Ni la historia ni los personajes me pertenecen.
CAPÍTULO 46
—No puedo subirme la cremallera, ¿podrías tú…? —dije conforme bajaba las escaleras, sin dejar de luchar contra esa dichosa cosa, en la espalda del vestido. Debía de haberse quedado atascada con algo— ¿Sasuke?
En la sala de estar reinaban las sombras y un inquietante silencio, mientras que la única luz que había seguía siendo la de la pequeña lámpara de la mesita de entrada. Pero al menos pude ver una cosa: que Sasuke estaba cerca de alguien, otro hombre. Uno horriblemente familiar. La oscuridad le cubría la cara, la ropa le quedaba grande. Además, la otra persona tenía algo brillante en la mano que apuntaba directamente a mi novio: una pistola.
—Cariño, vuelve arriba —dijo Sasuke en un tono excesivamente tranquilo.
Me quedé helada.
—Cariño —espetó el extraño— ¿Desde cuándo llamas «cariño» a tus zorritas?
«Oh, mierda. Itachi».
No podía pensar, era incapaz de aceptar lo que estaba pasando.
—Pero ¿esto qué es?
—Vuelve arriba —repitió Sasuke— Espérame en mi habitación.
—Esta ni siquiera es tu verdadera casa —dijo Itachi.
—¡Ve para arriba!
Di un respingo ante el tono de voz de Sasuke, ante el volumen. Y eso… Apretando el arma contra la barbilla de su hermano, Itachi gruñó:
—No va a ir a ninguna parte. Mueve el trasero y ven aquí, puta.
Bajé el resto de las escaleras, de una en una. Una parte de mí gritaba de pánico, lo que hacía que incluso poner un pie delante del otro fuera un desafío ímprobo. Pero otra parte de mí estaba callada, aislada del miedo. Lo cierto era que sabía lo que estaba sucediendo en la planta baja, incluso antes de ver el destello metálico en la mano de Itachi. El peligro tenía un olor. Un «sabor». Lo reconocí de inmediato. Todo era exactamente como lo había sido. Había vuelto al Drop Stop una vez más. Cerveza y sangre. Cigarrillos y mentiras. Excepto que una loca parte de mí me decía que la mentira era esto; que nunca había escapado del Drop Stop. Que todo este tiempo habíamos seguido estando allí. Que siempre habíamos sido Sasuke y yo y una pistola con balas.
Me detuve al pie de la escalera, debatiéndome entre llegar al lado de Sasuke o alejarme de la violencia.
—Preséntame adecuadamente, hermanito.
—No la metas en esto.
Un puño voló e impactó contra su cara, una, dos, tres veces. Luego le agarró con los dedos un mechón de pelo y tiró de él con fuerza.
—Aquí mando yo. Los dos vais a hacer lo que os diga.
Sasuke tenía la respiración entrecortada por el dolor que le causaban los golpes recibidos.
—Itachi, déjala ir. Solo déjala ir y haré todo lo que te salga de las narices. Volveré a vender.
—Es demasiado tarde para eso —masculló su hermano mayor, todavía tirándole del pelo— Desgraciado, todo esto es culpa tuya: salir del negocio, dejarme solo.
—Lo sé.
—Ven aquí —me ordenó Itachi, agitando el arma más o menos en dirección a mí.
No era el miedo lo que hizo que me temblaran las manos: era la rabia. Caminé hacia él.
—Tú eres el imbécil que le estropeó el Charger y que le pegó.
Itachi se rio entre dientes, el muy capullo.
—Me gusta. Demasiado gorda, pero apuesto a que la chupa muy bien. Con mucha hambre, ¿verdad?
Sasuke gruñó de la furia, mientras la sangre se le deslizaba por la barbilla e iba a parar al suelo. Mi corazón se detuvo, dolorido.
Ese capullo me las pagaría.
—¿Qué quieres, Itachi? —pregunté, casi con calma— ¿Qué haces aquí?
—He venido a ver a mi hermano pequeño —Agitó a Sasuke vía el mechón de cabello que le apretaba. Dios, quería matarlo— Tenemos unos cuantos asuntos que atender. Necesito tu dinero, toda la pasta que has ahorrado en los últimos años. Sé que lo tienes, coño.
—Es tuyo. Pero ella sale por esa puerta ilesa —respondió Sasuke— Ahora.
—No eres tú quien da las putas órdenes aquí. ¿Cuántas veces tengo que decírtelo?
—No voy a hacer nada por ti mientras ella esté aquí.
Con el dorso de la mano, se limpió la sangre de la boca.
—Serás…
—¡Ahora, Itachi!
Al oírlo, el aludido se enfureció y movió el arma, que fue a estrellarse contra la cara, ya maltratada, de Sasuke, sorprendido por el ataque inesperado de su hermano. Se oyó el crujido de un hueso, pude oírlo. Sasuke cayó de rodillas.
—¿Qué has hecho?
Me dejé caer al lado de mi novio, tratando de limpiarle la sangre y de buscarle el pulso. Tratando de hacer algo.
—Solo le estoy devolviendo el favor —masculló Itachi— Me rompió la nariz, así que se la he roto a él.
Aovillado en el suelo, Sasuke no se movía. Apreté los dientes e intenté calmarme, en busca de algún signo de vida. Lentamente, vi cómo movía el pecho arriba y abajo.
«Sí. Gracias a Dios».
Y allí estaba Itachi, cerniéndose sobre nosotros, muy sonriente. Tan estúpidamente satisfecho de sí mismo, el desgraciado. Hermano o no, lo mataría.
—Has hecho algo más que romperle la nariz, imbécil —dije—. Está fuera de combate.
Itachi frunció el ceño.
—Y ahora cómo crees que vas a conseguir el dinero, ¿eh? —me burlé, más enfadada de lo que recordaba haber estado en toda mi vida.
¿No habíamos sufrido ya bastante? No. No iba a pasar por lo mismo otra vez. No lo permitiría.
Durante unos momentos, Itachi parecía confuso, parpadeando una y otra vez.
—Bueno, pues esperemos a que se despierte.
—No —repliqué, simplemente— Dios, eres tan increíblemente estúpido. No planeaste nada de esto, ¿verdad?
—No me hables así.
La pistola se me clavó en la cara, me había puesto el cañón entre ceja y ceja. Y allí me quedé, de rodillas, siendo el blanco perfecto.
No importaba.
Un error, solo necesitaba que cometiera un error para poder derribar al muy idiota. Si pudiera tomarlo por sorpresa…
—La gente inteligente pone su dinero en los bancos, Itachi. ¿Qué te creías? —mascullé— ¿Que lo tendría guardado en el colchón o algo así?
—Es dinero de las drogas. No, es imposible que no esté aquí, en alguna parte.
—Está en el banco —dije con un deje de mofa.
—¡Mientes!
«Sí», mentía.
Era fácil. Igual que Sasuke con Deidara, en un intento de salir con vida de esto. Si Itachi pensaba que el dinero no estaba allí, tendría que irse.
—Hicimos diferentes depósitos en diferentes sitios. Lo ayudé a prepararlo, para asegurarnos de que fuera seguro.
—Cállate —rugió Itachi.
—Lo cierto es que no confiaba en ti. Quiero decir, vamos, si prácticamente lo has estado acosando, por el amor de Dios —Mi sonrisa era todo dientes— ¿Hola?
—¡No!
—Corre, Itachi. Vete. Ahora. No hay nada aquí para ti.
Al igual que lo había hecho con su hermano, agarró un puñado de mi cabello mojado y me presionó fuertemente la pistola en la frente. Apuesto a que pensaba que me haría llorar o que me mearía encima o rogaría por mi vida.
No fue así.
—Son poco más de las diez —comenté, con tanta tranquilidad como pude— Pronto tendremos aquí a nuestros amigos de la fiesta al aire libre. A Naruto y a Hinata y a algunos otros chicos del equipo de baloncesto.
Nervioso, su mirada se precipitó hacia la puerta.
—Sí, un montón vendrán a fumar hierba y a tomarse unas cervezas.
—Mientes —repitió. Aunque ahora ya no sonaba tan seguro de sí mismo.
—¿Por qué crees que estábamos arriba echando uno rapidito? Es sábado por la noche. ¡Toca fiesta, hombre! Tenemos cosas que hacer.
La pistola le tembló en las manos y abrió los delgados labios.
—No. Nadie va a venir. El tío Obito…
— …no te soporta —terminé por él— Pero a Sasuke, sí que lo quiere. Eso te vuelve loco, ¿no?
—Hablas demasiado, joder.
Me tiró del pelo y me arrancó un poco. Lágrimas de dolor me llenaron los ojos, pero no hice ruido alguno. Se había acabado lo de interpretar a la víctima. Y aun así la mano le seguía temblando y acariciaba el gatillo con el dedo.
—Sasuke se despertará pronto. Hasta entonces, mantén el pico cerrado.
—Si es que no le has causado daño cerebral permanente. Podría haber hinchazón, hemorragia interna —Me detuve, mientras rezaba una rápida oración para que todo eso fueran mentiras— ¿Es eso lo que querías para tu hermano?
—No le he dado tan fuerte.
—Sí lo has hecho.
—¡Bueno, pues no era mi intención!
—Oh, creo que sí —sentencié— Necesita una ambulancia, Itachi. Atención médica.
Con la mirada indecisa y desgarrada, miró a Sasuke, que aún permanecía inmóvil sobre el suelo. Fue entonces cuando me moví y sacudí la pistola para quitársela de la mano. Le agarré la muñeca y puse todo mi peso corporal en el intento, lo que hizo que perdiera el equilibrio. Era más alto que yo, pero enfermizamente delgado. Al menos, podía intentar arrastrarlo con mi persona.
Una especie de sonido de sobresalto salió de su garganta.
Luchamos por el arma, yo tratando de tirarle hacia abajo la mano y de abrirle los dedos. El revólver se disparó. El restallido de la detonación, al descargase, fue como una onda de choque; nada que no hubiera oído antes. El dolor me atravesó, pero la adrenalina lo ahogó. Tenía las manos llenas de sudor, pero no fue suficiente. Yo no era bastante fuerte.
Al final, se libró de mí y, por si fuera poco, me pateó en el estómago. La sangre me empapaba el costado y me encogí sobre mí misma.
«Mierda».
Así que esto era lo que se sentía al recibir un disparo. Apestaba; a más no poder. Itachi me abofeteó con el dorso de la mano. Pese a ello, le sonreí.
—Un disparo —comenté con una nota de triunfo en la voz— Alguien estará llamando a la policía en este momento.
Arrugó la nariz. Tenía una mirada de incredulidad.
—Estás como una puta cabra.
—Y tú no eres el primer imbécil que me apunta con un arma. —Logré encogerme de hombros.
Pobre Itachi.
Frunció el ceño todavía más, mientras nos miraba a Sasuke y a mí. Al final de la calle, alguien hizo sonar el claxon. Itachi dio un salto.
—Mierda —murmuró— Eres esa chica. La que estaba en el Drop Stop con él, ¿verdad?
—Sí —repuse con una sonrisa, mientras el labio me sangraba— Y si crees que hay algo que no haría para proteger a tu hermano, entonces el que está como una puta cabra eres tú.
Se quedó mirándome.
El interior de la boca me sabía a sangre. Qué asco, debía de haberme mordido la lengua. Escupí en el suelo e hice una nota mental para disculparme con Obito más tarde... Si todavía estaba viva. A ese ritmo, vete tú a saber. Pero al menos me iría peleando.
Sasuke permanecía quieto y en silencio. Sentí que el corazón se me encogía ante esa visión, como si se hubiera reducido al dos o al tres por ciento de su tamaño. Gracias a Dios que le había dicho que le quería. Si ese era el final, al menos él lo sabía. Y ahora que lo pensaba, Hinata y yo habíamos bromeado sobre ello la otra noche.
«Mierda».
No quería morir.
La idea me asaltó golpe. Todas las cosas locas, arriesgadas, salvajes, peligrosas e irracionales que había estado haciendo, como lo de apresurarme por mis primeras veces, las había hecho mal, por desesperación. Solo había estado esperando el final. Esperando al hombre con el arma.
Ahora el hombre en cuestión estaba aquí, y quería más tiempo. No simplemente un montón de emociones rápidas, sino «tiempo». Tiempo con Sasuke y tiempo también con mamá. Tiempo para graduarme y mudarme. Tiempo para viajar y crecer. Quería más de todo, pero no estaba en mis manos.
Me puse de pie, con las piernas temblando.
El cañón del arma estaba suspendido en el espacio, a escasos centímetros de mi cabeza. La pistola temblaba; la mano de Itachi temblaba. Miré más allá del arma, para fijar los ojos en él. El brazo que sostenía el revólver estaba extendido, el cuerpo del hombre se alejaba de mí, como si la pistola fuera su escudo. Su confianza se había esfumado.
—Dispárame, y te meterán en prisión y tirarán la llave —le dije— Estarás esposado y encerrado en una celda antes de que Sasuke vuelva en sí. Y saldrás de su vida. Para siempre.
No importaba cómo acabaría esto para mí: Sasuke viviría. Sería libre. Tendría tiempo.
—Aquí ya no hay nada para ti —declaré— Y nunca más lo habrá.
Sin decir una palabra, Itachi se dio la vuelta y salió tambaleándose de la casa. La puerta de entrada golpeteó al cerrarse, mientras desaparecía en la oscuridad.
Se había ido. Joder, se había ido.
El alivio me inundó. La esperanza. Por un momento, ni siquiera fui consciente de que las lágrimas me surcaban la cara. El pánico había controlado el dolor. Ahora, con Itachi fuera de la ecuación, la herida de bala del costado me dio una agónica punzada. Me habían disparado. «Mierda». Por suerte, el cerebro volvió a funcionarme. Necesitaba un teléfono. Pero lo de moverme era imposible, ya que, de repente, me sentía como si me hubiera atropellado un camión.
—Piensa —me ordené a mí misma.
El bolsillo trasero de Sasuke. Allí había guardado el teléfono móvil. Me arrastré más cerca de él y le palpé el trasero sin la euforia que solía asociar a tal acto.
—Saku… —balbuceó.
Mantuve la cara cerca de la suya, tratando de sonreír, pero no lo conseguí del todo.
—Tranquilo. Estoy pidiendo ayuda.
—Mi hermano, ¿dónde está?
—Se ha ido. Todo va a ir bien.
Dios, esperaba que fuera así.
La pantalla del teléfono móvil estaba resquebrajada, pero se iluminó. La sangre la manchó mientras lo sostenía contra el oído y escuchaba cómo llamaba. No tardaron en contestar. Apreté los párpados y tragué saliva, mientras las lágrimas de dolor y alivio fluían.
—¿H-hola? Necesitamos ayuda…
