Ni la historia ni los personajes me pertenecen.

CAPÍTULO 21

Al día siguiente, por la noche, una mano apareció agitándose delante de mi cara y me incorporé en la cama mientras lanzaba un grito. El movimiento me arrancó los auriculares, pero Marina and the Diamonds siguieron sonando sin mí.

—Hola —saludó Sasuke, tan tranquilo como siempre.

—Mierda —murmuré, con las manos sobre el pecho— De verdad te digo que me gustaría que dejaras de hacer eso.

—Solo es la segunda vez que lo hago.

—Que no haya una tercera.

Se quedó tumbado en el alféizar de la ventana con la mochila en la mano por alguna razón.

—No contestabas cuando llamé a la puerta. ¿Qué se supone que tenía que hacer?

—Bueno, de acuerdo —Agarré una almohada para cubrirme los pantalones cortos de dormir, de color azul claro. Poco se podía hacer con el top ligeramente ajustado. Al menos tenía un sujetador incorporado y nada colgaba de forma natural— Así que… qué me cuentas.

—Que vamos a estudiar.

—¿Que vamos a qué? —Con cara de sorpresa, apreté el botón de stop de la música— Son las nueve de la noche del sábado.

Se encogió de hombros, simplemente.

—Trabajo todo el fin de semana. Ahora es el único momento que tengo.

No era de extrañar que estuviera tan bien bronceado, segando la hierba del jardín y dedicándose a la jardinería todo el fin de semana. Y los músculos. No nos olvidemos de los músculos.

Lo respetaba sinceramente por los músculos que tenía.

—No te salió muy bien el trabajo del libro —continuó— Mejor que a mí, pero aun así…

—Oye, que un seis es más que aprobado.

—Pero normalmente lo haces mejor, ¿verdad? —No esperó una respuesta: con la culpa pintada en mi cara, no le hizo falta. Y no es que tuviera remordimientos por mi propio bien: me hubiera importado un pito sacar un «muy deficiente». Pero sabía que mamá se sentiría decepcionada— Cada vez que te miro en clase, Saku, tienes los ojos puestos en la ventana. No prestas atención.

El corazón se me aceleró.

—¿Me miras en clase?

—Te sientas delante de mí —respondió con una sonrisa— Es difícil no verte.

«Estúpido corazón».

—Claro.

—No es que no tenga a nadie más con quien estudiar —comentó, apartando la cara— Naruto está sacándose con esfuerzo la beca de baloncesto. Pero, de todas formas, está en una fiesta.

—Pensaba que tú también irías.

—No, no me apetecía. —Se retiró el cabello de la frente— Además, no quiero suspender Lengua, y dijiste que me ayudarías.

Y sin mayores ceremonias, lanzó la mochila sobre de la cama, con lo que el colchón rebotó. O bien llevaba todos los libros de texto conocidos por la humanidad o bien una bola de boliche. Por desgracia, todo apuntaba a la segunda opción. Y no porque yo fuera para nada experta en bolos.

—Pues claro que te ayudaré —dije— Y tienes razón, he tenido problemas para concentrarme en los libros y en las clases desde que «aquello» pasó. Es una tontería: mi cerebro parece que no quiere seguir haciendo lo suyo, simplemente.

—¿Sigues yendo al terapeuta ese?

Asentí.

—¿Le has hablado de esto?

—No exactamente.

Entornó los ojos.

—¿Por qué no?

—No lo sé —Miré hacia otro lado, avergonzada— Algunas personas murieron aquella noche y aquí estoy yo, tomándome pastillas a mansalva por cosas como terrores nocturnos o ataques de pánico. Pobrecita de mí.

—Por otro lado, no tiene mucho sentido que estés viva si no estás dispuesta a poner en su sitio todos tus problemas —Sus palabras eran sensatas y la expresión de su cara, también— ¿No te parece?

—Ay.

—¿Me equivoco?

Bajé la cabeza.

—No.

—Cuéntaselo todo. Deja que te ayude.

Mirando enfurruñada hacia el suelo, busqué algo para cambiar de tema. Cualquier cosa serviría.

—¿Y qué hay de ti, Sasuke? ¿Quién tienes tú para hablar?

Buscó mi mirada y la sostuvo a propósito.

—Yo no estoy especialmente cualificada —objeté— Y tampoco es que me hables demasiado.

—Pues te hablaré más.

«¿Eh?».

—¿O es un problema? —me preguntó, apoyando la barbilla en la mano.

—No, claro que no —El corazón estaba a punto de salírseme del pecho— Ya sabes que me encanta hablar contigo.

—Pues no —repuso, esquivándome la mirada— La mitad de las veces no estoy seguro de si no te estoy fastidiando o algo así.

—¿Crees que me has estado fastidiando? ¿En serio?

Sin molestarse en contestar, se sentó junto a su mochila. Llevaba puesto su atuendo habitual, consistente en una camiseta y unos jeans. Inmediatamente, se quitó sus Converse Chuck Mitarashi.

—Menos mal que has decidido quitártelas —dije mientras él las tiraba al suelo con un gesto de aprobación— Mi madre se enfadaría un montón si hubiera calzado sobre la cama. En cambio, ¿un tipo súper atractivo pasando conmigo la noche en mi habitación? Eso no sería ningún problema. Joder, probablemente me chocaría esos cinco.

—¿Crees que soy súper atractivo?

—¿Qué? No. Solo sacaba temas de conversación —Tenía la cara como un tomate. Nota mental: cinta americana sobre la boca a las primeras de cambio— Caramba, menudo ego tienes.

Lanzando una risa, movió la cabeza.

—¿Se supone, por tanto, que no puedes tener chicos en tu habitación? No estoy al día.

—Los chicos están totalmente prohibidos —confirmé— De hecho, se supone que no puedo traer a nadie mientras ella está en el trabajo. No sin su permiso.

—He venido a estudiar.

—Sería igualmente un «no» rotundo.

Arrugó la frente.

—¿Quieres que me vaya?

—No, claro que no —dije con una sonrisa— Me gusta que me fastidies: un montón.

Rio suavemente.

—¿Queda claro?

—Clarísimo. Estás un poco en plan de romper las normas estos días, ¿no?

Recogiéndosela hacia atrás, se anudó la melena con una goma elástica que llevaba en la muñeca.

—Eso no le va bien a tu pelo; usa esto.

Le pasé una goma de pelo de mi mesita y él la tomó con una de esas miradas suyas, con los labios contraídos por una vaga sonrisa, aunque fruncía el ceño. Lo más interesante era que ponía mucho esa expresión cuando estábamos juntos. Como si no supiera muy bien por qué me seguía la corriente cuando yo decía o hacía algo. Como si lo divirtiera y confundiera al mismo tiempo.

El sentimiento era mutuo.

—¿Les molestaría a tus padres? —le pregunté con curiosidad.

No acostumbraba a hablar de ellos.

—Lo dudo. Solo hablo con ellos por teléfono de vez en cuando, desde que se mudaron hace un año. A papá le salió trabajo en Ancorage, y como Itachi ya era mayor de edad, decidieron trasladarse —contó, como si fuera lo más normal del mundo— Yo tenía que cuidar del negocio, así que no quise cambiar de centro y por eso me quedé.

—Sabía que se habían mudado al norte, pero, ¿a Alaska?

—Ajá.

—¿Nunca has pensado en cambiar de opinión después de lo del Drop Stop?

Escapar a una isla helada con pocos habitantes a mí me parecía la mar de atrayente.

Apretó los labios.

—Nunca pensé que echaría de menos a mis padres; cuando nos dijeron que se iban a mudar, en lo único en lo que Itachi y yo pensamos fue en la libertad —Negó con la cabeza— Pero no, tampoco querría irme de aquí. Mi tío, que es súper simpático, ya hace tiempo que me insistía en que trabajara para él. Irme a vivir con él en mi último curso es mucho más fácil que empezar de cero en el norte. Y me sigue ayudando con mi hermano.

—Vaya.

—Incluso cuando mis padres estaban aquí, las cosas no eran muy diferentes. A mi madre no le gustaba la gente con la que Itachi se juntaba, pero se le daba fatal decirle que no. Además, asistía a un grupo de la iglesia y hacía otras cosas. Se mantenía ocupada —contó— Mi padre trabajaba casi de sol a sol, con lo que llegaba muerto de cansancio a casa, de forma que solíamos mantenerlo al margen de cualquier desavenencia familiar.

—¿Sabían que traficabais?

Una de las comisuras de la boca se le dobló.

—Mi madre, seguro que sí. Pero creo que era realmente buena en no ver las cosas que no le convenían, ¿sabes?

Fruncí el ceño.

—No sé mi padre. No recuerdo que Itachi ni yo tuviéramos que pedir permiso nunca. En cuanto mi hermano entró en el instituto, siempre estaba por ahí. Y la mayoría de las veces no le importaba que me pegara a él como una lapa. Tenía un pedazo de chatarra de camioneta, que siempre se le estropeaba, y yo era mejor con los motores que él.

—No puedo creerme que vuestros padres se mudaran y te dejaran solo con tu hermano —dije con mayor acidez de lo que pretendía.

—Piensa que, a esas alturas, ya habían tirado la toalla.

Solo de pensarlo me ponía furiosa. Y sin embargo…

—Y aquí estás tú ahora, queriendo estudiar un sábado por la noche: se equivocaban.

Sus ojos se detuvieron en los míos, como sopesando mis palabras.

—¿Seguro que no prefieres que me vaya? No quiero meterte en problemas con tu madre.

—No, quédate —le dije, contestándole así también a la pregunta de antes— Verás, tengo la teoría de que muchas de las normas que nos han impuesto son, de todas formas, una tontería. Prefiero tener mi propia opinión sobre las cosas. Por ejemplo, el hecho de que estés tú aquí a estas horas. Mi madre no tiene nada por lo que preocuparse. No pasa nada ni nada va a pasar.

—Lo único que ha pasado es que me he colado por la ventana de tu habitación para estar contigo en tu cama —comentó mientras se rascaba la incipiente barba del mentón.

—Ahora piensas como mi madre. No hagas eso.

—¿Cuántos años tienes? —me preguntó.

—Diecisiete.

—Ya ves, ni siquiera eres mayor de edad todavía. Eres casi una niña.

—Por favor —me mofé— pero si solo me llevas unos meses.

—Esa no es la cuestión. Sakura Haruno, eres una menor que vive con su madre —siguió insistiendo en ese punto— Eres lista y simpática, y no tiene el más puñetero sentido que estés a solas con un tipo como yo, y lo sabes. Soy un excamello, ¡por todos los santos! Y aparte de Tecnología y Matemáticas, lo suspendo todo. Oh, y Educación física: también apruebo eso. En serio, no podías haber escogido peor amigo ni haciéndolo a propósito. Tu madre se volvería loca si lo supiera.

—No te menosprecies así.

No obtuve respuesta.

—Y no me llames Sakura —Me erguí, la rabia me dominaba de nuevo— ¿Y qué si tienes un pasado? Eso es lo que es: pasado. Te estás esforzando en el instituto y tienes un trabajo como Dios manda. También eres la clase de persona que arriesga su vida por un absoluto desconocido. ¿Cuánta gente crees que haría algo así?

Permaneció con la boca cerrada.

—Para mí es un honor ser tu amiga, tontorrón.

—Solamente estaba señalando que tu madre se preocupa por ti —repuso con un amago de sonrisa— Teniendo en cuenta lo cabreada que te has puesto porque mis padres desistieran conmigo, las normas de la tuya no son tan malas.

—Incluso si las estamos rompiendo.

—Para estudiar —precisó— Pero gracias. Y ahora saca los libros.

—Sacaré también mi manual de Matemáticas; creo que voy a suspender. Dijiste que podrías ayudarme con eso, ¿verdad?

—Totalmente. Soy muy bueno con los números. Llevé un negocio de éxito durante años, ¿no?

—¿Te refieres a vender marihuana?

—Exacto.

Con los ojos abiertos de sorpresa, lo miré de arriba abajo. Sasuke como un emprendedor. Ilegal, pero emprendedor, al fin y al cabo.

—Supongo que nunca me lo había planteado de esa forma.

Apoyándose contra la pared, se puso cómodo, con las piernas estiradas y los tobillos cruzados; Sasuke Uchiha en mi cama, actuando como si estuviera en casa. Qué felicidad. Aun así, intenté impedir que mi cuerpo o mi cerebro se sobreexcitaran. Solo éramos amigos, a fin de cuentas. Y cuanto más me lo recordase a mí misma, más pronto se me pasaría. Enamorarse de los amigos no era inteligente. Su amistad, bien lo sabía, era una parte importante de lo que me mantenía más o menos cuerda en esos momentos.

—Desarrollar la base de clientes, obtener y mantener su lealtad, tratar con los diferentes proveedores, hacer un seguimiento de todo… —dijo— No soy solo un porrero, Saku. Joder, ni siquiera fumaba tanto. Bueno…

—¿Bueno?

—La mayoría de las veces. De todos modos, yo estaba en ello por el dinero, y eso significaba tomármelo en serio.

—¿Y tu hermano todavía sigue traficando?

—Oh, sí. Él es su mejor cliente.

En ese momento, el dolor le llenó los ojos, pero desapareció en un instante. Lo apartó a un lado.

—Lo siento. Pero me alegro de que hayas salido.

—Yo también —Palmeó el colchón— Deja de entretenerte. Venga, explícame a este tipo, Poe, y te ayudaré con tus problemas de Matemáticas.

—Trato hecho.

—Ah, y oye… ¿Saku?

Estaba ocupada revisando el contenido de mi mochila.

—¿Mmm?

—Estás muy guapa cuando te enfadas.

Giré la cabeza con la misma brusquedad que la niña de El Exorcista, pero él estaba leyendo su libro de texto, sin siquiera mirarme. Qué extraño.

—Gracias. Pero prefiero la palabra «fiera».