Ni la historia ni los personajes me pertenecen.

CAPÍTULO 13

Durante el resto de la semana, me quedé castigada después de clase por tardar demasiado (léase, por esconderme en los aseos cuando tuve un par de ataques de pánico menores) y por no prestar atención en clase dos o tres de veces... O a lo mejor fueron unas cuantas más. Nunca antes me habían castigado; siempre había sido una estudiante tranquila y estudiosa. Una buena chica. Golpear a la gente, discutir con los profesores y llegar tarde… Las buenas chicas, normalmente, no tenían esa clase de comportamiento de mierda. Por desgracia, no me importaba demasiado. Quiero decir, ¿y qué más daba? La vida seguía y nadie iba a morirse por eso. El director me dijo que constaría en mi expediente de forma permanente. ¿Permanente? ¡Por favor! Las balas sí eran permanentes; todo lo demás resultaba temporal.

A la larga, incluso mamá lo superaría.

Me hallaba rodeada por la típica variedad de chicos de mala conducta. Una chica con un cabello de color azul claro, como el de una sirena, grababa su nombre en el pupitre. Algunos leían o hacían los deberes. Otros miraban fijamente al techo o a la ventana. Mientras tanto, al frente, el profesor permanecía enfrascado mirando el teléfono móvil, lo más probable era que jugando a Candy Crush o enviándole mensajes eróticos a alguien.

—¡Chist! —oí detrás de mí, seguido de un seco tirón de mi trenza.

—¡Oye! —protesté, lazándole una mirada asesina al payaso—. No me toques.

—Perdona. Me llamo Naruto. —Tenía una sonrisa muy amplia y el cabello muy corto. Todo su envoltorio contenía un exceso tanto de ser adorable como de ser el más divertido.

No contesté.

—Tú eres Saku —prosiguió él— Sasuke me ha hablado de ti.

—Ah, ¿sí? —Fruncí el ceño mientras me venía a la memoria: el chico del equipo de baloncesto con el que Sasuke se había ido en su automóvil el otro día. Exacto— Hola.

—Hola. —Con la barbilla apoyada en la mano, me miró de arriba abajo.

«Venga, allá vamos».

Poniéndome rígida, esperé la habitual ristra de insultos: gorda, fea, lo que fuera. Tal vez fuera una amargada; o quizá me había acostumbrado a esperar lo peor de la gente. En cualquier caso, en vez de eso, dijo:

—Deberíamos ser amigos. Salir por ahí. O algo por el estilo.

«¿Cómo?».

—¿Juntos?

—Eso es, tú, Sasuke y yo. Sería divertido. Hagámoslo —Su boca no paraba, soltando una palabra tras otra— ¿Es cierto que se te fue la pinza el otro día en clase y que empezaste a despotricar sobre un libro que mata a la gente?

Miré hacia otro lado.

—Sí.

—¡Estupendo! —exclamó, riéndose por lo bajo— ¿Qué piensas del baloncesto?

—Nada.

—Lástima.

Volvió a agarrarme la trenza por la punta y la balanceó entre ambos hasta que le di un palmetazo en la mano. Vaya bicho raro.

—¿Así que Sasuke te ha hablado de mí? —pregunté, tratando de no sonar emocionada, puesto que eso habría sido comportarse como una tonta.

Naruto se encogió de hombros.

—Sí, dijo algo como: «Esa chica estaba en el Drop Stop».

—No es mucho.

—Es mucho más de lo que me ha dicho nunca sobre cualquier otra chica —Entrelazó las manos y las puso sobre la mesa— Normalmente, yo hablo por los dos. Y empieza a ser un poco un problema, la verdad.

—Entiendo.

—No, no lo entiendes. La cuestión es que Sasuke ha estado un poco… ¿Cómo te lo diría? Jodidillo. Sí. Sasuke ha estado jodidillo desde que sucedió lo del atraco y la muerte de aquel muchacho.

—Oh.

Me quedé de piedra.

—Aun así, no sabes cómo me duele en lo más hondo toda esta cuestión de no hablar. No sabes cómo me afecta. Quiero decir, estoy en el equipo de baloncesto: no debería ser un problema para mí. Pero la cosa es, Saku, mi buena amiga, que algunos tenemos que hablarles a las chicas para que se quiten la ropa —Enarcó una ceja— Jodido o no, a él no le hace falta. Suigetsu solamente tiene que mirarlas y de repente las bragas y el sostén les explotan entre llamaradas. Entran en combustión espontánea o algo así. No estoy seguro de cuál es el término científico para eso.

Hice una mueca de disgusto.

—Creo que no me hacía falta saberlo. Además, en el fondo suena a que eso duele.

—¿A que sí? —Se inclinó para acercarse más a mí—. Que quede entre nosotros, pero creo que es su pelo a lo Fabio.

—¿Fabio? —le pregunté.

—¿No sabes quién es Fabio? Saku, amiga mía: Fabio es una parte esencial, y gloriosa, de la historia de la novela romántica estadounidense. O eso me dijo mi madre.

—Pues ya lo buscaré.

—Hazlo.

—¿Qué le pasa a Sasuke? —le presioné, preocupada.

—Buena pregunta —Se puso a mordisquear el extremo de su bolígrafo mientras me dedicaba una mirada inquisitiva— ¿Vas a la fiesta este fin de semana?

—¿Qué fiesta? ¿La de Karin?

Me pareció recordar que ese era el nombre de la chica que había dejado la invitación debajo de uno del limpiaparabrisas de mi automóvil.

—Sí.

Arrugué el ceño.

—Pues no pensaba hacerlo. No soy muy sociable.

—¿No? —Con la boca muy abierta, poniendo cara exagerada de sorpresa, Naruto empezó a deslizarse de la silla, hasta que evitó caerse de ella en el último segundo— No puedo creérmelo. Se te ve tan abierta y extrovertida…

«Listillo».

—La mayoría de la gente se queda deslumbrada conmigo, ya lo sé. ¿Podemos, por favor, seguir hablando de Sasuke?

Se limitó a parpadear.

—Ven a la fiesta.

—¿Yo? ¿Por qué?

—¿No es suficiente con que yo te lo pida?

Y ahí me ves, contemplando la idea a lo largo de todo un segundo entero.

—No.

—De acuerdo, lo respeto —Al hablar, se escarbaba los dientes con la uña de uno de los dedos— Pero ¿qué otra cosa vas a hacer en esta ciudad un viernes por la noche, a ver?

Estar sentada sola en mi habitación, leer un libro y comerme un paquete de Oreos. Exactamente en ese orden, a ser posible. Sonaba al Paraíso. Una de las pocas ventajas de ser hijo único era no tener que compartir las galletas con nadie. Aun así, estaba preocupada por Sasuke. Y sacarle información a ese chiflado era difícil.

—Ven a la fiesta y trae a más gente —dijo— Especialmente chicas, ¿de acuerdo?

Fruncí el ceño una vez más. No es que me invitaran normalmente a muchas cosas. Tal vez tenía que esforzarme por ser más sociable y encajar. Me pregunté si Hinata y compañía se apuntarían. Por otro lado, se trataba de una fiesta… Puaj. Muchísima gente apiñada en un mismo sitio con una serie de comportamientos preestablecidos, etc.

—No lo sé. ¿Sasuke irá?

—Naruto —exclamó el profesor, asumo que porque ya se había cansado de jugar con el teléfono móvil— Silencio.

El aludido apretó los labios en una mueca de frustración y frunció el ceño.

No volvimos a hablar.

Cuando pasó la hora, me fui rápidamente hacia el aparcamiento mientras una brisa fría me daba en la cara. Todo tenía un brillo dorado bajo la luz del crepúsculo. Me puse las gafas de sol negras y ejecuté por segunda vez mi rutina diaria de buscar las llaves de mi vehículo. Algún día tendría que ordenar todo lo que llevaba en el bolso, un montón de basura.

—¡Oye, Saku, espera! —En un par de zancadas de sus largas piernas, Naruto llegó hasta mí. Cómo se notaba que hacía deporte— ¿Puedes llevarme?

—¿Adónde?

—A la rampa de la antigua carretera del cementerio —Se frotó con la mano la cabeza rapada— El muy capullo de Suigetsu no me ha esperado y la batería del teléfono móvil se me ha agotado. De camino, ¿podríamos pasar por McDonald's?

—No está de camino ni por casualidad. ¿Y por qué quieres ir al viejo cementerio?

—No quiero, tonta —respondió— Quiero ir a la rampa que hay «cerca» del viejo cementerio.

Lo que no tenía ningún sentido para mí.

—A la rampa en forma de U para hacer skateboard. Oh, venga, vamos; Sasuke estará ahí…

Le obsequié con mi mejor ademán de indiferencia: encogí únicamente uno de los hombros. Aunque pude notar que lo que decía era falso.

—Por favor.

—De acuerdo.

Abrí la puerta del lado del conductor y me metí adentro. El aire estaba cargado. Cuando lo dejé entrar, Naruto observó el desastre que era el interior del vehículo con curiosidad. Ojalá no lo hubiera hecho. Botellas de agua vacías rodaban por el suelo en compañía de bolsas del Starbucks arrugadas y un desodorante en barra. Gomas de pelo de una gran variedad de colores decoraban el cambio de marchas, mientras que un par de piezas de ropa cubrían el asiento trasero.

Nota mental: tenía que limpiar el automóvil de vez en cuando.

Volvió a enarcar una de las cejas.

«Creído».

—Por tu actitud, se diría que tu vehículo está inmaculado… esté donde esté.

—En realidad, le pasó algo muy triste y mis padres no me darán otro. Por eso Suigetsu me lleva.

—¿Algo muy triste?

—No me gusta hablar de ello —Se rascó la barbilla— Verás, es que me lo llevé campo a través y luego bajé una colina y, bueno, algunos sedanes no están hechos para eso.

—Diría que no.

—Uf… ¡Chicas! —suspiró Naruto, para seguidamente volver a catalogar el desastre del automóvil— Tantas cosas, tan caras de mantener. ¿No es normal que no quiera sentar la cabeza?

—Yo no soy cara de mantener —Las chicas como Kara sí lo eran; mis tres o cuatro tonterías no eran nada en comparación a su obscena exhibición de materialismo— No tienes ni idea.

El muy idiota se echó a reír tan fuerte que se dobló sobre sí mismo, llevándose los brazos a la barriga.

—¿Quieres ir a pie? —mascullé.

De inmediato, se puso serio.

—No, jefa.

—Cuéntame qué le pasa a Sasuke. ¿A qué te refieres, exactamente, con «está jodidillo»?

—Mmn, no lo sé —contestó mientras se mordisqueaba una uña— Me siento un poco desleal al hablar de él a sus espaldas. En cualquier caso, ya lo verás por ti misma.

La frustración causó que acelerara demasiado al salir del aparcamiento del instituto, con lo que los neumáticos chirriaron levemente.

«¡Venga, que eres un genio!».

Por suerte, Naruto mantuvo la boca cerrada un buen rato. Si no iba a darme ninguna información útil, pues casi que mejor. Y en esas me veía, reducida a llevar a extraños en mi vehículo solamente para poder ver a Sasuke de nuevo. A pesar de su estatus superior en el escalafón del instituto, debido a que pasaba droga, además de su atractivo en general, la idea de seguir sin hacernos caso el uno al otro ya no me parecía buena, si es que alguna vez me lo había parecido. Y era culpa suya. ¿Cómo no iba a sentir curiosidad después de que apareciera en mi ventana, en mitad de la noche?

En las afueras de la ciudad, pasado el viejo cementerio, había un parque cuyo estado de abandono era obvio, a juzgar por lo crecida que estaba la hierba —llegaba hasta las rodillas—, por la basura esparcida a diestro y siniestro y por la gran cantidad de flores silvestres que crecían por doquier. Grafitis con todos los colores del arcoíris cubrían el castillo de madera para jugar de los niños, así como los columpios.

—¿Dónde estamos? —pregunté mientras aparcaba junto a un par de vehículos más.

—En la primera intentona de un benefactor de la ciudad para crear una pista de skateboard. El problema es que está demasiado lejos, te ves casi obligado a venir en automóvil —explicó Naruto— lo que para la mayoría como que da al traste con la pista en sí.

—Claro.

—Supongo que no querían que nosotros, unos gamberros adolescentes, al salir por ahí destrozáramos un sitio a la vista de todos los buenos ciudadanos.

—¿Y cómo les salió la jugada?

Lanzó una risita.

—Pues no demasiado bien. Al final tuvieron que construir otro dentro de la ciudad. Pero para nosotros ha sido lo mejor. Ven a verlo.

Aseguré las puertas del automóvil y lo seguí por un camino de tierra pisada. Había gente congregada alrededor de las rampas de skateboard, algunas personas observando atentamente, a la espera de su turno. Otros tipos apuraban latas de bebidas energéticas y daban caladas a sus cigarrillos. La música retumbaba a todo volumen, de forma que casi ahogaba el ruido de unos neumáticos que chirriaban estrepitosamente sobre el asfalto. Me levanté las gafas de sol y las dejé apoyadas en la cabeza. Solamente había una persona que bajaba y subía por la pista de skateboard, y cuyo cuerpo y tabla de patinar se movían al unísono, como los ángeles. Sasuke Uchiha, que llevaba únicamente unos jeans gastados y sus Converse, no menos desvaídas, me deslumbró por completo. Añadámosle a ello que tanto su pecho firme como sus musculosos brazos y hombros brillaban con el sudor, cortesía del sol del atardecer.

Me faltó poco para ponerme a componer un poema en su honor, aunque fuera malo.

Unas chicas de aspecto fashion que había allí cerca lo aplaudían y coreaban su nombre. Una de ellas advirtió que lo estaba mirando y me miró con rabia, como si él fuera de su propiedad y estuviera marcando su territorio. Por desgracia para ella, las miradas asesinas no servían para nada. Mearse hubiera sido mejor: nadie quiere tener manchas de orina en sus Dr. Martens.

—Hola —saludó Sasuke, deteniéndose sobre la parte baja de la rampa junto a la que estábamos, con un pie todavía en la tabla, con el que la hacía rodar hacia atrás y hacia delante— ¿Qué hacéis aquí?

—Me ha acercado ella, así que la he invitado a echar un vistazo —Naruto le pasó una botella de agua con una amplia sonrisa— Por cierto, he escupido dentro.

Sasuke se bebió la botella de un sorbo mientras yo le dedicaba a Naruto una mirada suspicaz.

—¡Es broma! —gritó éste, levantando las manos— He conocido a mi nueva amiga en el aula de castigo.

—¿En el aula de castigo, dices?

—Pues sí —constaté yo, conforme metía las manos en los bolsillos de la falda.

—No tendrías que haberla traído aquí —le recriminó Sasuke.

—¿Por qué no? Pero si la conoces —Naruto se balanceaba de un lado a otro sobre la punta de los pies— Es una amiga, ¿no?

Sasuke no dijo nada.

—Bueno, de acuerdo; de todos modos —farfulló Naruto— nos lo estábamos pasando bien.

Sasuke apretó la mandíbula, tenso.

—Muy bien, como veo que el ambiente se está enrareciendo, os voy a dejar a los dos solos para que «habléis».

Y sin añadir una palabra más, Naruto se alejó y se puso a charlar con otra gente que había por ahí.

Inspiré profundamente.

—Podríamos hablar, claro que sí.

Frunció el ceño.

—Quiero decir, que estaría bien si tú quisieras hablar de cualquier cosa. Conmigo.

—No —replicó sin vacilar— Todo va bien. ¿Qué te ha dicho?

—Nada que tuviera mucho sentido —contesté ladeando la cabeza— ¿Estás seguro de que no quieres hablar?

—Sí.

Un incomodísimo silencio.

—Perdona —dijo al fin— Me alegro de verte.

Sentí que el cuerpo se me distendía de alivio.

—Y yo a ti.

Hizo un gesto de asentimiento con la cabeza mientras me ofrecía una media sonrisa reprimida, consistente, más que nada, en curvar los labios. Y qué Dios me ayudara, incluso así estaba guapo. A la luz del día, sus ojos eran de un negro claro salpicado de pequeños puntos marrones y toda su piel estaba bronceada por el sol; aparte, claro, de que tenía el brazo vendado. Era bello y yo… yo no era nada, salvo una chica fuera de lugar que llevaba demasiada ropa negra y a la que le daba miedo la mayor parte de la sociedad.

«¡Hip-hip, hurra por mí!».

—Tendría que irme —murmuré, apartándome un poco.

—Te acompaño hasta el aparcamiento —dijo Sasuke haciendo saltar su tabla para que le quedara en la mano y poniéndose de pie a mi lado.

—No hace falta.

No respondió.

Me quedé mirándolo por el rabillo del ojo. Mi cerebro estaba en alerta máxima por culpa de mis hormonas y de los sueños subidos de tono que me asaltaban. Nunca en toda la vida había sentido tanta curiosidad por alguien. ¿Qué le pasaba por la cabeza, cómo era su vida? Sasuke Uchiha era un misterio apasionante. Solo esperaba que me hubiera dicho la verdad y que realmente estuviera bien. Lo del estoicismo le salía tan bien que era difícil de juzgar.

Las abejas y otros insectos varios revoloteaban por el aire; la música se desvanecía conforme la naturaleza tomaba el control. Se estaba bien allí fuera, a pesar de las colillas de los cigarros y de las ocasionales botellas de cerveza que se escondían entre la maleza. El verano tenía un olor particular, pero él también. Dudo que nunca antes hubiera querido restregar la cara en el pecho sudoroso de alguien.

Y hablando de cosas perturbadoras. La gente no debería ir por ahí medio desnuda a menos que estuviera en una piscina o en un lago o en un lugar así. Lo de ver los pezones tendría que reservarse, de hecho, para ocasiones especiales: Navidad, cumpleaños, Bar Mitzvah… cosas por el estilo. Además, con cada paso que daba, la pretina de sus jeans se deslizaba un poco sobre sus delgadas caderas. No digo que estuviera babeando exactamente, pero me encontraba muy cerca.

Tal vez debía tratar de darme un poco de placer solitario al llegar a casa. El sentimiento que se acumulaba dentro de mí, el hecho de que fuera más que consciente de él física y mentalmente —y, en general, en todos los sentidos posibles— me hacía sentir cada vez más agitada. Más inquieta. No sé ni cómo.

—¿Te encuentras bien? —me preguntó con el ceño fruncido.

—Sí, ¿por qué?

—Es que estabas poniendo una cara rara…

«Mierda».

—Ah, estaba pensando en los deberes.

Se agarró la barbilla con la punta de los dedos.

—¿Qué tal te va en el instituto?

—Bien, estupendamente. ¿Y a ti?

Una afirmación con la cabeza.

—¿Te sigue doliendo el brazo? —le pregunté señalando el vendaje.

—Me caí del monopatín el otro día y se me volvió a abrir. Pero está bien.

—Ay —me estremecí— O sea que Naruto es uno de los amigos que has mantenido cuando dejaste de dedicarte a vender droga.

—Sí.

—Es diferente —declaré.

—Es una forma de decirlo —Sasuke esbozó una especie de sonrisa— No le importa que pueda o no conseguirle mierda. En buena parte, eso era lo que en realidad quería la mayoría de gente.

—Idiotas —gruñí, enfadándome en su nombre.

Se encogió de hombros.

—¿Lo de acostumbrarse al instituto va bien?

—Claro, todo va bien.

—Estupendo. Gracias por traer a Naruto hasta aquí; de otro modo, me habría hecho explotar el teléfono móvil.

—No, de nada.

Silencio incómodo.

—Naruto me ha estado mareando con no sé qué de una fiesta el viernes por la noche —comenté mientras jugueteaba inconscientemente con la punta de la trenza— ¿Vas a ir?

—No sé. Aún no he tenido tiempo de pensarlo.

Hice repiquetear mis llaves.

—Una chica llamada Karin me dejó una nota sobre la fiesta en el parabrisas. Supongo que estaba intentando llegar hasta ti, como me advertiste.

Frunció el ceño y se apartó el cabello de la frente.

—Kar no está tan mal. Deberías ir. Puede ser divertido.

Kar, no Karin. Mmm.

—Este es mi automóvil.

Sin hacer comentario alguno, miró mi sobrio compacto blanco. Al contrario que su bestia de vehículo, el mío no sembraría el terror en las calles dentro de un rato. Con un «bip», se desbloqueó.

—Nos vemos en el instituto —dije mientras me sentaba al volante.

—Claro —Se inclinó hacia mí, con el codo apoyado en la puerta que estaba abierta, la del lado del conductor— No te vas a enemistar con los grupos pro armas ni nada así, ¿verdad?

Hice una mueca de vergüenza y volví a ponerme las gafas de sol sobre los ojos: lo mejor era esconderme.

—La gente me ha estado llamando «Holden».

—Montaste un buen número.

—Ja, sí —musité, arrastrando las palabras para recalcar el sarcasmo— Vivo para impresionar a los demás. ¿Quién quiere ser aburrido y encajar cuando puedes comportarte como si fueras carne de psiquiátrico delante de toda la clase, ¿verdad?

—Se olvidarán —Con una sonrisa pícara, cerró la puerta— Con el tiempo.

—Estupendo.

—En serio, no te preocupes —insistió— Mañana, a esta hora, Naruto ya habrá hecho algo tan estúpido que nadie te mirará dos veces.

—¿Me lo prometes?

Se encogió de hombros.

—Puedo pagarle si hace falta.

Me eché a reír y él esbozó una amplia sonrisa.

Ahora todo resultaba natural, amistoso e infinitamente mejor. Esto era lo que había estado necesitando durante todo el día: más Sasuke Uchiha. (Insertar aquí un suspiro de felicidad). Menos mal que las gafas de sol ocultaban lo encandilada que estaba.

Me miró fijamente. La tentadora curva de la comisura de su boca fue desapareciéndole, al decirme:

—No te preocupes por eso, ¿de acuerdo?

—De acuerdo.

Ninguno de los dos pronunció palabra alguna. Pareció que pasaba una eternidad antes de que apartase la mirada y golpeara con los nudillos el techo de mi vehículo.

—Nos vemos —musitó.

—Espera —espeté, agarrándole del brazo. Oh, su piel recalentada por sol… Qué gusto daba tocarla. Inmediatamente, le ordené a mi mano que lo soltara— Dame tu teléfono, deja que te dé el mío. Solo por si acaso, por si alguna vez, más adelante, te entrasen ganas de hacer eso que tanto evitas: hablar.

En su cara se dibujó un semblante de terquedad.

—Ya lo entiendo, de veras. No quieres hablar del Drop Stop, quieres dejarlo atrás —dije, con el estómago encogido ante el simple hecho de haber mencionado ese sitio— Pero ¿sabes qué? Que lo «entiendo». Que ambos estuvimos ahí. A lo mejor, conversar sobre ello alguna vez ayudaría, ¡vete tú a saber!

Durante un buen rato, se limitó a mirarme.

—Por cierto, no ha sido un intentó patético de conseguir tu número.

Rio entre dientes.

—Lo sé.

—¿Entonces?

Otra larga mirada.

—No llevo el teléfono móvil encima. Dame el tuyo.

Moviéndome con mayor rapidez de lo que nunca hubiera creído posible, lo saqué de la mochila, lo desbloqueé y se lo di. Antes de introducir en él su número, se secó concienzudamente las manos en los pantalones. Luego me lo devolvió.

—Aquí lo tienes.

—Gracias.

Intenté mantener la sonrisa dentro de unos límites aceptables, para que no se notara la sensación de triunfo que me inundaba. Y fracasé.

—Adiós.

—Eh, sí… —Podría haberme perdido en sus atractivos ojos durante días. En vez de eso, pestañeé para volver a la realidad—. Adiós.

Dio un paso atrás y se quedó contemplando cómo yo daba marcha atrás con bastante poca gracia. Por un motivo muy concreto, me resultaba difícil concentrarme. Era incapaz de dejar de mirarlo una y otra vez, así que mantener los ojos en la carretera me costó un gran esfuerzo.

Dios mío, cómo me saltaba el corazón en el pecho… Aquello no podía ser bueno. Tenía que volver a mi habitación, sería lo mejor, leer un libro o tal vez escuchar música. Me hacía falta encontrar mi paz interior, si es que eso existía en mi vida en los últimos tiempos.

El aire estaba cargado de un polvo que interfería con los neumáticos del automóvil. Me quedé mirando a Sasuke por el espejo retrovisor hasta que despareció de mi vista.

Con toda probabilidad, había estado observándome para darle una vez más las gracias a su buena estrella por el hecho de que, en el Drop Stop, la pistola estuviera vacía cuando me hice con ella. O tal vez solo sentía curiosidad por mí, de la misma manera en la que yo la sentía por él. Habíamos pasado juntos por una auténtica locura. Aun así, era una estupidez por mi parte preocuparme tanto por alguien tan sexi como él. Tenía que olvidar todo lo relativo al Drop Stop: y eso incluía a Sasuke. Cuanto teníamos en común era una noche de sangre y violencia. Y punto. La cordura decretaba que nunca más quisiéramos que nuestros caminos se cruzaran de nuevo, incluso desde el punto de vista de las reglas de la jerarquía del bachillerato. Lo que gustaba, lo bonito y yo no nos mezclábamos. Los egos y otras estupideces siempre se interponían. Tenía que olvidarme de él antes de que mis delicados e insignificantes sentimientos resultaran heridos.

De ninguna manera pensaba ir a la fiesta de Karin. Si Naruto no me hubiera estado taladrando la cabeza con ese asunto, semejante estupidez ni siquiera se me habría pasado por la mente. Toda esa gente sin hacer nada salvo ponerse hasta las cejas de todo, mientras juzgan los gustos de los demás y cotillean sobre quién podría estar liado con quién….

Ni hablar: eso no era para mí.