Ni la historia ni los personajes me pertenecen.
CAPÍTULO 33
Desconocido: ¡SOS!
Yo: ¿Quién eres?
Desconocido: Yo, tonta.
Yo: ¿?
Desconocido: ¡Naruto!
Yo: ¿Qué quieres y de dónde has sacado mi número?
Naruto: Sasuke me lo ha dado. Se ha quedado sin automóvil. Ven a buscarnos, necesitamos que nos lleves al instituto.
Yo: Enseguida voy.
Naruto: Por él sí haces cosas. ¿QUÉ HAY DE MÍ?
A la luz del día, la casa de dos pisos todavía parecía más necesitada de algún arreglo, a pesar de la perfección del jardín. La pintura desconchada y las enredaderas ocultaban el gran potencial del lugar. Supongo que su tío estaba demasiado ocupado llevando un negocio como para trabajar en la casa. No era un mal vecindario ni nada así. La mayoría de las otras casas estaban muy bien cuidadas, incluso inmaculadas. Solo la de Sasuke parecía desentonar, clamando por un poco de amor.
Mi amigo estaba inclinado sobre el motor. Pero cuando salí de mi vehículo, ya había pasado a tirar una llave al suelo, antes de liberar realmente sus frustraciones pateando uno de los neumáticos de la bestia.
—Maldita sea. Caramba.
—Sasuke —Un hombre salió de la casa, vestido con una opulenta bata de seda verde. Apartaba su largo cabello sobre uno de los hombros e iba bien afeitado— Oye, vamos. Cálmate.
Con los brazos en jarras, Sasuke miraba a la bestia.
—Se ha estropeado la tapa del distribuidor.
El hombre, posiblemente de treinta y muchos, le puso una mano en el hombro y se lo apretó. Lo que sea que el hombre le dijera a continuación no lo oí, pues estaba demasiado lejos. Hizo un gesto hacia un viejo sedán plateado que había aparcado junto a la bestia y Sasuke negó con la cabeza, con los labios pálidos de furia.
Mientras tanto, Naruto estaba sentado sobre la hierba del jardín, como si estuviera pasando el rato.
—Oye, fíjate: Saku está aquí, ¡menuda coincidencia!
Sasuke se volvió hacia mí, con el ceño fruncido.
—Buenos días —saludé, levantándome las gafas de sol hasta la cabeza.
El ceño fruncido se dirigió hacia Naruto, quien simplemente se encogió de hombros.
—¿Qué? Ella va a nuestro centro y necesitamos que nos lleven. Problema resuelto… De nada.
Nada de parte de Sasuke. Supongo que no le había dado mi número a Naruto ni le había pedido que me escribiera.
—Hola —dijo el hombre y vino hacia mí extendiendo una mano para que se la estrechase—. Soy Obito. El tío de Sasuke.
—Saku —respondí— Encantada de conocerlo.
Obito sonrió alegremente y unas arrugas de felicidad aparecieron alrededor de sus familiares ojos negros.
—Toma tu mochila, Sasuke. No querrás tener esperando a la dama.
Todavía con aspecto de descontento, Sasuke cerró de un portazo la puerta del lado del conductor de la bestia antes de irrumpir en la casa.
El tío Obito me ofreció una sonrisa cautelosa.
—No ha tenido una buena mañana.
—No, ya veo.
Una vez que Sasuke reapareció, con la mochila en la espalda, nos pusimos en marcha. Iba sentado, con aire deprimido, en el asiento del copiloto, mirando fijamente por la ventana, con la mandíbula apretada, mientras Naruto se estuvo quejando de tener que ponerse en el asiento de atrás hasta que llegamos a una cafetería donde servían café para llevar a automóviles.
Daba igual lo enojado que estuviera Sasuke: yo necesitaba mi dosis.
—¿Queréis algo? —les pregunté a mis pasajeros.
Naruto negó con la cabeza.
—Café —Sasuke sacó un billete de diez dólares del bolsillo— Te invito yo al tuyo.
—No hace falta.
El tono de su voz no se había suavizado ni una pizca.
—Considéralo un pago por la gasolina.
—De acuerdo.
Unos minutos más tarde, Sasuke tenía su café largo y yo tenía mi café con leche doble. Con suerte, la cafeína lo alegraría. Dios sabía que las mañanas se me hacían más soportables si tenía café a mano.
El resto del viaje al instituto transcurrió en silencio; incluso Naruto mantuvo la boca cerrada por una vez.
—Gracias —murmuró Sasuke al llegar, salió del automóvil y se alejó rápidamente.
Expulsando lentamente el aire, Naruto se apoyó en el respaldo de mi asiento y le dio un tirón a mi cola de caballo. Tendí la mano y le palmeé la suya.
—Gracias por venir —dijo en voz baja— Anoche me quedé en casa de Sasuke. Estuvimos jugando con el ordenador hasta muy tarde. Fue estupendo. Pero de verdad ha sido una mañana de pena.
—¿Por qué? ¿Qué es lo que ha pasado?
Pero ya había abierto la puerta y había salido. Se había ido, al igual que Sasuke. Tomé un sorbo del café, aún caliente, y recogí mis cosas. Todo había sido muy extraño. A pesar de haberle llevado hasta allí, Sasuke no se presentó en clase de Lengua. Y no volví a verlo por el instituto en todo el día.
CAPÍTULO 34
Los golpecitos en mi ventana llegaron justo antes de la medianoche y dejaron una mancha de sangre en el cristal. Por una vez, debido a la lluvia, estaba cerrada.
—¿Sasuke? —Me incorporé y me olvidé del libro. Una tormenta anterior había hecho que la madera se combara un poco y tuve que forcejear para abrir la ventana— ¡Mierda!
—Hola —Se tambaleó en la tenue luz, la sangre le cubría la cara— Hola, Saku. Yo, ah…
—Ven aquí.
—De acuerdo.
Lo agarré del brazo y lo ayudé a entrar. Bueno, a arrastrar a su patética persona contra su voluntad hasta la cama sería una descripción mejor. Su ropa estaba empapada.
—Acuéstate —le ordené, un poco más que atacada de los nervios.
Labio partido, nariz sanguinolenta, un ojo negro.
Menuda carnicería.
Le levanté la camiseta, en busca de aterradoras marcas negras o de cualquier otra señal que pudiera indicar una hemorragia interna o algo así. ¿Dónde había un titulado en medicina cuando una lo necesitaba?
—Estoy bien —dijo— Solo… yo… me he metido en una pelea.
—No me digas —Mi voz titubeó por culpa del mini ataque de corazón que me había producido la situación. Joder, me había asustado realmente. Me dirigí a la puerta— Necesitamos suministros. Quédate aquí. No te muevas.
En el lavabo, mi madre tenía un botiquín de primeros auxilios con lo básico. Lo saqué y también me hice con un par de paños húmedos. Gracias a Dios que estaba en el trabajo. Que Sasuke y ella se conocieran en esas circunstancias no sería muy bueno.
—No estoy borracho —afirmó mientras se tumbaba en la cama y comenzaba a limpiarse la cara— Solo he bebido un poco.
—¿Sí? Lástima. Apuesto a que ahora te duele mucho.
Un gruñido.
Una vez que le hube limpiado la mayor parte de la sangre, las cosas no parecían tan malas. A lo mejor estaba hecho un desastre, pero viviría. Le quité las Converse y metí la camiseta, los calcetines y los jeans, todo mojado, en la lavadora, con detergente abundante. Ahí se terminaba mi habilidad para hacer la colada. Con toda probabilidad, las manchas de sangre seguirían allí para quedarse. Con la suciedad, sin embargo, podría apañarme. Lo que me dio algo en qué pensar además del hecho de que Sasuke yaciera medio desnudo en mi cama.
—No quería ir a casa —murmuró, con los ojos cerrados— Lo siento.
—No pasa nada.
Le puse pomada antiséptica por todas partes, una bolsa de hielo en el ojo y una tirita en el corte de la mejilla. El labio partido había dejado de sangrarle, así que lo dejé en paz. Luego me centré en sus manos ensangrentadas.
—¿Por qué te has peleado? —pregunté, curándole con cuidado los nudillos, que tenía cortados— ¿Con quién te has peleado?
Gimió.
—Nada. No importa.
—Muy bien. ¿Pues de qué quieres hablar?
—No quiero hablar —murmuró con un temblor— Tengo frío.
Como estaba encima de la colcha, saqué la vieja manta de repuesto del armario y lo cubrí con ella hasta el cuello.
—¿Mejor? —pregunté.
Asintió.
—Con Itachi, discutimos. Fue él quien me estropeó el Charger. Fui a hablar con él.
—¿Tu hermano? Mierda. ¿Y entiendo que la visita no fue muy bien?
—No, para nada —suspiró y lanzó un gemido de dolor— El negocio va fatal. Quiere que vuelva a vender.
—¿Qué? —mascullé.
—No pasa nada. Le dije que no. Así es como acabamos peleándonos.
«Dios santo, menudo capullo».
Pronto, se le estabilizó la respiración y se relajó. Me senté allí, mirándolo, sin saber qué hacer. Dios, la hinchazón de su cara tenía un aspecto horrible. Debido a mis recientes aventuras con el insomnio, sabía que mamá había estado llegando a casa más tarde. Otro comportamiento extraño viniendo de ella, aunque ahora mismo ya tenía suficiente entre las manos para preocuparme de eso. Además, sabía que no venía a ver cómo estaba cuando llegaba a casa; no si mi puerta estaba cerrada. Ambas sabíamos que el hecho de que yo lograra conciliar el sueño medianamente bien era algo que sucedía tan pocas veces que no había que arriesgarse a hacer ruido.
El chico de mi cama estaba a salvo del drama materno.
Esperé hasta que la lavadora hubiera acabado para meter su ropa en la secadora. A esas alturas, había hecho todo lo que había podido hacer. Era imposible que pudiera dormirme después de toda esa emoción. Y con el cerebro a mil por hora, concentrarme en el libro sería igualmente improbable. Así que me acosté al lado de Sasuke, mirando cómo el pecho le subía y le bajaba.
Lo siguiente que recuerdo fue la luz de la mañana cegándome los ojos.
—¿Saku? Vamos, despierta.
—¿Mmm?
Entrecerrando los ojos, lentamente me desperté. Unos dedos me apartaron delicadamente el pelo de la cara, mientras unos adorables ojos negros me miraban.
—Hola.
—Buenos días —dije, aún sin creérmelo del todo.
Pero era realmente así. Me había dormido. Durante horas y horas, sin despertarme presa del pánico por pesadillas extrañas o malos recuerdos. Caramba. No me había sentido tan descansada en la vida.
—Necesito mi ropa —comentó.
—Mmm. De acuerdo. Será mejor que no hagamos ruido, no queremos despertar a mi madre —Tragué saliva— No estás muy presentable.
—No, seguro que no. —Trató de sonreír.
Salté de la cama; tenía que dejar algo de espació entre mi persona y la prueba de lo mucho que la luz de la mañana adoraba la piel de Sasuke. Anoche, lo había desnudado y le había dejado en su actual estado de semidesnudez. Sin embargo anoche, estaba demasiado preocupada por lo maltrecho que estaba para apreciar la vista. Para sentir la ardiente emoción del deseo corriéndome por las venas.
Todo estaba en silencio. Me moví por casa de puntillas, tomé su ropa y volví a toda prisa a mi cuarto. El chico casi desnudo había comenzado a hojear el libro que me estaba leyendo.
—Ten cuidado —murmuré mientras intercambiábamos la ropa por el libro— No me gusta que las páginas se arruguen.
—Lo siento —dijo con una sonrisa de diversión.
«Imbécil».
—¿Dónde has aparcado el automóvil?
—Vine andando.
—¿Que tú «qué»? —exclamé, para inmediatamente taparme la boca, demasiado ruidosa, con la mano— ¿Pero cuánto tardaste?
—¿Qué?
Retiré la mano y repetí la pregunta. Se limitó a encogerse de hombros, para luego ponerse los jeans y cerrarse la cremallera y el botón. Jesusito de mi vida. Una y otra vez, como un GIF de porno blando, mi mente reproducía esos diez segundos. No podía evitarlo. O no quería. Honestamente, era difícil decir con exactitud cuál de las dos opciones era. Olvidémonos del beicon sobre tortitas cubiertas con sirope de arce: él sí me hacía babear.
Para mi vergüenza. Tenía que existir un nivel especial del infierno para las personas que deseaban ver a su mejor amigo molido a golpes. Sin embargo,
¿cómo no iba a estar loca por él? Esa era la pregunta. Lo mejor para todos los implicados era que se apresurase y se pusiera la camiseta.
«Sácame de esta miseria».
Con la cabeza inclinada, preguntó:
—¿Y esa mirada? ¿En qué estás pensando?
—En beicon canadiense.
Pestañeó.
—Te invito a desayunar.
—¿Tortitas en Awful Annie's?
—Lo que te apetezca.
—De acuerdo, dame de cinco a treinta minutos para prepararme rápidamente.
Me puse a buscar en el armario. Pensamientos limpios, neutrales y felices: no recrearme en los pantalones de Sasuke ni en lo que contenían ni en nada; no preguntarme si, además de beber y de meterse en peleas, también había usado a una de sus amigas, siempre dispuesta, para la diversión desnuda como una distracción para olvidarse de toda la mierda sobre su hermano.
En realidad, no quería saberlo.
Definitivamente, era la clase de día para ponerse unos jeans negros rasgados. Sandalias Dr. Martens, top de rayas blancas y negras, ropa interior, y ya estábamos listos. Con la ropa seleccionada, me di la vuelta para sorprenderlo revisando mis estanterías.
—No estoy tocando nada —aclaró mientras levantaba sus maltrechas manos— Lo prometo.
—Puedes tocar. Solo sé cuidadoso.
Otra de esas sonrisas secretamente divertidas, únicamente porque no podía comprender mi amor verdadero y perdurable por los libros.
Vaya tipo más capullo.
Me apresuré a tomar una ducha y me limpié la suciedad del pelo con un champú seco antes de recogerlo en un moño. Uf, lo que fuera. Dadas las limitaciones de tiempo, un maquillaje básico sería suficiente.
—Será mejor que salgas por la ventana y nos encontremos al final de la manzana —dije, metiendo las últimas cosas que me hacían falta en un bolso— Ten cuidado. No vayas a hacerte más daño.
—Estaré bien —Se movió por la cama, con cuidado de mantener sus todavía sucias Converse fuera de la colcha. Una vez que se sentó en el alféizar de la ventana, se detuvo y se volvió— Gracias por dejar que me quedase anoche. Por cuidarme.
—Por supuesto —Los cumplidos siempre habían hecho que me sintiera extraña. No pude mirarlo a los ojos, así que me estudié los pies. Sí, todavía tenía los diez dedos, con las uñas perfectamente pintadas de negro. Asombroso— Tú lo harías por mí.
Por culpa del labio partido, su sonrisa estaba limitada.
—Te veo en la calle.
La calidez que persistió en mi corazón después de que se fuera iba más allá de la amistad. Y eso era peligroso.
