Ni la historia ni los personajes me pertenecen.

CAPÍTULO 35

La semana transcurrió sin problemas hasta después de la comida del miércoles.

Si alguna vez fue creado un día cargado de mala voluntad, ese era el miércoles. Era como si estuviese allí puesto, a mitad de la semana, para mofar-se de mí con los dos días de clases que aún quedaban antes de llegar al fin de semana.

Maldito miércoles.

A pesar de no haber podido evitar a Sasuke, mi amigo increíblemente atractivo y sexi, ya que él y Naruto habían decidido sentarse a comer con nosotras todos los días, las cosas iban bien. Pude controlar mis sentimientos.

Quién sabe, a lo mejor la negación y la represión eran buenas para el alma.

Sonó la campana de la clase, los pasillos estaban llenos de gente. Parloteos, risas, toda clase de ruidos fuertes resonaban. Afortunadamente, ninguno de ellos me desencadenó un ataque de pánico. Últimamente no tenía tantos ataques de locura. No sé si era por la terapia o qué, pero me gustaba mucho.

De pie junto a mi taquilla, mientras cambiaba de libros, alguien me tocó el trasero. Y no fue un roce leve, al pasar, posiblemente por accidente: ni mucho menos. Me agarraron un buen trozo de trasero y presionaron de manera contundente. A lo que siguieron unas risas masculinas.

Me volví, sin duda con cara de sorpresa.

—¿Qué narices…?

—Si es lo suficientemente bueno para Sasuke… ¿Eh? —dijo el Neanderthal.

Lo que le faltaba en altura lo compensaba en músculos. Creo que lo reconocía de la clase de Química. Más risas de su cuadrilla de amigos, igualmente idiotas y de aspecto atlético.

—Vete a la mierda —exclamé con mi tono más elocuente.

Apreté los puños, tenía tantas ganas de pegarle... No importaba que tuviera una musculatura tan desarrollada. Sin duda no acabaría bien para mí, pero me daba lo mismo. Dolor, hospital, castigo, expulsión temporal... Todo ello eran problemas de un futuro remoto. Lo que importaba ahora era la revancha, y reemplazar esa sonrisa de su jeta con algo mucho más feo.

La repentina imagen de mi madre se inmiscuyó en mi ira. La pobre mujer yéndome a buscar al hospital. De nuevo. Su decepción al contarme la conversación con el director. De nuevo.

Los puños se me quedaron quietos a ambos lados, los nudillos blancos.

Mi furia solo les hizo reír con más fuerza. Mierda, incluso algunas personas que pasaban por ahí se rieron. La rabia volvió a cobrar vida dentro de mí. Si alguna vez había sentido ganas de quemar algo, fue en ese momento. Ese tipo no tenía derecho a hacerme eso. A tocarme como le apeteciera. Y después de haberme tocado, a tratar el sentimiento de indignación que tenía como si fuera una broma.

De ninguna manera. Eso no lo permitiría.

Tal vez no podía romperle la nariz sin romperle el corazón a mi madre, pero tenía otras opciones. Solo necesitaba un poco de tiempo para pensar las cosas. La venganza sería mía.

Resultó, sin embargo, que no fui la única que terminó castigada esa tarde (no había sido mi intención volver a cabecear durante la clase de Matemáticas, de veras). Apenas había sacado un libro y un bolígrafo cuando el Neanderthal en persona apareció por la puerta. «Joder, menuda mierda».

Trozos de papel higiénico ensangrentado le llenaban ambas fosas nasales, y su nariz parecía gravemente hinchada. Detrás de él venía nada más y nada menos que Sasuke. ¿Coincidencia? No tanto.

Con mucha calma, mi amigo se sentó en el pupitre de al lado y sacó un libro de texto.

—No tenías que haberlo hecho —le susurré.

—Lo sé.

—Tengo las cosas bajo control —Una completa mentira, aunque sirvió para que me sintiera mejor. Capaz, incluso— ¿Y no decías que la violencia no era la respuesta?

—No me acuerdo.

No quería verse implicado en ninguno de mis dramas en el instituto. Había dicho eso, seguro. Y viendo cómo había dejado de traficar y se estaba esforzando realmente en estudiar, lo entendí. Además, no lo necesitaba para defenderme. Puede que no ganase todas las batallas, pero estaba más que dispuesta a luchar por mí misma.

—Lo digo en serio, no deberías haberlo hecho —Me incliné hacia él, hablando en voz baja— Dijiste que te estabas tomando en serio el bachillerato, que querías mejorar tu conducta y no añadir nada más a tu expediente por mi culpa, ¿recuerdas?

—No volverá a tocarte.

—Sasuke.

—Relájate —murmuró mientras hojeaba las páginas— No pasa nada. Estás haciendo una montaña de un grano de arena.

—Y un cuerno —mascullé— ¿Por qué a mí se me aplican unas normas y a ti, otras?

—Porque nunca antes había conocido a una chica a la que quisiera proteger.

Eso hizo que me callase.

Desde la parte delantera del aula, la maestra nos miraba con un brillo de advertencia en los ojos. Por lo visto, el castigo extraescolar no implicaba lo de ponerse al día con los amigos. No era de extrañar que antes soliese esforzarme más para evitarlo.

—Ya hablaremos de esto más tarde —le dije.

Un hombro levantado, indiferencia completa.

—De acuerdo. Como quieras, Saku.

Se escabulló al acabar el castigo antes de que pudiéramos hablar y no tuve la oportunidad de hablar con él el resto de la semana. Empezó a pasar cada comida en la cancha de baloncesto con Naruto, y era la última persona en llegar a clase de Lengua y la primera en irse. «Imbécil». Supongo que no le había gustado que le dijeran lo que tenía que hacer más de lo que me gustaba a mí.

CAPÍTULO 36

—Si te hace llorar, no te merece.

Hinata me guiñó un ojo y dejó una olla de arroz sobre la mesa del comedor.

—No creo que la haga llorar, mamá.

—De veras que solo somos amigos —afirmé.

—Pues claro —Hinata sonrió— Es tan poco atractivo, mamá. Saku no podría estar interesada en él. Todos esos músculos y pómulos asquerosos, como los de una escultura de Rodin. Repugnante.

—Chicos —sentenció su madre, con voz llena de desprecio.

En el otro extremo de la mesa, su padre permanecía con la cabeza gacha, echando un plato de pollo y fideos llamado pho en un cuenco. Había verduras al vapor y un plato con pescado picante que era el plato principal. Todo olía divino y tenía un aspecto increíble. Muy superior a los macarrones con queso precocinados que había planeado comerme en casa.

—Todo tiene un aspecto delicioso —dije.

—Come —ordenó su madre, que pareció vagamente halagada por el cumplido.

Después de la cena llegó un plato de fruta, al tiempo que la madre de Hinata nos interrogaba sobre nuestras notas, nuestra vida social y cualquier otra cosa que le interesara saber. Mientras evitáramos hablar de Sasuke, yo era feliz. Por el contrario, su padre apenas dijo una palabra en toda la noche. No podía culparlo. Conmigo ahí y el hermano mayor de Hinata en la universidad, el pobre hombre estaba en minoría.

—Llévatelos —La señora Tran me cargó con unos táperes de comida cuando salíamos. Suficiente para durar días. A pesar de mi talla, parecía tener serias reservas acerca de cuánto tenía para comer en casa. No me peleé con ella. En primer lugar, porque la comida estaba realmente buenísima; y, en segundo, porque solo un tonto trataría de decirle que no a esa mujer— En casa a las nueve y media, Hinata. Es un día entre semana.

—Aquí estaré.

Fuera, las nubes cubrían la mayor parte del cielo. Parecía que llovería más tarde. Una lástima, pero no tenía ganas de retrasar mi misión.

—Pasé por delante de su casa de camino y su automóvil estaba ahí.

—¿De verdad vamos a hacerlo? —preguntó Hinata.

—Tú no tienes que…

—Oh, no. Sí que tengo que hacerlo —A Hinata le había indignado el incidente de que me tocaran el trasero tanto como a mí; seguramente, más— Llaves, por favor.

Se las arrojé.

—Nunca antes he hecho de conductor de huidas —dijo, ajustándose las gafas por encima de la nariz. Resultaba extraño verla con ellas; por lo general, usaba lentillas.

—Confío en ti.

Ya dentro del automóvil, encendió el motor y se puso el cinturón de seguridad antes de lanzar una mirada especulativa a los ocho cartones de huevos que había en el asiento trasero.

—Son muchos huevos.

—La justicia está a punto de ser servida con huevos estrellados.

Temari y TenTen habían estado en una fiesta en casa del cerdo unos años atrás. Sería un eufemismo decir que se alegraron de proporcionarnos la dirección. De hecho, les entristeció que no las invitásemos a participar. Pero cuantas más personas fuéramos, más probable sería que nos atraparan. Para un visto y no visto, con un sencillo equipo de dos mujeres todo funcionaría mejor. Al menos, parecía más seguro. Las dos nos habíamos vestido de negro, lo que para mí no era gran cosa, claro. Jeans negros y camiseta, y en mi caso el pelo trenzado. Hinata había elegido unos pantalones cortos y una camiseta con volantes en la parte delantera, y se había recogido el pelo.

Sigilo con estilo.

Una animada canción de The 1975 sonaba en la radio. No era el tema de Misión imposible, pero tendría que bastar. Consideré pedirle a Sasuke que condujera, pero ya había saldado sus deudas con ese tipo.

Además, esto era un asunto de mujeres.

No tardamos mucho en llegar a la casa en cuestión, una vivienda de dos pisos con un bonito estucado y un sauce grande y viejo que llenaba el jardín de delante. Ubicada en una calle tranquila, las luces estaban encendidas tanto en el piso de arriba como en el de abajo; había gente en casa, sin duda. En el ancho acceso para vehículos, había un par de automóviles aparcados. Esa noche, nuestro objetivo era el SUV negro cuyo refuerzo frontal era tan inmenso que tenía que estar compensando algo.

Posiblemente, el tamaño de su pene; sus modales, desde luego. Y el intelecto seguramente también pertenecía a esa lista.

—Mantendré el motor encendido —dijo Hinata, con los faros apagados y la música a un volumen muy bajo. Le salía de manera innata— Deja abierta la puerta de tu lado. Y al primer signo de que aparece alguien, corre.

Asentí. Aunque, sinceramente, la idea de que me atraparan no me molestaba en absoluto. Era incluso emocionante. Pensando en cómo me había agarrado el muy capullo, como si no fuera gran cosa, como si tuviera derecho porque, de todos modos, qué importancia tenía yo… Sonreí.

—Me lo voy a pasar muy bien.

Con las cajas de los huevos en brazos, me acerqué sigilosamente por el camino de hormigón. Con suerte no habría iluminación de seguridad. Sería una pena que me molestaran antes de que mi trabajo hubiera terminado.

Primero fui a por el parabrisas. Las cáscaras emitieron un gratificante crujido al alcanzar su objetivo. Y es posible que no hubiera sido nunca demasiado aficionada a los deportes, pero lo de lanzar huevos me salía de forma natural. Las yemas doradas se deslizaron por el vidrio; otras salpicaron a través del capó. Presté particular atención a la puerta del lado del conductor. Le dediqué una cobertura extra grande debido a su importancia.

Contraatacar fue emocionante.

De pie bajo el cielo plateado y cubierto de nubes, sonriendo como una chiflada, rodeé el SUV y lo acribillé con todo el glorioso esplendor de los huevos. Un rastro de cajas de cartón vacías yacía desparramado detrás de mí. Sinceramente, ni siquiera escuché el ladrido del perro ni las voces que lo llamaban. Los gritos de Hinata tampoco llegaron hasta mí al principio. Sin embargo, cuando empezó a darle al claxon… Me cuadré, parpadeando como si acabara de despertarme de un sueño. Uno bueno. La luz exterior de la vivienda se encendió y me deslumbró.

—¡Oye! ¿Qué narices haces? —gritó una voz masculina, llena de furia, desde dentro.

Las llaves se le cayeron mientras luchaba con la cerradura de seguridad de la puerta de la entrada. A sus pies, el terrorífico perro del tamaño de una pinta de cerveza se echó a ladrar. Una vez que la puerta se abriera, iría directo al ataque. Pero todavía había tiempo; tenía que haberlo.

—¡Deprisa, deprisa, deprisa! —gritó Hinata, poniendo a todo gas el motor— ¡Ahora!

«Un segundito».

Rompí la tapa del cartón que quedaba y estrellé el contenido contra el costado de su gran SUV.

—Toma esto, imbécil —susurré.

Y entonces eché a correr.

Hinata salió disparada antes incluso de que yo cerrara la puerta del automóvil, mi compacto acelerando con más fuerza de la que lo habría creído capaz. Con el corazón palpitando y respirando con dificultad, forcejeé con el cinturón de seguridad. Las manos, viscosas por los huevos, me resbalaban.

—Joder —dijo Hinata, mirando por el espejo retrovisor.

—Ya está.

—Nadie nos sigue —Su mirada alternaba entre el espejo y la calzada, con los dedos tan apretados en torno al volante que los nudillos le sobresalían— Excepto por un pequeño perro cabreado. Lo siento, cachorrito. Hasta luego.

Solté una carcajada.

—Oh, cómo me ha gustado.

—Dios. Casi logras que me dé un ataque al corazón.

—Lo siento.

—Te he gritado para que corrieras y simplemente has seguido allí, de pie, mirando el SUV —Negó con la cabeza mientras disminuía la velocidad y encendía los faros ahora que ya habíamos cubierto una distancia adecuada— Ha sido como si estuvieras en un trance o algo así.

—Solo admirando mi trabajo.

—Y has tenido que agotar hasta el último cartón, ¿no? Mierda, Saku.

—Estaba a punto de acabar.

—¡Casi nos atrapa! —Prorrumpió en una risa que parecía más de incredulidad/histerismo que de felicidad. El blanco de sus ojos nunca me había parecido tan grande— Estás loca. Ahora mismo, podría matarte. No volvamos a hacer nada así en un tiempo, ¿de acuerdo?

Despatarrándome en el asiento del pasajero, sonreí.

—De todas formas, ha sido increíble.

—Se la has devuelto bien.

—Se la «hemos» devuelto bien.

—Sí, es cierto —A regañadientes, Hinata sonrió— Capullo.