Ni la historia ni los personajes me pertenecen.
CAPÍTULO 17
Oficialmente, el castigo por darle un puñetazo a Kara e interrumpir en clase fue quedarme sin paga. El plazo de la sentencia quedó sin decidir, tras una gran discusión en la que incidí en el hecho de que recientemente había pasado por una experiencia traumática. Sin embargo, mi madre estaba convencida de que ciertas normas debían seguir acatándose. Como no agredir a la gente, no importaba lo pedazo de imbécil que alguien fuera. Puse cara de póquer y me guardé mis pensamientos para mí misma.
Mi madre me dio dinero para los costes de ida y vuelta del instituto, la comida y poco más. Pero se había convertido en un problema desde que empecé a recrearme en dar atípicas vueltas conduciendo por la noche. Sasuke tenía razón: de alguna manera, ayudaba. Tenía un poco de dinero guardado de Navidad y además había dejado de gastármelo porque no podía leer. Pero eso era entonces, y ahora era ahora. Habían salido nuevos libros; nuevos libros que necesitaba. Especialmente, la tercera entrega de una saga fantástica juvenil que me moría por leer, aunque había estado esperándome hasta que todas las partes estuvieran publicadas.
Si había algo capaz de devolverme la capacidad de concentración, similar a la de un mosquito, sería esa novela. Y, sí, podría haber ido a la biblioteca y reservar lo que quisiera para leer. La paciencia y yo, no obstante, no nos llevábamos bien. Al menos, no en los últimos tiempos. Si uno quería hacer algo, que lo hiciera enseguida. Antes de que cualquier psicópata con un arma acabara con todo. O un accidente de tráfico. O lo que fuera.
Habida cuenta de lo mal que le sentó a mi madre que me castigaran después de las clases, el dinero, sin embargo, no iba a entrar en mis bolsillos pronto. Y la abuela no aprobaba que los estudiantes dividieran sus energías con un trabajo de media jornada: todos tendríamos que estar estudiando continuamente. Pero la abuela estaba en California, y aparte del intenso interrogatorio telefónico al que me sometía semanalmente, su poder era limitado, sobre todo desde que ya no pagaba mi educación. En ese sentido, las cosas estaban cambiando, y me gustaba.
—Temari, ¿necesita tu madre a alguien en la peluquería? —le preguntó Hinata el lunes por la mañana.
—No —contestó mientras negaba con la cabeza y se acercaba a la boca una porción de pizza— Ahora mismo me tiene a mí y a una aprendiz, lo siento.
—Necesito un trabajo —informé.
Hinata gimió.
—Yo necesito otro.
—Me he quedado sin paga.
—Ayer por la noche se me cayó el teléfono móvil al retrete.
—Tú ganas —dije haciendo una mueca de pena.
—Ahora entiendo por qué no me contestabas las llamadas —comentó Temari— A mi padre también le pasó una vez, aunque él se cargó un smartphone nuevecito.
—Qué mierda —intervino TenTen con una sonrisa, dándole un codazo a Temari en el brazo— ¿Lo captas, lo captas?
Con cara de dolor, Temari lanzó un ostentoso quejido.
—Mmm, sí, no es que fuera demasiado sutil.
—Para nada —confirmó Hinata— Le daría como máximo un dos sobre diez.
—¡Un dos! —exclamó TenTen exultante, levantando los brazos.
—No —Hinata apoyó con suavidad la frente sobre la mesa— Culpa mía. Yo solita me lo he buscado.
—Vergüenza tendría que darte, por animarla —dijo Temari, que masticaba y reía al mismo tiempo— Y en cuanto a ti, TenTen, eres muy mala.
—Ay, lo siento —TenTen apoyó la cabeza en el hombro de Temari y la miró— ¿Aún me sigues queriendo?
La mirada de Temari se suavizó.
—Sí, supongo que sí.
Caramba, se les veía tan bien juntas que sentí una punzada de dolor en el corazón. No es que lo de estar sola fuera nada malo. Estar sola era bueno, era estupendo. Pero le faltaba la emoción de estar con Sasuke. Estar en compañía, saliendo con la persona adecuada, también tenía sus ventajas.
—¿Por dónde vais a empezar la búsqueda de trabajo? —preguntó TenTen.
Tenía un empleo de media jornada en una tienda de ropa. Sin embargo, no me había molestado en preguntarle los horarios de apertura, pues ni siquiera tenían existencias de mi talla.
Hinata se encogió de hombros.
—Mirando en el periódico local.
—Y deberíamos preparar currículos, para ir dejándolos por las empresas —puntualicé— ¿Has probado a meter el teléfono móvil en una bolsa de arroz, para que absorba toda la humedad?
Hinata asintió.
—Se ha muerto. Mis padres no me regalarán otro hasta Navidad. No puedo esperarme tanto.
—Pues se abre la temporada de la búsqueda de trabajo.
—De acuerdo.
Entrechocamos los puños por encima de la mesa. Eso. Sororidad. Sonó la campana y todas recogimos nuestras cosas.
—Hasta luego —dijo TenTen tras darle un beso fugaz a Temari.
Hinata y yo caminábamos juntas por los pasillos abarrotados de gente. Al menos, ya no me encogía de angustia al pasar por delante del memorial a Juugo. Aunque seguía desviando la mirada, como si eso sirviese de algo: todas esas flores muertas y esas fotos estaban grabadas en mi memoria.
Pero no era el chico fallecido lo que hoy me ponía nerviosa. No sentía mariposas en el estómago; lo más probable es que la carne misteriosa de hoy me hubiera producido gases.
«Respira profundamente: ver a Sasuke en clase de Lengua no es motivo para sentirte mareada».
Apreté el libro de texto contra el pecho, para hacerme descender de las excitadas alturas donde estaba. Alguien chocó conmigo y el libro salió volando por los aires. La cabeza se me disparó, con una disculpa lista ya en los labios para pedir perdón por no mirar por dónde iba. Salvo que la chica de la expresión desdeñosa y el pelo largo y negro que había visto en el parque de skateboard era quien estaba delante de mí. No había sido un accidente. Y yo no iba a seguirle el juego: no permanecería en silencio y asustada, no interpretaría el papel de víctima. Las chicas como ella lo tenían todo; pero aun así siempre querían más. El asunto no acabaría aquí.
—Es mío —dijo entre dientes, con su bonita cara deformada por el odio.
Ladeé la cabeza.
—¿Quién?
—No te hagas la tonta. Ya sabes de quién hablo —Detrás de ella, su séquito de amigas sonreía burlonas y me dedicaban miradas de absoluta aversión— Como si fuera a darme por vencida con una estúpida gorda como tú.
—Muy bien, pues que te diviertas —declaré con total menosprecio, apartándola.
Por lo visto, esta era la versión Kara de mi nuevo instituto. Es curioso comprobar que todos tienen una.
Sin embargo, se dirigió a Hinata para escupir más veneno:
—Y si crees que Naruto va en serio contigo, te engañas, mierdecilla asiática.
—Oye, quieta ahí —dije, con la voz firme mientras insertaba mi pesada figura entre ella y Hinata— Nada de basura racista, muchas gracias.
—¡Cállate, estúpida fo…!
—Quiero decir, ¿por qué no nos podemos llevar todos bien? ¿No sería la vida mejor sin estos ridículos prejuicios de gente de mente estrecha? —Mi voz era fría, casi indiferente. Era como si la pistola de Deidara me hubiera entrado dentro de la cabeza y me hubiera hecho saltar algún relé importante. Y solo por eso, habían venido las pesadillas y el insomnio y la impaciencia. Pero el mismo interruptor también había acabado con cualquier tipo de influencia que personas como Kara pudieran tener sobre mí. Aunque seguía sin gustarme ser el centro de atención, ni me acordaba de cómo era tenerles miedo. Sencillamente, se había esfumado— ¿No es cierto, Hinata?
—Oh, del todo —confirmó.
La muy estúpida solo nos miró con desdén.
—Y encima es tan aburrido —dije marcando las palabras mientras cerraba los puños— Tú eres una furcia porque te gusta llevar minifalda o practicar el sexo. En cambio, tu amiga tiene que ser una frígida porque lleva siempre ropa ancha y oí que el otro día rechazó a un tipo. Y así sin parar, tan superficial y sin significar nada de nada. Solo son etiquetas insultantes sin sentido, ¡que ni siquiera se acercan a quienes somos en realidad como personas!
—Pues lo cierto es que tienes toda la razón —opinó Hinata.
—¿De qué narices estáis hablando? —preguntó la reina de las estúpidas.
—De que todo el mundo debería ir a su aire sin que idiotas como tú les fastidiaran —contesté— ¿De verdad sería algo tan malo?
—¿Me acabas de llamar…?
—Es que ni siquiera eres original —proseguí— Por Dios, ir por lo de llamarme gorda. ¿Tienes idea de cuántas veces lo he oído? Quiero decir, ¿y si me tomo la palabra solamente como una descripción? Entonces vas lista. Pero que te apuestas que, si te esfuerzas, puedes inventarte insultos mucho mejores. Inténtalo; me espero porque tu opinión significa mucho, muchísimo para mí. Seas quién seas.
Abrió la boca; la rabia se convirtió en confusión antes de que se transformara en cólera.
Y entonces llegó mi momento. Con los puños puestos correctamente esta vez, di un paso atrás, dispuesta a golpear. Pero una mano me agarró con fuerza del brazo y me detuvo.
—No —dijo mientras me obligaba a poner los puños a ambos lados del cuerpo.
—Ay, ay —farfulló Hinata.
—Sasuke —La chica se apartó nerviosamente la melena— Hola.
—¿Qué pasa aquí?
Carraspeé.
—Creo que tu novia estaba marcando su territorio o algo así.
—Joder. Lo hemos hecho un par de veces, Konan, eso es todo. —La mirada que le dedicó era adusta— No vuelvas a meterte con Saku.
—Pero…
—Puede que no esté por aquí la próxima vez para evitar que te dé una paliza.
Con los ojos muy abiertos, la chica se irguió cuan larga era. No particularmente impresionante. Habría podido con ella fácilmente.
Sasuke recogió mi libro y me lo dio con un gesto afirmativo de cabeza.
—Gracias —le dije.
Tras dedicarle una mirada final de disgusto a la chica, me escoltó hasta dentro de la clase. Sus dedos me rozaban la parte baja de la espalda, algo que me gustó demasiado.
—Ha sido emocionante —comentó Hinata, que nos seguía— Nunca antes había estado en una pelea.
Levanté los pulgares en señal de aprobación. Había permanecido a mi lado, hasta la intervención de Sasuke. Eso se merecía un respeto.
—¿Peleándote otra vez en el instituto, Saku? ¿En serio? —dijo Sasuke.
—Empezó ella.
Me coloqué en mi asiento, con los brazos cruzados. Sentirme como una niña traviesa no casaba con mi indumentaria.
—Sí, y tú estabas a punto de acabarlo —Se puso en el pupitre de detrás de mí, con una expresión inequívocamente contrariada— La que te habría caído encima por pegar a Konan no vale la pena, y lo sabes.
—¿Tendría que haberme limitado a dejar que insultara a mi amiga?
—Ya le habías dejado clara tu postura. No hacía falta que empezaras a puñetazos.
—De acuerdo.
Me volví para mirar al frente. No lo entendía y yo no estaba de humor para explicárselo. Alguien como él probablemente no había sufrido acoso en la vida.
—¿Qué ha pasado con eso de no darle importancia a lo que la gente diga, a ver? —insistió— Estoy tratando de arreglar las cosas aquí y ya he conseguido un récord. No me voy a ver arrastrado otra vez por tus tonterías, ¿entendido?
Indignada, me volví.
—Debo de tener mala memoria, Sasuke. ¿Puedes reproducir el momento en el que te pedí que me ayudaras?
El negro de sus ojos se volvió gélido. Probablemente pensó «imbécil».
Porque yo sí que pensé «idiota».
Afortunadamente, entonces entró la profesora, pidiendo silencio. Pero la intensidad de la mirada de enfado de Sasuke me taladró desde atrás durante toda la clase. Al no ser él mi guardián, eso no me impresionó en absoluto. Ni tampoco el irritante, absurdo y completamente erróneo sentimiento de culpa.
