Ni la historia ni los personajes me pertenecen.

CAPÍTULO 31

Volviéndolo a intentar con el libro de la nueva saga fantástica, sumado al medio quilo de helado de masa de galleta con trocitos de chocolate y al cielo estrellado que tengo sobre la cabeza, el sábado por la noche celebré mi propia fiesta. Fue perfecto.

Mamá dijo que saldría con unos colegas del trabajo, pero no la creí del todo. Algo le sucedía. Algo que, estaba bastante segura, causaba chupetones.

En cualquier caso, tenía la casa para mí sola. Ah, silencio, paz y serenidad. Había olvidado lo bueno que puede ser estar en tu propio espacio sagrado. No echaba de menos a Sasuke, para nada. Y no me imaginaba que el héroe del libro se le pareciese, porque eso sería un error y justamente lo contrario de lo que estaba tratando de lograr. Aunque me ayudó con mis problemas de concentración.

—Hola.

Grité, con el corazón martilleándome dentro del pecho. Una sombra, cuyo tamaño y forma eran muy familiares, se recortaba junto a mi ventana, que tenía abierta.

—Sasuke —dije, respirando un poquito rápido. Lo cierto era que, a esas alturas, se diría que ya tendría que haberme acostumbrado a sus apariciones repentinas— Mierda.

—He visto luz en tu habitación y he pensado en pasarme.

—Cómo no —Dejé la lectura y me coloqué en el otro lado de la cama mientras él subía para sentarse en el alféizar de la ventana— Pensé que estarías en la fiesta al aire libre.

—Podría decir lo mismo de ti.

La culpabilidad me inundó.

—Mi primer día de trabajo, ya sabes, estaba un poco cansada. Y me ha entrado dolor de cabeza con todas esas estúpidas velas perfumadas.

Asintió. Vestía jeans y camiseta blanca y llevaba el cabello recogido en una cola de caballo. Sus pronunciados pómulos le proyectaban sombras en el rostro.

—Sí, he estado muy ocupada —seguí parloteando— Ya sabes, servilleteros, cojines y esas cosas. Montones de artículos necesarios para el hogar.

—Ya.

Sonreí. Él, no.

—¿Quieres decirme por qué narices me has estado evitando, Saku?

—No he estado…

—¡No!

Me detuve. Su tono no invitaba al debate. Pero aun así…

—Sasuke, entiendo que estás molesto. Pero si vuelves a levantarme la voz, te empujaré para que te caigas por la puñetera ventana. ¿Entendido?

Por un segundo, apretó los párpados, como si tratara de recuperar el control o algo así.

—Perdona. Pero de verdad apreciaría que no me mintieras, Saku.

—De acuerdo —Tomé aire profundamente— Está bien.

—¿Qué pasa?

Me mordí el labio y me estudié las manos, cuyos dedos se entrelazaban sobre mi regazo.

—Las cosas se han vuelto un poco raras para mí. Simplemente he estado tratando de lidiar con ellas, eso es todo. Para que se arreglen dentro de mi cabeza.

—¿Qué cosas?

—Tú.

Tenía en la cara una expresión dura como la piedra.

—Es porque hemos follado, ¿no?

Me estremecí.

—Sí.

—Joder, Saku. Fue solo sexo. No significó nada.

En el fondo de mi corazón, acababa de morir una parte de mí pequeña y llena de esperanza; una esperanza estúpida que, para empezar, nunca debería haber existido.

—Lo sé. Estoy fastidiándolo todo. Lo siento.

—Si hablamos precisamente de esto antes de hacerlo. ¿Por qué estás hecha un lío?

—No lo sé —sollocé— Lo siento, mis sentimientos a veces van por libre. No siempre esperan mi permiso. Son así de simpáticos.

Soltó un bufido, resopló y maldijo un poco más.

—Por eso no hiciste caso de mi mensaje la otra noche. Yo siempre estoy a tu lado cuando me necesitas.

—Tienes razón; estuvo muy mal por mi parte. Lo siento —El estómago se me revolvió y noté un sabor agrio en la boca— Aunque no es como si tuvieras problemas para encontrar compañía si realmente la quieres.

Un brillo frío centelleó en sus ojos.

—No necesitaba a alguien a quien follar: necesitaba a un amigo. A ti.

Luego se volvió para irse y saltó desde el alféizar de la ventana en un ágil movimiento.

—Espera. ¡Espera! —grité, cruzando la cama y mirando por la ventana— Sasuke, no te vayas.

Su silueta vaciló.

—No debería haber dicho eso —La repisa de la ventana se me clavaba en la barriga— Ha sido mezquino e innecesario.

—Sí, es verdad.

—Es cierto… soy una idiota —dije, lo suficientemente fuerte como para que mis vecinos oyesen la conversación. Por Dios— Pero, para ser justos, nunca antes había tenido sexo y tú eres muy importante para mí. Así que quizá podrías darme un poco de margen, ¿no?

No se volvió, así que no pude verle la cara con tenue resplandor que venía de mi habitación. La cara que estuviera poniendo seguía siendo un misterio para mí.

—Tú fuiste quien quiso dejar de ser virgen, Saku. Todo fue idea tuya, tu estupenda idea. Solo quería que estuvieras a salvo, que te trataran bien.

—Lo sé.

—Se suponía que nada cambiaría. Ese fue el trato, ¿te acuerdas?

—Sí —murmuré— Pero los sentimientos no pueden apagarse y encenderse así de fácil, Sasuke.

Lanzó un gruñido. Lo hacía con demasiada frecuencia.

—Mira, tienes razón. Debería haberte hablado del asunto en vez de esconderme.

—Sí, deberías haberlo hecho. Tú también eres importante para mí.

—Gracias.

—Pero eso todavía sigue contigo —Era bueno saber que no tenía ningún interés en facilitarme las cosas. Cruzó los brazos sobre el pecho— De una forma u otra, debes lidiar con ello.

—¿Cómo?

—No lo sé. Solo… haz lo que sea que necesites hacer para olvidarte de que tuvimos relaciones sexuales y que podamos volver a la normalidad.

Fruncí el ceño y mantuve la lengua jugando por el interior de la mejilla.

—Un momento. ¿Me estás sugiriendo hipnosis o que me acueste con otra persona para superarte? Estoy un poco confundida.

Resonó el suspiro más afligido de todos los tiempos. En verdad, me sentí mal por el pobre chico.

—Tengo que irme. Le prometí a Naruto y Hinata que los acercaría a casa.

No dije nada.

—¿Todo bien?

—Sí, perfectamente —Mi capacidad de contar mentiras piadosas estaba superando todas las escalas. La CIA o Hollywood o alguien así seguro que me llamaría en cualquier momento— Sin problemas. Prometo no evitarte más.

—Bien. ¿Podríamos quedar mañana?

—Claro —Medio levanté una mano en señal de despedida— Buenas noches.

CAPÍTULO 32

Sasuke: ¿Qué tienes ganas de hacer?

Yo: Estoy mala, lo siento. Un poco cansada. Hablamos más tarde.

El teléfono móvil sonó.

—¿Hola?

—Pensaba que ya lo habíamos solucionado —dijo Sasuke—. Me estás evitando.

—No te estoy evitando.

—Sí, sí que me estás evitando —repitió, con la voz cortante por la tensión.

—Que n. —Apreté la mandíbula— Prometí que no volvería a hacerlo. De verdad que no me encuentro bien, Sasuke. A veces me pasa.

—Ah, ¿sí? —se burló— Anoche estabas bien.

—Tienes razón. «Estaba» bien anoche —La chica del espejo del baño me miraba con el ceño fruncido, tan furiosa como yo— Pero esta mañana la sangre ha comenzado a brotar del útero y ahora me siento como si me hubieran dado una paliza. No es muy agradable que digamos.

Un largo silencio.

—Sí. La regla me duele un montón, Sasuke. Así que, como ya habrás adivinado, no estoy de muy buen humor —dije con los dientes apretados— Además, me duelen los pechos, y como que me apetece matar a cualquier ser vivo.

—Mmm, de acuerdo.

—Estupendo, me alegro de que podamos hablar de esto. Adiós —terminé, pulsando con saña el botón de finalizar la llamada.

«Dame fuerzas».

Podría haber golpeado algo, preferiblemente a él. En cambio, tomaría dos ibuprofenos, volvería a la cama y sentiría pena de mí misma. En ese orden exacto. Hubiera sido agradable pasar el rato con Sasuke y despejar el ambiente de cualquier incomodidad que persistiera. Pero acurrucarse en posición fetal tenía prioridad en ese momento.

Un par de horas más tarde, mi madre entró tentativamente con una mirada curiosa en los ojos y una gran bolsa de la compra de papel blanco en la mano.

—Estoy preocupada. ¿Es posible que tengas un admirador secreto o un acosador asqueroso, pero práctico y rico, del que quieras hablarme?

—¿Qué? —Me senté e interrumpí la lectura del libro.

—Acabo de encontrar esto delante de la puerta —me informó entregándome la bolsa— Tampones, naproxeno y una caja de magdalenas de chocolate. Poco original pero bastante acertado.

Estallé en carcajadas. Ella ladeó la cabeza.

—Por favor, explícate.

—Asusté a un chico con mi ira menstrual —le conté, repasando el contenido de la bolsa— Aunque, para ser justos, se lo merecía.

—Mmm —Mantenía las cejas unidas y la mirada perpleja— ¿Va a dejar a menudo cosas en la puerta? ¿Tengo que configurar una cámara con sensor de movimiento para poder verlo?

—«Solo» es un amigo, mamá.

—Sí, claro —Me lanzó una mirada: «la» mirada— Esas magdalenas son de la panadería Fancypants. No es barata, niña.

—Ñam —Abrí la caja, salivando— Y son todas para mí.

—Te enseñé a compartir… Sé que lo hice —Sonrió— Así pues, ¿cómo se llama?

—Solo es un amigo.

—Qué nombre más poco habitual.

—¿A que sí? —Le pasé una magdalena— Toma.

—Oh, no debería —dijo mientras tendía una mano— Bueno, quizá solo un mordisco. No me vas a hablar de él, ¿eh?

—No hay nada que decir. Solo somos a…

—Amigos. Sí, ya lo he captado —Dio un bocado y una expresión de dicha le cruzó el rostro— Bueno, pues lo amo, quienquiera que sea. Ya tiene mi visto bueno. Son divinas.

Mordiendo mi magdalena, sonreí. Luego, una vez que mamá se hubo ido, levanté el teléfono móvil y marqué el número de Sasuke.

—Hola —dije.

—Hola. ¿Has recibido la bolsa?

—Sí, gracias.

—No hay de qué —Lo oí exhalar— Perdona por lo de antes.

—Tienes derecho a desconfiar —admití— Siempre nos estamos pidiendo perdón el uno al otro. ¿Por qué crees que será?

Una risa.

—No lo sé.

—Mi terapeuta diría probablemente que somos tipos de personalidad interesante que trabajamos nuestros problemas dentro de los límites de nuestras relaciones.

—Jesús —murmuró.

—Ñam —Di otro bocado, masticando con deleite— Estas magdalenas son increíbles.

—Qué bien. Llamé a Ruby y me indicó lo que podría gustarte.

—¿La camarera del bar de carretera?

—Sí.

—Sabe lo que se hace —afirmé, chupándome el chocolate glaseado que tenía en los dedos— Y no te preocupes, superaré mi rareza. El chocolate tiene todo tipo de propiedades curativas y mágicas.

—De acuerdo, muy bien.

Ninguno de los dos dijo nada durante un minuto. Sí, fue un silencio largo e interminable muy cómodo. No fue embarazoso para nada.

—Bueno, debería dejarte —dije al fin— Mamá quería…

—Sí, claro. Nos vemos en clase, Saku.

Y ya no estaba.