Capítulo Dos
El infierno
Pestañeé y miré a ese ser con confusión.
—¿El infierno?
Él chasqueó la lengua.
—Has muerto y has sido juzgada. Por lo que he leído te gustaba meterte en peleas, has robado en un par de ocasiones y has caído en la lujuria, la avaricia y la envidia decenas de veces.
Me levanté, tambaleándome un poco, y volví a sonreír al mirar a mi alrededor.
Sobre mi cabeza había un cielo oscuro sin estrellas en el que se veían relámpagos cada pocos segundos, que hacían temblar todo a mi alrededor. Hasta donde llegaba la vista, lo único que podía ver era un mar rocoso y llamas por todas partes.
—Seguramente me he drogado, porque este sueño es una pasada —murmuré sin que mi sonrisa tonta desapareciera.
—Mi nombre es Astaroth y soy uno de los duques del infierno. Hoy me ha tocado recibir a las nuevas almas y tú estás empezando a fastidiarme.
—¿De verdad he muerto? —pregunté, levantando las cejas.
Astaroth hizo un movimiento con una de sus garras y una imagen flotante apareció ante nosotros. Pude ver a tres trabajadores metiendo un ataúd en una tumba, y reconocí a las dos personas que estaban alrededor de ella.
—¿Touya? ¿Tomoyo? —exclamé muy sorprendida, incapaz de despegar los ojos de la imagen.
Ambos se veían realmente tristes y se abrazaban en un intento por consolarse mutuamente.
—Solo ellos han ido a tu entierro. Ni siquiera tus padres se han molestado en asistir —murmuró el demonio, riendo entre dientes.
—Normal, siempre han sido unos hijos de puta —respondí, encogiéndome de hombros.
Astaroth chasqueó los dedos y la imagen desapareció.
—¿Asustada? —preguntó, dedicándome una sonrisa llena de dientes afilados.
Me crucé de brazos y puse los ojos en blanco. Si había algo que me gustaba de mí misma era que muy pocas cosas me asustaban, y no iba a dejar que estar en el inframundo fuera una de ellas... sobre todo si de verdad mi destino era vivir en él para siempre.
—No, más bien tengo ganas de ver este lugar... creo que será interesante.
Intenté dar unos pasos, pero no conseguí moverme. El demonio Astaroth frunció el ceño.
—¿Eres masoquista o algo así? Si lo eres, tenemos un castigo muy divertido para la gente como tú. Sígueme —gruñó, dando media vuelta.
Me sorprendí al ver que ya podía caminar y seguí al demonio, resoplando cada vez que una de las afiladas piedras se me clavaba en los pies. Al mirar hacia atrás por encima de mi hombro, vi que iba dejando un pequeño rastro de sangre por el suelo.
—¿Por qué me siento tan mal? ¿Es por haber muerto? —pregunté, notando la pesadez de todo mi cuerpo.
La risa del demonio retumbó a mi alrededor.
—Querida, aquí nunca te sentirás bien. Es parte del encanto del lugar.
Llegamos a una gran explanada iluminada por fogatas donde había cientos de agujeros en el suelo. Escuché los gritos que salían de uno de ellos junto a la risa de algún demonio que se notaba que lo estaba disfrutando.
—¿Qué está pasando ahí? —cuestioné, señalando ese lugar.
Astaroth se relamió los colmillos.
—Tienes suerte, probablemente no pasarás por esa sala. Ahí es donde acaban los violadores... les hacen lo mismo que hicieron ellos y con todo tipo de objetos.
—Me parece justo, es lo que se merecen.
El enorme demonio arqueó una ceja.
—Normalmente los humanos a estas alturas ya se han meado de miedo como mínimo, pero parece que tú estás aceptando todo esto muy bien.
Le dediqué una sonrisa.
—Estoy lista. Creo que podré soportar cualquier cosa que tengas preparada para mí.
Astaroth me mostró una mueca burlona.
—Eso lo sabremos pronto... y solo por desafiarme, yo mismo te visitaré dentro de poco. Prepárate —me advirtió antes de empujarme y lanzarme por uno de los agujeros.
Al golpear el suelo, escuché el crujido de varios de mis huesos rompiéndose. Grité de dolor y traté de incorporarme, pero no pude.
—Vaya, es un buen comienzo que empieces partiéndote la columna —comentó una voz cerca de mí.
Levanté la vista y vi a otro ser muy diferente a Astaroth. Lo único que tenían en común eran las enormes alas negras y los cuernos, pero este era un poco más pequeño y no tenía garras ni su piel era escamosa.
Aun así, me sacaba por lo menos tres cabezas. Sus ojos eran de un penetrante azul hielo y su cabello largo y de color blanco.
Me sujetó del cuello, alzándome y ahogándome a la vez.
—No te preocupes. Como eres un alma no puedes morir, así que todas tus heridas se curarán pronto... para que yo pueda disfrutar haciéndote más —murmuró con una sonrisa malvada.
Me lanzó contra una pared y volví a gritar al sentir el golpe.
—Según tengo entendido, justo antes de morir te acostaste con alguien casado, insultaste a unos policías y a unos chicos que repartían propaganda.
—Sí, fue un día bastante normalito —respondí mientras jadeaba por el dolor, mirándolo fijamente.
El ser abrió mucho los ojos, sorprendido.
—¿Te gusta el sarcasmo? Creo que nos lo pasaremos muy bien juntos... voy a ofrecerte un trato.
Dio varias palmadas y unos diez seres similares a él aparecieron a su lado, observándome con ojos llenos de lujuria.
—Cuando quieres algo, eres capaz de hacer cualquier cosa aunque te resulte desagradable, como tirarte a tu jefe. A ver si puedes hacer lo mismo con todos estos demonios. No serán muy amables contigo... pero, si lo haces, te daré algo a cambio —añadió con rostro divertido.
Resoplé y apoyé la espalda en la pared de piedra, notando que mi columna estaba mucho mejor mientras pensaba en que todos esos seres eran demonios. Claro, seguro que él me la había curado para que pudiera hacer lo que decía.
—Puedo hacer cualquier cosa, siempre que me interese la recompensa.
El demonio soltó una carcajada.
—Joder, esto sí que va a ser divertido. Cuando queráis, chicos —dijo, haciendo una señal.
Tres de los demonios se adelantaron y caminaron hasta estar frente a mí. Al fijarme mejor, vi que su piel rojiza estaba cubierta de sangre.
—Esto no te va a gustar, humana —gruñó uno de ellos.
—No creo que sea peor que cuando aguantaba al asqueroso de mi ex —contesté, suspirando.
Los tres demonios se rieron y uno tiró de mi pelo, levantándome.
—¿Entonces vais a violarme? Menudo mentiroso el tal Astaroth, me dijo que a mí no me harían eso —murmuré con desprecio.
—No, tus pecados no son tan graves como para eso. Tú aceptas esto porque quieres algo a cambio, como has hecho siempre —respondió el demonio de ojos azules que me había recibido en esa sala.
—¿Y qué me darás si lo hago? —pregunté, levantando una ceja.
—Podrás darte un baño, curaré todas tus heridas y te dejaré tener un rato de descanso.
Le dediqué una sonrisa burlona, poniendo los ojos en blanco.
—Es una mierda de premio, pero creo que no puedo esperar nada mejor teniendo en cuenta donde estamos.
Los tres demonios que tenía cerca se relamieron los labios y el que me tenía sujeta me arañó, rasgándome la ropa y parte de la piel con sus uñas.
—Para ser una simple mortal, eres muy bonita —murmuró, recorriendo mi cuerpo con su mirada.
—Me lo dicen mucho —contesté con sorna, haciendo una mueca al mirar las heridas que acababa de hacerme.
Él me sujetó la barbilla demasiado fuerte y me miró a los ojos mientras yo rodeaba su cintura con mis piernas, dispuesta a complacerle.
—Veamos a qué sabe tu sangre —gruñó justo antes de clavar sus dientes en mi hombro.
Gemí de dolor y cerré los ojos para no verlo. Su olor me estaba provocando náuseas.
—Hueles fatal —me quejé en un susurro.
Escuché la risa de todos los demonios que me rodeaban.
—Pues tu sangre sabe muy bien —dijo él, sujetando uno de mis brazos y volviendo a rasgar mi piel con sus colmillos.
—¡Deja de morderme, cabrón! —gruñí y le mordí a él con fuerza en una de sus puntiagudas orejas.
—Maldita humana, sabes bien lo que me gusta —bufó el demonio.
Aparté mis dientes de él y vi que su sangre era del mismo color que la mía.
—¿De verdad te he hecho una herida? —pregunté, asombrada.
—Soy inmortal, no te preocupes. Además me gusta el dolor, vuelve a morderme.
Puse los ojos en blanco y resoplé lentamente.
—Debería haberme imaginado que a vosotros os encantaría sentir dolor —murmuré antes de morderle de nuevo en la otra oreja.
Otro de los demonios gruñó y sujetó mis brazos, apartándome de él.
—Suficiente, me toca a mí —bufó, enfadado.
—Tranquilos, hay Sakura para todos —comenté, haciéndolos reír de nuevo.
No supe cuánto tiempo había pasado. En aquel lugar tan oscuro donde solo veía la luz que proyectaban algunas llamas repartidas por el suelo, era difícil ser consciente del paso del tiempo.
Por fin, los diez demonios quedaron satisfechos tras morderme y hacerme todo lo que quisieron.
Había sido mucho más asqueroso que cuando me acosté con Kaito, pero si me ofrecían la oportunidad de tener un momento de tranquilidad en el infierno no me parecía muy inteligente rechazarla. Al menos me había reído con algunos de sus insultos y habían dejado que les mordiera, pudiendo así vengarme un poco por lo que me estaban haciendo.
—No ha sido tan horrible como esperaba —admití, levantándome y apoyándome en una de las rocas.
Estaba agotada.
—Porque nos has caído bien, humana. Has tenido suerte —respondió el primer demonio que se había acercado a mí.
Los otros desplegaron sus alas negras y empezaron a desaparecer, perdiéndose entre los agujeros.
—Si alguna vez quieres repetir, ya sabes dónde encontrarnos —añadió el que estaba a su lado, paseando su mirada por mi cuerpo.
—Creo que he tenido suficiente para el resto de mi existencia, pero gracias por la oferta.
—Yue te está esperando allí —dijo otro, señalando hacia el final de la sala.
Caminé desnuda con algo de dificultad por el suelo puntiagudo y, después de lo que me pareció una eternidad, la figura del demonio que me recibió en esa sala apareció ante mí.
—Lo has hecho muy bien, eres una humana muy divertida —comentó con una media sonrisa en el rostro.
—Me alegro de que disfrutéis con mi presencia —contesté, apretando los dientes por el dolor de las heridas y hematomas que tenía por culpa de la caída y de la brusquedad de los demonios.
Yue chasqueó los dedos y todo mi dolor desapareció al instante. Me incorporé del todo muy sorprendida, estirando la espalda y las piernas para comprobar que mis huesos volvían a estar bien.
—Ahí tienes tu premio. Aprovéchalo porque no habrá más, después de esto solo te espera sufrimiento —me advirtió, señalando una pequeña bañera de madera junto a la que había algo de ropa.
Suspiré aliviada y corrí hacia el agua, pero al meter un pie no pude evitar gritar.
—¡Mierda! ¡Está ardiendo!
Yue sonrió.
—¿Qué esperabas? Te recuerdo que estás en el infierno.
Bufé con fastidio y me metí en el agua lentamente, soportando el calor que parecía abrasarme la piel.
—Esto me recuerda a cuando mi madre me bañaba de pequeña. El agua siempre estaba demasiado caliente —murmuré entre dientes.
Escuché la risa de Yue y lo vi desaparecer ante mis ojos, saliendo disparado hacía un agujero que había en el techo con las alas desplegadas. Cuando me acostumbré al calor del agua, pude disfrutar de ese baño. Poco después, salí de la bañera y me vestí con la ropa que había dejado allí para mí.
Era un conjunto negro bastante ajustado. Yue volvió a aparecer, aterrizando a mi lado.
—Veo que te queda bien, aunque no creo que te dure mucho así de limpio.
—Me siento como una gótica pervertida con esto —respondí mientras giraba sobre mis propios pies para que me viera.
La risa de Yue resonó por las paredes de piedra negra.
—¿Hasta cuando puedo descansar?
—Vendré a buscarte cuando tu premio termine... me temo que es la última vez que podrás dormir.
—Mejor, siempre he pensado que dormir es un desperdicio.
Yue sonrió levemente, hizo desaparecer la bañera con un chasquido de sus dedos y en su lugar materializó una esterilla.
—Hasta pronto, Sakura —gruñó antes de volver a marcharse, dejando algunas plumas negras en el suelo.
Me tumbé sobre la esterilla y suspiré, contemplando el techo de piedra. Todo lo que me estaba pasando no parecía real.
¿En serio acababa de tirarme a diez demonios? ¿Y me había dado un bañito en el infierno?
Cerré los ojos para intentar dormir, aunque los gritos que se escuchaban por cada rincón no me lo pusieron nada fácil. Lo peor era escuchar los chillidos de las mujeres. Algunos me ponían los pelos de punta.
Me coloqué de lado y rodeé mis piernas con los brazos, esforzándome por recordar. En mi mente apareció la imagen de mi cuerpo cayendo por un enorme agujero que había en la calle donde vivía.
Vaya forma más estúpida de morir.
Bufé al recordarlo todo. La imagen del policía que intentó detenerme llegó a mis recuerdos y suspiré de nuevo.
Tenía que haberle hecho caso, pero eso iba en contra de mi naturaleza.
Seguramente se había reído con su compañero al ver cómo había terminado por ignorar sus advertencias. O tal vez no... tal vez se sintió mal por mí.
Volví a suspirar y me dejé llevar por el sueño, aunque no me duró mucho porque los gritos me despertaban cada pocos minutos.
Abrí los ojos y me incorporé, pensando en que mi hermano Touya y en Tomoyo lo estarían pasando muy mal por mi culpa. Se me encogió el estómago, pero me sacudí y negué con la cabeza. Ya no servía de nada pensar en eso, mejor concentrarme en aguantar lo siguiente que esos demonios tuvieran preparado para mí.
Como si me hubiera leído la mente, Yue aterrizó a mi lado. Sin decir nada, sujetó mi brazo y, en cuanto levantó el vuelo, sentí un fuerte mareo que me obligó a cerrar los ojos.
Al volver a abrirlos, estábamos en otro sitio diferente. Esa sala estaba mucho más iluminada y había filas de fuego en el suelo, bordeando los laterales.
Decenas de humanos estaban allí. Todos tenían los ojos rojos e hinchados y miraban muy concentrados una especie de espejismo que flotaba delante de ellos. Algunos estaban atados y un aparato metálico sujetaba sus párpados para que no pudieran cerrar los ojos.
—¿Qué es esto?
—Es lo que me gusta hacer a mí... torturaros con lo que hacíais en vuestros días perezosos.
Me empujó y caí al suelo junto a los demás.
—¡Joder! —grité al notar que me quemaba.
Me levanté de un salto y volví a sentarme lejos de las llamas.
—Pasarás unos cuantos años aquí. Está prohibido dormir, hablar o dejar de mirar la imagen que tienes delante. A cada uno se le muestra el capítulo de su serie favorita que más veces vio en su vida, repitiéndose una y otra vez. Si dejas de mirar aunque sea solo un segundo, te ataremos como a aquellos —explicó, señalando a los treinta humanos que estaban sujetos con cuerdas a postes de madera y con los extraños artefactos impidiéndoles cerrar los ojos.
Me acomodé en el suelo y sonreí al ver que empezaba el capítulo de Inuyasha donde aparece en forma humana por primera vez.
—¿No tendrías unas palomitas? —pregunté sin despegar la mirada de aquella imagen.
Escuché la risa de Yue y después sentí esa oscilación en el aire que hacía al desaparecer a toda velocidad.
