Ni la historia ni los personajes me pertenecen.

CAPÍTULO 12

—Perdona. —Al día siguiente, durante la comida, dos chicas se acercaron a nuestra mesa y se quedaron de pie junto a ella. Una de las dos me miraba con la boca contraída en una violenta mueca— ¿Tú eres Saku?

—Sí.

—Yo, esto…

Al vacilar, la otra chica empezó a acariciarle la espalda. Ambas llevaban uniformes de animadoras, eran guapas y esbeltas. El haberme pasado los dos últimos días rechazando a todos los que me pedían ayuda para conseguir marihuana había hecho que, afortunadamente, el interés por mí se hubiera ido enfriando. Pero otra vez estábamos con el mismo cuento.

—Estabas ahí cuando Juugo murió —dijo la otra chica.

Fue una afirmación, no una pregunta.

Asentí con la cabeza, un poco alarmada. Las lágrimas empezaron a caer por la cara de la primera muchacha, que preguntó con la voz rota:

—¿Sufrió mucho? ¿O fue rápido? ¿S-se… se…?

—Está bien, Liv —murmuró su amiga gentilmente, antes de volverse hacia mí con una mirada cargada de tristeza— Llevaban juntos casi un año.

—Lo siento mucho —le dije.

Dentro de mí despertaron emociones de pérdida y desesperanza que ya conocía. La muerte y el dolor habían proyectado sombras y aislamiento sobre mi existencia. Pero ver la desesperación de la gente que había quedado atrás, formar parte de los escombros de la vida de alguien, me destrozó. Detrás de sus lágrimas se es-condían las recriminaciones, la culpa, y no tenía nada que decirle que sirviera para aliviarla, nada auténtico que ofrecerle. ¿Por qué todavía estaba yo aquí cuando Juugo se había ido? Había pocas posibilidades de que hiciera algo especial con mi vida.

El destino y la suerte no eran más que patrañas. Algunas veces, las cosas pasaban, simplemente; y tratar de buscarles un puñetero sentido no llevaba a nada.

—Fue rápido —contesté, mientras me clavaba las uñas en la palma de las manos— No creo ni que se diera cuenta. Se fue, y ya está.

Con los labios temblándole, hizo un gesto de asentimiento con la cabeza, aunque se pareció más a un escalofrío.

—Me salvó la vida. Él, y Sasuke. Es importante que lo sepas.

—¿Te salvó la vida?

Moví la cabeza para decir que sí.

—Nos íbamos a tomar un año sabático para ir a Sudamérica —sollozó, entre lágrimas— Hay un programa para ayudar a construir casas.

Yo permanecía allí, sentada, sin servir para nada.

—Le alegraría saber que conseguiste salir bien —me dijo.

—Ah, ¿sí?

—Sí.

Se hizo un largo silencio, y finalmente la amiga se llevó de allí a la novia de Juugo.

Pensaba que ya no podía llorar más; sin embargo, la vieja y punzante sensación del llanto inundándome los ojos me asaltó con facilidad.

—Tengo que irme.

Hinata suspiró.

—Saku…

Casi corriendo, fui directa al primer lavabo que encontré. No me paré hasta que me encerré en uno de los retretes. Me senté en el váter, que tenía la tapa bajada, y traté de recuperar el aliento. Inspirar, espirar, los pulmones en movimiento… No había nada en ellos, así que, ¿por qué narices me costaba tanto respirar?

Me quedé allí durante el resto de la comida. A veces, esconderse era lo mejor. Probablemente, debería hacerlo más a menudo.

El problema empezó con El guardián entre el centeno.

De acuerdo, es cierto que solo es un libro: páginas, tinta, pegamento… nada más. Pero estaba sobre mi pupitre, mirándome, burlándose de mí, mientras la profesora de Lengua lanzaba una perorata sobre algo ante el resto de la clase.

—…sus redacciones deberán ofrecerme una interpretación de los temas que aparecen durante el viaje de Holden a la Nueva York de los años cincuenta… —Blablablá— Es para el próximo viernes y será el veinte por ciento de sus notas… —Blablablá— ¿Alguna pregunta?

Levanté la mano.

—¿Sakura? Prestando atención para variar, ¿no? Bien hecho.

O sea, que mi capacidad de concentración se había ido al cuerno últimamente; bueno, todo el mundo tenía sus problemas.

—Es Saku. Y, por favor, ¿podríamos escoger otro libro?

—No, Saku —La señorita Yuhi me lanzó una mirada cansada por encima de las gafas— El guardián entre el centeno «es» el libro. ¿Alguien más tiene preguntas?

Levanté la mano de nuevo. La profesora me lanzó una mirada adusta.

—Es que acabábamos de leer este libro en mi instituto anterior.

—Pues entonces no deberá de darle problemas esta vez —observó.

—Pero es que no tiene sentido —insistí— Va de un chico deprimido que vaga por Nueva York, que tiene encuentros fortuitos con amigos y con extraños, ninguno de los cuales sirven para que se sienta mejor, luego se pone enfermo, vuelve al internado y fin, se acabó.

Se hizo un silencio sepulcral. Todos los ojos de la clase estaban puestos en mí. Los únicos que tenían alguna relevancia eran los que estaban detrás de mí y que pertenecían a cierto chico.

—Es una gran obra de la Literatura Norteamericana. —La señorita Yuhi apretaba los labios.

—Pero es un libro que viene con una lista de bajas incorporada —No podía callarme; no quería. Tenía que hacer que me comprendiera— La gente ha muerto por culpa de él. Me sorprende que la Asociación Nacional del Rifle no le haya puesto una pegatina en la portada con su certificado de garantía, ¡por el amor de Dios!

Detrás de mí, Sasuke soltó una palabrota.

—Sakura —murmuró la profesora, con una mirada más suave, mientras se ponía de pie— Tranquilízate. Ya basta.

—Pero ¿y si vuelve a pasar? —pregunté, también de pie, con el corazón y los pulmones funcionándome con dificultad— ¿Y si la angustia adolescente y masturbatoria de Holden Caulfield vuelve a provocarle un ataque de furia a alguien y empieza a disparar a la gente? ¿Entonces, qué? Ya ha pasado antes, pero esta vez sería culpa suya.

—Saku…

—¡Holden Caulfield es un asesino!

El sofá del consultorio del loquero (psiquiatra) era cómodo a más no poder. Me podría haber acurrucado en él y haberme puesto a dormir de no ser por todas esas estúpidas preguntas.

—¿Y cómo te encuentras hoy, Saku?

—Bien. —Me despatarré en el sofá de color melocotón, con una sonrisa plantada en medio de la cara. No estaba segura de si iba a poder mantenerla a lo largo de los cincuenta minutos que me quedaban; y es que ya empezaban a dolerme las mejillas— Gracias.

Toda la estancia estaba decorada en un tono blanquecino muy relajante y nada amenazador. Una pulcra hilera de títulos universitarios enmarcados colgaba de una de las paredes. Desde la ventana, se distinguía la bonita vista de un parque. Qué agradable.

—¿Por qué no hablamos de la noche del atraco? —preguntó el señor Hatake, con los ojos cargados de amabilidad e interés.

Me las apañaba bien sin que ambas emociones vinieran de un extraño.

—¿Porque fue horrible, una mierda, una maldita locura, y ahora ya se ha acabado?

El terapeuta arrugó el ceño.

—Mire, déjeme explicarle mi abierta hostilidad hacia usted. Verá, es que mi madre me obliga a venir —expliqué mientras me secaba las empapadas palmas de las manos en los jeans. Como si necesitara más estrés en mi vida. Sinceramente, con ganas me habría puesto a chillar— Estoy aquí para que ella se sienta mejor. No quiero hablar del atraco. Ni a usted, ni a nadie en realidad, nunca jamás. Compréndalo, no me va a ayudar, esto de que hablemos, sino que solo hará que piense más en ello, cuando estoy haciendo todo lo que puedo para evitar darle vueltas constantemente.

—Muy bien, entonces, ¿qué es lo que quieres tú, Saku?

—Quiero irme.

El señor Hatake miró su reloj.

—Teniendo en cuenta que tu madre está esperando en recepción, diría que preferirías no hacerlo durante los próximos cuarenta y cinco minutos.

Fantástico.

—Así que, ¿por qué no hablamos de otra cosa?

Suspiré y clavé la mirada en el techo.

—¿Acostumbra a leer?

—Sobre todo, libros médicos —Apretó los labios, obviamente concentrándose mucho— Supongo que no te van los bolos.

—Para nada. ¿Le gusta el cine?

—Sí, voy siempre que puedo.

Me recosté, crucé las piernas y me puse cómoda.

—De acuerdo, pues hablemos.

Al acabar la sesión, me remitió a un médico para que me recetara píldoras de la felicidad. Supongo que mi predilección por las películas de zombis le preocupó.