Ni la historia ni los personajes me pertenecen.
CAPÍTULO 14
—Gracias por invitarnos a que te acompañáramos a la fiesta.
—No, de nada —Forcé una sonrisa para Hinata, sentada a mi lado en una de las zonas bajas del muro del jardín— Me alegro de que hayáis podido venir.
Resulta ser que Karin tenía una piscina. El lugar era Ciudad Bikini. La música, muy alta, llenaba el aire de la noche, y la gente se esparcía fuera de la inmensa casa, estilo mansión, a lo largo de los escalones que llevaban al amplio patio trasero. Por supuesto, también había un barril de cerveza y un montón de vasos de plástico para todo el mundo. Las estrellas centelleaban en lo alto y las sombras de los árboles se balanceaban con el viento.
—¿Son pareja? —pregunté.
—¿Eh? —Hinata apartó la atención de la piscina para mirar hacia donde estaba la pista de baile, en la que Temari y TenTen se besaban mientras se movían al son de la música. —Claro. ¿No lo sabías?
—No.
Se le endureció la expresión.
—Supongo que eso no será un problema...
—No, claro que no. Me parece maravilloso que sean felices —repliqué— Lo que pasa es que me gustaría que alguien también quisiera estar conmigo.
—Ya. Y a mí.
Ambas sonreímos. Antes de venir a la fiesta, habíamos ido las cuatro a cenar al Old Town Pizza. Y no nos faltaron temas de conversación, aunque Hinata y yo éramos las que teníamos más cosas en común. También sentía debilidad por Harry Potter y leía un montón de novelas fuera del horario escolar. Además, era tranquila y de trato fácil. Y no importaba quién se me hubiera acercado preguntándome por Sasuke. No había vuelto a mencionarlo; ni a él ni al Drop Stop. Lo que era de agradecer. Aparte de evitar ese asunto, cualquier pensamiento que le pasara por la cabeza le salía tal cual por la boca, y eso me encantaba. Por qué soportaba a una pesada de humor cambiante como yo, no tenía ni idea; pero esperaba que le diera algunos puntos extra de buen karma.
Sin embargo, a pesar de que Hinata parecía buena gente, yo no lograba confiar en nadie plenamente; no después de lo que me había pasado con Ino. Mis historias y secretos permanecían a salvo dentro de mi cabeza.
No nos habíamos metido realmente dentro de la fiesta, nos limitábamos a observarla. De momento no había visto ni a Sasuke ni a Naruto; no es que estuviera buscándoles obsesivamente ni nada parecido. Básicamente, me había dedicado a estar sentada allí, sudando a raudales, preocupándome por todo e intentando que no se notase. Las apariencias importaban. Casi había muerto; por lo tanto, asistir a la fiesta de una chica popular era imposible que fuese peor que eso. Y claro que era mejor que estar sola en casa. Bueno, quizá. No lo sé: intentaba mantener una mente abierta.
—Echemos un vistazo, a ver quién más hay por aquí —sugirió Hinata.
Sin esperar a mi respuesta, me asió de la mano y tiró de mí hasta ponerme en pie. No cabía ni un alfiler. Hinata le dijo «hola» y «qué tal» a un par de personas. Yo sonreía, pero evitaba el contacto visual. Era bueno saber que el robo no lo había cambiado todo: mis habilidades sociales seguían siendo un asco. Alguien gritó: «¡Ahí está Holden!», y unos cuantos se rieron, pero no les hice caso.
—¿Quieres algo de beber? —le pregunté a Hinata, con la intención de hacerle regresar a la piscina.
Movió la cabeza para asentir.
—¡Saku! —De repente, un brazo me rodeó el cuello y me asaltó un olor intenso a alcohol y a tabaco— Qué bien que hayas venido.
—¡Naruto! Hola. —Me costó unos instantes recuperar el aliento y el control del ritmo cardíaco. No era Deidara, no era un perturbado demente. Bueno, no del todo— ¿Qué tal estás? Te presento a mi amiga Hinata.
—Pasó algo entre nosotros, ¿verdad? —le preguntó Naruto.
—Sí —contestó Hinata— que me pediste una vez que te hiciera los deberes.
Naruto frunció el ceño.
—¿Y dijiste que sí?
—No.
—Qué mala.
Hinata se echó a reír.
—Naruto, hoy estás que derretirías a cualquiera —le dije, tratando de que apartase los brazos de mí.
—¿A que sí? Gracias, Saku.
—Por lo elevado de tu temperatura, tontorrón. ¿Por qué no te llevas a Hinata a nadar?
Se volvió hacia mi compañera mientras hacía un movimiento extraño de subir y bajar las cejas.
—¿Vamos a mojarnos?
—Y tú, ¿qué? —me preguntó Hinata, haciendo caso omiso del comentario de Naruto.
—No pasa nada —respondí— Venga, va, vete a nadar. Sé que te apetece.
Entrecerró los ojos y osciló la mirada de mí a la piscina, pasando por Naruto.
—En serio, no me va mucho lo de nadar. Además, no he traído bañador —Aunque dudo que me hubiera sentido lo suficiente cómoda para hacer algo así incluso sabiendo lo de la piscina— Voy a beber algo.
—Saku, ¿estás segura? —insistió Hinata.
—Segurísima.
—Señoras, por favor —gimió Naruto— decídanse.
—Está bien —dijo Hinata, encogiéndose de hombros— Allá vamos.
Con eso, Naruto se echó a correr hasta lanzarse a peso muerto en la piscina, completamente vestido. El agua salpicó por doquier y todo el mundo fue presa de una risa nerviosa. Hinata lo siguió con un paso mucho más relajado, tras dedicarme una mirada de ligera preocupación.
—Todo irá bien —le dije levantando los dos pulgares en señal de triunfo.
Dios, ojalá Naruto no la ahogara accidentalmente.
Con un vaso de cerveza en la mano, me senté a un lado de la piscina y me dediqué a balancear los pies en el agua fría. No había nada malo en solo mirar. Sobre todo, teniendo en cuenta que no conocía a la mayoría de la gente. Temari y TenTen habían desaparecido hacía un rato en el interior de la casa. Hinata y Naruto estaban charlando con otra gente en la zona menos profunda de la piscina. Al final, él se había quitado los calcetines empapados y las zapatillas deportivas, y los había dejado fuera para que se secaran. El resto de la ropa, no obstante, se la siguió dejando puesta. Naruto era un tipo raro, pero obviamente popular. Y es que había gente que rondaba cerca de él, a la espera de que fuera su turno para poder disfrutar de su atención; para ser el blanco de uno de sus chistes malos, felicitarlo por una victoria de baloncesto o algo así.
Me gustaba ver cómo mantenía a Hinata a su lado y no paraba de hacerle reír. Dado que se había ofrecido voluntaria para conducir esa noche, podía asegurar que no iba a irse pronto.
Lo que estaba muy bien. No había sido mala idea, lo de venir aquí.
Claro que yo no estaba en el centro de la fiesta, pero me merecía la puntuación máxima por haber salido de casa y tratar de llevar una vida social, como una persona normal. Y eso que tenía esperándome un libro nuevo y todo lo demás. Aunque no se había dañado a ningún animalito, sí que se habían hecho ciertos sacrificios. Y en cuanto a lo de mirar el cielo nocturno y no dormir, bueno, me podía permitir practicar ambas aficiones ahí mismo. Estupendo.
Mi madre se había puesto eufórica al saber que iba a salir con unas amigas nuevas. Había sido la primera vez que la había visto sonreír en días. Cómo odiaba que gran parte de su felicidad dependiera de mí cuando yo era incapaz de mantener mi propia mente bajo control.
—¿Qué narices haces escondida entre los matorrales?
Sasuke se agachó y cruzó el jardín que crecía junto a la piscina.
—Oye, hola; ya sabes, simplemente respirando un poco de naturaleza.
—Claro.
No sonaba nada convencido.
—Así que al final has venido —dije con una sonrisa.
—Igual que tú.
Se sentó a mi lado y se tumbó apoyando la cabeza sobre las manos. Caramba, qué guapo estaba, y sin esforzarse, con la melena recogida, las Converse, unos jeans y una camiseta azul marino. Y pensar que yo, en cambio, había tenido que trabajármelo con el maquillaje durante casi una hora, y me había cambiado tres veces de modelito hasta decidirme a ponerme el vestido que llevaba… Seguro que a él solo le habían hecho falta un par de minutos para estar listo.
—No estoy escondida —afirmé, dando un sorbo a la cerveza.
Puaj... Seguía sin ser algo que me gustase, pero era lo que tenían.
Se limitó a mirarme. De acuerdo, allá él: que pensara lo que le diese la gana.
Durante un rato, permanecimos sentados en silencio, contemplando la fiesta y escuchando la música. Me parecía de lo más maravilloso tenerle a mi lado, por lo que hice todo lo posible para hacer caso omiso de esa sensación.
—Si tanto te interesa, estoy sentada tan lejos porque Naruto va por ahí salpicando de agua a la gente como un loco y no quería que me empapara —le informé mientras tiraba de la falda del vestido para taparme los muslos— Es como un pato que estuviera teniendo un ataque o algo por el estilo. En el fondo da bastante miedo.
Sasuke sonrió.
—Por eso estoy aquí —concluí devolviéndole la sonrisa. Porque todos los bikinis y la gente guapa no habían puesto en alerta máxima mis inseguridades: en absoluto— Y tú, ¿qué? ¿No tendrías que estar allá, con Kar?
No dijo nada. Seguramente, yo le daba pena o algo parecido. Era lógico.
—No hace falta que me hagas compañía, ¿de acuerdo? —dije— Estoy bien sola.
—¿Te molesto? —me preguntó, frunciendo el ceño.
—No, es solo que pensaba que…
Se quedó esperando a que completara la frase.
—No me hagas caso —suspiré— Ni siquiera sé de qué estoy hablando y voy a parar de hacerlo ahora mismito.
Me miró con asombro.
—De acuerdo.
Se hizo un silencio que se prolongó aproximadamente un minuto; tal vez menos.
—Es que me dijiste que lo más probable es que no fueras a hablar conmigo en público —señalé— pero esta es la segunda vez en la que estamos hablando en público desde que me lo dijiste.
Frunció el ceño todavía más.
—Ya, bueno, por aquí no hay profes. Además, no estamos exactamente «en público»: estamos escondidos entre la maleza en un rincón oscuro de una fiesta.
—Es cierto.
—¿Así que admites que te estabas escondiendo? —preguntó.
—Cállate.
—En cualquier caso —murmuró reprimiendo una sonrisa— ya no paso droga: captarán el mensaje tarde o temprano. Y no pareces muy preocupada porque te estén molestando, o sea que…
—Pues no. No lo estoy.
Hizo un gesto de asentimiento.
—La que está con Naruto es amiga tuya, ¿no?
—Sí.
—¿No te gusta nadar?
Arrugué la nariz.
—No. Bueno, no delante de una multitud. Soy más bien de nadar sin dar el espectáculo en público. Quiero decir que, claro que me gusta el agua: mucho, en realidad; y soy bastante… pero no en este tipo de fiestas, básicamente.
—Ejem, ¿Saku? —Tenía una expresión reconcentrada— No has sido muy clara.
—Muy bien —suspiré nuevamente— ¿Podemos fingir que no he dicho nada y cambiar de tema?
—Claro.
Un suministro constante de información, centrada en Sasuke, había estado fluyendo hacia mí durante toda la semana por medio de Hinata: sobre que casi nunca se acostaba con la misma chica dos veces (tuvimos un gran debate acerca de si debíamos culpar de ello al aburrimiento o a los intentos de «echarle el lazo» de ellas); sobre que había heredado el tráfico de marihuana de su hermano, cuando este abandonó la secundaria y se dedicó a otras cosas; y sobre que había dejado de faltar a las clases y llegaba puntual todos los días desde lo del Drop Stop (debido a una súbita fe en la educación o a la continua supervisión policial, Hinata y las chicas no estaban seguras).
Sasuke despertaba mi curiosidad, aunque hacía cuanto estaba en mis manos para que no se me notara. Y por lo visto, «cuanto estaba en mis manos» daba pena, si la obsesión de Hinata sobre el asunto era un indicio de ello.
—¿Puedo…? —dijo el hombre (el chico) en cuestión, haciendo un gesto de cabeza en dirección a mi bebida.
Le pasé el vaso de cerveza.
—Sírvete tú mismo. No tengo piojos, te lo prometo. Solo los gérmenes típicos de las chicas normales.
Su sonrisa me mató. Entonces el rostro se le arrugó como si hubiera probado algo horrible y me devolvió el vaso.
—Llevas aquí un buen rato, ¿no?
—Ya, está bastante caliente —dije entre risas— Y la cerveza no me va mucho, así que… bueno. No sé ni por qué sigo intentándolo; supongo que es porque no hay otra cosa. Sí. Lo siento.
Ladeó la cabeza.
—¿Te pongo nerviosa o algo?
«Mierda».
—¿Qué? ¡No, claro que no!
Se limitó a mirarme fijamente.
—Que no.
—Es que no dejas de decir cosas y luego vas y te paras de golpe y… bueno…
—¿Igual que acabas de hacer tú? —le pregunté en tono irónico.
—Exactamente igual que acabo de hacer yo.
Me eché a reír.
—Tú también me pones un poco nervioso. —No me miraba al decírmelo; no hacía falta— Si eso te consuela…
Dejé de reír y empecé a sufrir un ataque al corazón en miniatura.
Carraspeó.
—No me has llamado ni me has enviado ningún mensaje.
—Bueno, en realidad no querías darme tu número.
—No, al principio no —Se encogió de hombros— Pero luego te lo di.
—Es cierto. De acuerdo —Solté un enorme suspiro— Lo cierto es que no se me ocurría nada inteligente que decirte.
—Pues dime algo aburrido. Me da igual.
Ese chico quería que me comunicara con él. Lisa y llanamente, mi corazón cantaba de alegría.
—De acuerdo.
—¿Alguien te toca las narices en el instituto?
—¿Con lo de Holden? —Me encogí solamente de un hombro, tratando de parecer una chica de esas que van con la moda— Sinceramente, no me importa. Antes lo habría hecho, todo el numerito. Pero ahora… me da igual, en serio.
—Mmm —Una reticente sonrisa le dobló los labios— Hay muchas cosas que ya no parecen importantes…
—Supongo que una experiencia cercana a la muerte tiene ese efecto.
En silencio, volvió a contemplar a la gente de la fiesta. Al tipo de personas que se congregaban en torno al barril de cerveza, a la multitud agolpada en la pista de baile, a Naruto y Hinata pasándoselo bien en la piscina.
—¿Te gustaría que nos fuéramos de aquí, que diésemos una vuelta en automóvil?
—¡Claro!
Con gracia atlética, se levantó y se quitó el polvo de las manos antes de ofrecerme una. Qué caballeroso. Sin embargo, de ninguna manera dejaría que notase cuánto pesaba. Fingí que no había visto su mano y me puse de pie yo sola.
Como estábamos más o menos escabulléndonos, le envié a Hinata un mensaje informándole de que ya volvería a casa por mi cuenta. Rodeamos la casa, evitando a la mayoría de la gente. Cuando una maliciosa vocecilla dentro de la cabeza me dijo que era porque no quería que lo vieran conmigo, la desconecté rápidamente: era la segunda vez que Sasuke había venido a por mí.
De cerca, su viejo Charger era incluso más ruidoso, con aquel motor que rugía y traqueteaba. Tenía asientos de cuero agrietado y olía a aceite y a ambientador de pino casi evaporado. Como no había aire acondicionado, imité a Sasuke y bajé la ventanilla. A diferencia de mí, él sí mantenía limpio su vehículo. No me extrañó que Naruto se sintiera intimidado por la cantidad de cosas que había en el interior del mío. Pero es que, en verdad, el mío era solamente una extensión de mi habitación, mi taquilla y mi mochila; eso, además, por supuesto, de cuatro ruedas para llevarme adonde quisiera.
Más allá de la fiesta de Karin, el barrio de las afueras estaba muy tranquilo, tan tarde un viernes por la noche. Nada se movía en los círculos de luz que dejaban las farolas. Un viento caliente me despeinó la melena. Por si acaso, apoyé el codo en la ventana abierta y me cubrí la cicatriz con la mano. Estaba realmente allí, pasando el rato con Sasuke Uchiha.
Hinata alucinaría si lo supiera.
—¿Por qué no diste ninguna entrevista? —me preguntó sin apartar los ojos de la carretera—. Después de lo que pasó.
No me apresuré a responderle. El asunto se hallaba en mi mente detrás de señales de advertencia y luces intermitentes. Pero si alguna vez hablaba de ello con alguien, sería con Sasuke.
Me lanzó una mirada por el rabillo del ojo.
—¿No querías el dinero?
—No quería ser el foco de atención y no quería hablar de ello —Incómoda, me removí nerviosamente con el cinturón de seguridad puesto, de forma que la correa se convirtió en el tirante de un sujetador negro sobre mi hombro— Ya se sabía todo lo que había pasado. ¿Qué quedaba por añadir? Y, de todos modos, ¿por qué alargar el asunto?
Hizo un ruido con la garganta. Solo Dios sabía qué significaba.
—Hubo muertos. La idea de convertir eso en un espectáculo de masas no me resultó atractiva.
—Mmm.
—¿Y tú? —le pregunté.
—No me pareció bien.
—¿Te molestaron en Instagram y todo eso?
—Sí —contestó apartándose el pelo de la frente con una mano— Me he limitado a no hacerles caso.
—Yo cerré mi cuenta. Lo echo un poco de menos. Quiero decir, solo había colgado fotos de libros, pero aun así…
Casi sonrió.
—Oye, ¿te llamó ese tipo del grupo anti armas de la ciudad? —le pregunté.
—No.
Solté una carcajada.
—Querían que fuera su nueva imagen, que diera charlas públicas y que los ayudara a reclutar a los jóvenes para su causa.
—¿En serio?
—Oh, sí. No sé, tal vez debería haberlo intentado. Evidentemente, no soy una fan de la Asociación Nacional del Rifle —comenté— pero sí estoy convencida de que la metanfetamina tuvo más que ver con lo que sucedió que las armas de fuego.
—¿Crees que habría llegado tan lejos con un cuchillo?
—Buena pregunta —dije— No lo sé. ¿Tú qué crees?
—Un loco como él, y tan agitado como estaba… es posible… es muy posible que no.
—Mmm.
La carretera se extendía interminablemente ante nosotros, mientras las luces de los faros cortaban la oscuridad.
—Ni siquiera me he sentido con fuerzas de hablarlo con mi madre —murmuré— Ella sigue haciéndome preguntas, cree que eso quizá me ayude y… en fin. Vete a saber qué les hizo creer que yo sería capaz de dar un discurso sobre el tema delante de un montón de desconocidos.
No obtuve nada de su parte.
—Ni siquiera quiero pensar en eso. Pero algunas veces, se te queda atascado en la cabeza, ¿sabes?
—Sí —repuso en voz baja— sí, lo sé.
Dentro de una hora se cumplirían las cuatro semanas del incidente. Casi un mes desde que vi cómo asesinaban a dos personas y tuve una pistola en la boca; desde que Sasuke se jugó la vida para salvarme y yo estuve a punto de disparar a Deidara. Era extraño cómo, simultáneamente, parecía que hubieran pasado años y apenas unos instantes desde que había perdido mi juventud e ingenuidad detrás de un cordón policial y de la cinta amarilla que acotaba la escena del crimen.
—Es raro —musité mientras veía pasar una tras otras las casas—… Ahora que sé cuánto hay por el mundo que temer, estoy aterrorizada. Pero al mismo tiempo siento como si, al haberlo superado, eso que nos pasó, pudiera sobrevivir a cualquier cosa. En plan: ¿Al fin y al cabo, de qué he de tener miedo? Raro, ¿no?
—No, la verdad es que no.
—Perfectamente podríamos haber sido nosotros los que ahora estuviéramos bajo tierra.
—Casi lo fuimos —recalcó.
—Y no sé tú —proseguí volviéndome en el asiento para poder verle mejor la cara— pero lo más seguro es que yo no vaya a descubrir una cura para el cáncer en breve. ¿Por qué fuimos nosotros los que sobrevivimos y ellos, los que murieron? Todo es aleatorio.
—No, no todo —murmuró, con los ojos clavados en la carretera— Fue idea mía.
—¿El qué, fue idea tuya?
—Ese momento, en el Drop Stop, cuando Deidara te arrastró hasta la puerta… —Sus ojos se posaron en mí, con una mirada oscura que se debía a algo que se parecía mucho a la culpa— Tomé una de las cervezas que no estaban abiertas, para usarla como arma. Entonces miré a Juugo para ver si me apoyaba. El pobre muchacho estaba más blanco que la cera, pero hizo un gesto de asentimiento. Y así, en un abrir y cerrar de ojos, decidió confiar en mí, su «camello». Menuda idiotez, ¿eh?
—Se comportó como un héroe. Los dos lo hicisteis.
—No es aleatorio —repitió— Confió en el tipo equivocado y ahora está muerto. Supongo que así va la cosa
—¿Y qué hay del pobre dependiente? ¿Qué hizo para merecer que lo mataran?
—¿Y qué hay de Deidara? —replicó— Cada paso que dio hasta tomar su primera dosis de metanfetamina lo llevó al Drop Stop. Cada elección que hizo lo fue hundiendo progresivamente en ese pozo.
Arrugué el ceño al concentrarme, escudriñándole el rostro mientras él miraba la carretera.
—¿Por eso has dejado de vender marihuana?
La incomodad se hizo patente en su forma de moverse, mientras su mirada, cargada de culpabilidad, fue de la carretera a mí sucesivamente. Apreté los labios para mantener la boca cerrada. No necesitaba que lo psicoanalizase. Ambos ya teníamos demasiadas tonterías de ese estilo en nuestras vidas; pero aun así…
—Tú no provocaste la situación, Sasuke. No deberías echarte la culpa.
Permaneció en silencio durante un buen rato. La música rock llenaba el reducido habitáculo y se esparcía por las calles conforme avanzábamos. Una voz femenina cantaba que la noche pertenecía a los amantes.
—¿Qué canción es esta? —pregunté.
—Patti Smith. Es muy vieja. Joder, el automóvil seguramente es más viejo que los dos juntos —Le echó un vistazo a la ranura del casete. Sonaba bastante aliviado de que yo hubiera cambiado de tema— Pero es que, ejem, la cinta se ha quedado atascada.
—Me gusta.
Tamborileó con sus largos dedos el volante, mientras la palma de su otra mano permanecía sobre el cambio de marchas.
—¿Por qué haces eso? —me preguntó señalando con la cabeza la mano con la que me sujetaba la frente. Luego volvió a poner la mirada en la carretera— Es por la cicatriz, ¿no?
—Sí.
—No tienes que esconderte.
No supe qué decirle.
Seguimos conduciendo, hacia el lago, en silencio. Todo ese conjunto de pequeñas y silenciosas playas, con sus correspondientes parques rodeándolas, era conocido por ser un sitio clave para ir con tu pareja y hacer el amor. Por supuesto, no era ese el motivo por el que estábamos allí. De hecho, no tenía ni idea de por qué estábamos allí.
—Vamos —dijo mientras salía del Charger y se quitaba la camiseta. Pero ¿por qué tenía la puñetera manía de quedarse siempre medio desnudo?
Francamente, no estaba segura de cuánto más iban a aguantar mi corazón y mis hormonas, dado que el placer solitario no había funcionado. Y es que primero me había imaginado a Sasuke, sus manos y su boca, y había notado el calor descendiéndome por el cuerpo, hasta que de pronto había regresado al Drop Stop, rodeada de sangre, con lo que al final solamente había logrado un subidón de adrenalina y sentir miedo. Nada parecía funcionar: tanto mi cuerpo como mi mente estaban en mi contra. Quise gritar, dar un puñetazo a la pared. Me sentía desconectada de todo.
—¿Adónde? —le pregunté, de pie junto al automóvil, mientras él se quitaba los zapatos.
—A nadar. Venga, aquí no tienes público.
«Oh, joder».
—Pero ¿qué nos vamos a poner?
Paró de desnudarse y me miró.
—La ropa interior. Claro. Olvida la pregunta —murmuré.
Una media luna brillaba en el cielo; mejor que si fuera llena, pero aun así… En una lista de cosas por hacer, desnudarme delante de Sasuke no aparecía como la más destacada. En realidad, ni aparecía.
—¿Algún problema? —me preguntó mientras se quitaba los jeans— No te dará miedo, ¿verdad?
—No.
«Sí».
—Te has tirado antes desde la roca, ¿no?
—¿La roca? —Miré a mi alrededor y por fin me di cuenta del lugar exacto del lago en el que estábamos— ¿Quieres saltar desde un acantilado al agua a oscuras? ¿Estás loco?
Dobló hacia atrás la cabeza y se echó a reír a carcajada limpia.
«Capullo».
El sonido de su risa me produjo una extraña sensación.
—Lo dices en serio.
—Del todo… Date prisa —Dejó los jeans en el asiento del conductor, cerró la puerta y se apoyó contra el Charger— Si te sientes más cómoda, no miraré.
—Mierda.
—Es normal tener miedo, Saku. Pero no puedes permitir que te impida hacer nada.
Podía hacerlo.
En realidad, no, no podía.
«Ay, la virgen».
Con manos temblorosas, me bajé la cremallera y me saqué el vestido por la cabeza, luego seguí con los calcetines y las botas y lo dejé todo en el automóvil. Gracias a Dios, llevaba un sostén negro de encaje bastante decente y un funcional culote de algodón del mismo color.
—Vamos.
La hierba y el barro bajo mis pies; encima de mi cabeza, el cielo se dedicaba a brillar. La gente solía tirarse desde la roca durante todo el verano. Era casi como un rito iniciático, en primer lugar, por ser lo suficientemente estúpido para saltar desde el acantilado y, en segundo lugar, por ser lo bastante buen nadador como para volver a la playa.
—¿Acostumbras a traer aquí a las chicas? —le pregunté, mientras lo seguía por el camino que subía hasta lo alto del peñasco.
Al tenerle delante de mí, todos los pedacitos blancos y flácidos de mi piel quedaron fuera de su vista. Aun así, mis manos seguían sin estarse quietas, tapándome el pecho, metiendo la barriga, ocultándome los muslos. Estúpidas inseguridades. Aunque, en serio, ¿qué narices estaba haciendo? Me sentí tentada de darme la vuelta y salir corriendo. Ni en sueños podía imaginarme a alguna animadora, o a cualquiera de las otras muchas chicas a las que Hinata había señalado como amigas especiales de Sasuke, yendo de escalada en medio de la noche.
—No —La hilaridad se le adivinaba en la voz— Naruto y yo venimos de vez en cuando, eso es todo.
—¿Hace mucho que sois amigos?
—Desde el primer día del primer curso.
Igual que Ino y yo; es curioso lo rápido que el «para siempre» podía acabarse. Pensar en ella me produjo el acostumbrado dolor, pero la aparté de mi mente. Lanzarme a aquella aventura con Sasuke era mucho más interesante que atormentarme.
—Ahora hay que tener cuidado.
Se volvió para darme la mano. Sus dedos eran más fuertes que los míos y su piel, más áspera. Juntos llegamos hasta lo alto de la peña y nos quedamos de pie al borde de la misma. Entonces nos soltamos las manos y todo volvió a una relativa normalidad.
—¿Cómo quieres que lo hagamos? —me preguntó— ¿Quieres que salte yo primero?
—Está muy oscuro, no puedo ver bien el agua.
Pateé algunos guijarros, que se desperdigaron y cayeron, para acabar sonando a chapoteo ya en el agua.
—No te preocupes: está ahí —puntualizó.
Lo más interesante era que había estado tan ocupada subiendo a trancas y barrancas hasta la cima de la colina y preocupándome por la caída que no había tenido tiempo para hacerlo por mi cuerpo. Sasuke me hizo un rápido repaso de arriba abajo con la mirada; ninguna expresión de horror, ni nada así, le cruzó el rostro. Al parecer, éramos amigos. Lo que estaba bien. De todas formas, la idea de él en el agua mirando hacia arriba mientras yo caía a plomo, no me atraía nada. Como tampoco lo hacía que lo viera desde arriba.
—¿Quieres que te empuje? —me preguntó.
—¡Ni se te ocurra!
Más risas del muy capullo.
—Tranquila, Saku. Nunca haría eso.
Con los ojos entrecerrados, le dediqué una mirada de disgusto.
—Lo siento. Puedes confiar en mí, te lo juro.
—Lo que tú digas —murmuré.
—Bueno —dijo finalmente— ¿Cómo lo hacemos?
—¿Podemos saltar juntos?
—Claro.
Me tendió la mano y yo se la agarré con firmeza.
—A la de tres —dijo— ¿Lista?
—Sí.
—Uno, dos… ¡tres!
Y saltamos.
Yo grité y él rio mientras el lago se precipitaba a recibirnos. La adrenalina me recorrió todo el cuerpo, haciéndome sentir más viva de lo que lo había hecho en mucho tiempo; pero todo terminó rápidamente. Enseguida estuvimos en el agua, sumergidos en la oscuridad. Por supuesto, tuve que soltarle la mano para nadar hacia la superficie. Todavía viva —gracias, Dios mío—, notaba la sangre palpitándome en los oídos. Mi ropa interior incluso se las había arreglado para permanecer intacta.
Sasuke flotaba erguido en el agua, el pelo mojado sobre la cara.
—¿Estás bien?
—Sí. ¡Ha sido estupendo!
—¿Qué más no has hecho antes?
—No lo sé —Di unas cuantas brazadas en el agua, manteniéndome a flote. Hablando de un tema vergonzoso de conversación... No quería mentirle, pero tampoco estaba dispuesta a especificar más— Lo normal.
—¿Alguna vez has fumado un porro?
—No, nunca —Y me sentí un poco tonta solo por admitirlo— Las chicas buenas no hacemos esa clase de cosas. Nos quedamos en casa y pensamos en Dios y todas esas tonterías.
—¿Eres una chica buena?
—No —dije, sopesando la respuesta— Ya no. Creo que hace poco he cambiado de religión.
Una sonrisa fugaz le cruzó el rostro. Había una comprensión en sus ojos que yo no podría obtener en ningún otro sitio.
—Sí, yo también —precisó.
—¿Una carrera hasta la playa?
—Hecho.
—Listo, preparados… ¡Vamos!
Aparentemente sin esforzarse demasiado, dio un par de brazadas y me dejó a mí, y a mi forma de nadar estilo perro, muy lejos. Aunque en verdad ni me había molestado en tratar de vencerle.
—¡Tú ganas! —grité, y oí una risa.
Los deportes no eran mi fuerte. En cualquier tipo de competición, aparte de ir de compras, ver la tele o leer, estaba garantizado que yo llegaría la última. No me importaba. Todo el mundo tenía sus puntos fuertes y débiles. Todos y cada uno de nosotros éramos girasoles pequeños y únicos.
Ser la última me permitió, por otro lado, disfrutar de una magnífica vista de la llegada de Sasuke a la playa. Los boxers de color gris oscuro que llevaba se le pegaban a las nalgas; y menudas nalgas tenía. Caramba. Ojalá mi memoria fuera fotográfica. No es que estuviera cosificando a mi nuevo amigo ni nada parecido, porque no estaría bien. Y sería una tontería.
Como si fuera un perro enorme, se sacudió el agua del pelo. Yo me lo agarré con las manos y lo escurrí, mientras seguía a Sasuke con lentitud, tratando de recuperar el aliento. Lo más seguro es que el maquillaje se me hubiera resbalado hasta la mitad de la cara, pero qué más daba. La mayoría de mi energía nerviosa se había quemado al saltar. Sasuke sacó un encendedor y una bolsita del interior del Charger.
—Siéntate en el capó —dijo mientras se subía en él y se recostaba contra el parabrisas.
—¿Eso no le irá mal a tu automóvil?
—No, pero servirá para que mantengamos caliente el trasero y nos sequemos antes.
—Bien pensado.
Subí despacio. Confiaba en que el metal del vehículo no empezara a crujir o algo así bajo mi peso. Tendría que haberme vuelto a poner el vestido. Eso habría sido lo más inteligente, pero ¡al diablo!
Una llama brilló y Sasuke encendió un porro, para luego tendérmelo.
—Dale con ganas, Saku.
—Cierra el pico. —Mi sonrisa vaciló un poco por los nervios.
Con cuidado, me lo dio, devolviéndome la sonrisa. Casi sin titubear, me lo llevé a los labios y di una profunda calada, lentamente, dejando que me inundara los pulmones antes de expulsarlo. Una bocanada de humo me salió de la boca y los ojos me escocieron un poco.
Luego intenté expectorar, sin éxito.
—¿Estás bien? —me preguntó.
Asentí con la cabeza mientras tosía en mi mano y le devolvía el porro.
—Por supuesto. Soy una rebelde.
—Eres una chica bastante dura. De hecho, me das un poco de miedo.
—Gracias.
—Tienes que dar caladas con más suavidad —dijo— La marihuana arde más intensamente que el tabaco.
Nos lo fuimos pasando sucesivamente, relajados sobre el Charger, mirando las estrellas. Mi cuerpo se disolvía, todas mis preocupaciones terrenales y mi peso se desmoronaban. Así que mis muslos eran gruesos y la barriga me sobresalía. «Y qué». Estaba viva y me estaba permitido ocupar cierto espacio.
—Que le den al ser infeliz.
—¿Que le den al ser infeliz? —repitió Sasuke, mirándome con curiosidad.
—Sí. Completamente.
La comisura de la boca se le curvó mientras sus ojos se recreaban en mí: desde mi cara hasta a mi pecho y vuelta a empezar. Con toda probabilidad, se estaría riendo por dentro de lo rojos que tenía los ojos o algo así. Crucé los brazos sobre los pechos, al sentirme demasiado consciente de mí misma.
Una brisa se levantó desde el lago, más fría que la anterior. Sasuke había dado en el clavo al glosar los beneficios de sentarse encima de un motor caliente; quién hubiera dicho que un deportivo de gran cilindrada pudiera ser tan cómodo…
—No tienes pinta de traficante —dije en voz baja.
—Lo que seguramente es bueno. Para el negocio, me refiero. Es un engorro si la policía te ve y ya sabe que lo eres.
—Es cierto. —Crucé las piernas— ¿Crees que volverás a hacerlo?
—No, he acabado con eso —Apartándose el pelo de la cara, permaneció en silencio por un momento— Itachi empezó el negocio; y yo más o menos lo heredé cuando él dejó la secundaria. Pero pasó a vender cosas más duras, y eso no fue nada bueno.
Muy callada, me limitaba a escucharle.
—Tenías razón con lo de que el Drop Stop ha cambiado las cosas. Una parte de mí sintió que ver a Deidara era como ver en lo que se convertiría Itachi más pronto que tarde. Y pensar en mi hermano hizo que me preguntase en qué me convertiría yo también, y sin tardar mucho. —Una vez más, dio una larga calada al porro y expulsó el humo lentamente— Así que, en fin, le dije a Itachi que lo dejaba y me fui a vivir con mi tío.
—¿No vivís con vuestros padres? —Una de las chicas lo había mencionado… De todas formas, era extraño.
—A mi padre le salió un trabajo en el norte —fue todo cuanto contestó.
Asentí con la cabeza, pues me pareció que hacía falta algún tipo de respuesta por mi parte.
—En cualquier caso, vender marihuana no tenía futuro. Tengo que pensar en otra cosa.
—Sí, seguramente llevas razón —repuse mientras estudiaba su sombría expresión. Mis amigas se preguntaban el porqué de su súbito interés por asistir a clase y obtener una educación. Supongo que con eso quedaba respondida su pregunta.
Durante un rato, no hablamos, cada uno ensimismado en sus propios pensamientos. Era extraño, pero los signos latentes de madurez se mostraban en él de forma más clara: por su altura y constitución, por la gravedad de su voz, por la sabiduría de sus ojos. Volvió a contemplar el cielo nocturno. A pesar de lo mucho que Sasuke me atraía, hice lo mismo. No iba a servir para nada que me hiciera ideas estúpidas, no importaba lo alto que volase.
La medianoche vino y se fue; por primera vez en la vida superé mi hora límite de volver a casa. Con mamá en el trabajo, tampoco es que importara mucho. Pero, en cualquier caso, la chica buena que era se habría muerto de miedo si la hubieran descubierto allí. Sus miedos no eran más que nimiedades y tonterías: nada que de verdad importase.
—Qué noche tan bonita. La naturaleza y todo eso es estupendo. Es lo que más me gusta hacer: mirar la luna y las estrellas —Era mi turno con el porro, y esta vez no tosí tanto. Hablar con Sasuke se volvía cada vez más fácil, no sé si por nuestra historia reciente, la marihuana o el salto. Pero me gustaba, lo de dejar que mis palabras fluyeran mientras él me escuchaba. Lancé un suspiro de felicidad— Junto con los libros, son mis dos cosas favoritas. Y los pasteles y el café y la música y… el cine e ir de compras. Uno puede tener tantas cosas preferidas como le hagan falta.
—Claro.
—Te toca.
—¿Eh? —Ahora era él quien le daba a la droga prohibida— El skateboard.
—Sí. —Esperé— ¿Y?
Arrugó el ceño al pensar. Por lo visto, tenía menos palabras para dejar fluir que yo.
—Meter canastas con Naruto.
A la sazón, él poseía un cuerpo y yo poseía otro, y jamás iban a converger. Triste pero cierto.
—¿Algo que no sean los deportes?
—El cine me gusta. Películas de terror, cosas así.
—Sí, estoy de acuerdo. ¿Qué más?
Se hizo un silencio conforme pensaba. Los insectos, las aves nocturnas y la brisa que agitaba los árboles pasaron a un primer plano. Finalmente, lanzó un largo suspiro.
—Si te soy sincero, he dedicado la mayor parte del tiempo a vender marihuana.
«Y a salir con animadoras», añadí mentalmente, porque los celos son muy perros, etc.
—Necesitas un nuevo pasatiempo que no sea ilegal.
—Pues sí —Entornó los ojos para seguir mirando el cielo— Seguro que aquel dependiente de la politécnica tenía miles de planes. Cientos de personas fueron a su funeral. Vi a su novia; estaba destrozada.
—¿Fuiste a su funeral?
Asintió.
—Me pareció que era lo correcto.
—Yo estaba intentando tomármelo con calma por las costillas rotas y eso.
Fruncí el ceño, dado que no estaba segura de que hubiera tenido el valor de ir, aunque hubiera podido.
En lo alto, la luna no hacía nada. De ese modo uno podía confiar en ella, pues se limitaba a dar vueltas en el cielo sin juzgar, a lo suyo. La luna y yo éramos grandes amigas, sobre todo en los últimos tiempos. Me había hecho compañía durante las noches largas y horribles. La luna guardaba mis secretos, no le contaba a nadie la cantidad de veces que me despertaba presa del pánico, empapada de un sudor frío.
—¿Cómo son tus pesadillas? —le pregunté.
Se volvió para mirarme y los ojos se le oscurecieron. No habló.
—No quiero volver a dormir nunca más.
Hizo un gesto de asentimiento.
—Piensa en la cantidad de tiempo que perdemos durmiendo —proseguí— Qué desperdicio. Quiero decir, que me encanta mi cama, pero estaría mejor si no soñara.
No obtuve nada de su parte.
—Gracias por esta noche —murmuré— Se está muy bien, aquí.
Sonrió.
—Sí, es verdad.
—Tendríamos que ser amigos.
Enarcando las cejas, me dedicó una mirada divertida.
—Ya lo somos, tontorrona.
Y Sasuke Uchiha burlándose de mí también me hacía sentir súper bien. Sin embargo, de repente otra sensación focalizó toda mi atención.
—Dios, qué hambre tengo.
Fuimos a un McDonald's antes de que me dejara en casa. Incluso sin estar colocada, hablar con él, después de todo, resultaba fácil y reconfortante. Me entendía porque había pasado por lo mismo: aún seguía pasando por lo mismo. Incluso logré dormirme sin estar demasiado tiempo desvelada y dando vueltas. Fue la mejor noche de mi vida.
