Ni la historia ni los personajes me pertenecen.

CAPÍTULO 26

—Solo digo que creo que, desde un punto de vista educacional, la película tenía mucho que ofrecer —observó Hinata, mordisqueando una pajita.

Era viernes por la noche y estábamos en una fiesta improvisada al aire libre, pasado el parque de skateboard de la carretera del viejo cementerio. Lo suficientemente lejos de la ciudad como para no despertar la preocupación de los padres, los ciudadanos responsables o la policía; pero lo suficientemente cerca como para que muchas personas de nuestro instituto aparecieran por ahí, junto con otra gente.

Las luces de los automóviles iluminaban el espacio. Uno tenía abierto el capó, con unos altavoces que emitían música a todo volumen desde la parte posterior. Otro tenía el indispensable barril de cerveza y los vasos de plástico rojo haciendo horas extras.

—El hombre feroz —dijo Hinata con una voz grave y profundamente inquietante.

Lancé un gemido. O fingí que lo hacía.

—Estuvo muy mal. Aún tengo ganas de arrancarme los ojos.

—Por favor… Te encantó.

—No, ni mucho menos.

—Sí, claro que sí. Otra primera vez que ya ha pasado… ya has visto una película porno. —Hinata sonrió— No puedo creerme que mi hermano tuviera eso en su ordenador. Con eso podré chantajearle toda la vida.

—Nunca más volveré a ver algo así —dije, dándole un sorbo a mi vaso de cerveza. Me gustara o no, era lo único que se ofrecía en esa fiesta— Me siento sucia, como si tuviera el alma manchada.

—Ah, pero es que la tienes. Ahora arderás en el infierno junto con todos nosotros.

Asentí con tristeza.

—Y no dejo de acordarme de esa pobre e inocente chica de las cavernas sacrificándose a los deseos antinaturales del Hombre Feroz. Qué valor…

—Salvó al clan.

Me llevé la mano al pecho.

—Un modelo a seguir para todas las mujeres jóvenes.

—Sí —suspiró Hinata— Quiero ser como ella cuando sea mayor.

Estábamos diciendo tal cantidad de bobadas que nos echamos a reír a carcajada limpia.

—Buenas noches, señoras —dijo Naruto, apareciendo de la nada como de costumbre.

Cómo alguien tan grande lograba escabullirse tan fácilmente era para mí todo un misterio.

—Hola, Naruto —lo saludé con una sonrisa, secándome las lágrimas de reír tan intensamente.

—¿De qué va esto? —preguntó, con ojos curiosos.

—De vida. De disfrutar de la vida.

No parecía muy convencido.

—Suigetsu está haciendo skateboard. Me he impacientado y he pensado en venir a hablar con vosotras.

—Qué suerte la nuestra —dijo Hinata— Sabes que hay muchas otras chicas aquí a las que podrías molestar.

Naruto le lanzó una mirada.

Ni idea de lo que significaba.

Hinata me dio un discreto codazo mientras saludaba con un gesto de cabeza a alguien cercano. Pelirrojo, altura media, guapo. El chico de Trigonometría acababa de llegar. Aparentemente, la misma persona que le había preguntado a mi nueva mejor amiga acerca de mí y que había expresado un gran interés en conocerme.

Bebí un poco más de cerveza, tratando de estar tranquila en lugar de hecha un manojo de nervios, como solía, además de sudada. No funcionó.

—Ha venido —informó Hinata.

—Ya veo —«Inspira profundamente, espira lentamente»— No sé…

—Agradable, nada amenazador, sabe lo que se hace si creemos a su última novia.

—¿De qué estamos hablando? —murmuró Naruto, que bajó la cabeza a nuestro nivel— ¿A quién estamos mirando?

—A nadie. Vete —dijo Hinata.

—¡Pero quiero ser una de las chicas!

—No.

Le puso una mano sobre la cara y lo empujó. Naruto pronunció una especie de extraño de «ay» y desapareció en la noche.

—Eras tú quien quería acabar con su virginidad —señaló Hinata con calma— Pero depende totalmente de ti, Saku. Tú mandas.

Más cerveza.

—Recuérdame otra vez cuál fue mi razonamiento.

Levantando la mano, fue agarrándose los dedos uno por uno.

—Que puede ser complicado y doloroso y que posiblemente da vergüenza. Y que lo único que quieres es terminar con ello de una vez, para que cuando conozcas a alguien con quien quieras tener una relación, lo que podría no suceder hasta dentro de unos años, seas su igual.

—Claro, eso tiene sentido —confirmé— La lógica es consistente.

—Además, si él sabe realmente lo que está haciendo, deberías tener un orgasmo. ¡Premio! Encima, es también otra primera cosa que querrías experimentar en caso de que, de alguna manera, mueras mañana en un accidente estrambótico —prosiguió— Atrapada en una estampida de llamas desbocadas. Atacada por una manada de perros shih tzu rabiosos. Esa clase de cosas.

—Te burlas de mí, pero podría suceder —Chasqueé los dedos— Así, en un visto y no visto, te has ido, muerta. Fin.

—Está bien, mi macabra amiga. Lo que tú digas —Me quitó la cerveza y se la terminó— Tropieza casualmente con él mientras vas a buscar más bebida. Dile algo… He oído decir que a los chicos les gusta.

No podía moverme.

—O no. Te quedas a dormir en mi casa, así que tienes toda la noche —recalcó— Siempre puedes decidirte más tarde. Sin prisas.

—Sin prisas.

Aparte de la mano que me agarraba el corazón y cuyos dedos se iban apretando lentamente en torno a él. No tendría un ataque de pánico. No perdería el control.

—Podrías esperar un poco más, mágicamente conocer a alguien maravilloso y desear que sea el primero —Hinata se encogió de hombros— Nunca se sabe. Solo has estado en nuestro instituto un par de semanas.

—Cierto.

—O tal vez ese tipo de ahí es de quien te enamorarás, os casaréis después de la universidad y tendréis hijos —Una sonrisa soñadora se dibujó en su cara— Entonces podrás decirle a todo el mundo que te casaste con tu novio del instituto.

—Mmm.

—Y solo practicarías el sexo con una persona.

Fruncí el ceño.

—Sí —dijo ella— No estoy muy segura de que sea una gran opción, después de todo. Para siempre es mucho tiempo.

—Solo tengo diecisiete años, o sea que yo tampoco lo creo. Aunque podríamos equivocarnos.

—Tal vez —coincidió— Concentrémonos en desvirgarte y dejemos el «vivieron felices y comieron perdices» para otro momento.

—Creo que sería lo mejor.

Hinata había salido con un chico del último curso el año pasado. Habían roto cuando él se fue a la universidad. Había perdido la virginidad hacía mucho tiempo en aras del amor.

—La melena rosa te brilla, te has maquillado perfecto, llevas unas botas estupendas y me gusta realmente ese vestido que te has puesto —declaró echándome un vistazo general.

—Gracias —Alisé la falda de algodón negro— No hay nada como un vestido largo.

—Cierto.

—Es solo un pedazo de piel sin sentido, con un nombre penoso —dije, y me puse de pie, irguiendo los hombros y los pechos— No lo necesito.

—Pues claro que no —Hinata me puso el vaso de cerveza vacío en la mano, con cara seria— Sin piedad. A matar. O haz lo que sea con lo que te sientas cómoda, ¿de acuerdo? Es tu cuerpo y tu elección, y lo respeto.

—Me alegro de que seamos amigas.

Rodeándole los hombros con un solo brazo, casi la abracé. Separó los labios por la sorpresa. Supongo que el hecho de que yo mostrase afecto no sucedía a menudo. Mi madre, en general, tampoco era especialmente cariñosa y no solía abrazarme.

—Yo también —dijo, y los ojos se le llenaron de lágrimas.

No más dudas: con el vaso vacío en la mano, me dirigí hacia el gentío. Todos y cada uno de mis pensamientos se concentraban en qué demonios decirle al chico; no es de extrañar, pues, que casi lo atropellara.

—Oh —murmuré y me detuve de golpe, ya que me encontraba mucho más cerca de él de lo previsto— Lo siento. Debería haber mirado por dónde iba.

Los amigos que estaban a su lado siguieron hablando, pero él se volvió hacia mí, mirando la taza.

—Eres una mujer en una misión.

—Sí. Sí, lo soy —Forcé una sonrisa— Me llamo Saku.

—Sasori —Su mirada era cálida, amistosa— Vamos a la misma clase de Trigonometría, ¿verdad?

—Así es.

Éramos más o menos de la misma altura, pero él tenía los brazos llenos de músculos. Claramente, se entrenaba. Una nube de pecas le cubría la nariz. De cerca, me parecía más guapo que nunca.

—¿Te gusta el nuevo instituto?

—Mucho más que el último.

—Qué bien. Venga, deja que te ayude con esa bebida.

—Gracias.

Le di mi vaso y él fue abriendo camino para los dos a través del gentío. Con frecuencia, se volvía para sonreírme. Hoy era la noche. Sí, hoy, y eso a pesar de los nervios que me asaltaban.

Un par de personas nos observaban, no tengo ni idea de por qué. Uno de los tipos que se apiñaba junto al barril palmeó a Sasori en la espalda mientras otro le decía «hola». La cerveza fluía, y me llenó el vaso hasta el borde antes de devolvérmelo y llenar el suyo. La cerveza fría me refrescó la mano durante solo un minuto, antes de que Sasuke tomara el vaso y derramase el contenido sobre la hierba.

«Pero ¿qué narices?».

—Nunca dejes que otras personas te traigan la bebida —dijo, riñéndome como a un niño; uno que hubiera sido particularmente travieso.

—He estado aquí todo el tiempo —repliqué.

—Estaba de espaldas a ti cuando te lo llenó —Sus ojos negros se volvieron de hielo— Puede haberte echado algo dentro.

—Yo nunca haría eso —exclamó Sasori, ofendido.

Sasuke apenas le dedicó una mirada asesina.

—Saku, ¿lo conoces? ¿Cómo has podido ser tan estúpida?

—Basta —espeté, bajando la voz y acercándome más— Tienes razón, debería haberme servido la bebida yo misma. Pero tienes que calmarte, joder.

—Perdóname si la idea de que te droguen y te violen me parece un poco inquietante.

—¡Sasuke!

—Uchiha, capullo —Sasori dobló los músculos de los brazos y cerró las manos en puños— Tú eres el traficante, no yo. No le he echado nada en la bebida. Yo nunca haría eso. Saku…

—No le hables —gruñó Sasuke— Ni siquiera la mires.

—¡Oye! —exclamé.

La gente comenzó a agruparse a nuestro alrededor, emocionada, soliviantando los ánimos. La testosterona llenaba el aire como un miasma maloliente. Con la mandíbula rígida y las venas del cuello sobresaliendo, Sasuke dio un paso adelante. Obviamente listo para pelear.

Le puse la mano sobre el pecho y lo contuve por pura fuerza de voluntad y gracias, también, a que puse cara de cabreo.

—Ya basta. Vámonos.

Su mirada, furiosa, osciló entre mi cara y la de Sasori. Sasori no dijo nada. Curiosamente, y a pesar de su anterior actitud combativa, ahora nos miraba con cautela.

—Sasuke —Metí la mano que me quedaba libre en la suya, forzándolo a que abriera los dedos y la aceptara— Venga.

Aunque ligeramente, relajó la postura y distendió los hombros. Con eso me bastaba. De inmediato, medio lo conduje, medio lo arrastré, entre la multitud. Lejos de la gente, las luces y la música; tan lejos que no paré hasta que estuvimos solos él y yo en el aparcamiento, de pie junto a su automóvil.

Todo había acabado. Bien.

—Oh, mierda —murmuré conforme los latidos del corazón me disminuían gradualmente.

Le solté la mano y anduve un poco, respirando con dificultad. Me pregunté si eso era lo que él había sentido al impedir la pelea entre Konan y yo. La idea de que se lastimara, de que se metiera en líos con la policía o algo parecido, hizo que quisiera vomitar.

— Joder, Sasuke —añadí— Pero ¿qué demonios ha sido eso?

—¿Pensabas perder la virginidad con Sasori Dickerson? —se burló— ¿En serio?

Me paré y me quedé mirándolo. Aquello no me gustaba nada.

—¿Y tú cómo lo sabes?

—Naruto os escuchó a Hinata y a ti comentándolo.

—Desgraciado.

—¿Y bien? —exigió autoritariamente.

«Idiota».

—Para ser justos, no sabía que su apellido era Dickerson —comenté— Algo lamentable. Aunque, en realidad, no estaba planeando casarme con él, así que…

—No tiene gracia.

Me encogí de hombros.

—Apenas conoces a ese tipo.

—Mmm, sí. Y este asunto no te incumbe. No vamos a hablar más de esto.

¡Qué humillante! La cara me ardía. La gente debería reunirse a nuestro alrededor y calentar malvaviscos.

—Aprecio de veras que seamos amigos. Significas mucho para mí. Pero esto, definitivamente, no es ni de broma asunto tuyo, así que vete, por favor.

—Vamos a seguir hablando de esto. —Dio un paso adelante.

—No, no vamos a hacerlo. —Retroceso.

—Ibas a dejar que un completo extraño te tocase a su antojo. —Avance.

—La gente lo hace todo el tiempo. «» lo haces todo el tiempo. —Retirada.

—Pero tú, no —dijo, dando el paso final, de forma que me acorraló contra un costado del Charger y se me encaró— Saku, estamos hablando de tu primera vez, ¿no es así?

—Sí, y va a ser desagradable y doloroso y probablemente muy vergonzoso, y solo quiero hacerlo y que termine —Traté de mirarlo a los ojos, pero fallé, de ahí que me conformara con apuntarlos hacia un punto por encima de su hombro derecho— No eres una chica: no lo entenderías. Además, la última vez que lo comprobé, no eras el guardián de mi himen, Sasuke Uchiha. Así que vete a la mierda.

No dijo nada. Respiré profundamente para calmarme.

—Mira, algún día conoceré a alguien que realmente me gustará y tendremos una relación profunda y significativa y lo haremos como conejos. Pero no quiero ser la virgen tonta en ese escenario.

Él negó lentamente con la cabeza.

—Además, no quiero morir virgen.

—¿Qué? ¿De qué narices estás hablando?

—Oye, tú y yo sabemos que la muerte puede llegar en cualquier momento.

—Eso es de locos.

—¡Estoy yendo al psicólogo! —exclamé a su hombro— No sé si te has dado cuenta, pero estoy un poco deshecha últimamente. Me cuesta confiar en la gente. Y eso no va a cambiar pronto.

Él me miró con cara de desaprobación.

—Qué…

—Solo trato de ser práctica.

—Bueno, pues estás siendo ridícula. Nada de todo esto tiene sentido.

—Para mí, sí.

Nuevamente, no dijo nada.

De hecho, no dijo nada durante tanto rato que, al final, le miré a los ojos. La ira lo había abandonado, reemplazada por una emoción que no reconocí. Lo peor de todo es que él todavía olía igual que el verano: a un poco de sudor y al aire abierto de la noche, todo lo que yo amaba. Todo lo que me gustaba.

Quería decir todo lo que me gustaba.

—¿Qué? —dije, finalmente.

Dejó escapar un suspiro.

—Yo lo haré.

Abrí la boca. Parpadeé.

De alguna manera, parecía que el cerebro se me había atascado. No podía haber dicho lo que pensaba que acababa de decir porque sería una locura.

UNA LOCURA.

—¿Cómo? —pregunté— ¿Qué has dicho?

—He dicho que yo lo haré —Vaciló y el rostro se le ensombreció— Si quieres.

—Caramba.

Los dos permanecimos en absoluto silencio durante unos instantes, ya que toda la situación era endiabladamente extraña. Luego Sasuke tragó saliva con dificultad.

—Así que… ¿Quieres que lo haga o no, Saku? ¿Sí o no?

—S-sí. De acuerdo.

Un gruñido.

—Gracias —Me quedé inmóvil, muy perpleja— Pensaba que no te gustaban las vírgenes… Ya sabes, la posible visión de sangre y esas cosas.

—Pues no, normalmente no. Pero tú me gustas. Venga.

—¿Esto va a afectar nuestra amistad? —pregunté, indecisa y tal vez un poco asustada.

—No.

Entró en el automóvil, extendió la mano y desbloqueó la puerta del lado del pasajero. Subí y me puse el cinturón de seguridad.

—Tenemos que asegurarnos de que no lo haga.

—No lo hará —insistió con tanta seguridad que una mujer de menor altura moral se habría sentido insultada.

Sin dudas, sin titubeos. Su rostro tenía una expresión decidida.

—Solo una vez. Y se acabó.

—Está bien.

—Vamos a mi casa. Mi tío no está.

La ansiedad me dominaba por completo. Hice un gran esfuerzo para no montar un drama y para permanecer sentada y quieta, con una expresión calmada y la vista puesta en la carretera que tenía delante.

Sasuke y yo practicando el sexo. Desnudos. Haciéndolo.

Mi mente apenas podía comprender la enormidad de la situación. Afortunadamente, me acordé de enviarle un mensaje a Hinata y de decirle que Sasuke y yo íbamos a dar una vuelta en el Charger. Por la forma en la que seguía desapareciendo de su radar durante las fiestas, me estaba convirtiendo, probablemente, en la peor amiga de la historia.

El tiempo comenzó a comportarse de una manera extraña: el viaje había durado una eternidad y, sin embargo, llegamos demasiado pronto. Nos detuvimos frente a una casa de dos pisos rodeada de altos árboles. La luz del porche estaba encendida, en señal de bienvenida. No intercambiamos palabra alguna mientras lo seguía hacia el interior de la oscura casa. De repente, la luz me deslumbró, mostrando una estancia llena de libros sobre horticultura, parafernalia de fútbol, fotografías de colinas y lagos y demás, y la televisión de pantalla plana más grande del mundo. Nada allí reflejaba realmente a Sasuke. Sus botas subieron las escaleras y yo fui detrás con lentitud, arrastrando los pies. Lo encontré de pie en medio de un dormitorio, mirando alrededor. Una lámpara en la mesita de noche brillaba suavemente.

—Está hecho un desastre —comentó, antes de ponerse en acción. Arrojó los zapatos y la ropa dentro del armario, mientras apartaba a un lado la mochila y los libros de estudio— Cambié las sábanas ayer, lo juro.

Me quedé en la puerta, sin saber cómo proceder.

—De acuerdo.

No lo había desempaquetado todo; una pila de cajas se acumulaba a un lado. Sin embargo, fotografías de él y de un chico de aspecto similar, algo mayor, colgaban de la blanca pared. Tenía que ser su hermano. Junto a ellas había una estampa de la familia al completo, que incluía a su madre y a su padre, y seguidamente aparecía una imagen de un Sasuke mucho más joven con una mujer, posando junto al Charger. Cortinas azul marino, un póster de los Ramones y una gran cama.

De acuerdo.

—Perdona por el desorden —dijo, todavía ordenándolo todo con ganas— No suelo traer chicas aquí.

—No pasa nada.

Hizo una pausa.

—Adelante. Siéntate.

Hice lo que me dijo, dando el último paso fatídico (emoción, intriga, dolor de barriga) hacia el interior de la habitación de un chico. Conforme avanzaba, las cosas parecían más fáciles. Como se me indicó, me senté en el borde de la cama y el colchón se hundió un poco debajo de mí. Firme pero flexible.

—Sasuke, realmente no pasa nada. Deja de agobiarte.

Arrugó el entrecejo.

—Solo soy yo —le recordé, intentando sonreír— Relájate.

Soltó una carcajada. Supongo que los dos estábamos nerviosos.

Entonces dijo «condones» y salió corriendo de la habitación. Se oyeron ruidos provenientes del baño, al fondo del pasillo, y regresó triunfante, con una hilera de paquetes plateados colgada de la mano.

—¿Estás segura de que quieres hacerlo? —preguntó.

Asentí con la cabeza.

—¿Y tú qué? ¿Estás seguro?

Cerró la puerta de la habitación, echando la cerradura con un clic. El corazón me latía con fuerza.

—¿Estás «tú» seguro?

Sasuke se limitó a mirarme.

—Los zapatos son incómodos. Deshagámonos de ellos enseguida.

—De acuerdo. —Las instrucciones eran algo bueno: podía seguirlas. Me desaté los cordones con torpeza, pues las manos me temblaban. Metí los calcetines dentro y luego las empujé debajo la cama, fuera del paso— Hecho.

De espaldas a mí, se levantó y hojeó un libro. Había un portátil nuevo, y de aspecto caro, sobre el escritorio. Me pregunté si formaba parte de su determinación de ponerse serio con los estudios.

Se sentó junto a mí y me colocó el libro abierto sobre el regazo.

—Aquí —señaló.

—¿Qué es esto?

—En caso de que tengas alguna pregunta —comentó— ¿Sabes lo suficiente para distinguir las partes del chico y de la chica o necesitas ayuda?

Si lo hubiera hecho, el texto de Biología que me había proporcionado tenía diversos diagramas, grandes y bien etiquetados, que explicaban la anatomía más relevante y el proceso de fornicación en profundidad. No solamente era informativo, sino que se trataba de un libro pesado y que podía ser una buena arma. Lo cerré, usándolo para tratar de pegarle en la cabeza. Por desgracia, Sasuke era demasiado rápido. Esquivó mis golpes y me arrancó el libro de las manos, lanzándolo lejos. Me conformé con darle unos cuantos cachetes.

—Perdona —dijo entre risas.

—Ni hablar —refunfuñé.

Me agarró las manos y me hizo volver a la cama. El muy tonto. En esa posición, podía usar también las piernas.

—Mierda —dijo, luchando por mantener mi rodilla fuera de su entrepierna— Saku, quieres que eso me funcione, ¿recuerdas?

—He cambiado de opinión.

A pesar de mi ira, él ganó.

Con las manos me agarró de las muñecas y las sostuvo sobre mi cabeza. Su cuerpo se asentó sin problemas entre mis muslos. Lo peor que podía hacer ahora era golpearle con los talones en la parte posterior de las piernas en señal de protesta. Y lo hice.

—Perdona —dijo de nuevo— De verdad.

—Todavía estás riéndote.

De alguna manera, logró calmarse.

—En realidad no has cambiado de opinión, ¿verdad?

Resoplé tan desdeñosamente como pude.

Siendo realistas, sin embargo, dudaba que pudiera aguantar más de un minuto, o dos como máximo. Aunque parte de su peso lo apoyaba sobre los codos, la sensación de su cuerpo presionándome contra la cama hacía que todo se me agitara dentro.

Pacientemente, esperó.

—Mmm. Supongo que no —dije.

—Necesito algo más definitivo.

Tragué saliva.

—No, no he cambiado de opinión. Sí, todavía quiero tener sexo contigo.

Una progresiva sonrisa, que me revolvió de arriba abajo, le cruzó el rostro.

Acostado sobre mí, tan cerca, parecía más guapo que nunca. No era justo. Pasara lo que pasase después de esa noche, de la forma en la que esto pudiera cambiar las cosas, nunca me arrepentiría de haber entrado en la habitación de este chico. No podía.

—Parece que ya hemos asumido la posición —dije, la comisura de mi boca doblándose en un intento de sonreír— ¿Era este tu vil propósito con el libro de texto todo el tiempo?

—Tal vez —Se pasó la lengua por los labios— Solo quería molestarte, sobre todo. Distraerte para que no estuvieras nerviosa y dejaras de ponerme nervioso a mí. No tenía ni idea de que intentarías hacerme daño.

—Soy una chica dura.

—Lo eres.

—No estás realmente nervioso, ¿verdad? —le pregunté, pero no me contestó.

Por el contrario, su boca se posó sobre la mía, gentil, vacilante casi. Como si todavía tuviera dudas sobre mi compromiso con toda esa historia de la pérdida de la virginidad.

No era suficiente.

En un impulso, hice que rodásemos y me puse encima, él de espaldas contra el colchón. La sorpresa se convirtió en una sonrisa, sus manos se deslizaron por ambos lados de mi cuerpo sobre el algodón de mi vestido. Arrodillada sobre él, lo besé como quería, como me había imaginado en mis más locas fantasías. Con dulzura, intensidad y ansia. Sin contenerme.

El ruido que emitió desde la parte posterior de la garganta sonó como algo a medio camino entre un jadeo y un gemido. De cualquier modo, estaba cargado de aprobación. Un beso nunca había sido tan bueno, tan absorbente. Éramos todo labios y lenguas y dientes. Sus manos se movían incansablemente, acariciando mi piel febril, apretándome contra él. Estar tan cerca, tocarlo como quería, sentir su firme cuerpo debajo de mí... Busqué con los dedos su pecho y los deslicé debajo de su camiseta, sin necesidad de barreras.

Lo quería todo. Cada parte de él.

La barba de dos días me rascó la mejilla, mis labios se movieron hacia su cuello. Su aroma, ahí, era más fuerte, más cálido. Lo besé, lo lamí e hice lo que quise. Mordisquearlo solo porque podía. Sasuke maldijo con una voz mil millones de veces más profunda de lo normal, mientras me recorría con las manos la parte posterior de los muslos. Con la cara contra su cuello, podría haberme quedado allí para siempre. Me sujetó el trasero con dedos fuertes, presionando mi cuerpo contra él.

—Saku —susurró.

—¿Eh?

—Lo que quieras.

—Quiero esta camiseta fuera —le contesté, jadeando un poco, tirando del ofensivo objeto.

Se sentó, obligándome a hacer lo mismo, y luego se quitó la camiseta. El brillo de sus ojos, su absoluta concentración... Dios, todo en él. Toda esa piel dorada, a mi disposición para ser explorada… Posé la palma de la mano sobre su corazón y noté lo rápido que latía. Por dentro parecía estar tan agitado como lo estaba yo.

—¿Te acuestas a mi lado? —preguntó.

Asentí con la cabeza, y con la mano, guio una de mis piernas para ponerla sobre él, mientras mi cuerpo volvía a caer encima del colchón. Levantado sobre un codo, me miró. Con los dedos trazó dibujos en mi brazo, alrededor de mi hombro y sobre mi clavícula. Nos besamos como si nunca nos hubiéramos de separar. La vida y la muerte, el tiempo mismo, nada de eso importaba. Esta noche sería interminable y no existiría nada más allá de la cama.

Me agarró uno de los pechos, palpando su peso, con los ojos enormes. Fue algo impresionante, la sucesión de palabras realmente obscenas que brotaron de sus labios. Básicamente, creo que le gustaban mis tetas. Y me gustaba que le gustara esa parte de mí.

Dios, me gustaba tanto…

Suavemente, el dorso de su mano descendió por mi pecho, pasó por mis tetas y luego fue más allá. No se detuvo hasta que llegó al dobladillo del vestido, que se remangaba en lo alto de mis muslos. Mis muslos rotundos y voluminosos. Mi abultado vientre. Por desgracia, la vergüenza que me producían algunas partes de mi cuerpo todavía me duraba. Qué puñetero asco. Acabé con el beso, respirando pesadamente, con las manos enredadas en su cabello.

—¿Estás bien? —Todo el cuerpo se le quedó quieto— ¿Quieres que me detenga?

—No.

—¿Qué pasa? —La mano que había estado sobre mi cadera, debajo del vestido, pero encima de la ropa interior, se movió para acariciarme la mejilla— Hola.

Las dudas y una oleada de negatividad me invadían rápidamente y ahuyentaban la felicidad del momento.

«No, de ningún modo. No aquí, no ahora, no nunca».

—No pares —Le agarré la mano y me la puse de nuevo en la cadera— La cabeza, que se me está poniendo tonta. No hagas caso.

Con las cejas arrugadas, permaneció sin moverse.

—¿Tonta acerca de qué? Dime.

Oh, Dios, qué vergüenza. Me cubrí la cara con las manos, incapaz de mirarle a los ojos. Era lo peor. Cuenta siempre conmigo para estropear un buen momento.

—Solo estás haciendo esto por lástima.

—No, no es cierto.

Tal vez debería arrastrarme hasta debajo de la cama o desaparecer dentro del armario. Esperar a que se fuera a dormir y luego salir pitando hacia casa. Y si se lo pedía amablemente, mientras le seguía trayendo sándwiches durante un tiempo, incluso podríamos fingir que esto nunca había sucedido.

—¿Saku?

No respondí.

Curiosamente, se oyó el sonido de una cremallera al abrirse. A continuación, Sasuke me agarró de una mano y se la llevó, primero, a la su boca y luego a la mejilla.

—Mírame.

Suspiré, pero lo hice.

—Eres sexi y suave. Y me pone como una moto tenerte debajo de mí.

—Qué amable eres.

—Para nada —Me apretó la mano contra su corazón, que todavía le latía el doble de veloz— ¿Lo notas?

Asentí.

Seguidamente, me metió la mano en sus jeans y presionó la palma contra la dureza que había bajo su ropa interior.

—¿Y ahora, lo notas? Es lo que llamamos un pene. Has visto uno antes en el libro, ¿te acuerdas?

Aturdida, no dije nada.

Por supuesto que sabía que él tenía uno y que estaría involucrado en las actividades de esta noche. Pero dudaba que hubiera entendido completamente que iba a tocarlo, a sentirlo, incluso aunque fuera cubierto por sus calzoncillos: atribuyámoslo a la falta de oportunidades de sobar a los chicos. Nunca había ido más allá de besarme y, ocasionalmente, de que me tocaran una teta. Y heme aquí, con un pene casi en la mano.

—Para ser justos, he oído decir que se ponen duros con algunos pretextos bastante endebles —observé.

—Tengo dieciocho años, Saku, no doce —Una, dos, tres veces, me besó en los labios— No estoy cerrando los ojos e imaginándome a otra persona. Eso no es lo que está pasando. Estoy aquí, contigo. Te deseo, ¿lo entiendes?

Sentí un nudo en la garganta y los ojos se me llenaron de lágrimas.

—Y que te menosprecies no está bien —dijo, con los ojos abiertos, sincero y un poco enojado.

—De acuerdo —Sorbí las lágrimas para recuperar el control de mí misma. Yo era un quebradero de cabeza tal que fue un milagro que Sasuke no me echase de la cama a patadas. Lentamente, con cuidado, cedí a la curiosidad y cerré los dedos alrededor de su miembro— No es muy pequeño.

Una leve sonrisa le dobló los labios.

—Ni inútil tampoco.

Con un gruñido, apretó las caderas para incrementar la presión. Su boca cubrió la mía una vez más y luego volvió a ponerme, firme pero suavemente, la mano sobre su pecho.

—Más tarde —murmuró.

Sus hábiles dedos resiguieron el contorno de la cintura de mi culote, con lo que estimulaban la sensible piel de la zona. Una y otra vez, apretó con suavidad los nudillos contra la parte delantera de mi ropa interior, desde el ombligo hasta la entrepierna. Notaba el bajo vientre tenso, con la sangre corriendo por mis venas.

Cuando finalmente deslizó la mano dentro de mi ropa interior, quería que él lo hiciera, lo necesitaba desesperadamente. Incluso el más mínimo contacto me hacía temblar. Moví las piernas desnudas, inquietas contra el colchón, cada músculo se me contraía más y más. Sasuke sabía cosas, cosas mágicas. Y aunque sí, era algo que podría haberme hecho yo misma, tenerlo a él conmigo lo hacía mucho mejor.

No tenía tiempo de ser autoconsciente o de ponerme nerviosa. La sensación me recorría de arriba abajo, emocionante y completa. Chisporroteos y destellos en los ojos y el mejor subidón de endorfinas. Todo el cuerpo se me puso tenso, hundí los dedos en su espalda, boqueé en busca de aire. Tardé un poco en volver a recuperarme.

Un dedo se colgó de la parte delantera de mi cintura, interrogativo.

—Podríamos parar aquí —jadeó Sasuke.

—No te atrevas.

—Gracias a Dios.

En un abrir y cerrar de ojos, mi ropa interior salió volando hacia una esquina de la habitación. Juntos subimos el vestido hacia arriba y me lo quité, por encima la cabeza. Me cubrió el pecho de besos con su boca caliente, mientras con los dedos luchaba con la parte posterior del sujetador. Entretanto, yo intentaba quitarle los jeans. Éramos un desastre excesivamente entusiasta, un barullo de bocas y extremidades.

Dios, cómo me gustaba.

Le pasé uno de los condones de la mesita de noche, resuelta, aunque poniéndome de los nervios por lo bajito. Se deshizo de su ropa interior y se puso la protección. Con una expresión seria al subir encima de mí, me cubrió el cuerpo con el suyo, caliente y grande.

—¿Estás segura del todo? —preguntó.

—¡Sasuke! Por favor, ¿podrías, de una vez, fo…?

Su boca cayó sobre la mía, la mano acariciándome el costado antes de colocarse entre los dos. Lentamente, presionó hacia delante. Era extraño, estar tan físicamente cerca de alguien. Una y otra vez, dejaba de besarme para comprobar cómo estaba yo, y siempre volvía a mis labios. Cerré los ojos y me agarré fuerte, tratando de estar relajada.

Dolía.

Por más natural que fuera, igualmente mis músculos se tensaron para resistirse a la intrusión, no sabía si a causa de los nervios o de la leve punzada de dolor. Luego Sasuke ya estaba dentro, hasta llegar a lo más profundo, cuando su cuerpo empezó a sacudirse contra el mío. Una mano fuerte me sostuvo el muslo, manteniendo mi pierna levantada en torno a él. La calidez de su aliento me cosquilleaba sobre parte de la cara y el cuello. Le acaricié la espalda, resbaladiza por el sudor, en un intento de memorizar cuanto pudiera de él así, tan cerca. Me agarré a él y esperé.

Pasado un tiempo, sus movimientos se hicieron más irregulares, más rápidos. El cuerpo se le tensó, gimió y me apretó con fuerza contra él. Resollando, se desplomó sobre mí, tan solo sosteniendo parte de su peso sobre sus brazos.

Lo había hecho. Había practicado el sexo. Qué increíblemente extraño.

—¿Estás bien? —me preguntó en voz baja.

—Sí.

Con cuidado, se retiró y se dejó caer sobre el colchón, a mi lado. Luego se miró a sí mismo.

—Joder.

—¿Qué?

Hizo una mueca.

—Sangre.

«Mierda».

Entre mis piernas, todo tenía un aspecto desastroso.

—Oh. Mmm, perdona.

Me levanté de la cama y recogí el sostén, el vestido y la ropa interior. Tras entreabrir la puerta de la habitación y buscar cualquier señal de vida en el resto de la casa, batí todos los récords de velocidad de la tierra corriendo hacia el baño al fondo del pasillo.

La chica del espejo no se veía diferente. Cabello revuelto, mejillas rosadas y labios hinchados. Nada permanente, no obstante, parecía haber cambiado por fuera. Por dentro, las cosas estaban un poco sensibles.

Me lavé y me vestí. Luego busqué una toalla facial para mojarla y llevársela a Sasuke.

—Por un momento me he olvidado de que no te gusta ver sangre —dije, regresando furtivamente a la habitación.

Un gruñido.

—¿Estás bien?

—Enseguida vuelvo.

Después de recoger los jeans del suelo, fue su turno en el lavabo. Por lo visto, no iba a responder a mi pregunta.

Tan feliz que no cabía en mí, me senté en el escritorio y comencé a ponerme las botas. Hacerlo sobre la cama no me pareció correcto, porque habíamos hecho lo que nos habíamos propuesto hacer y Sasuke no me parecía del tipo de hombres de los que hacían arrumacos. Ya era hora de volver a ser solamente amigos.

Claro, y podía con ello.

Se oyó la cisterna del inodoro y Sasuke reapareció, con el pelo recogido con una goma elástica. No me miró. Supongo que habíamos entrado en la parte de la velada en la que evitábamos el contacto visual. Qué incómodo.

Así la cosa, no funcionaría.

—Sasuke, mírame.

Hizo lo que le dije.

—Claro. ¿Todo bien?

Asentí con la cabeza y sonreí. Su sonrisa regresó progresivamente.

—¿Estás segura?

—Sí.

—De acuerdo. Bien —Suspiró, relajándose un poco— ¿Quieres que te acerque a casa?

—Si me llevas a la de Hinata sería estupendo, gracias.

Un movimiento afirmativo con la cabeza. Tomé el teléfono móvil y escribí un mensaje.

Yo: Regreso en 15.

Hinata: ?!

Yo: ¿Todavía estás en la fiesta?

Hinata: No, ven a mi casa.

—Estamos bien, ¿verdad? —pregunté, para nada ligeramente nerviosa— ¿Seguimos siendo amigos?

Levantó la vista, sorprendido.

—Pues claro.

—Bien. Eso es bueno.

Con la camiseta y los zapatos otra vez puestos, se puso de pie y colocó los brazos en jarras.

—No ha cambiado nada.

—Bien —repetí— Gracias. Por lo que hemos hecho.

—Claro —Otra sonrisa— ¿Lista para salir?

—Del todo.