Ni la historia ni los personajes me pertenecen.

CAPÍTULO 43

Hinata: Emergencia. Socorro. Creo que siento algo de verdad por Naruto.

Yo: Espera. ¿Quieres decir más allá de tu habitual irritación leve?

Hinata: SÍ.

Yo: DIOS MÍO.

Hinata: No es culpa mía. Ha entrado de alguna manera. Como un virus... uno muy grave. ¿Qué hago?

Yo: A lo mejor esos sentimientos son como un resfriado de veinticuatro horas o algo así, y desaparecen.

Hinata: No, no lo creo. Naruto es más una plaga que una gripe.

Hinata: Decidimos ser amigos con derecho a roce la noche de su cumpleaños. Pero él sigue rondándome y queriendo que hagamos cosas juntos y me agarra la puñetera mano todo el rato. Incluso ha empezado a enseñarme a jugar al baloncesto. Qué mal.

Yo: OK. Caramba. ¿Qué quieres hacer al respecto?

Hinata: Tengo la horrible sensación de que intentaré ir en serio con él. Estoy condenada.

Yo: Es guapo.

Hinata: No. La locura no es guapa... Bueno, tal vez un poco.

Yo: Al menos te hace reír.

Hinata: Es cierto. ¿Cómo estás?

Yo: Le dije a Sasuke que le quería.

Hinata: ¡Caramba!

Yo: Lo sé. Pero al diablo, la vida es corta. ¿Por qué no decírselo?

Hinata: Ahora sabe sin lugar a dudas que no estás evitando que lo vuestro se haga público.

Yo: Eso espero.

Hinata: Además, quién sabe, podrías ser capturada en breve por esa jauría de pequineses rabiosos que te esperan ahí fuera. Y entonces, ¿qué harías si no se lo hubieras contado?

Yo: Morir de mordeduras de perro muy pequeñas con el corazón cargado de arrepentimiento.

Hinata: Exactamente. Creo que has hecho lo correcto.

Yo: Gracias. Y te agradezco que te tomes en serio mis teorías sobre el apocalipsis perpetrado por perritos.

Hinata: No hay de qué. Para eso están las amigas, ¿no?

Yo: Claro.

Hinata: Mamá me grita que me acueste. Volvamos a reunirnos para discutir estos temas mañana. Buenas noches. XX

Yo: Buenas noches. XX

CAPÍTULO 44

Entre clases, el viernes por la tarde, Konan se me acercó. Justo lo que no necesitaba: estropear mis alegres pensamientos sobre el fin de semana. El sábado por la noche en compañía de Sasuke se hallaba muy cerca y, con un poco más de esfuerzo, mamá quizá derogase lo del toque de queda a las nueve en punto. A lo mejor acabaría limpiando nuestros cuartos de baño hasta finales de año, pero valdría la pena. Las palabras de Matt acerca de que Sasuke y yo pasábamos nuestras quedadas de estudio realmente estudiando habían contribuido mucho a calmarla. Así como el hecho de que mis calificaciones escolares estaban mejorando.

Sin embargo, me había encontrado otra caja de condones debajo de la almohada al meterme en la cama ayer por la noche. Por la forma en la que seguía arrojándomelos, se diría que lo que quería era volver a encontrar a Sasuke en mi cama.

—Tenemos que hablar —dijo Konan, cortándome el paso.

—Pues creo que no voy a estar de acuerdo contigo al respecto.

Me agarró del brazo para evitar que me alejara por el pasillo. Me limité a mirarle la mano. Qué tentada me sentía de empujar a esa guarra; pero le había prometido a Sasuke que me lo tomaría con calma. Aun así, otros estudiantes se fueron parando hasta colocarse a nuestro alrededor, mirando con ojos ansiosos.

Qué Dios me librara de los amantes del drama.

Konan me soltó el brazo, pero siguió bloqueándome el camino. Obviamente nerviosa, se mojó labios.

—Sasuke no querrá hablar conmigo...

—Es libre de no hacerlo.

—Se trata de Itachi.

—¿Sigues intentando transmitirle mensajes de su hermano? —Me acerqué más a ella, provocándola, porque… ¿Y por qué no?— ¿Se te ha ocurrido que a lo mejor ya empieza a ser una costumbre?

—No es eso.

Arrastró los pies mientras jugueteaba con la correa del bolso. Parecía, viendo el modo en el que se comportaba, que estábamos haciendo un trato en alguna oscura esquina de la calle.

—¿Entonces, qué? —pregunté— ¿Qué quieres, Konan?

—Fui la otra noche a casa de Itachi y… no está nada bien —Su mirada vagó hacia la gente que nos miraba y frunció el ceño— No paraba de decir todo tipo de locuras.

—¿Cómo cuáles?

—Solo… dile a Sasuke que tenga cuidado.

—¿Qué dijo?

Dándome la espalda, se puso en movimiento.

—Solo díselo.

«Uf».

Esto, fuera lo que fuese, me daba mala espina. Itachi había logrado asustar a Konan lo suficiente para que sonara como un ser humano preocupado de verdad en vez de como una perra arrogante. Lo que era realmente aterrador.

Sasuke me había venido a buscar esa mañana para poder tomar un desayuno rápido, con aprobación materna, de camino al instituto. Después de la extraña charla con Konan, lo encontré esperándome fuera junto a la bestia, mientras Naruto estaba ocupado haciendo girar una pelota de baloncesto con el dedo y Hinata lo observaba con una sonrisa condescendiente. Y unas narices que nada pasaba entre ellos. Eran tan creíbles como Sasuke y yo.

—Acabo de tener una conversación la mar de interesante —dije, apoyándome contra su cuerpo y esperando mi beso de bienvenida.

Él me lo dio con una sonrisa.

—¿Qué?

—Konan dice que tengas cuidado con tu hermano.

Entrecerró los ojos y apretó los labios.

—¿De veras?

—De veras.

Di la vuelta hasta el lado del pasajero y arrojé la mochila dentro del automóvil.

—El mejor amigo es quien va de copiloto —protestó Naruto— Todo el mundo lo sabe.

—Por lo visto, fue a tu antigua casa y él no paraba de decir cosas aterradoras. Konan no me dijo cuáles. ¿Lo has visto desde la pelea? —pregunté, sin hacer caso al idiota que había entre nosotros. Algunas cosas eran más importantes— ¿Sasuke?

Se puso las gafas de sol y miró a un punto indefinido por encima del techo del vehículo con cara inexpresiva.

—Vino la otra semana. Tío Obito le dijo que avisaría a la policía si volvía a verlo cerca de casa. Desde entonces, nada.

—Ah.

Con un dedo, se frotó la nariz.

—Quiero decir, ha intentado llamarme un par de veces. Pero, por lo general, no suelo responderle.

—¿Por lo general? —pregunté, en un tono cortante— Te golpeó, Sasuke.

—Es mi hermano y nos pegamos el uno al otro. Créeme, él tampoco quedó demasiado bien.

No creo que yo tuviera cara de felicidad.

—Eres hija única, Saku. No sabes cómo es —añadió— No puedo darle la espalda sin más.

Con las cejas arrugadas, saqué mis propias gafas de sol de la mochila. La luz de la tarde brillaba con deslumbrante intensidad.

—¿Así que todavía quiere que trafiques?

—Es más complicado que eso.

Naruto coló la cabeza entre nosotros, con la pelota de baloncesto todavía en las manos.

—Hinata. Buuu. ¿Me acercas a casa?

—Claro.

—Hablamos más tarde, perdedor —Le palmeó la espalda a Sasuke y luego recogió su mochila.

—¿El sábado por la noche? —me preguntó Hinata.

—No lo sé. ¿Qué tal lo del viejo cementerio?

—¿Estás segura?

—Mi madre me ha cambiado un poco el toque de queda. Pero no me importa estar solo al inicio de la fiesta. Le dará a Sasuke la oportunidad de practicar con el monopatín.

—De acuerdo —Con un asentimiento de cabeza, desbloqueó su propio vehículo, que estaba aparcado junto a la bestia— Te veo mañana en el curro.

—Hasta mañana.

—Vamos a tu casa —le sugirió Naruto a Hinata— Pregúntale a tu madre si puedo quedarme a cenar. La comida en vuestra casa es mucho mejor que en la mía.

—Mi madre te odia.

—No, ni mucho menos —exclamó Naruto con incredulidad— Es solo que es tímida.

Hinata se rio y cerró la puerta del auto.

Y, así, nos quedamos solos… O tan solos como se pueda estar en un aparcamiento lleno de gente.

Sasuke subió al Charger y yo hice lo mismo. En el interior, el aire estancado estaba caliente. Los viejos asientos de cuero agrietado me calentaban la parte posterior de las piernas. Dentro de un mes o dos tendría que sacar las medias para el invierno. No es que en el norte de California hiciera un frío glacial, pero lo de llevar solamente vestidos no servía para todo el año.

—Itachi te hizo daño —dije.

Sasuke encendió el motor, colocó una mano encima de mi reposacabezas y se volvió para comprobar que no hubiera nadie detrás de nosotros antes de retroceder.

—Lo sé.

Nos metimos en la fila de vehículos que salían desde el aparcamiento hasta la calle. Risas y carcajadas resonaban a través de las ventanas abiertas, ya que todo el mundo estaba de buen humor por tratarse de la tarde del viernes. Casi todo el mundo. El recuerdo de la sangre y los cardenales en la cara y el cuerpo de Sasuke, aquella noche, me dio ganas de vomitar.

—Ten cuidado —farfullé, repitiendo la advertencia de Konan.

—Lo tendré.