Ni la historia ni los personajes me pertenecen.

CAPÍTULO 37

Naruto organizó una fiesta el sábado por la noche en su casa, que resultó no estar demasiado lejos de la mía.

Era su decimoctavo cumpleaños.

Su padre se quedó por las inmediaciones, jugando al fantasy basketball con unos amigos en la sala de estar. Siempre que no se rompieran leyes o muebles importantes, permanecerían ahí. Mientras que a su padre le había parecido bien la fiesta, su madre, por lo visto, tenía sus reservas. Como de costumbre, estaba el barril de cerveza, aunque esta vez se mantenía oculto en una pequeña caseta de piscina, rodeada por un jardín. Montones de bikinis y música alta, y gente entrando y saliendo de la vivienda con vasos de plástico en la mano, se sucedían.

Ni rastro de Sasuke.

—Y aquí hay una gran variedad de zumos vigorizantes. Un montón de vitaminas y nutrientes —dijo Naruto, que nos estaba haciendo a Hinata, TenTen, Temari y a mí un recorrido por la fiesta. La brillante tiara que lucía en la cabeza dejaba pocas dudas sobre en honor de quién se celebraba el evento— Muy saludables. Podríais bailar toda la noche con esta energía natural.

—Se ven deliciosos —repuso Temari— Y ahí está la pista de baile. ¡Hasta luego, gente!

TenTen se rio y se fueron para allá, tomadas de la mano.

—Sí, mucha fruta y agua. Y algunos refrescos, también. Pero tened cuidado, porque llevan mucho azúcar y eso no es bueno para los dientes —Naruto apartó con cautela los productos sin alcohol para llegar a las botellas individuales de zumo con vodka que se encontraban debajo. Abrió la tapa de una y se la entregó a Hinata, luego hizo lo mismo conmigo— Nada con alcohol, lo siento, porque mi madre tiene miedo de que Dios nos castigue. Por lo tanto, esta noche solo cosas de niños buenos.

—¿Y qué hay del barril?

—Te lo has imaginado, junto con esa bebida alcohólica que tienes en la mano. No me atrevería a ir en contra de los deseos de mi madre —Naruto sonrió— ¿Cuándo voy a recibir mi beso de cumpleaños?

Hinata levantó la barbilla.

—¿Quién ha dicho que fuera a dártelo?

—Bueno, ¿y si me dejas, entonces, que te meta mano? En la parte superior del traje de baño. Ese sería un buen regalo.

—¡Ja! —Hinata se dirigió a la piscina— Sigue soñando.

—¿Y si me metieras mano tú a mí? Eso también estaría fenomenal. Podría ser mi regalo para ti.

—No va a pasar.

—¿Y si jugamos a girar la botella, más tarde? Solos tú y yo —Naruto la siguió como un cachorro muy grande y ansioso— No se puede hacer una fiesta sin los típicos juegos de las fiestas, ¿verdad?

Junto a una barbacoa, Sasuke Uchiha estaba sentado en compañía de la flor y nata del instituto. Estrellas del deporte, gente de dinero y gente guapa de lo más diverso, todos riendo, charlando y bebiendo. Konan se había sentado en el regazo de un chico nuevo. No es que me importara. En modo alguno iba a deambular por ahí para saludar a Sasuke. Él podía encajar con esos tipos, pero yo no. Me quedaría con mis amigos y me dirigiría a la pista de baile. Era hora de quemar algo de mi frustración reprimida y otras emociones igualmente desagradables con Temari y TenTen.

Nos turnamos para ir a buscar bebidas. Algunas eran agua, otras no. Después de una hora o dos, estaba agradablemente achispada y tenía el cuerpo empapado en sudor y una amplia sonrisa en la cara. Mi amiga Marie de clase de Biología incluso se había unido a nosotras durante un rato.

—¿Piscina? —preguntó TenTen, jadeando.

—Piscina —secundamos Temari y yo.

Ambas llevaban trajes de baño debajo de la ropa, pero yo solo me quité los zapatos. Con eso bastaba. Me tiré dentro, con mis pantalones cortos de denim y con mi camiseta sin mangas y con todo, salpicando de forma notable. El agua fría me cubrió la cabeza y el ritmo sordo de la música siguió vibrando allí abajo, antes de que volviera a salir a la superficie, con su olor a cloro y a verano.

Caramba, qué bien me sentó.

TenTen y Temari comenzaron a dar vueltas en el agua mientras se besaban. En el ínterior, Naruto e Hinata parecían tener una conversación profunda y significativa junto a las escaleras. Yo estaba sola. Bien. Salí de la piscina en busca, primero, de una toalla y, segundo, de comida. Resultó que Sasuke ya tenía lo primero cubierto.

—Hola —dijo conforme me cubría con una toalla de un tamaño monstruoso.

Marcas verdes y amarillas le decoraban la cara: los moratones se le desvanecían lentamente. También parecía tener un poco mejor los nudillos.

—Hola. Gracias.

Me escurrí el pelo, del que solo salieron unos cinco litros de agua. Mi ropa mojada dejó la toalla empapada en menos de un minuto. Ese era el problema de haber entrado en la piscina completamente vestida. Bah, y qué.

—Maldita sea —exclamó con una sonrisa— Necesitamos otra solo para tu cabello… Vamos.

Lo seguí por un lado de la casa hasta una puerta que daba a un lavadero. Supongo que Sasuke había pasado mucho tiempo aquí a lo largo de los años. Desde luego, sabía cómo orientarse; en cuestión de segundos, sacó dos toallas limpias del armario. Una sustituyó a la cosa empapada que me envolvía, pero la otra la sostuvo en las manos y la usó para secarme con suavidad el cabello.

—Puedo hacerlo yo —señalé.

—Ya me las apaño —Bajó la voz, lo que me produjo un extraño estremecimiento por la espalda. Teniendo en cuenta que lo nuestro era algo platónico, la verdad es que me estaba tocando demasiado. No. Sasuke era solo un amigo. Solo un a… Mierda, ni siquiera yo misma podía creerme eso ya— ¿Qué tal estaba el agua?

—Bien. Fría.

Y todo era raro. Muy raro.

Una vez que la ropa llegó a un punto de humedad en el que ya no goteaba, poco más podía hacerse. Puse la toalla mojada encima de la lavadora, lista para ser tendida en cuanto Sasuke terminase de secarme el pelo. Sin embargo, en ese momento lo de secarme la cabeza se estancó, mientras que, con la mirada, iba desde mi rostro hasta el concurso de camisetas mojadas que tenía lugar debajo.

«Oh, venga, no, los pezones».

Qué vergüenza. Crucé los brazos sobre el pecho.

—¿Cómo has estado? No te he visto desde el último castigo.

—Sí —Se humedeció los labios— He estado ocupado.

—Evitándome.

—Es posible.

Me reí.

—Es seguro. No te preocupes, ya no quiero sermonearte sobre los males de meterte en problemas en el instituto. Sobre todo, cuando es por culpa mía.

—¿No? —Su expresión reflejó alivio— Bien.

—Aunque es muy hipócrita por tu parte evitarme así.

Sasuke contuvo una sonrisa.

—He oído que le tiraron huevos al SUV de alguien el otro día. Y, ¿sabes qué?, creo que fue a ese imbécil que te metió mano.

—Vaya, qué casualidad. Y qué ataque tan impactante contra la propiedad privada.

—Mmm.

Mantuve la cara sin expresión. Inocente como un cordelito.

«Beeee».

—¿Entonces no sabes nada de eso? —preguntó.

—Nada de nada.

—Sí, sí —Arrugó el ceño: obviamente, no estaba convencido— La próxima vez, cuando «no» hagas cosas como esta, házmelo saber para que pueda cubrirte las espaldas, ¿de acuerdo?

Solo sonreí.

—Lo digo en serio, Saku.

—Y te he oído, pero tenía las espaldas cubiertas.

—Qué cabreo le habría entrado a Naruto si hubieras metido a Hinata en problemas —observó.

—Hinata es mayorcita: puede tomar sus propias decisiones.

Por un momento, se limitó a mirarme.

—No me puedo creer que le hayas lanzado huevos a su automóvil.

—No confieso nada.

Sasuke esbozó una sonrisa torcida que me hizo sentir un poco mareada. Dios, todo lo que hacía podía conmigo. O eso, o había bebido más de la cuenta. Lo que fuese. Era el momento de una huida de emergencia. Tenía que salir de allí antes de hacer algo estúpido.

—Me voy a ir a casa.

Él se detuvo.

—¿Qué? ¿Ya te vas?

—Sí, necesito cambiarme de ropa —le dije— Además, he bailado, he bebido, he nadado. Y hoy he tenido mucho trabajo, así que… es hora de que me vaya a la cama.

—¿Cómo has venido?

—El padre de Hinata nos trajo. Volveré andando.

—De acuerdo, pues te acompaño.

—No es necesario.

—Siempre me estás diciendo lo que no tengo que hacer por ti —Negó con la cabeza y sonrió débilmente— Sé lo que está bien y lo que está mal, y sé lo que quiero. No vas a ir a casa sola y a pie de noche, Saku. Te acercaría en mi automóvil, pero yo también he tomado unas copas.

—De acuerdo, no hace falta que te pongas tan intenso.

Se echó a reír y tiró la toalla a un lado.

—Venga, vamos.

Agarré el bolso y, según el protocolo, les envié un mensaje a las chicas diciéndoles adiós. La brisa era fría. Oficialmente, el verano había llegado a su fin. Sasuke se quitó la camisa que llevaba puesta sobre una camiseta y me la tendió sin decir una palabra.

Por fortuna, con eso quedo resuelto el problema de los pezones.

—Gracias.

—Te he visto bailar. Eres buena.

—Años de jugar al «Just Dance» en la sala de casa; y eso que nunca he alcanzado la puntuación más alta.

—Lo digo en serio.

Lancé un gruñido.

—Me da vergüenza.

—Pues que no te dé.

—De acuerdo —comenté, riéndome con demasiada fuerza— Desconectaré ese interruptor solo porque tú me lo acabas de decir.

Sasuke sonrió y negó con la cabeza. Se diría que lo estaba haciendo mucho esa noche.

—Gracias —murmuré al final.

—¿Por qué las chicas nunca podéis aceptar un cumplido? Siempre tenéis que avergonzaros por algún motivo.

Carraspeé.

—Como si tú lo llevaras mejor.

—Ah, ¿sí? ¿Y qué hago? —Se rascó la barbilla— ¿Eh?

—No haces caso. Finges que ni siquiera he dicho nada. Un movimiento de cabeza en señal de negación.

—Yo no hago eso.

—Sí que lo haces.

—Venga, pues, suéltame uno —exigió.

—Mmm. No sé —Era la cosa más bonita que había visto en la vida, su cuerpo era un sueño. Era dulce, leal, honesto, amable, fuerte e inteligente y me hacía sentir segura, algo que no creía que volviera a ocurrir nunca en ninguna parte con nadie— Eres un buen conductor. Muy seguro.

—Gracias, Saku.

—De nada, Sasuke.

—Eres muy buena con el billar. Me diste una paliza.

—Gracias —respondí.

En lo alto, las nubes cubrían el cielo. No había luna que mirar, ni estrellas a las que pedir un deseo. Aunque, en realidad, ¿qué más podía desear? Sasuke caminaba a mi lado y parecía injusto cargar a un astro lejano con mi deseo de paz mundial. Probablemente, tenía sus propios problemas.

—¿Cuándo vamos a volver a jugar? —preguntó— Necesito una oportunidad para vencerte y recuperar mi dignidad.

—¿No soportas ser derrotado por una chica?

La comisura de la boca se le dobló.

—No. No me gusta perder en general, simplemente.

—Normal. Podemos volver a jugar cuando quieras.

—Bien.

Se detuvo y pateó una piedra del camino. Ya habíamos llegado a casa. No estaba nada lejos. La luz del porche estaba encendida y la entrada de vehículos, vacía. Mamá me había dicho que tenía otra cosa con sus amigos; Dios sabía a qué hora llegaría a casa. Últimamente salía muchísimo, pero, como me beneficiaba, decidí no quejarme.

—Gracias por acompañarme —le dije, con los brazos cruzados sobre el pecho otra vez, para ocultar los nervios. Y por qué estaba nerviosa, no tenía ni idea— ¿Quieres pasar?

La mirada que me dedicó, no supe interpretarla. Estaba custodiada por vallas, puertas, paredes, probablemente incluso minas, y un foso.

—Solo para pasar el rato —puntualicé— Ya sabes.

—No —Miró hacia atrás, por donde habíamos venido— Yo, eh, será mejor que vuelva.

—Hasta luego, pues.

Un movimiento de cabeza.

—No te metas en más peleas —dije— Por favor.

Solo sonrió.

—Buenas noches.

Mientras abría la puerta, esperó en la acera, mirando. Estaba de pie, con las manos en los bolsillos, y el viento le mecía la melena, suelta, alrededor de la cara. Me despedí con la mano y entré, para cerrar la puerta detrás de mí. Sin embargo, sentía que una parte de mí todavía estaba allí afuera con él. Como si me hubieran cortado en dos.

Qué locura.

Una ducha me quitó el cloro del cabello, lo sequé y me puse mi pijama de lunares blanco y negro favorito. Abrí las cortinas y la ventana de mi habitación, en busca del cielo nocturno. Una pequeña parte de la capa de nubes que lo cubría se había movido, con lo que se distinguía el brillo de apenas un par de estrellas.

Después de un tazón de cereales Cheerios, mi estómago se sintió satisfecho. Libro en mano, me senté a leer y por fin comencé a llegar a alguna parte. Ahora que el efecto de la bebida se estaba disipando, me gustaba eso de estar en casa. Al fin y al cabo, ya había salido y socializado con poca o ninguna torpeza.

«Viva yo».

La pareja del libro no se iba a reconciliar. Qué rabia. Una voz en la ventana dijo mi nombre.

—¿Sasuke?

Sin esperar una invitación, subió directamente. Me eché atrás para hacerle un hueco en la cama. Con las Converse metidas debajo de sus nalgas y las manos sobre las rodillas, se acomodó, mirándome. Estudiándome. Dados mis niveles habituales de paciencia, solo pude aguantar unos diez segundos de su silencio.

—¿Qué pasa? —pregunté, abandonando el libro.

—Nada. No pasa nada.

—Entonces, ¿por qué me miras así?

Tragó saliva.

—Antes quería entrar y pasar un rato contigo, pero…

—Pero ¿qué? ¿Por qué no lo has hecho?

En lugar de hablar, me besó.

Por supuesto, le devolví el beso. Por supuesto que lo hice.

«Caramba».

Movimos la boca una contra la otra, mientras me sujetaba la cara con las manos. Esto era lo que necesitaba, lo que había estado esperando sin ni siquiera saberlo. Su piel sobre la mía, su aliento en la cara. No podía sentirme lo suficientemente cerca de él, no importaba cuánto lo intentara. Con ojos brillantes y labios húmedos, me besó lenta y dulcemente. Parecía interminable, tan necesario para la vida como la respiración.

Luego, con las caras separadas apenas por unos centímetros de distancia, nos miramos el uno al otro.

No tenía nada. Me había quedado sin palabras.

Deslizó las yemas de los dedos sobre mi mejilla y luego a lo largo de mi mandíbula. Tragó saliva.

—Hola.

—Hola.

—Iba a regresar a casa de Naruto.

Asentí.

—Eso me has dicho.

—No he tenido fuerzas para hacerlo.

—¿Has estado aquí afuera todo este tiempo?

Su expresión parecía desconcertada y divertida. Asombrada, incluso. El brillo de sus ojos era casi de hilaridad.

—Debo de haber parecido un maldito acosador.

—¿Estás borracho o drogado?

—No. Me he tomado antes unas cervezas, pero ya casi se me ha pasado el efecto.

Vaya.

—¿Te has quedado mirando mi casa, luego has subido por la ventana y me has besado?

—Sí.

—¿Por qué?

Enarcó las cejas.

—No lo sé. Porque era lo único que tenía sentido. Es solo que sigo acordándome de esa noche contigo, en casa.

—Ah, ¿sí?

—Es como si no pudiera quitármelo de la cabeza.

—Yo también pienso en ello —dije— Quizá necesitamos unas lobotomías.

—El sexo ni siquiera fue muy bueno —opinó sin rodeos— Sobre todo, para ti.

—Eso no es cierto.

Me miró fijamente.

—Bueno —declaré evasivamente— quiero decir que creo que lo más seguro es que fuera tan bueno como podría haberlo sido. Para mí.

—Puede ser mucho mejor. Lo prometo —afirmó— Cuando quieras ir a por una segunda intentona, solo házmelo saber.

Sonreí.

—Me alegra que fuera contigo.

Él también sonrió. Luego me colocó el cabello detrás de la oreja y deslizó suavemente el pulgar sobre la nueva cicatriz que me cortaba la frente.

—Odio la forma en que te hizo daño ese payaso.

—A ti también te hizo daño. Te disparó.

Su sonrisa se transformó en algo mucho más serio.

—Sí. Pero debería haber sido capaz de protegerte.

—No. Los dos salimos vivos. Eso es lo importante.

—Mmm.

Con la cabeza inclinada, colocó la boca contra la mía. Y, así de fácil, volvimos a dejarnos llevar por nuestro beso. Solo que esta vez me tumbó sobre colchón, bocarriba. Todo sin que nuestros labios se separaran ni un minuto. La felicidad tenía que ser esto, con su pulgar recorriéndome la mandíbula mientras el resto de dedos descansaban en mi cuello. Le toqué la cara y le retiré el pelo. Lo besé con mayor intensidad, en un intento de demostrarle cuánto significaba para mí, cuánto me importaba.

En la parte superior de mi top, su otra su mano me acariciaba el costado y al tiempo que me acercaba los dedos al pecho.

«Oh, sí».

Cómo me gustaba notar su cuerpo caliente y duro contra el mío. Todo tipo de pensamientos obscenos me cruzaban la mente. Quería más y más: lo quería todo. Supongo que ese era el problema que tenía el sexo. Una vez habías llegado tan lejos, la expectativa era volver a ir allí. Pero no sabía si estaba preparada. Y realmente no sabía lo que podría significar hacerlo con Sasuke por segunda vez.

Me separé, respirando con dificultad.

—Está bien —murmuró mientras me besaba en una mejilla— No tenemos que ir más allá.

—¿Cómo lo has sabido?

—Te has puesto rígida —Se recogió el pelo detrás de la oreja— Está bien. Ya me basta con esto.

—¿De verdad?

—Sí.

Fruncí el ceño, avergonzada.

—Pero estás acostumbrado a llegar hasta el final.

—No me voy a morir, Saku —dijo suavemente— Tranquila.

Tímida doncella confundida, esa era yo. Deslicé la mano debajo de la manga de su camisa y cerré los dedos alrededor de su hombro sano. Lo de tocarle vino naturalmente, no podría haber detenido los dedos ni aunque lo hubiese intentado. No es que estuviera interesada en hacerlo.

—Otra pregunta incómoda: ¿qué significa esto?

—Significa que me gusta estar aquí, besándote.

Dejé escapar un largo suspiro.

—Bueno.

—¿Te basta?

—Sí —respondí, así era. Por ahora— La próxima vez, no te quedes de pie en la oscuridad. Solo entra, ¿de acuerdo?

Su mirada se suavizó.

—Gracias. No sé por qué lo he hecho, por qué no podía decidirme. Tal vez me estoy volviendo loco de verdad.

—No estás loco.

—¿Estás segura?

—Sí. Bueno, más o menos —Lo mejor era ser sinceros— Creo que cualquiera que haya pasado por lo que nosotros hemos pasado está condenado a quedar hecho un desastre.

—Sí —se rio— Ni me acuerdo de cuándo fue la última vez que dormí. Pero dormir «dormir», de verdad.

—Entonces, túmbate —Me acosté sobre un lado y me quedé de cara a Sasuke mientras él recostaba la cabeza en la almohada que había junto a la mía— Cierra los ojos.

Hizo lo que le decían durante unos segundos.

—Me siento como si siempre estuviera nervioso, como si algo fuera a suceder… Solo que no sé el qué.

—A mí también me pasa —declaré— Casi como si estuviera al borde de un ataque de pánico. Esperando.

—La marihuana a veces ayuda. No siempre.

—El doctor Hatake me enseñó una técnica de respiración. Ponte bocarriba —ordené, haciendo lo mismo— Ponte una mano en el estómago y otra en el pecho.

—Preferiría poner una mano en el «tuyo». Aunque lo más probable es que no me calmase.

—Ya te digo. Una en el estómago y otra en el pecho. En los tuyos. En ti mismo —Esperé hasta que me hizo caso, mirándolo por el rabillo del ojo— Ahora respira durante tres segundos por la nariz. Luego aguanta diez segundos antes de soltar el aire por la boca.

Juntos, los dos hicimos el ejercicio de respiración.

Inspirar, esperar y luego espirar.

—Se supone que solamente la mano del pecho se te mueve. Ah, y se supone que debes pensar «relájate» mientras exhalas —comenté— Otra vez.

—¿En esto derrocha tu madre vuestra fortuna?

—Cállate y respira.

Inhalé y contuve el aire mientras trataba de tener pensamientos pacíficos. Y una vez logrado, lo dejé ir.

—¿Cuánto rato vamos a hacer esto? —preguntó, respirando profundamente.

—Hasta que haga falta. Sigue.

Apagué la lámpara, observando su silueta en la oscuridad, en espera de que mi visión nocturna entrara en acción. Con el ritmo requerido, su pecho se levantaba y se hundía. Entonces me di cuenta de que todavía tenía puestos los zapatos, lo que no era demasiado cómodo. Lidiar con los cordones hizo que las cosas se complicaran y que a lo mejor se riese de mí un poquito por hacerlo a tientas en la oscuridad. Pero qué más daba.

—Cierra los ojos y concéntrate —insistí.

—Los tengo cerrados —Unos minutos después, bostezó y susurró— Me iré antes de que tu madre regrese a casa.

—Está bien.

Me acosté a su lado, escuchando su respiración, conforme una brisa fresca entraba por la ventana abierta. Todo era perfecto.

Resultó que ambos nos quedamos dormidos y muy dormidos.