Notas: Aquí Aether no es un rollito de canela, primera advertencia. Agregué algunos headcanon. Todo esto está hecho para fans y nada es canon, salvo que la imaginación.
Era un silencio el que rodea el palacio que yace en las profundidades. Incluso los susurros más incesantes y, las voces de los caídos que imploraban venganza, se habían reservado en los rincones, donde las paredes aún albergaban sombras.
Aether se encontraba sentado en una de las ruinas en la destrucción de aquella tierra que una vez conservó grata en sus recuerdos. Era ese lugar donde su venganza se erige dentro de él. Era donde el clamor de alzar el abismo sobre el trono de los dioses cobra sentido. Era su recordatorio de cada una de sus acciones.
Ver a Lumine solo fortaleció sus motivos; aun cuando la alentó a seguir su viaje por ese mundo de tierra putrefacta. Él se encargaría de arrancar esa piel de falsedad y mostrar el verdadero hedor. Protegería a Lumine de ese mundo, y del dolor que él tuvo que pasar por su viaje.
Aprieta el puño, frunciendo el ceño.
Unos pasos que incluso se adivinan en el aire alteran el silencio que había sido su acompañante y no tiene que girar para adivinar quién es. Cerró los ojos, dejando una pausa entre sus pensamientos, y se colocó de pie.
—Alteza, aquí está.
Girando la cabeza, un mago trae consigo a un acompañante. Su rostro era de un joven que gozaba de la plena juventud y la vitalidad que se presagian en sus facciones; sin embargo, era una falacia. Como todo en ese mundo. Aether lo recordaba de muchos años atrás en la que se habían encontrado efímeras veces. Ahora, son aliados. O eso podría decir en una delgada línea.
—Gracias por venir, Xiao. —saludó, en un rostro impasible y sin rastro de expresión.
—Alteza. —Seco y apretado, y Aether se ríe en sus adentros.
Sigue siendo un perro fiel al dios geo. Su corazón pertenece a ese ufano dios que Aether recuerda a la perfección. Es parte de su venganza quitarle piezas del tablero, aunque ese rey haya dejado su trono. Los pecados van a perseguirle incluso después de la muerte y tiene toda la intención de recordárselo. Xiao es un arma inclemente que lucha contra la oscuridad que los mismos dioses han creado. Meterse dentro de su mente y su piel no fue precisamente sencillo.
Tuvo que usar una estrategia un poco vulgar, aprovechándose de las virtudes de su poder. Encontrarlo inconsciente por el karma fue el momento que él había esperado pacientemente. Adormecer las cadenas ennegrecidas, es una deuda; aliviar el dolor, es una deuda; salvarle de la locura que ocasiona la agonía, es una deuda.
Xiao no le sigue porque le sea fiel, le sirve por orgullo y compromiso. Aun así, sirve a sus propósitos, aunque no de la manera que desearía. No necesita que le sea leal, o que su corazón le pertenezca, solo necesita su fuerza para la eventual guerra.
Aether ha sembrado con él un trato, un nuevo contrato, aunque todos los de esa tierra hayan sido liberados con la muerte supuesta de Morax. Una tontería quienes crean ello, pensó. Pero usar esa carta a su favor, es algo que no puede desaprovechar. Los adeptus ya no son necesarios en Liyue, los humanos pueden protegerse.
—Es curioso que tú, adeptus Xiao, sigas siendo esclavo. —le había dicho en aquella ocasión.
—Es algo que yo decidí. Es mi carga. —le contestó desde la terraza de la posada Waishuun, cruzado de brazos.
—Mi lucha no es contigo, ni con tu tierra.
—Tocas a Morax y te atravesaré con mi lanza.
Sonrió, en una curva ladeada.
—¿Cómo se mata a un dios caído? Creo que tienes más experiencia que yo en esa área. —mencionó, y hubo un ligero movimiento de cejas en el rostro del adeptus—. Te diré algo, adeptus Xiao, tengo el poder de hacer más de lo que hizo tu dios. De la tierra contaminada que él mismo ensució.
—¿Quién eres? —exigió saber y una lanza de jade apareció en su mano.
No se inmuta en esa advertencia; al contrario, Aether hace aparecer su espada de oro y unas alas se despliegan detrás de él. Una luz desde lo profundo baña la terraza y la oscuridad huye despavorida.
—Un viajero, solamente. —habló, viendo la hilarante sorpresa en el adeptus. Es apenas perceptible, en aquel rostro que se ha negado a las emociones—. Mi estadía aquí es fugaz, en cambio, tu dolor será eterno. —Un cosmos se abrió en su palma, al tiempo que una curva se deslizaba por sus labios—. ¿Te parece si hacemos un trato? Salvas a tu tierra, a ti mismo y quedarás libre en cuanto yo me vaya al siguiente mundo.
Xiao le observó ese día y sus ojos no se apartaron más, incluso en las noches más negras.
—¿Mi príncipe? —Era la voz de su sirviente que le trae la mente en tierra y Aether debe sacudir la cabeza.
—Déjanos a solas, por favor —le pide al mago, y éste da una mirada reticente a Xiao que el adeptus se encarga de ignorar.
La presencia de él ha sido un revuelo en el abismo. Muchos emisarios advirtieron de las lealtades y que podía echar en tierra lo que habían avanzado. Empero, Aether cree en su intuición. Xiao ha cumplido cada una de sus tareas a la perfección. Podría decir que se ha llevado sus halagos, pero éste último no se llena de ellos.
—Cumple con tus palabras y estaremos a mano.
Aquellas palabras solo causan revuelo en el abismo. Los magos y emisarios quieren eliminarlo, pero saben que no pueden. Xiao era fuerte. Estúpidamente fuerte.
Más de una vez lo han atacado, en la que solo en una ocasión asesinó a seis magos y un grupo reducido de hilichurl. No tardaron en llegarle las noticias y los emisarios que pedían destrozarlo.
—¿Quién empezó? —fue su pregunta.
Hubo un silencio. Dirigió su intriga esta vez al adeptus con una mirada de reojo; pero éste no respondió.
Suspiró, un sonido que hizo eco e hizo juego con las voces que ondeaban en el aire.
—No los mates si vas a defenderte. Con dejarlos inconscientes es suficiente. —manifestó y hubo una consternación detrás de él—. Quizás no lo sepas, o tal vez sí; pero estos monstruos que consideran amenaza en tu mundo, fueron personas. Personas maldecidas por tus dioses.
Xiao al oír esta declaración y, quien yacía cruzado de brazos, más sus ojos cerrados; los abrió lentamente. Su mirada más penetrante que nunca, y a Aether no le sorprendió.
—Sí, me imaginé que no sabrías qué pasó con las personas de Katherianh. ¿Te suena ese nombre?
No hubo respuesta. Solo vio como Xiao inclinó su rodilla ante él. Sus únicas palabras fueron:
—Asumiré mis actos. Haz lo que quieras conmigo.
Aether solo le pediría una cosa, pero puede hacerlo en esas circunstancias.
Volviendo a ese presente, Xiao se acerca a él, cerca del pilar caído donde regresó a sentarse. Se han vuelto una compañía de encargos y misiones, que cada una tenía una recompensa por ello. Xiao viene por la suya.
—¿Cómo te sientes? —le preguntó Aether, su voz cambiando de la impavidez, dejando escapar unas gotas de suavidad que habían empañado antes sus palabras.
—No hay comparación. —respondió simplemente.
—¿Sientes alivio?
—...Sí.
Hubo una sonrisa genuina en su rostro, y Xiao pareció sorprenderse de ver aquella fractura a la máscara que había portado por rostro.
El silencio es acogedor, Xiao es de pocas palabras y Aether no tiene muchas ganas de conversar. Solo es una compañía mutua, sin entendimiento ni tregua. Es solo negocios.
—He despejado los campos mineros —Es Xiao quién rompe el silencio—. No hay señales de civilización en esa parte.
Aether asintió.
—Servirá para guiar a los hilichurls allí sin que sean molestados. No importa donde vayamos, los consiguen y los tratan como materiales para sus propios beneficios. Aun cuando tratan de protegerse con escudos, han conseguido la forma de destruirlos.
Por el lado de Xiao, se cruzó de brazos, en un gesto común de él.
—Ellos siguen atacando si se les acerca. Los humanos también tienen derecho a defenderse.
Ante aquellas palabras, Aether se rió un poco, sin apartar la vista de las ruinas encarecidas. Un brazo se apoyaba en su rodilla alzada y la trenza del cabello, ante la tenue iluminación, luce como un oro mancillado. Fue una risa casual, pequeña y de poco uso, y a Xiao empieza a temer ante el pensamiento que le gusta.
—Si maltratas a un perro toda su existencia, en algún punto se volverá rabioso. ¿No envía el gremio a los aventureros a asaltar los campamentos? No es que estuvieran haciendo algo malo, es simplemente por su mera existencia. He visto los encargos, llamando «propagación de mal». Pero no puedo culparlos —Apretó el puño borrando la constelación de su mano—. Alguien empezó eso desde el inicio y ellos solo siguen viejas doctrinas. Imagino que debes saber de dónde viene.
Hubo un sonido gutural.
—Me es extraño protegerlos. —mencionó Xiao en una respuesta sincera.
Aether se giró para encararlo y sus ojos se abrieron. Son dorados, así como dos pedazos de mora. Un objeto de insignificante valor para un adeptus, pero que puede conseguir una extraña referencia ante semejante epifanía. Xiao reacciona ante un depredador listo para defenderse, pero lo que ocurre a continuación es que el príncipe del abismo soltó una carcajada.
Es fresca y viva, y se engendra desde el fondo de su vientre descubierto dejando a la vista el ligero movimiento de su pálida piel. Xiao nunca lo había escuchado reír así. Lo ve golpearse la rodilla, y Xiao repasa sus palabras tratando de conseguir el chiste ante su mención.
Limpiándose una lágrima, Aether aún tiene vestigio de la gracia en sus labios.
—Es normal... —dice, sin aliento—. Es normal. —No tarda en calmarse y regresar al rostro estoico que ha blandido desde entonces—. Las mutaciones son inevitables y son un enemigo incluso para nosotros. He purificado algunos valles, pero el odio...
—... es demasiado. —concluyó Xiao, en los pocos mutuos entendimientos—. No es necesario esforzarse. Esa es mi tarea.
—Ahora eres parte de mis líneas, y es mi deber también proteger a mis compañeros.
La mención de compañeros hace titubear a Xiao, pero lo controla rápidamente que puede pasar desapercibido. Aunque no para los ojos del príncipe del abismo.
—Puedo sentir las ligeras perturbaciones en el aire ante la próxima erosión, será mejor ponernos en marcha. —anunció, y Xiao hizo una ligera inclinación de su cabeza en señal de aceptación.
Sin embargo, Aether no tarda en dar dos pasos antes de que un latido fuera de lugar haga estremecer su ser. Luego viene otro, y otro. Y el dolor estalla en sus articulaciones.
—Hey —Oyó a Xiao llamarle en un eco que empieza a ser lejano, pero la visión se le nubló. Los alrededores empiezan a perder color. La conciencia huye de su alcance.
No, ahora...
La oscuridad se precipita en alcanzarlo y son unos brazos inesperados los que le reciben. Solo puede ver una mirada felina en el rostro más hermoso.
¿Es esto una retribución?
Parece que olvidó mencionarle que, los habitantes de aquella tierra destruida, no habían sido los únicos en ser maldecidos.
—x—
Xiao yace confundido. El príncipe del abismo, un enemigo de los dioses, estaba inconsciente en sus brazos.
El pensamiento más energúmeno brotó en su cabeza. Podría matarlo si quisiera en ese momento. Podría terminar con todo con solo una estocada de su lanza. Y, como si percibiera su aura asesina que estaba germinando en su interior, Aether despertó empujándole en una poderosa ráfaga que lo envió hacia atrás. Xiao clava sus pies en el suelo y con su lanza logra detener el avance.
—No... esperaba menos de ti..., Xiao —dijo en una voz forzosa, su rostro convertido en una pantalla de sudor, dibujando en sus suaves facciones líneas de dolor.
Cayó en una rodilla, llevando la mano hacia su boca como si contuviera algo en su interior. Algo, que no tardó en salir cuando vomitó un líquido negro que a Xiao le desconcertó. Lo oyó maldecir, sosteniendo su estómago, clavándose los dedos que Xiao no le extrañaría que le salieran marcas.
—Me tendrás que disculpar —habló nuevamente Aether—. Pero tengo que retirarme.
Xiao no hace preguntas. No es curioso en lo que no le concierne, pero reconocía ese hedor. Lo había vívido todos esos años, y lo tenía arraigado a la piel como viejas cicatrices.
—Tienes un karma —señaló.
Aether bufó en una risa amarga. No era como la que había escuchado antes y que encantó sus oídos. Se levantó con sus piernas trémulas y echó para adelante con sus pasos asistidos por su poco equilibrio.
—No mentí cuando te dije que los habitantes de Khaenri'ah habían sido maldecidos... —manifestó sin aliento—. Si te preguntas por qué yo no tengo una forma grotesca, es por mi propio poder. Aquella diosa intentó sellar el poder de mi hermana y el mío, pero yo pude recuperarlo gracias a las viejas tecnologías que aún se rescataron en las ruinas.
Xiao le tomó del brazo cuando le pasó por un lado y Aether no estaba para ver a través de las páginas. Sus ojos dorados se oscurecieron y lo que salió de su boca podría cortar el aire.
—Esto es una advertencia, Xiao, no me hagas hacerte daño; porque tengo todo el poder para hacerlo.
Esas palabras no hicieron retroceder al adeptus.
—En este momento, dudo la veracidad de tu afirmación.
Antes que Aether pudiera replicar, Xiao lo tomó en sus brazos y desaparecieron de ese pozo de oscuridad. Es curioso como algunos escenarios pueden repetirse, pensó Xiao, una vez, cargó de igual forma a su hermana.
—x—
Es fácil aterrizar en el trono baldío y en pedazos que se encuentra en esas profundidades. Es fácil llevar el cuerpo suelto de Aether que no tiene las suficientes fuerzas para rehusarse. Es aún más fácil descender las escaleras de piedra que se esconden debajo del trono del príncipe para dirigirse a sus aposentos. Xiao ha estado demasiado tiempo en él como para saber el modo de acceso en aquel árbol de oro que de sus hojas brotan una inquietante paz.
Ha estado lo suficiente en esas sábanas frías cuando Aether usa su cuerpo como medio de expiación.
—Xiao, no puedo más... —dice, en el gemido más quebrado, antes que se libere de sus brazos y caiga de rodillas vomitando de nuevo ese líquido viscoso.
Xiao encuentra esta escena un tanto familiar. No porque la haya visto antes, pero esos síntomas rugen en él como viejos amigos. La visión se vuelve más extraña cuando nota como al príncipe empiezan a expandirse desde el centro de su pecho unas raíces negras al rostro, brazos, su vientre. Una subió hasta su pómulo y fue capaz de arruinar aquel rostro de terciopelo, incluso borrando el color de la esclerótica del ojo para convertirla en un negro absurdo.
—Es más rápido esta vez —Aether parece burlarse de la situación y Xiao no encuentra, una vez más, en qué parte se haya el chiste que haga gracia.
Caminó hacia él y lo ayudó a incorporarse. Es un peso pluma, y no es esfuerzo para sus brazos.
—¿Usas algo para revertirlo? —preguntó, ayudándolo a llegar hasta el lecho.
Obtiene una negativa.
—No es «revertir», es contener, simplemente. Es el odio de los dioses —recalcó, con sus facciones arrugándose en líneas de dolor—. No hay...
... Mucho que se pueda hacer.
Terminó Xiao la frase en su cabeza. Cerró los ojos y recuerda aún la sensación de dolor. La ha vivido lo suficiente para tenerla grabada en el pensamiento más brumoso.
—¿Quiénes saben?
—Perspicaz, Xiao. Es un secreto que ahora me tendrás que guardar —atendió el príncipe, recostándose en la colcha mullida—. Pocos. Muy pocos.
—Pudiste librarme de gran parte de mi karma, ¿por qué no lo haces contigo?
Se apartó de la cama, manteniéndose a la suficiente cercanía para mantenerse alerta.
—Mi poder está sellado, apenas pude recuperar una parte. —No había más explicación, acostándose entre las almohadas desordenadas y pareciendo una hoja de papel en aquella palidez espectral—. D… Descansaré un poco.
Xiao no responde ya y se queda en silencio. Las sábanas yacen desordenadas y el árbol de la superficie aún sigue dejando caer su luz sobre sus cabezas en una pantalla de cristal que cubría el techo. Se preguntó si aún hay huellas de lo que han hecho ahí. En esa cama. En esa habitación.
Se aleja, apoyándose cerca del pilar que sostienen esas paredes. Apenas quedan unas cuantas llamas doradas que no pueden ahuyentar la oscuridad, aquellas llamas extrañas que Aether le presentó y no pueden quemar.
No le quita la vista de encima al príncipe y por la respiración puede adivinar que se ha dormido. Una pequeña sonrisa, un sutil movimiento del borde de su labio, da forma a esa línea gélida. Bueno, dormido, es una bonita forma de decirlo. Lo más probable es que haya sucumbido ante la corrosión. Es una lágrima de piedad, poder huir del dolor a través del sueño o simplemente desconectar su consciencia del peor sufrimiento.
El tiempo para los adeptus es simplemente una constante. No varía ni surte efecto en ellos. Por lo que, más aún en el abismo, donde la más grandes y grotescas criaturas habitaban en una espera de venganza que no parece llegar.
Aether despierta quizás en las faldas de la madrugada. Xiao se había sentado en el borde de la cama, y había enviado su energía elemental a las vías del príncipe. Su elemento no es de ese mundo, pero algo debía hacer. No podía purificar como él, sus medios de purgar eran eliminando. La muerte también era una salvación.
Así que ayudarlo a aumentar su propio poder podría ser la única ayuda que podía ofrecer.
No es que quisiera salvarlo, tales esperanzas no yacen en su interior y tampoco se hace ilusiones. Solo que el príncipe se tomó las suficientes molestias con su karma, que a Xiao le late en la consciencia.
No es porque aquel cuerpo de jade y la suavidad de esa piel se le haya asomado en los pensamientos más de una vez. No porque aquella cintura sea una tortura para sus manos. Ni tampoco por los sonidos que podría hacer a un príncipe que ha sido honrado con una corona de espinas.
Xiao no es tan sentimental como los humanos, pero posee los instintos carnales de cualquier animal. El dolor asusta cualquier indicio de placer. Vivir el karma es la normalización absoluta del dolor. Era insoportable en algunos casos y no se da cuenta de la cantidad de dolor hasta que llega un viajero con alas doradas, para brindarle algo de descanso. Unas horas de sueño donde las voces se callan y su cuerpo se desmaya ante la ausencia de latigazos. No se había dado cuenta cuan gravedad era su karma, hasta que empezó a atenuarse.
Al observar al príncipe en esas sábanas pálidas, sabe que puede entenderle más de lo que le gustaría admitir. Un extraño y aterrador parecido en común.
Su mano enguantada aprieta la de Aether. Al verle despertar, éste no tarda en apretarlos y aferrarse a él en busca de su propia consciencia. Las raíces se fueron reduciendo conforme pasaba el tiempo, y Xiao pudo asegurar que al emplear su energía, fue un poco más rápido.
Aether parece pintar una confusión en su rostro, pero el agotamiento en sus ojos no le deja ver más allá. Ha recuperado su rostro terso y sus ojos dorados le estudian entre la bruma del cansancio.
Respira antes de hablar, como si hubiera sido drenado por completo. Y, una vez más, Xiao puede entenderlo. Despertar después de unas horas de suplicio es como estar dentro de un banco de nubes. Debes volver a conocer tu cuerpo en segundos. Comprender que puede volver a moverse y que responden a sus órdenes. Caminar es un acto mecánico, pero la fuerza de los pasos y sus movimientos no viene incluido. Xiao ha perdido el equilibrio con tan solo amenas ráfagas en el pasado. La debilidad es inminente y la recuperación tarda al menos un par de horas en que todo vuelva a funcionar como debería.
—No hables —le dice, su voz en un susurro—. Esfuerzo innecesario.
Aether parece sonreír. Ha recuperado su auténtico brillo, que empieza a mostrar solo en su compañía. Los recuerdos de su gemela hablándole de él ahora tienen veracidad. Tenía la sonrisa más encantadora aunque los dioses se la hayan arrebatado. Esa dulce naturaleza cegada por el odio y la sed de venganza.
—¿Por qué?... —intentó hablar Aether, antes de perder su voz en un jadeo sin aire.
Se esperaba esa pregunta, y aunque no tiene la respuesta, tampoco es difícil formularla.
—Te comprendo un poco mejor. —se sinceró, extrayendo de su haori un núcleo de cristal que había atrapado en la mañana solo por hacer algo con su tiempo—. Se verá bien en tu cabello.
Lo colocó en su palma y Aether parece estudiarlo.
—¿Un núcleo de cristal? —reconoció suavemente. Cerró los ojos en una sonrisa amena y aun tumbado en las almohadas, lo ató a la punta de su trenza.
Xiao acercó sus dedos al núcleo, tomándole con cuidado de la trenza del cabello y con dedos cuidadosos rozó uno de los bordes. Del núcleo, brotaron dos pequeñas alas como si aún estuvieran con vida y empezaron a aletear tímidamente.
—Ahuyentará los malos espíritus.
—Gracias. —dijo, Aether, volviendo a su rostro amable, de camino a una afortunada madurez, que le sonrió no sin cierta picardía.
Se incorporó con algo de esfuerzo y jadeó como si hubiese recibido un golpe seco en el pecho. Xiao ya le había advertido que era innecesario y no tenía antojos de recordárselo. Cada quien debe asumir sus acciones.
—¿Cuánto tiempo estuve dormido? —quiso saber Aether mirando su entorno embrujado de sombras, ante el árbol dorado dormido, y un frío que no parecía provenir de ese mundo. Una exquisita ruina en estado de perpetua decadencia.
Incluso el tiempo parece haberles abandonado.
—Supongo que medio día. —recibió en respuesta.
Asintió, y extendiendo sus palmas, de ella brotó una luz divina. Un orbe que parecía una estrella y creció conforme a los segundos. Todo lo que estuvo cerca de él pareció sanar, incluso el núcleo de cristal que solo parecía un juguete roto, se tornó dorado con alas brillantes.
Xiao la observó sin decir nada y vio cómo el orbe se dividió en dos. El primero se acercó al pecho de Aether y el segundo al suyo propio. Lo vio introducirse en su interior y, una vez más, quitando hebras de los hilos kármicos. Un poco más y sería libre.
Aether recuperó su vitalidad y volvió a la normalidad también. No cabía duda que su poder era increíble.
Antes de hacer algo más, sintió una mano atraerle por el cuello y, al girar el rostro, se encontró con unos labios que sabían a flores frescas.
Es un toque rápido y deja un sonido sutil entre ellos. Aether abrió los ojos y no tuvo que decir más.
El cabello atado y caído en su hombro daba un aspecto más suntuoso, como si en verdad lo que corría por sus venas era la sangre real. Extiende la mano y atrae a Xiao a un acercamiento que ya no es extraño en ellos. Xiao atiende la orden. Como todas las que ha hecho hasta ahora. Es eficaz en cumplir lo que se le pide.
Se sienta más de cerca, mirándole a través de sus ojos que han sido categorizados como cuchillas doradas que pueden perforar hasta el pensamiento. Aether le sonríe, sigue sin ser una de las que suele ofrecerle a menudo o las nulas que le muestra a los demás. Es más, un gesto que parece muy propio de él, de una identidad pasada que ya se ha perdido.
A esa distancia, las manos del príncipe suben y acarician su cabello. Seduce las puntas de los bordes donde la decoloración cobra sentido y luego bajan para barrer sus pómulos. Xiao debe contener cualquier pálpito en su interior y no mostrar indicio que aquel afecto es de su agrado. No es un perro al que se le recompensa con caricias y lo deja bastante claro. Aun así, Aether es complaciente con él. Usa sus artimañas para darle lo que nunca nadie le había dado. Solo el tacto de sus manos envía en él ondas apacibles que eliminan la tensión que existe en sus articulaciones.
Le besa los labios, con el aliento tibio sobre el suyo y le hace cerrar los ojos en una practicada costumbre que ha aprendido bajo la propia experiencia. Una de sus manos deja de estar colgada a su costado para alzarse y tomarle de la mejilla. Ha tenido tiempo suficiente para aprender el ritmo y reconocer el desliz que hay entre sus lenguas y dientes, porque aún es inexperto para hacer algo florido. De hecho, al tener las manos inquietas de Aether a través de su pecho, sus hombros, es que pierde un eslabón de su máxime control. Libera ese instinto animal sobrenatural que es su verdadera forma, para rodearle de las caderas y lanzarse sobre él.
Aether se ríe cuando cae de espaldas en las almohadas con su figura cerniéndose sobre él. Es como si lo esperara o todas sus acciones estuviesen preparando ese escenario. Xiao sabe que es su forma de recompensarlo, no hay otra cosa más. Ambos tienen objetivos y no se dejan llevar por el afanado sentimiento que envuelve a los humanos. Xiao por ser un adeptus y Aether por haber perdido su fe incluso en la humanidad. Cuando se deja caer sobre él, y aquellas piernas agraciadas le brindan una entrada, es que piensa que el verdadero alivio viene de otra cuestión.
Al empezar, sus manos no pueden estar serenas, empezando a deslizarse por los muslos de color plata sintiéndose sucio ante aquella taza de porcelana.
—Somos iguales —susurró Aether como si adivinara sus pensamientos.
Pasó los brazos por su cuello y lo atrae más hacia él, donde sus pechos se unen y el peso es cálido. Aún cuando solo eran seres distintos y de otros mundos, aún cuando no había nada enlazado entre ellos que pudiera llamarse amor, al hacerlo, se sentía como una pieza que dice paz. Y, eso para ellos, era un eslabón faltante que conectan poco.
—Sé gentil —insinuó Aether, susurrándole en el oído, dejando que sus labios le rocen la piel.
Al encontrar sus miradas, sigue sosteniendo esa sonrisa que es del todo reconfortante. Para añadir, estira el brazo para alcanzar un pequeño buró donde ha escondido pocas pertenencias, y entre ellas, un vial que contiene un aceite. Lo deposita en su palma, en un permiso silencioso.
—Ya sabes como hacerlo —agregó, abriendo un poco más las piernas—. Alivia mi dolor.
Xiao no puede resistirse a esa petición, aunque todo su ser influya en que no hay nada que pueda hacer. Que esa persona es su enemigo y debería usar todas sus habilidades inclemente para impartir castigo. El mal debe purgarse. Sigue siendo una espada manchada y contaminada; y las armas no sirven para calmar. Su función es neta y letal.
Sin embargo, Aether, Aether vuelve todo una excepción. Él, que nunca se vio traicionando su contrato a Morax, que su lealtad sigue siendo para ese arconte, y ahora se ve embrujado por las manos de un príncipe sin corona. Le ha aliviado más que el karma sino también el corazón. Es demasiado orgulloso para admitirlo, pero también francamente sincero consigo mismo.
No tarda en despojarle de su vestimenta, de abrir aquellas capas de tela que separan sus pieles. Aether hace lo mismo con él. Sus manos deslizan sobre la piel que antes era demasiado insensible para aceptar una especie de afecto. Le era extraño y de una forma le hacía sentir incómodo dentro de su cuerpo.
Aether suele reírse de eso.
«Es una caricia, Xiao, ¿los adeptus no la conocen?»
Desde entonces, se encarga de besar cada parte de su cuerpo, aunque no tiene por qué. Xiao toma de ese cuerpo lo único que debe servirle y es el alivio de su dolor. Antes, se habría negado rotundamente a aceptar tal lágrima de misericordia, pero ya no hay un rey geo a quien rendirle cuentas. Si ya no hay nada qué seguir, ¿qué debería hacer con una vida interminable donde solo la sangre negra que mancha el empedrado es su única acompañante?
No puede evitar pensar en ello cuando siente los labios resbalar por su mejilla, que le acaricia con el aliento y estremecer el cuerpo que solo ha conocido la sensación de agonía. Sus movimientos en batalla pueden ser veloces, pero en aquella situación netamente carnal, es algo tosco. Vacila. Incluso cuando lo han hecho ya las suficientes veces para eliminar la timidez. Cuando ocurre eso, Aether toma partido. Lo hace girar en la cama y hundirse en las almohadas, posicionándose encima de su abdomen.
No hay rencor ni súplica en su mirada. Su cabello cae como una cascada dorada y las puntas rozan su vientre expuesto. El núcleo aletea frenético. Parece un ser hecho de líneas de oro y palidez nívea. Xiao quiere tocarlo, quiere tomar aquello que le están entregando dócilmente. Una vez más, después de tantos años, y solo con esa persona, sus instintos se encienden. Salta de su posición en un gruñido y envía de espaldas a Aether a la colcha. Aborda sus labios, ávido, y sus manos se desesperan en eliminar todo obstáculo entre ellos.
Los guantes han sido retirados y ya puede bañar su palma con el aceite para facilitar su acceso. Ha aprendido gracias a Aether, pero no es de su total agrado. Le impacienta. Lo hace rápido y fugaz, sintiendo que la habitación se calienta lo suficiente para que ambos se encuentren sin aliento.
El inicio siempre es difícil, no importa cuántas veces lo hagan. Aun cuando no quiere infligir dolor, es algo inevitable que los dos saben. Aether lo insta a seguir, es su sonrisa de bondad lo que la da todo el permiso a empujar hasta donde no hay más.
Aether ahoga un gemido. Su espalda se dobla y clava las uñas en su espalda. Se aferra a él hasta que puede acostumbrarse. Jadea en su oído, riéndose sin aliento y besa la mejilla.
—¿Te gusta mi cuerpo, Xiao? —lo dice de la peor forma que Xiao no puede mentirle.
—Sí.
—A mí también me gusta el tuyo. —Sus brazos lo envuelven con fuerza y Xiao entra más en él—. Continúa, mi adeptus.
Después de un momento, ante esa orden, es que empiezan los movimientos. Lentos y un tanto erráticos.
Los sonidos de Aether también brotan; cortos y suaves. Las piernas se enganchan detrás de su cintura y le atraen más hacia él. Es una presa, ¿acaso? ¿él, que siempre fue un depredador?
No se detienen en disculpas. Xiao toma esas caderas de curva dolorosa y las usa para dirigirse. Aprieta, muerde, se presiona tan fuerte que Aether solo puede soltar sonidos extasiados. Le pide que continúe.
Ahí, sí, ahí.
Xiao le complace.
Aether es lo suficientemente exigente para pedirle un pago de retribución por la compra de un paliativo. Xiao sabe que todo debe pagarse, incluso en las guerras. Entrega lo que sabe que puede servir. Es rápido aprendiz y ya conoce ese cuerpo para desvalijar lo que le ensambla. Toca ese punto que hace que el príncipe del abismo se vuelva un ser voluble en sus brazos, sumiso, hablando en pareado sobre lo hermoso que es Xiao.
—Eres como la última luz de un crepúsculo. —dice en jadeos y eso inquieta en él todas sus terminaciones—. Sírveme, Xiao, yo te daré aquello que nadie te ha dado.
Xiao no necesita que nadie le dé, no necesita de nadie, pero si algo ha de admitir es que esa persona era terriblemente adictiva. Lo quiere, sí. Ya no puede dejarlo ir, aunque quiera. Puede sentir su cuerpo tenso, a punto de llegar al límite. El placer que cegado toda sensación y explota en una nube que les arrebata las conciencias dejándolos en blanco.
Aether viene primero que él.
—Ya es tarde, nuestra conexión ya es demasiado fuerte. Aunque quisieras abandonarme, sería demasiado tarde —habló, dejando caer sus palmas a los costados del rostro de Aether.
Hubo una sorpresa inicial, cubierto por la bruma del placer, como si no hubiese esperado aquel diálogo precisamente de él, antes de que aquellas manos acunen su rostro y lo traigan en un beso descuidado.
—No he pensado hacer eso.
Casi parece una promesa, pensó Xiao.
FIN.
Mi querida Sammy, espero que te haya gustado va con mucho cariño. Se le adora.
