Ni la historia ni los personajes me pertenecen.

CAPÍTULO 23

—¿Y este? —preguntó mamá, sujetando otro top— Es bonito.

Entorné los ojos para mirarlo por encima de las gafas de sol.

—¿Te has dado cuenta de que no es negro?

—¿Todo lo que lleves tiene que ser negro?

—Sí. Mayormente.

—De acueeeerdo.

Con un profundo suspiro, volvió a colgar el top donde estaba. Nos encontrábamos en los dos metros cuadrados de espacio, más o menos, que los grandes almacenes habían asignado para las «Tallas grandes». En fin. Por lo general, en Internet había bastantes cosas bonitas para mí, como si el hecho de ocultar esas tallas en el ciberespacio hiciera que las marcas más famosas y más de moda se mantuvieran en la cresta de la ola al distanciarse, de alguna manera, de la gente como yo.

«Tontorrona».

—¿Podemos ir ya a la zona de maquillaje? —le pregunté.

Sephora era la razón principal por la que había sugerido ir hasta Roseville y visitar el Galleria. Al menos, allí no tenía que preocuparme de caber dentro de lo que vendían.

—Claro —dijo mamá— Sabes que no engañas a nadie con esas gafas de sol, ¿verdad?

—Soy carismática y misteriosa.

—No, cariño. Tienes resaca —me corrigió— Te regañaría si no fuera porque una o dos veces hice lo mismo a tu edad, y prefiero no ser hipócrita siempre que pueda evitarlo.

—Y por eso te quiero.

—Mmm. Lo que no significa que no me preocupe por ti —puntualizó— Espero que te hayas comportado con bastante sensatez y estuvieras en un ambiente seguro. Estuviste en casa de Hinata toda la noche, ¿no?

—Así es —Me puse las gafas encima de la cabeza y me froté los ojos cansados— Pasan cosas malas, ya lo sé. Te prometo que no hicimos nada peligroso.

Siguió con el ceño fruncido.

—¿Y sabes que puedes llamarme en cualquier momento, sin que te haga preguntas, si necesitas que te lleve a casa?

—Sí.

—De acuerdo. Gracias.

Un mechón de pelo gris se había escapado de la impoluta coleta rubia de mi madre. Brillaba con fuerza bajo las descarnadas luces de la tienda. A la abuela también se le había vuelto canoso en la treintena, como le encantaba señalarme con espeluznante regocijo. Sin embargo, mi madre siempre me había parecido indestructible, dura y lista para enfrentarse al mundo por mí. Por eso esas canas me molestaban enormemente.

—Estás haciéndote mayor demasiado rápido últimamente. No puedo seguirte el ritmo —Me acarició la mejilla con la mano, que tenía fría— ¿Te lo pasaste bien con tu nueva amiga?

—Pues sí —Sonreí y le cubrí la mano con la mía— Hinata es un cielo. Creo que incluso podría ser de fiar: terror, intriga…

—Nunca vas a perdonar a Ino, ¿verdad?

Me di la vuelta, con lo que nuestras manos abandonaron mi cara.

—No. Es que… No puedo.

—Saku… —mamá fruncía el ceño— Las dos habéis sido amigas desde niñas.

—Ya —Sentí náuseas en el estómago. O la resaca o Ino, no estaba segura— Y luego me traicionó por completo, de paso insultando a la persona que me había salvado la vida.

—La gente comete errores.

Negué con la cabeza.

—Lo sé. Créeme, lo sé. Si hubiera hablado con algún periodista sobre mí, podría haberla perdonado. Pero ¿ir a todos los programas y hablar con cualquiera que le diera día y hora? Pues va a ser que no.

—Oh, mi pequeña —Lugar público o no, mamá me abrazó— Las cosas han sido difíciles para ti últimamente.

Intenté sonreír. No funcionó del todo.

—Me gustaría conocer a tus nuevos amigos en algún momento.

—Por supuesto. En algún momento.

De ninguna manera quería saber cómo reaccionaría si viera a Sasuke, si es que alguna vez llegaba la ocasión en la que él volviera a tener ganas de hablar conmigo. Mi madre lo había visto salir esposado del Drop Stop, igual que yo. También había oído hablar de su vida anterior como el amistoso traficante de drogas del barrio. Ni hablar. Incluso si por un milagro lograba recuperar a Sasuke, él y mamá no tenían que conocerse.

—Anoche metí un poco la pata —dije, porque necesitaba hablar de ello.

Dios era testigo de que lo sucedido ocupaba mi pobre mente, dañada por el alcohol. Las manos se me retorcieron por su cuenta. Hablando de una conciencia culpable...

—¿Qué quieres decir? —preguntó mamá.

—Saqué una conclusión incorrecta sobre uno de mis nuevos amigos y puedo haber quedado como una completa burra delante de todos.

Mi madre arrugó la nariz y dio un paso atrás.

—Vaya. ¿Te disculpaste?

Asentí.

—No solucionó nada, ¿eh? Bueno, si se trata de alguien importante para ti, tienes que seguir disculpándote —dijo mientras me palmeaba la mejilla con su fría mano— Y busca formas nuevas y variadas de hacerlo. Prepárale unos brownies, escríbele una canción, constrúyele una cabaña en el bosque: desmelénate.

—Tal vez.

—Sabes que aquí me tienes para lo que sea, ¿no? —me preguntó, con los ojos brillantes.

—Lo sé.

La agarré de la mano.

—Cualquier cosa de la que necesites hablar, a mí me interesa —insistió— Del robo, de tu nueva escuela, de cómo van las cosas con el terapeuta, de tus relaciones, de tus amigos, de chicos o chicas, de lo que sea…

—Está bien, mamá. De verdad. Estoy bien —Si pasábamos por alto el insomnio, los ataques de pánico ocasionales y las locuras que me cruzaban por la cabeza— Las cosas se están calmando.

Lanzó un sollozo.

—Ay, Dios mío, estamos en un sitio público. No te pongas a llorar —le ordené— No es el lugar ni el momento.

—Por supuesto que lo es. Nos estamos abrazando en medio de unos grandes almacenes —Mamá me apretó con fuerza. Es un bonito momento madre/hija. Vamos a pedirle a ese desconocido que pasa que nos saque una foto.

Puse los ojos en blanco. Entonces una marca en su cuello me llamó la atención y entrecerré los ojos.

—¿Mamá? ¿Eso es un chupetón?

—¿Qué? —Rápidamente, se cubrió con la mano el pequeño moratón que tenía debajo de la oreja. ¡No, claro que no!

—Lo e. —Me quedé boquiabierta. Estás saliendo con alguien.

La culpa se tradujo en unos labios apretados y en unos ojos agrandados y llenos de pánico.

—Por supuesto que no. No seas tonta. ¿De dónde narices voy a sacar el tiempo, siquiera?

—Mamá…

—Entre tú y el trabajo, estoy hasta arriba.

Me plantó un beso en la mejilla y sonrió. Me pellizqué al quitar-me un collar anoche, eso es todo. El cierre se atascó.

—Sabes que no me importaría —le dije, mirándola con atención. No la creía del todo— Tienes derecho a vivir. Simplemente, no me hagas caso porque me haya disgustado al saber que estás saliendo con alguien.

—Te lo agradezco, cariño —Me miró con sequedad— Pero, Saku, no estoy saliendo con nadie.

Poco a poco, dejé escapar un suspiro.

—De acuerdo.

—¿Un café y un cake-pop?

—Sería un salvavidas en potencia ahora mismo.

Sonrió.

—¡Esta chica es de las mías! Vamos.

Y todo volvió a estar bien. O casi todo.

CAPÍTULO 24

El lunes, dejé una bolsa de galletas caseras en el pupitre de Sasuke en la clase de Lengua. Enarcó una ceja y luego la guardó en la mochila.

No hablamos.

El martes, le di un cupcake cuando nos cruzamos por el pasillo. La palabra «perdóname» era demasiado grande como para que cupiera en la parte superior, pero pensé que la P que puse en glaseado verde era elocuente.

Todavía seguimos sin hablar.

El miércoles, agotados tanto los productos de repostería como mi dinero, deslicé en su taquilla un haiku titulado «Soy lo peor». Componer una canción estaba descartado. Al principio lo había intentado con un soneto, hasta que me di cuenta de que era malísima con la poesía y, de todos modos, los haikus eran más cortos.

Ese día, en realidad, ni lo vi.

El jueves, en Lengua otra vez, coloqué un pequeño paquete de papel marrón, cuidadosamente envuelto, sobre su escritorio. Tenía ojeras de cansancio. Ladeó la cabeza, curioso o confundido, no pude precisarlo.

—Lechuga, jamón, queso suizo y pepinillos —le informé.

—¿Me has hecho un sándwich?

—Sí.

—Ah.

—No tienes que comértelo, si no quieres.

—No —dijo, colocando una mano posesiva sobre el bocadillo— Sí que quiero.

—De acuerdo.

Con eso aclarado, me di la vuelta en el asiento, para ponerme de cara a la pizarra.

—¿Saku?

Giré la cabeza por encima del hombro.

—¿Sí?

—Te perdono —dijo— Puedes parar con los regalos.

Exhalé lentamente.

—Qué bien. Me estaba quedando sin ideas. Mañana, probablemente, me hubiera ofrecido a llevarte los libros.

—¿Me habrías llevado los libros?

La hilaridad henchía sus ojos.

—Por supuesto. ¿Por qué no? —pregunté— Si la cosa se alargaba hasta el fin de semana, ya me veía lavándote el Charger o algo así.

Hizo una pausa. Luego negó con la cabeza y la melena le cayó hacia adelante para ocultar una sonrisa.

—Debería haber seguido resistiendo.

—Sasuke, no creo que seas una mala persona… Y confío en ti.

Se limitó a mirarme fijamente.

—Gracias.

De repente, sentí que respiraba con facilidad. Al igual que mis costillas, ya sanas, que parecían haberse encogido, pero que ahora volvían a su tamaño normal. Si Sasuke hubiera decidido que era un quebradero de cabeza relacionarse conmigo, habría sobrevivido. Lo sabía. Pero que me perdonase, sin embargo, sentaba mucho mejor. El taconeo de unos zapatos anunció la llegada de nuestra profesora. Miré hacia adelante con una despedida casi fue peor.