Capítulo 10 Preparación

– Aquí estas – dijo Ander.

Zelda estaba inclinada sobre una de las plantas de ámbar que había sembrado. Para esta tarea, al estar al aire libre, la criada la había perseguido por medio jardín con un sombrero de paja para "protegerse la piel señorita, la piel". Tener la piel bronceada por lo visto no era del agrado de Lady Allesia, pero parecía que en el caso de Zelda había hecho una excepción, aunque sus criadas insistían, y le dejaban a la vista frascos con misteriosas sustancias para "ayudarle a quitar sus manchas" (las pecas), para alisarle la piel (dejársela igual de blanca que un trozo de alabastro) o teñir y domar esos cabellos rebeldes (alisar y ennegrecer su roja cabellera). Harta de que trataran de cambiarla a todas horas, Zelda había recuperado su túnica, pantalones, la capa gris, la cota de mallas y las hombreras. Tuvo que meterse descalza y en camisón en la lavandería, y pelearse con varias chicas hasta que encontró que sus prendas habían sido arrojadas en un montón para "reutilizar". Midla en persona le había devuelto su mochila, con todas sus pertenencias, incluida la espada, la brújula y el mapa.

Era cierto que, por las noches, en las cenas cada vez menos multitudinarias, debía seguir llevando el vestido, pero al menos ya no tenía que aguantar que le hicieran moños, y pudo asistir con sus botas y la espada. Ella misma había lavado sus prendas, aunque para quitar la sangre de orco de la túnica tuvo que emplear varios lavados. Al menos, le dio un buen uso a los frascos para blanquear la piel. El problema es que dejaron su túnica aún más verde, pero no le importó.

– Es una polvorilla, se lo advertí, Lady Allesia – dijo Sir Bronder, cuando Zelda apareció acompañada de Midla a la última cena.

Al menos, esta batalla la ganó. Sin embargo, por más que discutía con Sir Bronder, este no dio su brazo a torcer con un asunto: no partirían de inmediato al desierto.

– El brujo aún no ha terminado con su investigación, y el soldado Dalvania sigue convaleciente. Hasta que no esté preparado, no seguiremos. Es importante para la seguridad de los príncipes.

Si Zelda había logrado ganar que volvieran a permitirle llevar su ropa y su espada por Hatelia, también Lion había conseguido que, de momento, les acompañaría. La misma Allesia había intervenido a favor de su sobrino, con todo un argumento:

– Los goblins entraron en esta mansión mientras dormíamos, y se llevaron a mi ahijada en plena noche. No puedo garantizar la seguridad del príncipe, si se queda aquí. Me llena de vergüenza, pero creo que estará más a salvo en compañía del primer caballero de Hyrule que en Hatelia.

El príncipe por tanto siguió su entrenamiento. Esa misma mañana, muy temprano, había practicado con Caranegra. Zelda le había puesto obstáculos y dianas a distintas alturas, para que las disparara cabalgando, y había logrado ir afinando su puntería. Luego, el príncipe pasaba el resto del día con Estrella, que seguía en la cama. Lion resultó ser muy comprensivo y amable con la niña, le leía cuentos, y la pequeña, que apenas se atrevía a salir de su habitación, parecía relajarse al verle. Midla también dividía sus tareas en estudiar en la biblioteca junto con el hechicero, en hacer compañía a Estrella y también en acompañar a su tía Allesia en sus visitas a consejeros y ganaderos.

Zelda tenía una rutina cambiante. Pasaba a primera hora, después de entrenar al príncipe, por el hospital donde descansaban los heridos. Le llevaba a Raponas algún dulce del castillo, un bollo, o incluso una vez le llevó vino, que compartió con el resto de soldados. Evitaba como fuera al doctor Sapón, que seguía pululando por allí. Una vez, el médico la vio y le preguntó si seguía teniendo molestias por el veneno, a lo que Zelda respondió, casi marchándose con la excusa de tener prisa, que estaba estupendamente. A veces, llegaba y Raponas estaba aún dormido. Otras, se encontraba con Urbión. A falta de actividad, Sir Bronder le había puesto al servicio de los capitanes de Lady Allesia, y estos le mandaban recados y vigilar las murallas. Dependiendo si le encontraba saliendo o entrando a un turno, Zelda y él hablaban de camino al palacio o detenidos bajo un árbol en la entrada.

Después, Zelda hacia varias cosas dependiendo del día: iba a ver a Ander a la biblioteca, para saber si había averiguado algo más sobre el báculo del tiempo, el durmiente o Grahim. Zelda le contó al mago todo lo que pudo de la conversación que tuvo con la sacerdotisa, omitiendo que la llamó heroína de Hyrule, pero sí le dijo que mencionó a Grahim, y que era un enviado del señor oscuro. La princesa Midla dijo que ella también escuchó ese nombre durante su trance.

– Se habla de un tal Agrahim o Agramin en algunas escrituras muy antiguas… Voy a comprobar si tiene más grafías, es decir, que se le nombra de otras maneras – le dijo el mago. Prometió seguir con esta tarea, y era por eso por lo que preguntaba todos los días Zelda.

Luego, se pasaba por las cuadras para ofrecerse a hacer algún trabajo, preguntaba a los aldeanos de Hatelia para que le dieran alguna tarea, o visitaba a la familia Trotador, cómodamente instaladas en una granja abandonada con otra familia.

Otra de sus tareas era la siembra y cuidado de las plantas. Había gastado muchas semillas, y al menos este período podría ayudarla a abastecerse de ellas. Tenía ya bastantes plantas de luz, de ambar y apestosas. Las misteriosas, sin embargo, no arraigaban bien en esta tierra dura, y por eso pidió permiso para usar el invernadero, intentando recrear el ambiente húmedo y cálido de Lynn. Podría haber escrito a su padre, pero en este tiempo Radge Esparaván estaba viviendo sus propias aventuras en Gadia. Zelda no logró de las misteriosa más que un arbusto, pequeño, que dio apenas unas diez semillas viables, y no se atrevió a probarlas en el interior del castillo.

Estaba en esa tarea, a pleno sol, recolectando semillas de ámbar, cuando Ander apareció por la espalda y le dijo que por fin la encontraba. Zelda levantó la vista, alzó el sombrero y observó al mago. Parecía muy contento, sonreía y le brillaban los ojos. Le mostró a Zelda un papel enrollado.

– Tengo noticias, sobre Grahim y sobre la fuente de Nayen. La que está en el panteón en el desierto.

– De acuerdo, dame un momento – Zelda se puso en pie y sacudió la tierra de sus manos. Avanzó detrás del mago, cruzando las cocinas, donde dejó el sombrero de paja sobre una calabaza enorme que estaban a punto de trocear. Una criada se quejó, Zelda dijo que Lion acababa de pasar por el pasillo, y lo señaló, y en lo que se despistó, cogió un bollo recién horneado y siguió su camino detrás del mago.

– Luego se lo pago – dijo Zelda, cuando vio que el mago la miraba con reproche.

– Desde luego, que la señora Allesia te llame el torbellino rojo te viene que ni pintado – Ander sonrió.

– Preferiría que me llamaran por mi nombre, pero no hay manera – Zelda y el mago pasaron en ese momento por un pasillo. Zelda preguntó si la princesa estaba con él, y Andre respondió que no.

– Esta mañana pasó un tipo muy curioso, y ahora están con él y Lady Allesia.

Antes de llegar a la biblioteca, una Midla extrañamente contenta les interceptó. La princesa les dijo que quería enseñarles una cosa muy peculiar que acababa de ver, y que debían ir de inmediato. El mago dijo que iba a enseñarle su descubrimiento sobre Grahim, pero la princesa dijo que eso podía esperar. "No, no puedo. Hace semanas que deberíamos estar en el desierto, en su lugar estamos varados en este palacio sin movernos" intentó decir Zelda. Sin embargo, la princesa parecía tan feliz que no quiso arruinarle la diversión.

En un salón pequeño, el lugar donde Lady Allesia recibía a las visitas, estaba un señor. Vestía con un traje color mostaza, un turbante en la cabeza, y llevaba fajín de color morado y un monóculo. Zelda se detuvo, a pocos metros de la mesa donde el hombre había desplegado toda su mercancía: había cuadros en miniatura, de distintas personas y criaturas.

– ¡Los hace al momento, con ese aparato de ahí! – La princesa les señaló una caja de madera, que tenía un agujero con un cristal, parecido a un catalejo. El otro lado de la caja tenía bisagras y un cierre de metal.

El hombre dejó de hablar. Le estaba dando su explicación a Sir Bronder, a Lady Allesia, a Lion y a la pequeña Estrella. La niña había aceptado por fin salir del cuarto, y lo había hecho agarrando la mano de Lion. Zelda les miró, y no pudo evitar pensar que tenía a los padres de Link allí mismo, haciéndose amigos de la forma más extraña. Aunque dudaba que Lion viera a esa niña como su futura novia y esposa. Era más bien como si fuera un hermano protector.

– ¡Ah, princesa! Sí, justo ahora acabo de revelar la luminografía que les he hecho.

– Luminografía… - susurró Zelda. Miró los retratos que había sacado, y de nuevo al hombre. No era Don Obdulio. Hacía mucho que no veía al luminógrafo, pero solía visitar bastante a Link. Le había enseñado todo lo que debía saber sobre el revelado, el tratamiento de las imágenes y el cuidado de la cámara, y Link ya le había encargado una cámara luminográfica para empezar a practicar más por su cuenta. Era lo último que había hablado con él por carta hacía semanas, antes de atravesar el portal y aparecer en este tiempo.

– ¡Exacto! Muy bien – el hombre hizo una reverencia hacia Zelda. Debió de creer que la chica era portadora de dinero, aunque en ese momento llevaba su cota de mallas y la espada al cinto –. Atención, ahora les enseñaré… ¡a los príncipes de Hyrule, Lady Midla y Sir Lion Barnerak!

Con mucha teatralidad, sacudió un pañuelo y retiró del papel una capa negra. Mostró una imagen en blanco y negro de los dos príncipes. Lion, de pie, con una mano apoyada en el hombro de Midla, y a esta sentada, con el largo vestido azul haciendo un dibujo en el suelo en forma de abanico. De fondo, se reconocía la enorme chimenea de piedra decorada con los escudos familiares del señor de Hatelia y la familia real de Hyrule.

– ¡Tachán! – dijo el luminográfo, con voz profunda.

– Qué buen invento – dijo Midla –. Tardan días, y hasta semanas, en hacerme un retrato. Con esto, no sería más que unos minutos, y además, al instante todo el mundo podría verlo. ¡Es maravilloso! – Midla contempló la imagen.

– Pero solo se ve gris, no hay colores – dijo Lion –. Parecemos como fantasmas. No me gusta mucho, prefiero un buen cuadro.

– Estoy investigando cómo agregar colores, y hasta ahora he conseguido algo, al pintar sobre estas imágenes, pero nunca serán tan bonitos como los colores reales, obviamente – el hombre se inclinó a Lion y comentó que era una lástima que no salieran los cabellos dorados y los ojos azules de Lady Midla.

Lion vio que Zelda estaba allí, y entonces dijo:

– Hasta que no sea capaz de sacar una lumico… lumiso…

– Luminografía – dijo Estrella, a su lado.

– Eso, Luminografía. Hasta que no sea capaz de hacer una lu-mi-no-gra-fia del cabello rojo de Zelda, no me interesará este invento – y Lion se dio la vuelta, con una sonrisa pícara.

– Ah, es su nombre, señorita. Disculpe mis modales – el hombre alargó la mano hacia Zelda –. Don Bastián, de las lejanas tierras del oeste, para servirla a usted con mis luminografías.

– Encantada – Zelda estrechó la mano. Lo hizo con la derecha, y en ese instante, lo sintió.

El triforce empezó a temblar. No llegó a iluminarse, pero fue consciente del cambio. El hombre la miró, con curiosidad. Tenía los ojos de una forma extraña, como curvados, igual que si fueran dos arcos mal colocados. Además, la barba era larga y de un tipo de pelo extraño, como falsa. Zelda se apartó. Miró a Sir Bronder, pero este estaba observando la luminografía de los príncipes junto a Allesia.

– Coincido con mi sobrina: este trabajo es interesante. Le ofrezco una rupia morada por el retrato de los príncipes. Lo enmarcaré y lo tendré en mi tocador.

– Buen gusto, mi señora. Me encantará establecer mi laboratorio aquí en Hatelia y retratar a su encantadora familia – el hombre hizo una reverencia, sujetándose el turbante.

– ¿Va a alojarse en el palacio? – preguntó Zelda, a bocajarro. Lady Allesia la miró, extrañada:

– No, tiene habitación en la posada.

– Mejor – susurró Zelda, que desde entonces no se atrevió de alejarse. Miraba a Midla, que seguía entregada a mirar las luminografías y la cámara, con igual entusiasmo que tendría su sobrino –. Hace tiempo que escuché hablar de este invento. ¿De dónde ha dicho que era usted, don Bastián?

– De las tierras del oeste, más allá de Holodrum… – dijo el hombre –. ¿Has oído hablar de mi invento? Es raro, no he formado a ningún aprendiz ni enseñado a mucha gente, no aún.

– Pues algo ha mostrado – Zelda le miró de nuevo. Tuvo que taparse la mano con la manga de la túnica verde, porque empezaba a notar que iba a ponerse a brillar.

Ander la distrajo. Le puso la mano en el hombro y dijo entonces:

– Vamos a hablar a la biblioteca, tengo que contarte sobre Grahim…

El luminográfo se apartó entonces, se alejó de los dos, y Zelda le dijo a Ander que iría a verle ahora, pero antes quería hablar con Sir Bronder. El caballero ya no observaba las luminografías. Al acercarse Zelda a él, hizo un comentario sobre que tenía cara de haber visto un fantasma.

– Esos líquidos del infierno que usan las damas por aquí te han aclarado las pecas, pelirroja.

– Bronder, escuche… – Zelda se acercó más al caballero. A pesar de la poca consideración que le tenía, y que él seguía siendo despectivo y desconfiado con ella, Zelda solo podía confiárselo a él. Puede que con Ander, cuando estuviera en la biblioteca, también. A falta de Raponas, o Urbión, tenía que recurrir al caballero –. Por favor, no deje que este tipo se acerque a Midla ni a Lion. Y también, si puede, asegúrese de que se marcha del castillo.

El caballero no preguntó. Miró a Zelda a los ojos, y movió la cabeza afirmativamente. Zelda se apartó, dio las gracias por las luminografías, y se marchó detrás del mago. No se quedaba tranquila, pero supuso que si Bronder estaba allí, nada malo le pasaría a Midla. Cuando ella se marchaba, Bronder propuso al hombre recoger y hacer su demostración al día siguiente, y este pareció entusiasmado y de acuerdo.

– Grahim, el rey de los demonios – Ander le tendió un libro. Estaba escrito con los mismos garabatos que Zelda ya había visto en su brújula y en el mapa. Supuso que era hyliano antiguo, pero no tanto para que su traducción fuera un problema. La ilustración era lo que señalaba Ander, con una mezcla de orgullo. Mostraba un montón de calaveras, y sobre todas ellas, un personaje delgado y alto, con proporciones extrañamente alargadas, y vestido de blanco. El rostro era un manchurrón negro –. Se dice que gobernaba un mundo de tinieblas eternas, un mundo paralelo a este donde iban a parar las almas de los monstruos. Cuando el señor del mal entró en el Mundo Dorado y lo corrompió, se trajo con él a este señor de los demonios y lo convirtió en su siervo. El Héroe del Tiempo lo hizo encerrar detrás de una roca sagrada, se dice que en un reino congelado, y nada más se supo de él.

– Es curioso – Zelda recordó las palabras del skull kid: un tipo alto y delgado. ¿Sería Grahim? ¿Había viajado por tanto en el tiempo como ella, usando el báculo? Zelda lo miró, posado sobre un cojín blanco, en mitad del escritorio de la biblioteca.

– Sí, más todavía porque nadie había escuchado hablar más de este demonio. De hecho, si no llega Midla a mirar en las canciones infantiles de ese tomo, no se nos hubiera ocurrido buscarlo en este compendio de leyendas y cuentos de Gadia.

– ¿Gadia?

– Sí. Reconozco que, como hace mucho que me fui de mi patria, apenas recordaba nada de los viejos cuentos y leyendas, aunque me sonaba… – Ander dijo que en Hyrule no se había escuchado hablar de esta leyenda, y sí en cambio de la batalla del Héroe del Tiempo con el señor de los demonios.

– ¿Dice aquí algo sobre eso? ¿Cómo lo derrotó, qué forma tiene, cómo reconocerlo? – Zelda pasó las páginas. La siguiente imagen mostraba una criatura informe de color negro, con una especie de estaca clavada en la frente.

– No, nada. Solo dice que el señor de los demonios creó al durmiente – Ander señaló esta criatura –. El mismo Grahim le dio la facultad de ayudar al señor oscuro, pero el Héroe lo selló. Se cree que si se despierta, traerá de regreso a su señor cuando la tierra de Hyrule estuviera debilitada de nuevo – el mago se apartó. Sacó otro libro y le enseñó a Zelda un largo texto sin dibujos. Estaba al menos escrito en su idioma –. Las tres fuentes de poder, la de Faren, la de Nayen y la de Mugen son los lugares que las diosas concedieron a los hombres para poder pedirles ayuda en tiempos de necesidad. Las personas que completan el peregrinaje ven concedidos sus deseos.

– ¿No dice nada de por qué si Midla reza en estas tres fuentes podrá detener a Grahim y al durmiente? – Zelda leyó por encima, mientras Ander decía:

– Esa información os la dio la sacerdotisa. No he encontrado mención alguna en los libros, ni de ella ni de otras sacerdotisas. Por normal general, no solían dar su nombre y los cronistas no los han escrito – Ander recuperó el libro –. Lady Allesia es una mujer muy culta y tiene una biblioteca impresionante, pero no contiene todas las respuestas. Quizá, con suerte, si seguimos el peregrinaje, podremos averiguar más.

Zelda soltó un bufido de rabia.

– Raponas ya se puede poner en pie y dice que él está listo. ¿Cuándo vamos a empezar? Si seguimos otra semana más aquí…

– ¿Qué harás? ¿Robarás un caballo y te irás? – Ander dijo esto en broma, pero por la mirada que le lanzó Zelda, supo que había acertado –. No, no es buena idea…

– No puedo esperar tanto tiempo, en un sitio, sin hacer nada – Zelda cerró el libro que tenía más cerca.

– ¿Qué prisa tienes? ¿Es que te esperan en algún lugar? – el mago la observó.

– Hasta que no termine esto, no podré volver a mi casa – Zelda le devolvió el libro, y el mago, sin dejar de mirarla, lo tomó y lo dejó en una mesita auxiliar.

– Labrynnia no se moverá, no te preocupes. Y si todo va bien, ¿quién sabe? Tendrás fama y éxito, todo el mundo conocerá tu nombre. El rey querrá nombrarte la primera mujer caballero. Eso haría que le temblaran los bigotes a Sir Bronder – y el mago se echó a reír –. A tu bibliotecario Link le encantará esta historia, seguro.

– ¿Bibliotecario? – Zelda se cruzó de brazos.

– Ah, sí. Midla me dijo que ese misterioso Link, el que te hizo las traducciones del mapa y el grabado en la brújula es un joven bibliotecario. Midla quiere ofrecerle un trabajo en el castillo, seguro que te pedirá sus señas. Lástima que, cuando regresemos, yo me marcharé a Gadia y no podré conocerle...

"He hablado demasiado, debí callarme"

– Y… ¿Sobre el báculo, sabes algo?

– Poco más de lo que te dije. Solo he conseguido esto… – el mago se acercó al báculo. Susurró unas palabras en su idioma, con la mano izquierda sobre el bastón y con la derecha dibujando símbolos en el aire. La gema azul resplandeció un poco, solo un ligero brillo –. Antes de que la princesa Midla y tú tuvierais la visión, intenté hacer este mismo hechizo, para despertar poder mágico, y entonces no logré ni un ligero resplandor. Así que tengo la teoría de que a medida que consigamos ir a todas las fuentes, el bastón recuperará el poder. La pregunta es… ¿para qué servirá entonces? A lo mejor es un arma para luchar contra el durmiente, si fallamos…

– No tiene mucho sentido, aunque yo nada sé de estos temas. Es el tuyo, que para eso eres mago – Zelda suspiró –. Otro motivo más para terminar este peregrinaje, cuanto antes.

Ander sonrió. Cubrió con un paño el báculo, y lo guardó en una caja oculta entre los libros. Al hacerlo, estuvo hablando, más para él que porque creyera que Zelda le escuchaba, sobre algunos temas que había estado leyendo, como que había logrado encontrar un mapa de Labrynnia, y que tenía curiosidad por esa ciudad tan rara que llamaban Simetría, y donde toda la arquitectura estaba planteada por dobles, y que había muchos gemelos idénticos nacidos en la ciudad, fenómeno que solo se daba allí y no en Lynn.

– Podrías haber invertido ese tiempo en buscar más información sobre el durmiente y Grahim, en vez de leer sobre Labrynnia – soltó Zelda.

El mago se giró. Puso una cara dolorida, como si Zelda le hubiera dado un puntapié. La chica estaba de pie, con los brazos cruzados, y el gesto de enfado era evidente.

– Hablaré con Sir Bronder esta noche, y le contaré todo esto. Si Raponas logra montarse en un caballo, podremos partir pronto. Solo ten un poco más de paciencia, y fe.

Zelda soltó un bufido. ¿Quién le había dicho una vez una frase parecida? Tardó en recordarla, pero enseguida le vino la escena a la cabeza. Link, cuando tuvieron que pasar en Kakariko el mes de invierno más duro, también esperando para ir al desierto de las Gerudos.

– Has hablado como él – dijo Zelda, y no se dio cuenta que lo había dicho en voz alta. Ahora que lo pensaba, Ander hablaba muchas veces como Link, y también tenía algunas de sus cosas, como quedarse dormido de repente y en ser amable y condescendiente con ella.

– ¿Cómo quién? ¿Bronder? – Ander le pidió que le acercara otro libro que había sobre la mesa, mientras él subía las escaleras apoyadas en la estantería.

– No… No importa – Zelda le tendió el libro.

– Ah, es el bibliotecario – y Ander soltó una risita, medio malvada medio jocosa –. Si lo convences para venirse a Hyrule, seguro que pasáis más tiempo juntos.

– Deja de tomarme el pelo, brujo – Zelda usó a propósito el insulto que usaba Bronder, para que Ander se sintiera mal y dejara la conversación, pero el hechicero, en lugar de eso, se rió:

– Si quisiera tomarte el pelo, te diría que cuando lo has mencionado, te has puesto colorada – Ander colocó el libro en su sitio –. ¿Qué opinará él de que todas las noches te pongas un vestido? Seguro que le parece una historia más increíble que si le cuentas que has conocido a los príncipes de Hyrule.

Zelda trató de recordar, y se dio cuenta de que la última vez que la vio con vestido fue durante el nombramiento de primer caballero. Desde entonces, siempre había llevado la misma ropa, si acaso se ponía los bombachos y la túnica gerudo ceremonial si había algún acto más serio.

– Sí, eso sí que le parecerá una historia extraña – susurró Zelda, provocando una risotada en el mago.

Se imaginó lo que diría Link, cuando le contara que ella había conocido a Lion II el Rey Rojo, y a su tía Midla, que había estado en la fuente de Faren, que había visitado la ciudad de Hatelia, cruzado el puente de Hylia y luchado contra un orco verde que se creía caballero. Sí, a Link todas aquellas historias le gustarían, y le haría mil preguntas.

Nada deseaba más Zelda que pronto pasaran las dos fuentes y poder regresar, solo para encontrarse con Link delante de la chimenea de su pequeño y austero palacio en Kakariko.

Sin embargo, el temblor que sintió en la mano al tocar a Bastian el luminógrafo ensombreció la idea.

Como siempre, Zelda fue la última en bañarse en el turno de las mujeres. Salió casi corriendo, renunciando a secarse el cabello bien porque no le daba tiempo. Lo frotó con fuerza para quitarle el agua, lo que hizo que la electricidad estática le revolviera aún más los rizos. Se puso el vestido rojo, pero encima tuvo que escoger otro de color verde oscuro, porque el azul se había manchado de salsa. "Como siga comiendo así todos los días, voy a acabar engordando", pensó, al abrocharse el fajín. Se colocó la cinta de la espada, y las botas, aunque primero las cepilló.

Ya iba tarde a la cena. Corrió por las escaleras, esperando encontrarse en cualquier momento con Lion, su pelo relamido, o con Midla, tan serena como siempre. Sin embargo, recorrió los pasillos sola, sin encontrarse con alguien.

Hasta que se dio casi de bruces con Urbión Dellas.

El chico volvía a vestir el jubón del primer día, y parecía despistado. Al ver a Zelda, le dijo que se había perdido el turno de baño de los hombres y había tenido que irse a los establos y lavarse con una tina de agua fría.

– ¿Tú crees que la dama Jabón me dirá algo? – preguntó, con los ojos entrecerrados.

– Te expulsará de Hatelia y no podrás regresar, ni tú, ni tus hijos, ni los hijos de tus hijos – Zelda sonrió.

En los últimos días, si evitaba mirarle mucho y se concentraba en aquello en que se diferenciaba del Urbión que conocía, podía imaginar que era otra persona, que no era su amigo del bosque ni el amo oscuro. Sí que era cierto que a medida que el muchacho le hablaba de su vida antes de ser soldado (en la granja de su familia, en una aldea llamada Ordon), hasta sus estudios y entrenamiento para ser soldado, se sentía menos tensa en su presencia. Zelda le había hecho la pregunta de por qué quería ser caballero, y Urbión respondió, con una luz brillante en los ojos:

– Como todos los niños de Hyrule, yo soñaba con ser como el Héroe del Tiempo. Mi padre también lo soñaba, y fue un primer caballero magnífico. Con seguir sus pasos, me conformo.

"Cualquiera le dice que el Héroe del Tiempo era un muchacho sencillo, que no todo le salía bien, y que se perdió en el Desierto de las Ilusiones como yo. Olvidemos que yo sí soy la heredera del héroe..."

– Para siempre, expulsados por no usar jabón – Urbión puso los ojos en blanco y tanto él como Zelda se echaron a reír.

Estaban llegando ya al salón, de donde venían las risas y conversaciones habituales. Ese día, durante la cena, había bajado la niña Estrella. Zelda se la encontró sentada en su sitio habitual, entre Midla y el infante Lion. Midla alababa su peinado y su piel, tan blanca y suave como la de una muñeca. Sí que lo parecía, con el cabello castaño peinado en largos bucles, con un lazo amarillo al igual que el vestido. Como era una niña, no llevaba una falda larga, sino una más corta, con una enagua de color blanco. Estaba adorable. Lo único extraño en ella era la diferencia en sus ojos, capaces de mirar con amor a Lion y también con recelo al resto de personas. Zelda se sentó al otro lado de la mesa, junto a Urbión. Los dos se alegraron: era mejor estar lejos de la mirada de Lady Allesia.

A Zelda, en cambio, la desagradó darse cuenta de que tenía en frente a don Bastian. El tipo hablaba un montón, sobre su arte, cómo lo elaboraba, su intención de hacer toda una serie de luminografías para captar "la belleza de esta noble villa". Sus ojos se desviaban hacia Zelda, y esta tenía que llevarse las manos al regazo para detectar si el triforce volvía a temblar.

La velada, igual que todas, avanzaba hacia su final. Zelda iba perdiendo el apetito. Pilló a don Bastián mirándola en un par de ocasiones, y al final, el luminógrafo dijo:

– No puedo evitarlo, discúlpeme, señorita… Estoy pensando en cómo lograr lo que me pidió el infante Lion, y creo que, si uso un filtro especial, algo con lo que estoy experimentando, podría lograr color en la luminografía… ¿Podría ser mi modelo para esta prueba?

– No – Zelda lo dijo de una forma seca y rápida.

Don Obdulio le cayó bien, cuando le conoció. Aunque no la ayudó cuando los fantasmas aparecieron y atacaron a Link durante la carrera, y que prefirió hacer luminografías a todas partes, era cierto que fue un buen apoyo durante el asedio al castillo, como transportista, enfermero y ayudante de Sapón. Si hubiera sido don Obdulio el que le hiciera esta petición, no habría vacilado en echarle una mano. Sin embargo, el triforce nunca reaccionó de esa manera con él, y sí con este hombre que debía de ser su maestro.

– Vaya, me rompe el corazón… En fin, entonces… Se lo pediré a la señorita Estrella. Tiene los ojos tan distintos, con tantos colores, que sería un buen experimento, o quizá si se lo pido de nuevo a su alteza real Midla…

Durante este breve diálogo, Urbión prestaba atención, pero sin intervenir. Zelda pestañeó, y entonces dijo:

– No, no moleste a la niña, que está convaleciente, ni a Midla, que tiene que descansar. De acuerdo, iré yo.

Por debajo de la mesa, Zelda se apretó los dedos.

– Oh, pues si quiere ahora mismo, si ya no va a comer más. Aunque entenderé si quiere arreglarse un poco…

– Voy con vosotros – dijo Urbión, dejando la servilleta –. Tengo curiosidad, no he visto aún las luminografías.

– El proceso es muy delicado y complicado, es mejor que espere aquí. El resultado será espectacular, se lo prometo – y don Bastián se puso en pie. Hizo un gesto para que Zelda fuera primero, y la chica, sin dejar de mirarle, se puso en pie.

La mano derecha le picaba y quemaba, como nunca.

Don Bastian no había cambiado sus cosas de sitio: la cámara, las luminografías y el maletín con productos químicos estaban en la misma mesa. La luminografía de los príncipes había sido cuidadosamente colgada al lado de los escudos. Zelda la miró, pensando que era algo muy inocente. Bastian encendió un candil y empezó a buscar por la sala un lugar donde poner a Zelda. A esta no se le pasó desapercibido que cerró la gran puerta detrás, y le pareció que echaba un pasador.

– Disculpa, no quiero que nos interrumpan.

– Sin duda, sería una lástima – Zelda posó la mano sobre la empuñadura de la espada.

Bastián corrió una cortina, hasta tapar la única ventana, que mostraba el jardín. Lo hizo porque buscaba, según dijo, un fondo oscuro donde el cabello de Zelda quedará más rojo y luminoso. Zelda observó la mesa de trabajo, con los aparatos.

– Me preguntó antes cómo era posible que conociera su trabajo – dijo Zelda, mientras observaba el maletín y los productos químicos.

– Sí, no deja de ser curioso, pero me han dicho que eres una dama muy viajera – Bastián sonrió y encogió los ojos de luna que tenía.

– Le diré… Que conozco las luminografías porque conocí a un hombre que también es un maestro en este arte. He tardado en recordar el nombre de la persona que le enseñó, y fue usted, don Bastian.

– ¿Ah, sí? ¿Eso te dijo? – Bastian le indicó que se pusiera enfrente de la chimenea.

– Sí, y también me explicó algunas cosas sobre su arte. Como la importancia de la luz natural y el aire libre – Zelda apretó el mango de la espada. En lugar de obedecerle, dio un paso atrás –. Jamás me habría propuesto, ni Obdulio ni su maestro, hacer una luminografía en plena noche en una habitación en penumbras.

– Supongo que su alteza real Link V Barnerak te explicaría eso, mejor que don Obdulio.

Nada más mencionar el nombre de Link, Zelda desenvainó. Bastián, de repente, también lo hizo, solo que, en su caso, fue una espada más parecida a un sable, larga y delgada. Al mismo tiempo que lo hacía, un aura de color negro rodeó el cuerpo del luminógrafo. Zelda vio caer a Bastian, que quedó tirado en el suelo. De pie, el aura se dividió en rombos negros y entonces, por fin, vio el rostro blanco, severo y frío de Grahim.

Se parecía a una de las láminas que horas antes Ander le había enseñado. Zelda se arrepintió de no haberle hecho un gesto a Sir Bronder o al mago, pero pensó que no lo necesitaba. Al fin y al cabo, había derrotado con tres años menos al mismo señor oscuro. Podría con el rey de los demonios. No parecía gran cosa. Tenía los ojos curvados, rasgados hacia abajo, de un tono amarillento con las pupilas rojas. El cabello blanco largo, cortado el flequillo sobre los ojos, las orejas de hylian. El cuerpo era más alto y esbelto que el de Zelda, y, una vez se liberó del disfraz de don Bastian, llevaba sobre él una especie de traje ajustado muy parecido al que le vio a los miembros del clan Yiga, pero en su caso, había un diseño de rombos en la pierna derecha y en el brazo izquierdo.

– Eres el rey de los demonios – dijo Zelda, apuntado con la espada al cuerpo de Grahim.

– El triforce del valor que llevas te ha avisado, muchacha… Te agradezco que me hayas dado esta oportunidad de terminar contigo…

– Tenía que hacerlo. Quería comprobar si el rey de los demonios era tan ridículo como decían las canciones… Y creo que lo es más. Viste como un payaso de circo.

Grahim se echó a reír. Dijo que le parecería divertido terminar con la heroína de Hyrule de una tacada, en venganza por su señor. Después, corrió con velocidad hacia Zelda, el sable plateado en su mano izquierda. Zelda le vio venir. Sin problemas, se colocó en posición y le detuvo, desvió la hoja y entonces apuntó con un giro de muñeca al pecho de Grahim. Lo tenía, era sencillo.

Sin embargo, el señor de los demonios dio un salto tan rápido que Zelda no llegó a verlo. El filo descendió y lo siguiente que sintió Zelda fue un fuerte empujón, que la lanzó hacia la chimenea. Se golpeó con la pared y los escudos y el retrato de los príncipes cayeron. Ella no les siguió, porque Grahim la había aprisionado con la espada. A solo un segundo, Zelda fue capaz de detenerle y se quedó atrapada entre la pared de piedra y la hoja plateada, solo sostenida por la propia hoja de la reproducción de la espada maestra.

Entonces comprendió su error. Tenía el triforce del valor, era cierto, pero le faltaba para ganar tres elementos claves, importantes en la batalla contra Ganondorf:

El escudo espejo.

La espada maestra.

Link.

Grahim abrió la boca, y enseñó la lengua bífida. Vistos de cerca, sus ojos dorados tenían la pupila alargada de los reptiles y los felinos. Movió la lengua, en un silbido, y después, Zelda tuvo la visión de los colmillos del señor de los demonios. Para quitárselo de encima, Zelda le dio una patada, que atinó en el estómago del señor, pero no le hizo nada de daño. Se retiró para saborear la gota de sangre que le había logrado arrancar.

Porque Zelda sangraba, mientras aterrizaba de nuevo en el suelo sobre sus dos piernas. Tenía un buen golpe en el pecho, que le iba de la cadera derecha hasta el hombro izquierdo. Esto le pasaba por no llevar su cota de mallas, por haber sido obediente. ¿Desde cuándo ella era tan blanda, tan dócil? Tanta comida a mano, tanta charla insustancial, y en menos de pocas semanas había pasado de ser la primera caballero de Hyrule a una torpe damita. Se mordió el labio, soltó toda la rabia y contraatacó. Antes de hacerlo, sin mirar, cogió el primero de los escudos que se había caído. No tenía nada más a mano, ni las semillas ni nada para protegerse. Rodó por el suelo, detuvo los mandobles, y se tropezó con la mesa. Tomó la primera probeta, y la lanzó hacia Grahim, que esquivó sin problemas.

El escudo resultó salvar a Zelda de la siguiente estocada. Mientras Grahim retrocedía, este dijo:

– Ese báculo, ya lo recuperaré. En cuanto sepa qué has hecho con él…

– ¿Es que lo necesitas? ¿Para qué? No haberlo dejado en el dominio de los zoras – Zelda le empujó.

– Sí, los dos lo necesitamos: tú para regresar, yo para terminar con la misión. Imagina lo hermoso que será… pero no puedo terminarlo si mi maestro se entera de que la heroína metió su nariz pecosa donde no la llamaban.

Los aceros estaban ya tan pegados que los filos habían saltado, sobre todo el de la espada dorada. Zelda desvió la hoja a duras penas y logró hacerle retroceder.

Mientras tanto, en algún lugar de la sala, las cortinas se abrieron y tanto Zelda como Grahim escucharon cómo se rompían los cristales. Zelda aprovechó la distracción: empezó a golpear dirigiendo los mandobles más poderosos que podía, con la fuerza del triforce reluciendo en su mano derecha. Pasaron cerca de la mesa derribada, donde se habían mezclado los componentes químicos, la cámara luminográfica, y las luminografías, algunas de ellas rasgadas y manchadas. Zelda vio un objeto, lo cogió y lo colocó tras su escudo.

En la otra parte de la sala, una figura pequeña, vestida de oscuro, atacaba a Grahim. En algún lugar, unas flechas, disparadas una tras otra, mantenían a Grahim entretenido, y se distraía. Zelda reconoció al que atacaba al señor de los demonios: era Urbión. Se movía con la misma agilidad que le conocía, una agilidad que el otro Urbión decía que le venía de su sangre sheikan. También, irrumpió por la puerta el enorme corpachón de Sir Bronder, quién había logrado volver a usar su armadura y cota de mallas en las cenas, al contrario que Zelda, parecía más preparado para luchar que ella, con su pesado vestido y sin protección. Bronder fue directo a por el rey demonio, y ordenó con un grito a Urbión que se alejara. Zelda y el chico no le escucharon, siguieron atacando. Ahora eran 3 espadas contra el rey de los demonios, por no hablar de las flechas que seguían apareciendo desde la ventana.

El terceto iba ganando. Grahim ya no se reía, su rostro estaba serio. Sin embargo, de repente, hizo un quiebro rápido. Dio una patada a Zelda, que la arrojó al otro lado del salón, y con una mano, desarmó a Urbión. En lugar de matarle, Grahim le agarró del cuello y lo levantó, como si fuera un muñeco. Apoyó el filo de la espada en la garganta del muchacho y entonces miró al caballero y a Zelda. Los dos se habían quedado quietos. El arquero, ocultó tras las cortinas, no siguió lanzando sus flechas. Si lo hacía, Grahim degollaría a Urbión en apenas un segundo.

– Trae el báculo del tiempo, Zelda, si no quieres verle morir – y el señor de los demonios sonrió, de nuevo enseñando sus colmillos relucientes. Urbión gritó que no, que no se le ocurriera hacerle caso, pero la mano de Grahim apretó el cuello, y le hizo callar a fuerza de asfixiarle.

– Obedece – susurró Bronder. Zelda negó.

– Grahim… – dijo Zelda –. Mira, el báculo está aquí.

Y le mostró la bombilla con azufre de la cámara luminográfica. Hacía más de un año, había presenciado como Obdulio le explicaba a Link que para hacer algunas fotos en lugares más oscuros de lo normal usaba este aparato. El rey se había entusiasmado y había fallado en el cálculo del magnesio usado para provocar el estallido de luz. A punto estuvo de perder las cejas. Por suerte, Obdulio fue rápido y le echó agua encima. Les explicó que jamás, jamás, jamás, apuntara a los ojos desde tan cerca con la bombilla cargada. Zelda la había recogido del suelo, y la agitó justo delante de los ojos del demonio. El estallido fue tan fuerte que Grahim gritó, soltó a Urbión y entonces Sir Bronder atacó con toda la fuerza de su corpachón. Zelda quiso unirse, pero el fogonazo le hacía ver sombras por triplicado. Además, el dolor del pecho irradió todo el cuerpo. Dio un paso, la sala entera pareció convertirse en mantequilla, y solo pudo ver, ya arrodillada en el suelo, como Sir Bronder lograba arrinconar a Grahim, sin apenas esfuerzo.

Ander estaba a su lado, y le escuchó recitar conjuros unos tras otro. También estaban entrando en la sala más soldados, y entonces Grahim dio un grito y se volatizó en el aire.