Ni la historia ni los personajes me pertenecen.

CAPÍTULO 11

Estaba tumbada en la cama escuchando a Lorde; mi intención era no pensar en nada, y casi lo conseguí, hasta que de pronto apareció una cara en la ventana —que estaba abierta— de mi habitación.

Gritando, me incorporé y me quité los auriculares, otra vez preparándome para la muerte o para lo que fuera.

—Hola —musitó Sasuke.

—¡La madre que te parió! —exclamé, con una mano sobre el pecho, tratando de recuperar el aliento. Menos mal que no se me había ocurrido agarrar el cuchillo que ahora guardaba debajo de la almohada— ¡Casi me da un infarto!

—He llamado a la puerta, pero no contestabas.

Se acomodó en el alféizar de la ventana, doblando las piernas sobre el marco con facilidad, en una combinación de flexibilidad y equilibrio. Pero fruncía ligeramente el ceño.

—No lo he oído.

Un asentimiento de cabeza.

Lentamente, mis funciones corporales volvieron a la normalidad, aunque todavía quedaba la cuestión de Sasuke Uchiha sentado en el alféizar.

Apagué la música y me senté delante de él, vestida solamente con un top negro con sujetador incorporado y unos pantalones cortos de dormir, cuyo estampado eran unos pequeños arcoíris. Enseñaba demasiada carne.

¿Qué hacía este chico para sorprenderme siempre en pijama? En mi defensa, el reloj marcaba casi la media noche.

Agarré un cojín y me lo puse sobre el regazo, con lo que reduje la cantidad de muslo que quedaba a la vista. Seguidamente, me arreglé un mechón de cabello que me caía sobre la frente, recogiéndomelo tras la oreja. A ver si así se ocultaba la cicatriz tan fea que tenía.

Él, por supuesto, y a pesar de ser una noche extrañamente cálida, estaba muy bien. Jeans azules, una camiseta gris, la melena sobre los hombros. No había tenido realmente la oportunidad de observarle de cerca. El chico/hombre intimidaba. Hinata tenía razón sobre su rostro. Había algo especial en esa mandíbula prominente y en esos pronunciados pómulos, la frente amplia y despejada y sus malditos labios, tan perfectos. Sasuke Uchiha era estúpidamente guapo, es decir, tan guapo que me convertía en una estúpida. No es que me hubiera quedado mirándolo fijamente ni nada parecido…

—Perdona por no haber ido al funeral de Juugo —espeté— Y por todo lo que dijo en televisión sobre ti mi ex mejor amiga, si es que llegaste a enterarte. Los dos sabemos que las cosas no fueron así. Nunca le dije que…

—¿Ex? —Su voz cortó mi balbuceante disculpa.

—Sí.

Apoyó la cabeza en el marco de la ventana e hizo un gesto de asentimiento con aire pensativo.

—Perdona si te he asustado —dijo— Lo de aparecer así. No iba a venir, pero…

Se interrumpió de repente y sus ojos vagaron por la habitación. Menos mal que hacía unos años había insistido en dejar atrás las paredes de color rosa intenso y la colcha con lazos a juego. Pinté mi cuarto de un gris pálido y azulado y logré que la abuela me diera una cama de metal blanca de estilo retro. Los libros seguían desperdigados por todas partes; algunas cosas nunca cambian. Pero la mansión de Barbie había desaparecido hacía tiempo y únicamente quedaba, a la vista de todo el mundo, mi peluche favorito: un maltrecho osito llamado Sugar. Me negué a sentirme avergonzada por ello. De niña, había estado a mi lado a las duras y a las maduras.

La mirada de Sasuke volvió a posarse en mí y respiró hondo. Frunció el ceño del todo.

—Quería darte las gracias por decirle a la poli que no estuve implicado en el robo y que intenté que todos saliéramos vivos de allí. —Cambió de postura en el alféizar, quedando con medio cuerpo dentro de la habitación y medio fuera— Es lo que deseaba decirte cuando te llamé.

Ladeé la cabeza. Sus escasas palabras desencadenaron una multitud de preguntas. Le hice la última en primer lugar:

—¿Me llamaste?

—Sí, un par de días después. Hablé con tu madre.

«¿Qué?».

—No me dijo nada de que hubieras llamado.

—Oh —Se llevó la mano a la nuca y se la restregó— Vaya.

Una expresión inescrutable se pintó en su rostro. A veces era casi imposible determinar qué había tras ella. ¿Por qué demonios no me había contado mamá que me había llamado? Supongo que le debió de lavar el cerebro la policía; y también ayudaron las acusaciones de que pasaba drogas.

Lo que, de todas formas, no significaba que hubiera actuado bien.

Cambiando de tema: mi madre se pondría hecha una furia si supiera que había un chico en mi cuarto. Aunque técnicamente no estaba «en» mi cuarto, sino solo sentado en la repisa de la ventana. En cualquier caso, dudo mucho que tal tecnicismo me librara de que me castigase.

—Lo siento mucho. Es muy amable de tu parte que llamaras para comprobar cómo estaba. Me habría gustado mucho hablar —Intenté mirarlo a los ojos, pero me conformé con fijarlos en un punto indefinido sobre sus hombros— Te habría devuelto la llamada y…

—No tiene importancia, Saku —dijo, despachando rápidamente mis preocupaciones— Solo quería darte las gracias. De verdad que marcó la diferencia.

Hablaba moviendo afirmativamente la cabeza y con aire de satisfacción, como si al expresar su gratitud hubiera llevado a cabo lo que se había propuesto hacer.

—¿Por qué marcó la diferencia?

Su silencio fue mi respuesta. Clavó los ojos en los míos y, por un momento, ese halo de chico malo que gusta a todas lo abandonó, para parecer un muchacho solo y perdido. Y joven; y eso a pesar de que tenía el rostro anguloso y barba de un par de días en el mentón.

—Juugo no era amigo mío —me dijo mientras respiraba hondo— Yo era su camello, le estaba pasando material aquella noche, en el Drop Stop. Estaba allí por mí —Tragó saliva y desvió la mirada, posándola en la oscuridad. Aguardé a que dijera algo y, finalmente, siguió con lo que estaba diciendo— La policía encontró sesenta gramos en el maletero del Charger. Pero me dieron un respiro por esa vez porque una testigo decía que yo era un héroe y que le había salvado la vida. Tuviste que ser muy persuasiva. Nunca antes un poli había hecho la vista gorda conmigo.

—Bueno, pues me alegra haberte ayudado —repuse— Pero solo estaba diciendo la verdad: realmente me salvaste la vida.

La sombra de una sonrisa triste se le insinuó en la comisura de la boca.

Me incorporé sobre el borde de la cama, con lo que las sábanas se me apilaron en torno a las piernas.

—¿Por qué pensaste que no debías venir aquí?

—Porque soy tóxico —Me miraba fijamente— No quiero arrastrarte conmigo. Por eso no te he dicho nada en el instituto. Si los profesores nos ven, aunque solo sea hablando, te meterán dentro de la categoría de «no vale la pena que nos molestemos» sin pensárselo dos veces. Y ya no habrá vuelta atrás. Y los imbéciles del instituto no son mejores. Se creerían que pueden utilizarte para lograr marihuana a mejor precio.

—Ya, eso ya ha pasado, de hecho.

Sasuke arrugó el ceño.

—Lo siento.

—Da igual —afirmé— Nada que no pueda manejar.

—Avísame si cambia —repuso arrugando más el ceño.

—Da igual —repetí— Me importa un pito.

—Pues debería importante —me riñó— Sobre todo, los profesores. Hace una semana intenté pasarme por un grupo de estudio de Matemáticas durante la hora de comer y el profesor ni me dejó entrar en el aula. Creyó que había ido a traficar o a causar problemas.

—Qué injusto.

—Te equivocas. Me lo he ganado. —Su voz rebosaba amargura conforme los labios se le torcían en una mueca. Caramba. Padecía un caso grave de odio hacia sí mismo— Pero sería injusto que algo de esto te salpicara. No te lo mereces.

Dobló las piernas y se inclinó hacia afuera, como si estuviera a punto de escabullirse desde el borde de la repisa hasta el jardín.

—¿Te cuesta dormir? —espeté— ¿Desde que pasó?

Se detuvo en mitad de movimiento, como si la pregunta le hubiera tomado por sorpresa. Entonces, volvió a sentarse con firmeza en el alféizar, cambiando la postura para ponerse más cómodo. De cara a mí, aunque no del todo, movió ligeramente la cabeza en señal de asentimiento.

—¿También tienes pesadillas? —le pregunté.

—Cada noche —contestó.

Una repentina sonrisa le iluminó el rostro, como si algo en su interior sintiera alivio al oír mis palabras. Pero enseguida ocultó esa cara, al apartar y bajar los ojos.

—He oído que pegaste a alguien en tu anterior instituto —comentó.

«Supongo que las noticias vuelan».

—Sí, es cierto.

Otra vez el movimiento de cabeza afirmativo, pero esta vez seguido de un silencio. Se le veía tan campante, acomodado en la repisa de la ventana mientras balanceaba una mano, con la que apretujaba distraídamente las sábanas.

—¿Cómo está tu hermano? —pregunté, felicitándome en mi fuero interno por haber encontrado algo que decir.

—Oh, sí —dijo mientras se apartaba el cabello de la cara con una mano— Últimamente no le he visto demasiado, la verdad. Itachi no es mucho mejor que Deidara. Hace un año que pasó de vender marihuana a fabricar él mismo drogas duras. Probablemente será igual que Deidara en un par de años.

—Lo siento.

—Yo también —murmuró— Me estaba preguntando una cosa…

—¿El qué?

—Cuando agarraste la pistola… Sentí un nudo en la garganta.

—¿Sí?

—¿Crees que habrías sido capaz de apretar el gatillo?

—Lo fui, solo que no había balas.

Enarcó las cejas.

—¿De veras?

—Sí —dije con una sonrisa tensa.

—Vaya.

Tampoco hacía falta que se mostrara tan sorprendido.

—No te quedes tan impresionado. Si hubiera habido balas, lo más probable es que te hubiera dado a ti por error.

Lanzó una carcajada y me resultó imposible no corresponderle con una amplia sonrisa. Entonces Sasuke pestañeó una vez, y luego otra.

—¿Qué pasa? —le pregunté.

—Nada. Es que no te había visto sonreír hasta ahora.

Por un momento, pareció que reflexionaba sobre algo, como si sus palabras llevaran a alguna parte. Pero no pasó nada.

—Tendría que marcharme ya —Soltó la sábana y se movió para irse— Este es un buen barrio —añadió mientras salía a través del alféizar— pero lo mejor sería que no dejaras la ventana abierta de par en par por las noches.

Me encogí de hombros.

—No me gusta tener el aire acondicionado todo el rato, me produce congestión.

Resopló con aire de desaprobación y saltó desde la repisa hasta abajo. Afortunadamente, mamá no se había decidido todavía a plantar flores.

—Buenas noches, Saku.

—Nos vemos en el instituto —dije, mientras movía la hoja de la ventana para poder verlo y me envolvía con las sábanas, en plan toga.

—Mmm —De pie en el jardín, y a oscuras, solamente pude distinguir entre la tenue luz cómo se le tensaba la mandíbula— Lo decía en serio. Lo mejor es que me mantenga lejos de ti.

—No es cierto; al menos, no si lo piensas detenidamente…

Durante un minuto, simplemente nos miramos el uno al otro, sin decir nada.

—Quiero decir que me ha sentado muy bien poder hablar —farfullé— Estoy contenta de que hayas venido. Todo lo que ha pasado supongo que me ha dejado un poco aislada.

Me mantenía la mirada con una expresión inescrutable en el rostro.

—Sí, ya sé a lo que te refieres; he perdido un montón de amigos al dejar de vender marihuana.

—Dudo que fueran realmente amigos tuyos si solo te usaban para conseguirla.

—Ah, tal vez no.

—Lo siento. —Odié cómo se le hundían los hombros, derrotado. Una bocazas, eso es lo que era— He sido un poco dura.

—Pero probablemente tengas razón.

No añadí nada.

—Buenas noches.

Y, sin más, desapareció entre las sombras. Pronto, se oyó el motor de su automóvil retumbando en el silencio. Saqué medio cuerpo por la ventana para escucharlo hasta que se desvaneció en la distancia. Las estrellas brillaban en lo alto, las nubes flotaban y se amontonaban.

Qué noche más extraña.

Cerré la ventana e intenté dormir, pero, por supuesto, mi mente no paraba: una y otra vez le daba vueltas a la visita de Sasuke. Volvía a repetir la conversación y cortaba y modificaba cosas. La versión en la que se echaba a mis pies, me declaraba su amor eterno y me prometía todo tipo de gratificaciones sexuales se convirtió en mi favorita. Me pregunté si alguna vez volvería a tener la oportunidad de hablarle.