Un pequeño sueño que tuve, no tengo mucho que decir al respecto sino escribir y esperar que les guste.

Espero que se mantengan saludables y me digan lo que opinan si lo leen.

Disclaimer: De lo escrito a continuación sólo me pertenece la idea y los personajes extra. Severus, Hermione y el resto de aquellos que conoces, pertenecen a la obra literaria de Harry Potter y a JK Rowling como su autora. Escrito sin fines de lucro.


Volverte a ver.

Jamás podría olvidarlo, de hecho solía atormentar su subconsciente mucho más a menudo de lo que quisiera y le gustaba admitir. Podía recordar hasta el más mínimo de los detalles y resultaba ser, de todas las pesadillas que había tenido a lo largo de toda su vida, la más aterradora.

Su rostro hinchado por quién sabía cuántos golpes recibidos. Sus labios sangrantes y sus nudillos llenos de moretones y pequeños cortes como si hubiesen estado jugando a la ruleta rusa con sus manos. Toda ella, tan delicada, allí estaba prácticamente irreconocible y aún así, muy contenta de verlo cuando finalmente había logrado encontrarla junto a una cuadrilla muy selecta de la orden del Fénix.

Él como su guardián y los únicos magos lo suficientemente poderosos como para hacerse frente entre Mortífagos a los que no les temblaban las manos o las voces para matar.

Desde ese momento y tras tan terrible imágen, de pronto todo se oscureció a su alrededor y dejó entonces de percibir, visualmente, lo que le rodeaba. De manera inexplicable.

"Seguro es temporal". Escuchó a Poppy decir, tras el incidente. No tenía ni idea del tiempo y del espacio, pero sabía por otros que Hermione Jean Granger, finalmente se recuperaba de tremenda golpiza que había recibido. No sin antes marcharse de la guerra, con un vistoso tatuaje de "Sangre sucia".

— Hermione... Hermione... — tenía que estar ahí, siempre estaba allí a pesar de que no podía constatarlo a ciencia cierta. Sus otros sentidos por supuesto que se habían desarrollado lo suficiente como para permitirle tener cierta idea de las cosas a su alrededor, pero de vez en cuando creía que continuaba dentro de la misma pesadilla y de que se trataba de una ilusión muy vívida. Que la mujer que más había amado, como a la madre de Potter, había perecido en medio de la guerra, de la misma forma que Lily lo había hecho, mientras él se había quedado mirando como un tonto y sin hacer algo para evitarlo siquiera. — Hermione... — palpó el otro lado de la cama con desesperación, pero ahí no había nadie. Siquiera estaba tibio. Debía estar nevando tal vez, el frío le resultó realmente abrumador y por un momento se sintió indefenso, como un niño aterrado de la oscuridad a sabiendas de que quizá no estaba solo en ese vasto manto negro con el que ahora convivía sin más opción. — ¡Hermione...! ¿¡Dónde estás!? ¡Hermione!

Ni siquiera había tomado en cuenta el estudiar el entorno mejor. De seguir su consejo de respirar e intentar percibir al menos cinco cosas con sus manos. De escuchar sonidos, de saborear su propia saliva. De saberse vivo al menos. Se levantó tan rápido como pudo, olvidando que solía dormir por alguna razón muy cerca del borde, ella siempre lo decía, resbalando y así, golpeando la mesa de noche junto a la cama y la pequeña lámpara de noche sobre ella. Entre otras cosas.

Quizá había caído sobre los pedazos de la lámpara que al caer con un fuerte estruendo pareció hacerse añicos fácilmente, puesto que tras el golpe sintió una de sus manos y mejilla, arder como si hubiese recibido un violento e inesperado latigazo.

Porquería barata de porcelana china. Hermione y sus extraños gustos que no comprendía. Seguro y hasta tenía una forma ridícula de gato.

El estruendo fue suficiente, sin embargo, para desatar una ola de ladridos y pisadas fuertes a trote hacia él.

Por supuesto. Beliath su perra guía.

Algo que insistió no necesitar, pero que a la larga no quiso admitir que facilitaba mucho las cosas

— Por Merlín y Circe... ¿¡Severus!? Qué es todo ese ruido. Beliath, con qué estabas jugando. Severus está dormido, vas a despertarlo y provocar que se sobresalte.

Aquella suave voz como bálsamo para su herida psique. De pronto todo lo demás había dejado de importar. Siquiera que estuviera sangrando de heridas que ni siquiera sabía qué tan profundas pudieran ser.

Los constantes arañazos a la puerta de Beliath, fueron suficientes para que Hermione Granger saliera del baño apenas si calzándose una bata de baño y mirando, atónita, cómo todo estaba revuelto en el poco tiempo que había decidido meterse en la tina.

— ¡Oh no! ¡Severus, cariño! ¡Por Morgana! ¿¡Qué te pasó!? — esas pequeñas y delicadas manos, siempre tan capaces. Una caricia prácticamente etérea. Imposible. — Constantemente te lo digo pero no quieres escucharme. Debes dejar de dormir tan cerca del borde. Creo que solo consigo que dejes de hacerlo cuando estamos juntos — casi podía oír la sonrisa en sus palabras. — Qué terco resultas ser. Ya ves lo que pasa.

Cómo decirle lo que en verdad había pasado y remover recuerdos que esperaba que ya ambos hubiesen enterrado muy en lo profundo.

Tal vez él no había hecho el esfuerzo necesario. Tal vez recordarlo le daba un cierto y morboso sentido a su vida. Se lo debía, luego de haberle fallado. Si no por qué otra razón seguirían juntos de no ser porque ella debía sentir lástima, ahora que no podía ver.

— Ya ya, Beliath. Papá está bien, solo se cayó de la cama y... ¡Severus estás prácticamente bañado en sudor! ¿Tenías pesadillas? ¡Oh! Lo siento tanto, cariño. Debí decirte que iba a tomar un baño pero estabas tan profundamente dormido que no quise molestarte. No creí que... ¡lo siento!

No hallaba cómo decirle que dejara de decirlo. Que dejara de hacerle sentir peor por el hecho de siquiera poder estar cinco minutos sin ella y dejarse presa del pánico, como un niño pequeño, pero su garganta se encontraba extrañamente seca tras revivir los mismos recuerdos tormentosos de siempre.

— Abriré la puerta para que Beliath pueda verte o creo que va a enloquecer y entonces despertar a Jull y éste comenzará a maullar, nervioso.

Ah, sí. El gato de Hermione. Un Ragdoll blanco y gris, de pelo semi-corto y bastante tranquilo y gentil para ser un gato, pues recordaba que el otro gato que había tenido no era muy fanático de la relación que tenían, pero no había sido capaz de escucharla llorar por su muerte y no pensar en si al menos no reemplazar su memoria, ayudar a llenar un vacío.

Después de todo, él también tenía a una leal compañera de cuatro patas.

— Muy bien, Beliath, mira. — podía escuchar que hacía grandes esfuerzos por sostener la correa del pastor alemán que no dejaba de brincar para intentar acercarse a su dueño caído. — solo fue una caída sin mucho que lamentar más que una lámpara de noche y un par de raspaduras y cortadas que un poco de ungüento es capaz de curar sin problema. No... no puedes acercarte a lamer sus manos o su rostro, las heridas aún están abiertas y podrían infectarse. No me lo tomes a mal, pero sabemos dónde ha estado tu lengua. Sentada, quieta... ¡muy bien!

Beliath casi no escuchaba a nadie más que a él. Pero Hermione sabía cómo ganarse el corazón de cualquiera. Humano o no.

— ¿Puedes levantarte, Severus? — no supo qué movimiento hizo con la cabeza, pero Hermione pareció satisfecha. — perfecto. Intentaré sostenerte donde no te duela, para ayudarte a sentarte. ¿Está bien? A la cuenta de tres...

Cómo decirle la verdad a esa mujer que ponía tanto esmero en su cuidado, como si no hubiese pasado años insultándola y tratándola como una cualquiera.

Tan pronto habían vuelto a la cama y ella sostuviera su rostro para que dejara de moverse mientras aplicaba el dichoso ungüento, finalmente recuperó las fuerzas para hablar.

— Ouch...

— Vamos, Severus. No empieces.

Su esposa era la mejor en muchas cosas, pero no tenía buen tacto para la medimagia. Muchas veces había intentado enseñarle la adecuada manera de mover las manos alrededor de las zonas de dolor y cómo encontrar puntos de tensión, pero ella lo pensaba demasiado y si no lo ejecutaba a la perfección entonces se sentía derrotada de inmediato y tenía que decir mucho para sacarla de semejante idea tonta.

— Amor, te lo he dicho un millón de veces y te lo vuelvo a repetir ahora. Si tienes una pesadilla, recuerda la técnica de la que hablamos. Hasta leímos un libro entero al respecto. Aprender a respirar y encontrar 4 cosas en las que poder apoyarte. Deberían ser cinco, pero como no puedes ver por ahora... — hablaba un poco entre dientes, así que supuso que sostenía algodón entre los labios. — una cosa que puedas escuchar, una que puedas tocar, una que puedas oler.

— Y una que pueda tragar. — añadió en voz baja y no comprendió por un momento, por qué la voz de su esposa se escuchó nerviosa por un milisegundo. Supuso que se había sonrojado de repente y cayó en cuenta sin evitar sonreír y que ella suspirara en respuesta.

— Eres tan infantil a veces...

— Yo solo repetía lo que ese libro Muggle dice, mis palabras no tuvieron otro sentido alguno que...

— Es solo la forma como lo dices, es todo. — le interrumpió ella, al parecer muy satisfecha con lo que había hecho, sosteniendo sus manos a continuación mientras imaginó que lo miraba directamente a los ojos, a pesar de que él no pudiera corresponderle. — Severus, amor, hemos tenido ésta conversación, también un millón de veces, y no encuentro manera de que comprendas que no voy a dejarte. No me marché antes, ¿por qué habría de hacerlo ahora?

— Pude haber estado soñando cualquier otra cosa. — ni siquiera comprendía la razón por la cual se irritaba, si su esposa sabía perfectamente leer sus pistas sin mucho esfuerzo. Tal vez solo quería rescatar la poca dignidad que le quedaba tras todo lo que había acontecido a lo largo de su vida. — No todo se trata...

— De mí, lo sé. — respondió ella con un dejo de impaciencia y por un momento se arrepintió de haber abierto la boca. — pero resulta que siempre sé cuando se trata de mí. Y desde hace dos años que se trata de mí y no has querido aceptarlo.

Frunció el ceño. Creía saber hacia dónde se dirigía la conversación y tener el control de ella como le gustaba, pero nuevamente Hermione lo había sacado de su zona de confort, dejándolo indefenso y admitiendo que la sensación no le gustaba en lo absoluto. Ahora estaba a la deriva y sin tener idea de a lo que se refería. Un campo minado en el que debía tener cuidado de no pisar incorrectamente.

— ¿De qué estás hablando? — lo más seguro para decir y lo que le brindaría mayor detalle.

— Estoy hablando de todo lo que sucedió y de lo que nunca quisiste hablar, por lo que no has podido superarlo y es por ende que ni siquiera te atreves a mirarme otra vez. ¿No es así, Severus Snape?

¿¡Pero de qué estaba hablando ella, si mirarla era lo que más ansiaba en toda su vida!? Lo que más anhelaba y por lo que estaba dispuesto a morir de ser necesario, si tenía al menos un segundo de esperanza de volver a ver su hermoso rostro.

Hermoso...

— Severus, mi amor... — había estado enfado por un momento en el que ella había asumido que aborrecía la idea de siquiera ver su rostro nuevamente, pero todo ello murió en la boca de su estómago y en el mismo instante en el que sus delicadas manos sostuvieron su rostro entre ellas. A veces detestaba la manera tan fácil en la que lograba prácticamente someterlo con tan solo una simple caricia. Y disfrutaba, por supuesto, los momentos en los que ocurría a la inversa. Solo que ella no tenía miedo de admitir su derrota. — lo que sea que estés imaginando en tu mente, ya no me veo de esa forma ni te culpo por lo que sucedió. Soy la mejor amiga de Harry Potter. Quisieras o no, tendríamos que participar en la guerra. No tienes ni idea de lo arrepentida que estuve durante años de haberme burlado y reído de alguien como Lavander Brown, por decirte algo, para que muriera de esa forma tan terrible durante la batalla y... — con su sentido auditivo tan desarrollado era y hasta capaz de escuchar cada pequeña entonación en sus palabras y saber cuándo estaba a punto de llorar. — y... no me disculpé. No... remedié las cosas por estar enamorada. No tenía razón de ser, debí actuar de manera mucho más madura. Y no lo hice. ¿Pero crees que vivo mi vida torturando mi mente con recuerdos de cosas que hice o dejé de hacer? — tragó antes de hablar y con sus pulgares acarició sus frías mejillas, ignorando que sólo traía una bata de algodón y el cabello emparamado durante una nevada. — mi amor, por qué escoges siempre vivir en la tristeza y no te permites perdonar, perdonarte también a tí mismo y así olvidar.

— No es lo mismo... — fue lo único que se le ocurrió decir, encontrándose prácticamente desarmado ante sus delicadas caricias y a punto de tirar todo al caño y simplemente reclamar ese calor que tanto ansiaba de ella. De sus brazos y todo su ser. — no... no podías saberlo. No podías imaginar que la chica Brown moriría ese día. Pero yo sabía que estaban en peligro y aún así no podía encontrarlos. No podía hacer nada sin que Potter me clavara un Avada Kedavra en el trasero. Solo podía fungir como informante y cuando supe todas las torturas en la mansión Malfoy. Incluso que la señorita Lovegood y su padre... — tuvo que recordar que debía respirar y Hermione premió dicho recordatorio con otra pequeña caricia de sus pulgares. A pesar de todo, ese dichoso libro Muggle en verdad servía. Casi siempre que aplicaba las técnicas de relajación, lo conseguía. — No tienes ni idea de cómo me sentí al respecto. Estabas prácticamente irreconocible a mis ojos. Había hecho una promesa, Hermione, y sentía que fracasaba una vez más. Potter y sus mejores amigos habían encontrado una perfecta forma de ponerse en peligro y no había nada que pudiera hacer, más que depender del resto para cumplir con una misión que yo había aceptado.

— Porque nadie te dió otra opción, Severus. Apuesto que de haber sido distinto, no lo habrías considerado siquiera. No te habría importado si la madre de Harry hubiese estado a tu lado desde el principio y Harry estuviera con su padre. Tal vez ni siquiera se te habría cruzado por la cabeza.

Esa era una idea que dolía y quiso apartar el rostro, ofendiéndose de pronto. Pero las pequeñas manos no lo soltaron.

— Estoy seguro de que Lily aún me lo habría pedido...

— Porque todos esperan algo de tí, igual que tú mismo, pero nunca se han preguntado qué quieres tú. Ni siquiera tú mismo.

— Sé exactamente lo que quiero, Hermione.

— ¿Ah sí? ¿Magia negra? ¿Un poder inconmensurable? ¿El amor de una mujer que al primer asomo de debilidad, decidió abandonarte a tu suerte? Eres un hombre difícil y es la mera verdad. No dudas en insultar lo primero que se te cruce y tu habilidad para encontrar amistades verdaderamente disgustante. — quiso reír y no supo por qué. Quizá para liberar un poco la ansiedad. Y así lo hizo. — pero y aquí viene lo que consideras cliché y que suelo decir por decir, según tú, sabes que eres mucho más que eso. Un hombre inteligente, con un sentido del humor muy sensual déjame decirte, y muy diligente. Sin importar de lo que se trate. Así sea una tarea imposible. Hiciste un juramento inquebrantable para salvar la vida de alguien quien siquiera apostaba dos céntimos por la tuya y siquiera lo pensaste dos veces. — su esposa inspiró de pronto y se preguntó si sabía el motivo. — y me gusta pensar que lo hiciste para salvar a Draco y no porque el director te lo hubiera ordenado y no pudieras decir que no.

— Draco...

— Y ahora eres su mejor apoyo. Te escribe cada vez que puede, más de un pergamino y hasta planifica invitarte a conocer a su hijo tan pronto nazca. Severus, cariño, los tiempos cambian y las heridas en mi cuerpo también lo hicieron. Se convirtieron en trofeos de guerra que llevo con mucho orgullo. — apartó sus manos de su rostro y al momento de sostener las suyas nuevamente, supo de inmediato lo que intentaba hacer. Sintió que sus dedos leían la palabra Sangre Sucia en el brazo de su esposa. — y éstas palabras en mi brazo, ya no me lastiman. Siempre estuve orgullosa de mi sangre, de mis padres. Me hacía llorar cuando era niña, porque no comprendía qué me hacía diferente de ellos, fuera de mi procedencia. Y tener que ver a mis dos mejores amigos, pelearse para defenderme, también era lo peor. No comprendía por qué no podíamos ser iguales y tal vez jamás lo comprenda, pero ahora no me importa, pues estoy junto al hombre que amo, que cometió el mismo error de llamar a alguien Sangre Sucia, pero supo de inmediato, el daño que había cometido y por eso lo aprecio infinitamente.

— Tienes que...

— ¿Estar contigo porque misteriosamente te quedaste ciego? Severus, te amaría así te creciera de repente una segunda cabeza. Al principio no sé cómo lo tomaría, si ya una es difícil de manejar, pero estoy segura de que me acostumbraría a la larga. — escuchó cómo reía y agradecía ahora tener los sentidos tan despiertos y poder apreciarlo como se debía.

Un largo y estruendoso maullido interrumpió la conversación, seguido por un par de ladridos.

— Oh vaya. Hora de alimentar a las fieras y de subir un poco la calefacción. ¡Hace mucho frío aquí! — antes de levantarse, Hermione se mordió el labio inferior y suspiró apenas si un soplo de aire. — ¿Está bien si te dejo solo por un momento, mientras alimento a nuestros hijos adoptivos? — sentía que de poder verlo, su sonrisa seguramente iluminaría toda la habitación de ser físicamente posible — ¿Qué te gustaría cenar? Tenemos que hacer algunas compras, pero estoy segura de que puedo preparar algo con lo que tenemos. El otro día Ginny me escribió una receta , si puedo recordar dónde, de tarta de calabaza a la naranja, que me muero por probar y...

Fue su turno de guardar silencio, en cuanto las manos de su esposo encontraron su rostro y lo sostuvieron a su vez.

— Lo sé, estoy hablando mucho y de cosas que no te importan.

— Sí y no... — fue la respuesta de su esposo y fue su turno de fruncir el ceño por un momento. — Solo quería decir, antes de que te marcharas, lo hermosa que te ves ésta noche.

— Gracias, supongo. Ojalá pudieras verlo en verdad.

— Ya casi no se nota.

— ¿Hmm? ¿Qué cosa, cariño?

Si tenía que aceptar el pasado, pues bien podía hacerlo a su manera. Si tenía que vivir con aquellas cicatrices de guerra, bien podía hacerlo bajo sus propios términos.

— Esa asquerosa palabra Sangre Sucia. Ya casi no puedo verla. Tampoco las cicatrices.

Se quedó en silencio y sin comprender, hasta que tras unos segundos cayó en cuenta y se llenó de lágrimas de golpe.

— ¡Oh, Severus! ¡Sí. Ya casi no se ven, ¿verdad?!

Por supuesto que se veían. Unas más que otras. Especialmente esa horrenda palabra. Pero si había escogido cerrarse al mundo y no verlo por completo, bien podía hacer lo mismo e imaginar en lo profundo de su mente, que se desvanecían poco a poco y que frente a él se encontraba la mujer más hermosa del universo y más allá, a pesar de ser un pensamiento meramente para él y a pesar de que ella siempre lo supiera y sonriera cómplice de su secreto.

Sin insultar a la memoria de Lily Evans Potter, por supuesto.

— Debes estar ciego si crees que me veo hermosa con todo el cabello mojado y enmarañado, y en una bata de algodón.

— ¿Por qué no me dí cuenta antes? Ésta conversación se habría acabado hacía ya mucho rato entonces.

Negó con la cabeza, inclinándose para plantar un pequeño beso húmedo en sus labios. Quería dejar de llorar, pero nunca había aprendido a hacerlo apropiadamente y su esposo solía ser su ancla para volver a la realidad. Y ahora que podía finalmente ignorar esos estúpidos demonios que le acechaban, podía disfrutar de todo aquello que se había perdido por su necia manía de encontrarse culpable de situaciones a las que no podía controlar. Su esposa era una guerrera así como él y no por el hecho de ser mujer, debía pensar que tenía que protegerle de todo, a pesar de que muy por dentro la idea le encantaba y su esposo solía apenas si sonreír, cómplice de su secreto.

Tal para cual.

— ¡Espera a que le diga a Minerva que ya puedes ver!

— ¿Tal vez podríamos esperar hasta el miércoles y en cuanto la tediosa reunión de profesores termine? No quiero que sepa que puedo verla, mientras hago mis clásicos comentarios sarcásticos y disfruto de su amistosa frustración.

— No tengo idea de cómo podrás fingir que no ves, si hasta la más pequeña luz te tiene parpadeando luego de tanto tiempo de no ver, pero buena suerte, hombre tonto. — respondió ella, encogiéndose de hombros e inclinándose para besarlo nuevamente antes de palmar una de sus piernas de forma juguetona. — sabía que si lo hablábamos por N vez, volverías en sí. Pero te lo advierto, si vuelves a repetir otro de tus mágicos trucos para evadir las cosas, la siguiente vez no seré tan paciente y yo misma te clavaré ese Avada Kedavra al que tanto le temes, en el trasero. ¡Por Merlín, Severus! ¡No tienes ni idea!

Quería responder de cualquier otra manera ante la ansiedad, pero no perdiendo lo único que le daba sentido a su vida.

A la mujer que le acompañaba por cual fuera la razón.

— Lo hago porque te amo, hombre tonto. Nadie me ha amenazado con una varita, ni la ciega he sido yo. ¿Podrías dejar de pensar en tonterías y arreglarte para cenar? Sé de alguien que quiere muchas de tus caricias y por ésta vez no soy yo, aunque me anotaré en la lista después de Beliath y Jull, de seguro.— no tenía ni idea de cómo había adivinado lo que pensaba si hacía tiempo que habían roto el contacto visual, pero asumió que esa era la principal razón por la que literalmente se había enamorado perdidamente de ella. De esa habilidad de volverlo tan predecible y entonces provocar que se odiara por ser tan dependiente, tan fácilmente.

Y cómo no si después de no ver por tanto tiempo, a pesar de que todo en sus ojos fuese una fiesta de colores un tanto borrosa, lo primero que quería hacer era deleitarse con su hermosa figura.

Tal vez lo único que debía hacer era cerrar los ojos en aquellas partes que no quería ver y dejar que sus dedos hicieran el resto del trabajo.