Ni la historia ni los personajes me pertenecen.

CAPÍTULO 39

El lunes por la mañana, Sasuke me esperaba junto a mi taquilla cuando llegué al instituto. Le había mandado un mensaje para decirle que todavía me contaba entre los vivos, pero que le explicaría los términos de mi libertad condicional en persona.

Nada más verlo de nuevo ya me sentí mejor.

Para ser honestos, la intensidad de mis sentimientos por él en el fondo me asustaba. Y superando todo eso estaba el recuerdo, profundamente bochornoso, de mamá perdiendo los papeles ante nosotros ayer de madrugada. ¿Con cuántas mujeres debería de haberse acostado? Pregunta retórica: realmente no quería saberlo. Sin embargo, dudaba mucho que alguna vez se hubiera quedado esperando a que la madre de alguien le dijera que se podía largar.

—Hola —dijo.

Mis zapatillas Keds negras eran tan fascinantes: solo podía seguir mirándolas.

—Hola. Siento lo de ayer, fue…

—Saku —me interrumpió, el ceño fruncido se delataba en su voz— Mírame. ¿Qué pasó?

Solté la mochila y me dejé caer contra la larga fila de taquillas.

—Bueno, estoy castigada para toda la eternidad, por supuesto. Matt, el prometido de mamá, me acompañará las noches en las que mamá esté trabajando.

—Mierda.

—Ya —Me encogí de hombros— Quiero decir, él no está mal. Lo conozco, me siento cómoda a su lado y todo. Pero no va a dejarnos desaparecer por las carreteras ni nada así. Y, al final, mamá va a volver a hacer solo el turno de día. Con Matt viviendo con nosotras, no iremos tan justas de dinero.

Sasuke se dejó caer a mi lado, con los ojos puestos en mi cara.

—Siento muchísimo que mi madre te montara una escena —murmuré.

—No te preocupes.

—Si ni siquiera hicimos nada realmente.

Con las cejas levantadas, preguntó:

—¿Ahora te arrepientes de ello?

—Un poco.

Casi sonríe.

—¿Qué hay de los fines de semana? ¿Alguna posibilidad de que te permitan salir?

Silbé entre dientes.

—Esa es la parte incómoda, horrible y un poco complicada.

—Continúa.

—No te va a gustar.

—Dime. —Su hermoso rostro se mantenía tan tranquilo como siempre.

Tener una conversación privada en uno de los pasillos del instituto era un asunto peliagudo. Una chica que pasaba le llamó por su nombre. Él no le hizo caso. Un tipo de aspecto atlético le dio una palmada en la espalda sin razón aparente. Todos los ojos se posaban en nosotros. Por supuesto, cuando estábamos juntos siempre garantizábamos la atención del alumnado. Era triste que no hubiera nada más interesante en sus vidas. A veces la atención me molestaba; esa mañana, sin embargo, carecía de energías para preocuparme. Simplemente.

Solo teníamos unos cinco minutos antes de que empezara la clase, pero prefería soltarlo y terminar con el asunto antes de esperar hasta la hora de comer o después del instituto.

—Está bien —Respiré profundamente— Mi madre ha decidido que solo puedo salir los sábados por la noche y que el toque de queda es a las nueve en punto. Ella va a controlarme el teléfono móvil y a hacer llamadas al azar, porque, por lo visto, actuar como un acosador trastornado está bien si eres padre.

Nada de él.

—Venga, es como si tuviera doce años en lugar de diecisiete —Increíble, la voz casi ni se me rompió en un gemido— Ya que estamos, podría meterme en la cama con un osito de peluche y encender la luz de la noche.

—Nos sorprendió en tu cama —Se encogió de hombros— La verdad es que me esperaba algo peor. Casi no puedo creerme que te deje salir.

—Las negociaciones fueron intensas. Ayer estuvimos todo el día discutiendo. Las cosas se salieron un poco de madre, y no solo por culpa mía —Hice una mueca— Dios, es un asco. Tal vez debería mudarme. ¿Podrías prestarme un poco de dinero?

—Tu madre y tú estáis muy unidas. No quieres mudarte.

—No lo sé.

—¿Y que yo vaya entre semana para estudiar? —preguntó— ¿Eso está permitido?

Alerta roja. Me sequé las palmas de las manos en los jeans.

—Es complicado. ¿Por qué no estudiamos solamente durante la hora del almuerzo en el instituto?

—¿Complicado? ¿Qué ha dicho? —Volvía a arrugar el ceño— ¿Saku?

«Mierda».

—Que si no vamos en serio, no hay necesidad de que vengas a verme durante la semana.

Silencio. Muchísimo silencio.

—Mira, está bien. Quiero decir, que echaré de menos pasar más tiempo contigo. Un montón —Mis palabras fueron muy torpes: no existía una buena respuesta— ¿Sasuke?

—De acuerdo —dijo.

—¿De acuerdo?

—Hagámoslo, ir en serio —Suavizó el rostro y todas las preocupaciones desaparecieron de él— ¿De acuerdo?

Hice una pausa. No era la respuesta que esperaba.

—¿Es un problema? —preguntó, y ahora sonaba menos seguro de sí mismo. Se me acercó un poco más, sin levantarse— Quiero decir, supongo que primero debería de habértelo preguntado. Pero si esta es la única forma en la que podemos seguir estando juntos…

—No creo que entiendas la profundidad de la psicosis de mi madre —le dije, tratando de hacer caso omiso de los latidos de mi corazón— Para que ella crea que lo nuestro ya es oficial, tú y tu tío tendréis que venir a cenar. Estoy hablando de un interrogatorio que tendrá lugar con el estofado de ternera sobre la mesa, y lo más seguro es que querrá hacerlo cada dos semanas o algo así. Esperará, además, que aparezcas con flores y bombones. Posiblemente, que te tatúes mi nombre en la frente. No lo sé exactamente. La mujer no está en sus cabales.

—Estoy seguro de que Obito haría un buen papel. Le caes bien, siempre me está preguntando cómo estás.

—Qué simpático —Tragué saliva— Pero es solo que mi madre y yo acordamos no mentirnos nunca más. Y me gustaría mantener ese pacto.

Bajó la barbilla.

—¿Crees que estaríamos mintiendo?

—¿No lo haríamos?

La campana sonó, con lo que hizo que la gente se apresurara en todas las direcciones.

—Será mejor que vayamos a clase.

Hice girar la rueda de la combinación de la taquilla a velocidad warp, recogí mi mochila y tiré dentro los libros de texto que no iba a necesitar hasta más tarde.

—Saku.

—Hablaremos de esto en el almuerzo. Mi madre me matará si me castigan por volver a llegar tarde.

Hice un giro de ciento ochenta grados y salí disparada por el pasillo, mientras Sasuke me seguía a un ritmo más tranquilo. La cuestión era que «oficial» significaba algo no solo para mamá, sino también para mí.

Significaba mucho.

No importaba cuánto me gustase besarlo y que nos abrazáramos en mi cama. Tal vez lo mejor sería que las cosas se enfriaran antes de que el muy idiota de mi corazón se engañara más.

Resultó que Sasuke estuvo ocupado durante la hora de comer, jugando a meter unas canastas con Naruto. Supongo que ahí tenía mi respuesta.

Sasuke Uchiha nunca sería mío. No de esa manera.