Ni la historia ni los personajes me pertenecen.

CAPÍTULO 18

Hubo suerte con la búsqueda de trabajo. Un nuevo local de zumos y batidos estaba a punto de abrir en el Rock Creek Plaza. Hinata y yo llegamos justo cuando la encargada estaba pegando el cártel de «Se busca personal» en el escaparate. Hablando del momento oportuno… La tienda consistía, básicamente, en brillantes exprimidores de acero inoxidable, licuadoras, batidoras y cosas por el estilo, y en imágenes gigantescas de frutas y una decoración de un naranja tan chillón que producía dolor de ojos.

Dando saltitos, la encargada, Ingrid, nos dijo que volviéramos al día siguiente, por la tarde, para la formación. Resultó que daba montones de saltitos. No sé si esnifaba azúcar o solamente estaba colocada por la vida misma. En cualquier caso, Ingrid tenía energía de sobra. Me cayó bien, incluso a pesar de que solo con mirarla me sentía agotada.

—Este es el «Amanecer veraniego» —dijo Ingrid con gran entusiasmo, agitando las manos, con guantes de látex, mientras hablaba— Un puñado de calabacines crudos y trozos de calabaza, unos cuantos trocitos de naranja, un chorrito de limón, un par de hojas de lechuga, una taza de hielo y una pizca de semillas de chía.

Hinata estudió el grumoso mejunje con una cara admirablemente impasible.

—Increíble.

—¿A que sí? —Con la facilidad que da la práctica, Ingrid puso los ingredientes en la licuadora y sus cuchillas arrancaron con un zumbido— Solo hacen falta treinta segundos. ¿Alguna pregunta?

—No, todo claro —le dije, con una sonrisa profesional estampada en la cara— Parece rico.

—Y lo es, en serio. Nos vamos a divertir mucho trabajando juntas, chicas. Qué ganas —Ingrid vertió la turbia mezcla naranja en una taza y me la entregó— Puedes tomarte este, Saku.

—Oh. Gracias.

Di un sorbo pequeño y vacilante, en un intento de no notar el sabor de nada, esforzándome todo lo que podía para no vomitar. Sin embargo, cuando comencé a toser, Hinata me palmeó la espalda, lo que hizo que el «Amanecer veraniego» se me deslizara por la garganta.

—¿Qué te ha parecido? —preguntó Ingrid.

Los ojos se me llenaron de lágrimas.

—Mmm, riquísimo.

—¿A que sí? Ahora vamos a preparar el «Bombardeo de bayas verdes», esta vez para ti, Hinata —exclamó Ingrid— Lleva col rizada, repollo, apio y fresas. Me faltan palabras para contarte lo bueno que es para el tracto digestivo.

El miedo cruzó los ojos de Hinata.

—No puedo esperar a probarlo.

—Qué suerte tienes, Hinata —comenté.

—Bebe, Saku —me la devolvió.

—¿Ingrid?

Había una mujer de pie en la puerta, mirándonos con abierto disgusto. Era toda huesos y vestía con un chándal de diseño.

—¡Susan! Qué oportuna. —Ingrid se dio un impulso extra en su saltito— Estas son las chicas que he contratado a media jornada, Hinata y Saku.

Susan no dijo nada, ni disminuyó su mirada de aborrecimiento.

—Chicas, esta es la dueña, Susan —continuó Ingrid, sin darse cuenta de nada— Ella sola inventó todas estas fantásticas recetas. ¿No es sorprendente?

Con nuestras mejores sonrisas en su sitio, ambas asentimos obedientemente.

—Fuera. Ahora. —Susan giró sobre sus talones y salió fuera.

—¡Claro! —Despidiéndose de nosotras con un movimiento de dedos, Ingrid la siguió— Será un momento, chicas.

Las vimos irse en silencio. Metí una pajita en la fría papilla naranja, y le di vueltas una y otra vez.

—Para alguien con un tracto digestivo tan sano, Susan no parece muy feliz.

—Estaba pensando lo mismo.

Y a pesar de su amabilidad, Ingrid no parecía ser, precisamente, la persona más brillante del mundo. Había dejado la puerta abierta de par en par, con lo que fragmentos de su conversación —o más exactamente, de Susan arremetiendo contra la pobre mujer— llegaban flotando a través de la tienda.

«Estamos vendiendo a las personas la idea de una buena salud. ¿Esa chica parece sana? ¿Su cuerpo te dice Susan's Smoothies? ¿O te dice "Acabo de comerme una caja de donuts y volveré a por más"? ¿Entonces? No puedo creerme… La asiática pequeñita puede quedarse. No queremos parecer racistas. Pero tienes que volver allí inmediatamente y despedir a esa…»

«Ay. Menuda zorra».

Con la cabeza bien alta, dije, fingiendo indiferencia:

—De todos modos, nunca podría haber vendido este lodo.

Sin decir una palabra, Hinata me arrebató el «Amanecer veraniego» de las manos y lo estampó contra el mostrador, de manera que aquella papilla helada lo ensució todo. Luego me agarró de la mano y lideró el éxodo.

—¿Estás segura? —le pregunté, porque sabía que ella necesitaba el dinero.

—Ni siquiera me voy a dignar a contestarte a esa estupidez —espetó.

«Caramba».

—De acuerdo.

—Hinata. Saku. —Ingrid había dejado de dar saltitos— Esperad.

Levanté una mano en señal de despedida, pero Hinata ni siquiera disminuyó la velocidad. Tenía la misión de sacarnos de ese lugar lleno de verduras crudas y miseria.

—Eres fantástica, Ingrid. En serio. ¡Pero tú eres una imbécil! —Le hice un alegre ademán de saludo a Susan— Adiós.

Hinata soltó una carcajada.

—Supongo que todavía estamos en la temporada de búsqueda de empleo.

—Sí.

CAPÍTULO 19

La semana no mejoró.

Sasuke y yo seguíamos sin hablarnos, y no nos hicimos ni caso el uno al otro a lo largo de la clase de Lengua del martes. Era un asco. Lo echaba de menos. Pero se había equivocado al decirme que debía aguantarme cuando alguien me insultara. Durante años había permitido a Kara que me avasallase, y eso no le había hecho perder el interés en mí ni se había dedicado a atormentar a otra pobre desgraciada. Tampoco había experimentado ningún tipo de epifanía que la llevase a decidir no ser una imbécil total y absoluta. La cosa solamente había ido intensificándose. Quería explicarle todo esto a Sasuke, pero el orgullo me lo impedía. ¿Cómo se atrevía a echarme la culpa?

Apreté con decisión el acelerador, para circular a toda velocidad por la carretera secundaria, con las ventanas bajadas y el aire agitándome el pelo, mientras los miembros de The Kooks gritaban sobre el hecho de tener malos hábitos. Me gustaba. Sasuke había tenido razón al señalar el carácter terapéutico de conducir de noche. Si conseguía la velocidad suficiente, podría superar los malos recuerdos y los sueños aterradores, dejarlos bien atrás en la oscuridad.

Un ruido sordo, como el de un disparo, quebró el silencio de la noche al explotar un neumático. Dado que se desgarró bruscamente, hizo chirriar y traquetear el vehículo. Frené en seco, y la cabeza se me cayó de golpe hacia adelante, mientras mi cuerpo se estrellaba contra el cinturón de seguridad.

«Mierda».

Con cuidado, con mucho cuidado, conduje hacia un lado de la carretera y apagué el motor. Todo cuanto podía escuchar era el martilleo de mi corazón. Me temblaban las manos, todavía agarradas firmemente al volante. No estaba muerta, solo muy conmocionada. Bueno.

Lo primero era lo primero: dejé de aferrarme al volante como una posesa. Lo que no resultó sencillo. Con la puerta del lado del conductor abierta, salí; las piernas solo me temblaban un poco. Todo iba bien. No hacía falta exagerar. El olor a goma quemada llenaba el aire. Apenas unas astrosas tiras de neumático permanecían en la rueda trasera. Podría haber sido peor. Aun así, lancé mil y una palabrotas, luego abrí el maletero y saqué el gato y la rueda de repuesto. Mamá y yo habíamos practicado para semejante ocasión. Las tres primeras tuercas salieron bien, pero la cuarta… Giré y tiré y pronuncié cada insulto jamás inventado, junto con algunos nuevos que incluso Shakespeare hubiera podido apreciar.

No sirvió de nada.

Una y otra vez, el estruendo del neumático al estallar me resonaba en la mente.

«No es un disparo».

Necesitaba recobrar la compostura; salvo que no ayudaban los extraños ruidos que provenían de la oscuridad, más allá del alcance de las luces. Unos pies arrastrándose sobre los adoquines, el murmullo de unas voces. Esa noche, definitivamente, la naturaleza no era mi amiga.

—Para—susurré— Es solo tu imaginación. No hay nadie ahí afuera.

Deidara emergiendo de la oscuridad, caminando hacia mí con una pistola en la mano. Y esa sonrisa. Esa asquerosa y demente sonrisa de asesino.

—Te estás poniendo de los nervios a ti misma, idiota —musité.

Mi madre todavía estaría trabajando. No me importaba lo que diría si supiera que había salido a dar una vuelta conduciendo a la una de la madrugada… Hinata vendría a rescatarme… Sin embargo, si yo no podía quitar el puñetero neumático, tampoco ninguna de las dos tendría la menor posibilidad de hacerlo.

Sostuve el teléfono móvil contra la oreja.

—¿Saku? —preguntó mi interlocutor, con voz ronca por el sueño.

Inspiré profundamente.

—Sasuke.

—¿Qué pasa?

—El… esto… uno de los neumáticos ha explotado mientras conducía. He intentado cambiarlo yo misma, pero…

—¿Dónde estás?

Oí unos ruidos de fondo, un crujido, el tintineo de unas llaves.

—Bell Road. A un par de millas.

—Métete en el automóvil y bloquea las puertas —ordenó— Voy enseguida.

—Está bien. Gracias.

Solté el gato e hice lo que me había dicho. Sentada en la oscuridad, con el teléfono móvil apretado entre las manos temblorosas y sudadas, me dediqué a respirar profunda y calmadamente y a tener pensamientos positivos. Cerré los ojos para poder concentrarme en cosas buenas. Gatitos y pasteles y libros y ese tipo de tonterías. Cosas que me hacían feliz. Al menos me había medio vestido con unos leggins negros y una camiseta sin mangas, y llevaba unas chanclas.

Pasó una eternidad. O al menos veintitrés minutos. Alguien dio unos golpecitos en la ventana y solté un chillido.

Sasuke. Desbloqueé las puertas y salí lentamente del automóvil.

—¿Estás bien? —me preguntó, con cara inexpresiva.

Asentí.

—Gracias por venir.

—¿Qué hacías aquí?

—Tenías razón —contesté— Sobre conducir de noche. Ayuda.

Ahora fue él quien asintió.

—Ven, sujeta la linterna.

Me la puso entre las manos y se agachó, apoyándose en una rodilla, junto a la rueda rota y el neumático más malvado de toda la creación. Por supuesto, a él, la tuerca le salió en el primer intento con facilidad.

Maldita tuerca.

—Debo de haberlo aflojado para ti —le dije, con las puntas de las orejas ardiendo de vergüenza.

Se limitó a refunfuñar.

—Sé cómo cambiar un neumático. El problema ha sido la tuerca, ¿sabes?

Un movimiento afirmativo de cabeza.

Sasuke dejó el automóvil listo para volver a circular en unos dos minutos. Dios, para él todo había sido tan simple. Probablemente estaría pensando que lo había traído allí bajo un falso pretexto. Porque quería que me hiciera caso o algo así de estúpido.

—¿Estás bien para conducir? —me preguntó.

Oculté mis temblorosas manos detrás de la espalda.

—Totalmente.

—Te escoltaré hasta tu casa —dijo— Para asegurarme de que llegas bien.

—Gracias.

Ya en casa, no hizo lo que me esperaba —despedirse con la mano o quizá con un suave pellizco en la barbilla—, sino que aparcó y salió, para acercarse donde yo estaba.

—¿Está tu madre en casa? —preguntó.

—No, no sale de trabajar hasta las cuatro.

Había dejado encendida la luz del vestíbulo y la lámpara de noche de mi dormitorio. Entrar en una casa completamente a oscuras acostumbraba a ponerme los pelos de punta en los últimos tiempos. Mientras tanto, las estúpidas manos seguían temblándome. El ruido que había hecho el neumático al estallar había sido impactante, era cierto: pero eso había pasado hacía casi una hora. Las agité con fuerza, para expulsar el miedo, para que el temblor disminuyera.

Cuando levanté la vista, Sasuke me observaba en silencio.

—Si quieres, me puedo quedar un rato.

—No —rechacé la oferta por un sentimiento de culpa— De veras. Deberías irte a casa, dormir un poco. Yo también voy a hacerlo.

Se limitó a mirarme.

—Gracias por rescatarme. Me habría metido en un buen lío si no hubieras venido —dije.

Una fugaz sonrisa apareció en sus labios.

—No hay de qué.

Le devolví la sonrisa, respiré hondo y levanté la mano en señal de despedida.

—Buenas noches.

—Igualmente.

—O buenos días.

—Sí.

La curva de sus labios podría mantenerme ocupada durante horas.

Noté un cosquilleo en el vientre, a la vez aterrador y emocionante. Amigos de nuevo o no, que me gustara Sasuke más que eso era una tontería. Incluso una locura. Aun así, solo para asegurarme de qué terreno pisaba, quise preguntarle si la pelea ya estaba archivada y olvidada. Excepto que volverla a mencionar parecía arriesgado durante ese lapso de paz. Aunque quizá tenía que hacerlo. Despejar la atmósfera y todo eso.

—Saku —dijo, sacudiendo la cabeza—, estoy esperando a que entres dentro.

—Oh, claro.

—¿Estás segura de que no quieres que me quede?

Más de lo que podía decir, y por razones menos que puras.

—Oh, no. Yo… Mmm…

—No me importa.

—No, no. Estoy bien. En serio. Gracias —Corrí hasta la puerta principal y abrí la cerradura con la rapidez que se merecía— Adiós.

—Nos vemos mañana en el instituto.

Retrocedió sobre sus pasos, sin apartar la mirada de mí. Luego dio media vuelta y se dirigió directamente hacia su automóvil.

—Hoy en el instituto —precisé.

Sonrió.

—Lo que sea.

Tal era la magia de Sasuke Uchiha… Incluso pude conciliar el sueño. Y apuesto a que lo hice con esa estúpida sonrisa todavía en el rostro.