Toda la escuela PS 118 estaba enterado de lo sucedido. Por lo tanto, estaban mas que preavisados de no hacer ningun comentario de su vestimenta, color y accesorios que usaba Helga G. Pataki.
Horas antes ese comentario le costo a Harold tener algún que otro hueso roto.
¿Que dijiste? -Helga lo miraba furibundamente luego de oirlo, ¿como no hacerlo? Si gritaba y le apuntaba como un orangutan -atrévete y repitelo frente a la furiosa betsy y los cinco vengadores.
-Tu moño es feo, ¡Parece alguien de cinco años usaría! -bramó-Y es rosa. No te queda para nada ese color -y si eso no era suficiente- ¡Usar vestido no te hará niña!
Por eso ahora, mientras los alumnos se encaminaban hacia la salida del colegio, evitaban cualquier contacto visual con ella. Y ella lo sabia, haria trizas a cualquiera que la mirara, respirara a su lado (bien lo sabia, Brainy) o la causa de este asunto, le juzgara su vestir.
Una vestimenta, un color y un accesorio que tenia una razón de ser usado. Aun si no había razon, nadie tenia derecho de meterse en lo que usa.
Y la lluvia que caía le hizo recordar el momento, el motivo. Al saber que no iba a parar y, que no poseía paraguas. Se puso su mochila en la cabeza y echo a correr.
Tenia tanta mala suerte que un auto que había pasado velozmente por un charco, la había mojado y embarrado.
-¿Me vas a decir que el marrón me queda mejor? -espetó bruscamente, al sentir una presencia a su lado. Aunque no creía que había alguien tan valiente o idiota que se atreva a hacer un comentario sobre eso, pero ya su cercanía, le incitaba a pelea.
Ella giro su cuello dispuesto a mandar al hospital, creyendo que se iba a burlar de ella. Pero Betsy y los cinco vengadores, dejaron el tema de la venganza cuando vio quien estaba a su lado.
Arnold. Su querido Arnold.
Antes de que su expresion facial se suavice, deje de fruncir el ceño y lo remplace por una sonrisa de una damisela enamorada. Habló bruscamente.
-¿Que quieres, Arnoldo?
El puso su paraguas sobre su cabeza.
-Es lindo tu moño.
Helga quedó segundos estupefacta, pero antes de que su yo enamorada actúe, reacciona.
-¿Que? -escupió- ¿Que estas diciendo?
-Me gusta tu moño porque es rosa como tu ropa.
Dejandole el paraguas. Su cabeza de balon se marcho, sin -al parecer- no darse cuenta que fueron las mismas palabras que dijo de niño. Y sobre todo, sin saber que la había enamorado, otra vez.
