Ni la historia ni los personajes me pertenecen.
CAPÍTULO 9
Dios, el ruido del bar era ensordecedor. Aunque dudo que el de Konoha fuera más tranquilo. Lo que pasaba era que últimamente tenía los nervios a flor de piel.
Ante mí, tenía un libro abierto y una lata de refresco. No miraba a nadie. No necesitaba a nadie. Estaba mejor sola.
—Has logrado mantenerle la mirada a Sasuke Uchiha durante un buen rato —dijo Hinata mientras ponía su bandeja encima de la mesa con una amplia sonrisa— ¿Te das cuenta de que ese es el sueño de mi vida?
Me limité a encogerme de hombros, aunque me sentía incómoda y avergonzada.
Otra vez.
Tras ella vinieron otras dos chicas: una latina con un cabello rizado por el cual yo mataría y una castaña que iba masticando una manzana.
—Oh —exclamó Hinata— Saku, te presento a Temari y TenTen.
Ambas me sonrieron y se sentaron a la mesa. En vez de comer sola mientras leía un libro, me vi, de pronto, rodeada. Pero no debía ponerme nerviosa. Podía manejar su curiosidad; era completamente normal que los alumnos se preguntaran por la nueva.
—Volviendo a Sasuke Uchiha, el rey de los buenorros —dijo Hinata tanteando con un dedo un trozo de lechuga, de aspecto revenido, lo que la llevó a decidirse solamente por los tomates y el queso— Seamos sinceras, esa cara suya es para sentarse…
—¿…y mirarla embelesada? —acabó Temari.
Hinata ni se inmutó.
—Exacto, sí: eso es lo que iba a decir.
—Lo imaginaba.
—¿Qué Sasuke? —pregunté mientras ponía un punto de libro en la página donde me había quedado, puesto que solamente un monstruo desalmado e ignorante, condenado a las llamas del infierno, doblaría la esquina de la hoja de un libro.
—Ni te molestes —protestó Hinata— Casi te caes de la silla cuando ha entrado. Lo que es una respuesta absolutamente normal a su belleza varonil, no tienes nada de lo que avergonzarte.
—Mi silla se ha torcido —repliqué, sorprendida al advertir que estaba sonriendo y pasándomelo bien de verdad— No es la primera vez que rompo una. Tanta alegría me pesa.
Temari se echó a reír mientras daba otro bocado a la manzana.
—Bobadas —intervino— Hinata dice que «él» se te ha quedado mirando.
—Pues seguramente se equivoca —repuso TenTen— No me miréis así. No estoy torturando a cachorros o siendo mala. Lo que pasa es que ninguna de nosotras somos lo suficiente molonas como para atraer «su» atención.
—O lo suficiente sosas —puntualizó Temari.
—O lo suficiente fáciles —añadió TenTen.
—Habla por ti —dijo Hinata— Por él, sería todo lo fácil del mundo.
—No hay nada malo en que te guste el sexo —la secundó Temari— No llames prostitutas a las que les gusta.
TenTen hizo un gesto de aceptación con la cabeza.
—¡Amén! Mea culpa.
—¡Ay, caramba! ¡Ya lo tengo! —exclamó Temari, interrumpiendo su propia cháchara y mirándome con una expresión de sorpresa casi cómica— Tú eres la chica esa, la del atraco en el que él estuvo implicado.
—Oh —murmuró Hinata, que advirtió por fin la tensión de mi rostro— Mierda, Saku… Tengo esta fijación por Sasuke y no he caído…
—No pasa nada. Y Sasuke no estuvo implicado en el atraco —precisé, con un deje cortante en la voz— Estaba allí por casualidad, igual que yo.
—De acuerdo, pero no me extraña que te mirara.
Fruncí el ceño y agaché la cabeza. Ojalá nadie que estuviera cerca lo hubiera escuchado.
—La chica… —TenTen abrió mucho la boca— Oh, Dios mío.
—Pensé que ibas a Konoha. Eres mucho más guapa en la realidad, ¿sabes? —comentó Temari— Esa foto tuya que aparecía en todas las noticias no te hace justicia para nada.
—Gracias —contesté para intentar evitar el asunto del cambio de instituto.
—Lo siento —balbuceó Hinata.
Temari y TenTen se quedaron mirándome estupefactas, en silencio. Ya era el momento de que saliera corriendo a esconderme.
—Lo mejor que puedes hacer es relajarte y afrontarlo —dijo TenTen— No ha pasado tanto. No vamos a ser las únicas que te reconozcan.
Seguramente, llevaba razón; lo que no significaba que tuviera que gustarme.
—Te aseguro que se va a correr la voz —confirmó Hinata bebiendo de su refresco— Sasuke Uchiha es famoso aquí. Para mal.
—¿Para mal? —pregunté.
—Oh, sí —Hinata apartó la bandeja, desistiendo de la ensalada— Es el tipo que vende marihuana por la zona, al que hay que acudir si te interesa ese material. Incluso los tipos más corpulentos lo respetan. Lo necesitan para que les venda, y por lo visto tiene relaciones con alguien que trafica al por mayor. Además, es un tipo complicado. Igual que su hermano. Dos elementos peligrosos. Viven juntos; sus padres están desaparecidos del mapa.
—Sabes muchas cosas sobre él —dije, un poco incómoda— Y creía que la marihuana había sido legalizada en California.
—Bueno, a lo mejor he estado un poco colada por él. No me juzgues. Y en cuanto a la marihuana —Hinata se encogió de hombros— todos somos menores de edad, o sea que es como si siguiera siendo ilegal.
—He oído decir que Sasuke ha abandonado los negocios —dijo TenTen— Que se ha alejado de todo el mundo del instituto y que se pasa la mayor parte del tiempo en la vieja pista de skateboard.
Temari asintió mientras se enroscaba un mechón de su larga melena con el dedo.
—Sí, yo también he oído decir que ha dejado de vender; desde el robo.
—Por la atención policial, supongo —observó Hinata.
Por supuesto, el hecho de que Sasuke conociera vagamente a Deidara ya lo hacía sospechoso. Pero si no hubiera hablado con él, si no hubiera hecho que se mantuviera tranquilo, tal vez hoy yo no estaría viva.
Como mínimo, le debía al tipo un inmenso «gracias».
—Os agradecería que mantuvierais lo de que yo estuve en el atraco en secreto, al menos por el momento —dije tratando de esbozar una sonrisa, que no acabó de salirme bien ni de ser adecuada— Es que yo… preferiría prescindir de la atención que, sin ninguna duda, despertaría, ¿me entendéis?
—Claro —repuso Hinata, palmeándome la mano para tranquilizarme.
Tanto Temari como TenTen asintieron con la cabeza, aunque en sus ojos se adivinaba el escepticismo con un toque de emoción.
En fin. Aparte de llevar una bolsa de papel en la cara, no había nada más que yo pudiera hacer para evitar que me reconocieran. Con suerte, alguna otra gente de la zona estaría ocupada haciendo estupideces dignas de un telediario y los recuerdos del Drop Stop pronto se irían olvidando.
—Gracias —les dije, haciendo cuanto podía por relajarme y confiar en ellas.
Sasuke no apareció por el bar. No es que estuviera esperándole.
CAPÍTULO 10
O alguien había hablado o alguien me había reconocido.
Fuera lo que fuese, escapó a mi control.
El primero en abordarme fue mi nuevo compañero de laboratorio en clase de Biología. Sai fingió tocar la batería sobre la mesa con dos bolígrafos, en una imitación bastante convincente de una gran interpretación. A su lado había uno de los pocos asientos libres de la sala.
—Dicen que estás muy unida a Sasuke —comentó— ¿Podrías hacerme un favor?
Dejé de hacer la práctica de golpe.
—No, no lo estoy, y no, no puedo. Lo siento.
—No seas así, mujer —Me ofreció una sonrisa hipócrita— ¿Cómo te llamabas?
Gruñí.
—Te estoy diciendo la verdad. Lo cierto es que no lo conozco y no puedo ayudarte.
Al oír aquello, masculló «zorra», recogió sus cosas y se mudó a otra mesa. Curiosamente, igual que me había sucedido con Kara, las palabras no me afectaban como antes. El haber tenido una pistola apuntándome a la cabeza ayudaba a distinguir las minucias de la vida de las cosas importantes. Así que la opinión de un extraño acerca de mí, dada además en forma de insulto, no era nada del otro mundo.
La realidad era que, al carecer del poder mutante para controlar las mentes, no podía afectar el comportamiento de la gente ni de lo que decidieran hablar. Si estaba condenada a tener mala reputación durante un tiempo… que así fuera. Nuevo instituto, nuevo mantra, nueva yo… Y me importaba un pimiento.
Poco después, una chica negra y alta se sentó a mi lado y me sonrió amistosamente. Me dijo que se llamaba Marie y durante toda la clase de Biología no mencionó a Sasuke ni me pidió que le echara una mano para buscar droga. Mucho mejor.
El siguiente encuentro relacionado con Sasuke Uchiha se produjo junto a mi taquilla, al final del día.
—Los nativos están inquietos —me dijo Hinata, con una mirada recelosa— La gente ha estado hablando de ti.
—Ya, me he dado cuenta —repuse.
—Con todo el asunto de Sasuke, ahora mismo eres demasiado interesante como para que no te hagan caso. Lo siento.
Me encogí de hombros.
—Te juro que no hemos sido ni Temari ni TenTen ni yo. Las amenacé con recurrir a la violencia si le decían una palabra a alguien.
—Gracias. —Sonreí— No pasa nada. Era inevitable, supongo.
Un chico con un monopatín se paró a nuestro lado luciendo una sonrisa cargada de esperanza.
—No —exclamó Hinata, poniéndose en plan bruto— No lo conoce. Lárgate. Esa basura mata las neuronas, ¿lo sabías? Pregúntate a ti mismo: ¿Me puedo permitir perder alguna más? No, no lo creo. Adiós.
La sonrisa se borró de su rostro conforme regresaba por donde había venido.
—Sasuke era aquí el tipo de los contactos —suspiró Hinata— Pero tarde o temprano ya captarán el mensaje de que no puedes ayudarles a obtener marihuana de él.
Asentí.
—No hablas mucho, ¿verdad? —Hinata sostenía un libro de Trigonometría contra su cuerpo— Supongo que yo tampoco lo haría si hubiera pasado por algo así. Tuvo que trastocarte mucho mentalmente. No quiero decir que seas inestable ni nada así. Solo que el estar expuesta a ese tipo de violencia, justo delante de ti, ha debido fastidiar mucho la forma en la que ves el mundo, ¿no? Yo nunca he visto un cadáver. Quiero decir, mi abuelo murió en casa, pero mi madre no me dejó entrar en la habitación y luego llegaron los paramédicos y ya se había ido. Así que…
No quise pensar en sus palabras, así que no dije nada y me concentré en cerrar la taquilla.
Sin sangre, sin cadáveres, sin nada.
Estaba bien.
—Bueno, de acuerdo. Un buen primer día —dijo Hinata, captando el mensaje y retrocediendo un poco.
—Hasta mañana —Traté de sonreír mientras me colgaba la mochila del hombro— Y gracias por enseñarme el sitio y todo lo demás.
Levantó los dos pulgares.
—Nos vemos.
Como haría cualquier estudiante cuerdo, a la mínima oportunidad la mayoría de los alumnos habían aprovechado para huir de las instalaciones del instituto. Para cuando yo salí, el aparcamiento estaba casi vacío. Alguien había puesto un folleto informativo en uno de los limpiaparabrisas de mi automóvil. No, era una hoja arrancada de una libreta. Se me tensó la espalda, preparándome para la ronda habitual de «eres gorda y fea, no te queremos aquí, blablablá». Curiosamente, nada más lejos; por el contrario, era una invitación para una fiesta ese fin de semana. Una chica llamada Karin quería desesperada y vehementemente que yo asistiera. Y si podía traer a Sasuke conmigo, ya sería maravilloso.
Sí, claro.
Arrugué el papel y lo tiré en el asiento del copiloto. Me gustó notar el sol del atardecer en la cara, mientras soplaba una cálida brisa. Alguien me miraba desde un par de filas más atrás. Y más ojos se posaban en mí de entre un grupo que había en las escaleras de la entrada.
A los que estaban sentados en los escalones, los podía obviar; pero el chico que estaba de pie junto a un viejo deportivo negro americano llamó mi atención. Dios, menudo automóvil. Su aspecto era el de una fábrica de niños, el de un desastre medioambiental y el de un peligro a cuatro ruedas. Me hubiera apostado que era un Charger, un GTO u otro similar. No había forma de que mi económico y práctico compacto blanco pudiera competir con él.
Aunque las gafas de sol le tapaban media cara, supe que era Sasuke. Lo supe incluso antes de darme la vuelta.
Daba la sensación de que había algo inevitable en su presencia, como si de alguna manera compartiéramos un vínculo. No lo sé. Quizá solamente se trataba de un poco más de esa anormalidad que había contraído en el Drop Stop. Una chica más valiente se le habría acercado y le habría dado explicaciones por el desastre de Ino en televisión. Pero me quedé quieta.
La mirada de Sasuke, oculta tras las gafas de sol, me pasó por alto sin dar la más mínima muestra de que me hubiera reconocido. Al parecer, estaba más interesado en la pareja de alumnos que merodeaban cerca de nosotros.
—¡Suigetsu! —Un chico alto venía corriendo mientras hacía botar una pelota de baloncesto— Sálvame, Suigetsu. Líbrame del mal.
Se metieron en el automóvil negro del apocalipsis, se encendió el motor y, hala, se fueron.
Al cuerno con la inevitabilidad.
Me metí en mi vehículo, me fui a casa y le conté a mi madre lo bueno que había sido mi primer día. Lo mucho más relajada que me había sentido allí y que ya había hecho un par de amigas. Se sintió inmensamente aliviada, casi eufórica. Hacer que mi madre sonriese ya era de por sí un premio.
Preparamos juntas la cena y vimos un rato la televisión antes de que se tuviera que ir a trabajar. Bien mirado, no había sido un primer día nada malo.
Aunque todavía no se había acabado.
