando el resto de dedos, ¿de acuerdo?

—De acuerdo.

—Tienes que golpear con estos dos malotes de aquí —declaró conforme me daba golpecitos en los dos primeros nudillos—. Si lo haces de otra forma, acabarás volviendo aquí con otra dislocación o una fractura. ¿Queda claro?

—Clarísimo. Gracias.

—Yo no te he enseñado nada.

—Por supuesto que no —asentí con una sonrisa— Oye, dime, ¿estás soltero? ¿Te gustan las mujeres?

—Soy un poco mayor para ti.

—Estaba pensando más bien en mi madre.

—Ja, ja, ja —rio— Estoy saliendo con alguien. Lo siento, campeona.

No me podía reprochar que lo hubiera intentado.

—Me alegro de volver a verte, Iruka.

Con una inclinación de cabeza, se fue.

He aquí un trabajo que yo no podría hacer, lo de ser técnico de emergencias sanitarias. Imagínate ir por ahí recogiendo a la gente, recomponiéndola lo justo para llevarla a los médicos. Las cosas que debía de haber visto. Vamos, incluso aquella noche en el Drop Stop… Y así se formaba una idea que me iba a conducir a un lugar nada bueno. El estómago, dándome la razón, se me revolvió.

Necesitaba salir de allí. Cuanto veía y olía era una evocación de aquella noche. Por fortuna, mamá había acabado de hablar con el doctor y venía hacia mí.

—Vámonos —me dijo sin pararse, yendo hacia la puerta de salida.

Su expresión era severa. Supongo que desde el instituto le habían informado de las medidas disciplinarias.

La directora nos había dado un sermón tanto a mí como a Kara mientras esperábamos a nuestros padres. Por suerte, la imbécil de Kara había decidido atacarme delante de una cámara de seguridad. Casi sentí cariño por aquella idiota, por haberme puesto las cosas tan fáciles. El hecho obvio de que hubiera sido ella quien empezó el espectáculo e intentara ponerme una mano encima en primer lugar había sido de gran ayuda, bendita fuera. Sin embargo, como respondí con un puñetazo, nadie me etiquetó de víctima.

Fuera, el sol del verano brillaba intensamente y los pájaros cantaban. A pesar de la pesada de mi madre, me sentía bien. El doctor me había dado calmantes.

Mamá seguía sin sonreír.

—Acabo de hablar con tu directora. Te han expulsado por una semana. Teniendo en cuenta los traumáticos sucesos recientes, ha decidido ser benevolente.

—No pienso volver.

—¿Qué?

Mamá se detuvo en seco y se me quedó mirando desde el otro lado de su sedán rojo.

—Nunca he encajado y nunca lo haré —afirmé, sosteniéndole la mirada— Sobre todo, después de esto. En ese sitio solamente sobreviven los más ricos… No tienes ni idea de cómo son. Kara me la tiene jurada y tratará de hacerme la vida imposible, y no estoy preparada para eso.

—Cariño…

—No pienso volver —repetí, con voz firme, sin vacilar, sin dudar. Mis propios límites me resultaban muy claros en los últimos días— Lo que voy a hacer es ir al instituto público.

Mi madre frunció el ceño.

—Ni hablar.

Me sentía fatal al discutir con ella. Por lo general, tomábamos las decisiones importantes juntas. Ser madre soltera y haber dejado la universidad para poder cuidarme, habían hecho que mamá no lo tuviera nada fácil. Se había sacrificado por mí. Al final, la abuela había entrado en razón y le había echado una mano. Pero llevó su tiempo. Un tiempo durante el cual mamá había estado total y completamente sola. Odiaba ponerle las cosas difíciles. Esta vez, no obstante, no podía transigir. No podía dar el brazo a torcer. Ya tenía monstruos más que suficientes en la cabeza, ensañándose con mi cordura, cebándose con mis inseguridades. Kara y compañía eran, oficialmente, demasiado.

—Saku, estamos hablando de tu educación —señaló en tono implorante— De tu futuro.

—Lo sé. Y puedo aprender igual de bien en el instituto público que en ese sitio —Me apoyé contra el automóvil, con las manos puestas en la parte superior— Seguramente, mejor. La abuela lo superará.

—Hablaré con la directora para que mantenga a esa chica lejos de ti. A partir de ahora, me aseguraré de que estés protegida.

—Es una idea muy bonita, mamá, pero no va a funcionar.

—Haré todo lo posible para que funcione, demonios.

Le dediqué una mirada llena de escepticismo.

—Cariño, esa no volverá a molestarte. Te lo prometo. Pero, en cualquier caso, míralo de esta forma: va a haber siempre gente con la que no te lleves bien vayas donde vayas; es una parte desagradable de la vida, tener que compartir el planeta con más o menos mil millones de extraños —me dijo— La gente puede ser estúpida. Sé que has pasado por mucho, por más de lo que seguramente yo sea capaz de entender. Pero salir corriendo cada vez que hay un problema no es la solución. Sería un precedente preocupante para ti.

—Capto lo que me dices —repuse— En serio. Pero hay límites, mamá. Y el acoso diario como que sobrepasa los míos.

Hundió los hombros.

—¿No crees que esto sea una consecuencia más de la agitación por la que has pasado últimamente?

—No.

Silencio.

—Oye, mira… Primero hablemos con la directora. A ver si se puede hacer algo —Mamá frunció tanto el ceño que las cejas casi se le juntaban en una— Es tu último año de instituto, cambiarte de centro ahora sería un enorme trastorno.

—No, mamá —repliqué, en un tono más áspero de lo que pretendía— Que casi me mataran fue un enorme trastorno. Cambiarme de centro será un alivio.

Durante un buen rato, simplemente me miró. Luego se puso las gafas de sol para ocultar toda la frustración y preocupación que había en sus ojos.

—Hablémoslo en casa.

Me encogí de hombros, aunque sintiéndome mal por tener que desautorizarla. Por raro que suene, una parte de mí se sentía satisfecha de que aquello me fastidiara tanto.

A mis oídos, Ino, Kara y la directora sonaban como si estuvieran en una caja de resonancia. Podían hablar, pero nada de lo que dijeran tenía sentido realmente. Ahora sí sabía qué era lo que importaba. Lo que era la vida y la muerte. El resto no eran más que estúpidos detalles diarios.

Pero mi madre seguía siendo importante. Y me aferré a esa idea.