Ni la historia ni los personajes me pertenecen.
CAPÍTULO 8
El instituto público de la zona tenía muchos más alumnos que el privado al que había asistido hasta ahora. Con suerte, eso incrementaría mis posibilidades de mezclarme con los demás y desaparecer. Además, ya habían pasado tres semanas de lo del Drop Stop: era agua pasada. La gente había pasado página.
Al menos, nadie parecía fijarse en mí mientras caminaba por el corredor, con el plano, los horarios de las clases y otros documentos varios en la mano.
—¡Saku! —gritó una voz— ¡Saku!
«Estupendo».
Me volví y vi a una chica que venía corriendo hacia mí a toda prisa.
—Se suponía que tenías que esperar en el despacho de orientación a que llegara —dijo, deteniéndose para recuperar el aliento. Debía de tener más o menos mi edad, era asiática y guapa— Tenemos la primera clase juntas. Te acompañaré. Luego, ya irás tú sola.
—De acuerdo.
Simplemente, me quedé mirándola.
—Oh, perdona, soy Hinata —Agitó la mano ante mi cara en señal de saludo, esbozando una sonrisa— Vamos.
Ojalá mis pies no se hubieran parado al pasar por delante de una vitrina de homenaje en memoria de Juugo, el chico que había muerto. Así que aquí era donde estudiaba. Era lógico, si me detenía a pensarlo. Había muchas fotografías, poemas, flores marchitas (de tres semanas) y una camiseta de rugby. Todo evidenciaba pena y tristeza. A Juugo se le añoraba, y eso era algo.
Me pregunto qué hubiera hecho mi antiguo instituto si yo hubiera muerto. Dudo mucho que a la mayor parte de las estudiantes les hubiera importado. Era algo extraño, sin embargo, enfrentarse cara a cara con tu propia mortalidad.
Si alguien de tu misma edad podía morir, entonces, ¿qué te hacía creer que tú estabas a salvo? Mi anterior centro, probablemente, habría montado algo de muy buen gusto y completamente falso. Esto no lo parecía. Emanaba pérdida y dolor.
Ese puto drogata.
El odio hacia él me corroyó viva. Juugo no se merecía esto. Tanto él como Sasuke habían sido increíblemente valientes al intentar salvarme.
«Mierda».
Juugo debió de tener un funeral; murió tratando de salvarme la vida y yo ni siquiera asistí a él. Había estado demasiado enfrascada en mí misma, en un intento de no seguir pensando en el Drop Stop y en lo que había pasado. También lo habría tenido el chico de detrás del mostrador. A estas alturas, ya estaría enterrado o lo habrían incinerado. Y mientras tanto, yo, que estaba viva, ¿qué hacía? Había salido bien parada, no tenía más que unas cuantas cicatrices y pesadillas, cosas ambas que, con el tiempo, irían desapareciendo.
—¿Estás bien? —me preguntó Hinata, sacándome de mi ensimismamiento.
—¿Eh?
Miró primero a la vitrina y luego a mí.
—Murió en un atraco que hubo en un súper hace poco. Fue muy triste.
—Sí.
—No lo conocía personalmente, pero aquí tenía un montón de amigos.
Asentí con la cabeza y seguí andando.
—Para serte sincera, en el despacho me han dicho que tú también te habías visto envuelta en ese suceso… —me dijo con una sonrisa llena de amabilidad— Pero no le diré nada a nadie.
—Gracias.
A lo mejor, solo a lo mejor, podría integrarme sin demasiados problemas. Lo único que quería era paz y tranquilidad… Una tenía derecho a soñar.
De camino a la clase de Lengua, Hinata fue capaz de mantener ininterrumpidamente una conversión banal: qué cosas habían estado dando en clase, cuántos alumnos tenía el instituto, cuándo empezaban las temporadas de rugby y baloncesto. En Konoha, a los deportes no se les daba demasiada importancia.
Era agradable tener a alguien a mi lado. Por lo menos, así sentía que llamaba menos la atención. Intenté apartar el sentimiento de culpa por Juugo. Como si mi madre, de todas formas, me hubiera dejado salir de casa para ir a un funeral. Solo por ir demasiado al baño la había puesto al borde de una apoplejía y me había caído otro sermón sobre la necesidad de descansar. Sin embargo, no parecía excusa suficiente. Ni de lejos.
—¿En qué instituto estabas antes?
Hinata volvía a esbozar una sonrisa; la tenía muy bonita.
—Ah, en Konoha.
—Vaya, pues estarás contenta de librarte del uniforme.
—Sí.
—Además —añadió presentándome el sitio como si fuera la azafata de un concurso— aquí tenemos variedad genérica para el disfrute visual.
—Sin duda, a Konoha le faltaban chicos —coincidí plenamente con ella.
En mi nuevo instituto podías encontrarte con todo tipo de personas: animadoras, deportistas, ratones de biblioteca, frikis, fumadores de porros, góticos, emos y todos los demás.
Hinata llevaba un precioso vestido vintage de flores, mientras que yo había optado por colores oscuros. Me parecía menos a un ninja y más a un oso panda, por lo blancos que tenía los brazos y las lorzas de la barriga. De todas formas, me sentía cómoda y más o menos segura de que la ropa me quedaba bien, con mis jeans rotos a la altura de la rodilla, mi camiseta negra y mis merceditas Dr. Martens del mismo color. Si es que el negro se podía considerar como tal, al ser la ausencia absoluta de luz. Tal vez, si lo llevaba lo suficiente, me haría completamente invisible a los ojos de los demás y podría vivir en paz. De todos modos, llegué hasta teñirme el pelo de negro y punto; luego me hice trenzas. Además, me pinté la raya de los ojos más ancha en la parte externa y me apliqué un pintalabios rosa pálido para ocultar la cicatriz.
Supongo que todavía me quedaba algo de vanidad.
Ino me había enseñado a hacer algunas de las trenzas más complicadas que había después de ver unos vídeos de YouTube. Aprendimos a perfeccionar el delineado de ojos en forma de ala de la misma manera. Y aunque las trenzas no me habían quedado tan bien como las suyas, tampoco estaban nada mal. Había conseguido taparme gran parte de la frente, que estaba de pena.
—Mis padres emigraron desde Vietnam durante la guerra y se instalaron en esta zona —comentó Hinata— ¿Y tú? ¿Has nacido y crecido en la ciudad o fuera de ella?
—Mmm, sí, crecí aquí.
—Qué bien.
Un golpe repentino resonó por todo el pasillo.
Di un respingo y miré a un lado y a otro, en busca de la causa. Se me disparó el corazón y se me hizo un nudo en la garganta. Había sido un chico cerrando la puerta de su taquilla. Nada más.
«Mierda».
—¿Te encuentras bien? —me preguntó Hinata.
Qué vergüenza. Asentí con la cabeza.
—Lo siento, son los nervios del primer día.
—No te preocupes —Sonrió nuevamente y me guio hasta nuestra clase. Con la cabeza gacha, la seguí casi hasta el fondo, y dejé la mochila en el pupitre vacío que había junto al de ella— Cualquier duda, estoy aquí mismo. También te puedo presentar a algunas de mis amigas en el bar, durante la comida.
—Gracias.
—No, mujer, de nada.
Me senté y saqué un cuaderno y un bolígrafo. Disimulé un bostezo poniéndome la mano sobre la boca. No estaba completamente operativa: necesitaba más café. Gran parte de la noche anterior la había pasado contemplando las estrellas en vez de durmiendo. A veces, parecía que Deidara estaba siempre al acecho en la oscuridad, listo para abalanzarse sobre mí en cuanto cerrase los ojos. No quería pensar en él, pero en cuanto bajaba la guardia al empezar a dormirme, reaparecía… Qué cosas: no le había disparado y no estaba muerto; y, sin embargo, igualmente se me aparecía como un fantasma.
Algunas miradas curiosas se posaron sobre mí. No les hice ni caso. Como de costumbre, al sentarme el trasero desbordó el asiento: un pensamiento de mierda que podía irse a paseo. Era eso de «chica nueva en su primer día de clase» lo que me estaba poniendo nerviosa. Además de mi último ataque de pánico y de lo loca que estaba en los últimos tiempos, por supuesto.
Me daba por cualquier cosa que me recordara a aquella noche. Y no quería ni nombrar al innombrable. Me puse a buscar en Google acerca de aquellos síntomas, en plan médico: ansiedad, náuseas, sudoración, falta de aire, corazón desbocado, etc. Seguro que podía controlarlo todo yo sola. ¿Quién decía que necesitaba terapia? Mamá debería estarme agradecida por la gran cantidad de dinero que le estaba ahorrando. En serio.
Aunque, por otro lado, la abuela se puso fuera de sí al enterarse de que me cambiaba a un instituto público y de que iba a ahorrarse un buen dinero. Insistió en que mamá me deportara a Arizona de inmediato para que así pudiera lidiar conmigo en persona. Por suerte para mí, mamá se negó. Se amenazaron mutuamente, la abuela prometió borrarnos de su testamento y luego nos acusó de causarle una apoplejía… El dramatismo venía de familia.
Una mujer mayor entró en el aula, y nos dedicó una mirada de las duras. Se alzó un incómodo silencio.
—Buenos días —dijo, tras lo que regresó a la puerta— Nos alegramos de tenerle de vuelta, señor Uchiha. Siéntese.
Cuando el chico entró, la estancia se inundó de un murmullo generalizado.
Excelente. Alguien que desviaría la atención de la chica nueva. Si lo hubiera planeado, no habría salido mejor.
Caminaba pausadamente, con la cara gacha y la mochila medio colgándole del hombro. Llevaba el cabello negro recogido con una goma elástica. Era alto y delgado, pero no flacucho. Se podía apreciar en la forma en cómo su camiseta se le ajustaba ligeramente a la altura de los hombros, por los músculos de los brazos. Fue directo al asiento libre que había detrás de mí. Llevaba unos jeans como los míos, con agujeros en las rodillas, incluso se veían los hilos del deshilachado. Sin embargo, esos agujeros se debían al uso.
«Joder».
Era Sasuke.
Mi compañero de cautiverio y, en última instancia, mi salvador en el Drop Stop. Las familiares Converse verdes (afortunadamente, sin sangre) eran toda una pista, aparte del vendaje que se le adivinaba bajo la manga.
Boquiabierta, fijé los ojos en él.
Me pasó por encima su mirada de aburrimiento, para volver sobre sus pasos enseguida, entrecerrando los ojos. Los tenía negros, y la expresión que se adivinaba en ellos no era precisamente de alegría. Supongo que pasar por lo que había pasado en el Drop Stop no le apetecía a nadie. No dio muestra alguna de haberme reconocido. No dijo hola, yo no lo saludé con la mano y el momento pasó.
Sin pronunciar palabra, ocupó el asiento de atrás y tuve que esforzarme por volver a prestar atención a la parte delantera de la clase. Seguramente me estaba comportando como una paranoica, pero sentía su mirada clavada en la espalda. Apuesto a que me odiaba después de todas las bobadas que Ino había dicho en televisión. Un par de personas nos observaban con interés, pero no les hice caso y seguí con la vista fija en mi pupitre.
La profesora se puso a hablar, pero no tenía ni idea de lo que estaba diciendo. Mi mente era un caos y seguía con la atención focalizada en él. Pues claro que tenía que estudiar en algún instituto. Y lo más probable es que fuera en algún instituto del vecindario. Y con su amigo Juugo.
«Obvio».
Solo que no se me había ocurrido que fuera allí. Pero, siendo sincera, no había querido pensar en él en absoluto; ni en nada que tuviera que ver con aquella noche.
Sasuke.
«Vaya».
Seguramente continuaríamos sin hacer caso el uno del otro, pretendiendo que nunca nos habíamos conocido. Y sería lo mejor.
Tal vez.
