Capítulo Tres
Los castigos demoníacos
Nunca había estado tan aburrida y desesperada. Un escalofrío muy desagradable me recorría todo el cuerpo cada vez que volvía a empezar el capítulo. Jamás pensé que pudiera hartarme de mi amado Inuyasha, pero se me revolvía el estómago cuando aparecía una y otra vez.
¿Cuántas veces lo había visto ya? ¿Mil? ¿Un millón? Me sabía los diálogos de memoria y sus voces me taladraban el cerebro.
Mi mente estaba completamente exhausta y mis ojos luchaban para cerrarse, pero yo no se lo permitía. Como ya no estaba viva no podía morir, pero hasta la última célula de mi cuerpo estaba dolorida y me había recostado en el suelo hacía mucho tiempo.
Aunque todo esto era raro. No entendía muy bien por qué seguía teniendo un cuerpo y sintiendo dolor, cansancio y todas esas cosas si supuestamente era tan solo un alma.
Tal vez se lo podría preguntar a Yue en alguna ocasión, me daba la impresión de que le caía bien. Un par de veces lo había visto por el rabillo del ojo paseando alrededor de la sala sin decir nada, vigilando a los humanos.
No hablé con nadie, aunque a veces escuchaba el ruido de un cuerpo cayendo al suelo, seguramente agotado. Unos segundos después, aparecían varios demonios alrededor de esa persona, la ataban a uno de los postes y le obligaban a seguir mirando sin descanso.
—¿Qué tal te va?
La voz de Yue me dio escalofríos, pero disimulé y respondí sin mirarlo.
—Bien, aunque todavía tengo dudas sobre si Inuyasha dijo en serio lo de que Kagome huele bien. Podríamos ver el capítulo juntos y debatirlo.
Escuché una gran carcajada.
—¿Sabes cuánto tiempo llevas aquí, Sakura?
—Ni idea.
—Unos cuatro años humanos.
Sentí que mi rostro palidecía.
—Ya decía yo que esto se me estaba haciendo eterno.
—¿Quieres seguir un par de años más? —preguntó Yue con voz grave.
Iba a contestarle de nuevo con alguna tontería, pero decidí callarme por miedo a pasarme de lista y que me volviera a dejar allí.
—Lo que tú decidas.
Yue lo meditó unos segundos.
—Creo que por ahora es suficiente, aunque ten por seguro que volverás a esta sala en más de una ocasión. Puedes dejar de mirar.
Cerré los ojos y dejé salir un suspiro de alivio.
—Tengo la sensación de que me voy a morir. Esto ha sido como una pesadilla sin fin —murmuré con cansancio.
Yue soltó una risita suave.
—Lamento decirte que eso no pasará nunca, aunque me encanta que mi tortura te haya hecho sufrir. Vamos, levántate.
Utilicé las pocas fuerzas que me quedaban para levantar mi cuerpo y sentarme en el suelo. Estaba muy mareada.
—No tengo todo el día —me advirtió Yue, impaciente.
Resoplé y obligué a mis piernas a sostenerme, aunque no pude evitar tambalearme y volver a caer.
—Los humanos sois patéticos —comentó el demonio con voz burlona.
—Lo sé, siempre lo he pensado —respondí, bufando y volviendo a levantarme.
Di unos pasos hacia él hasta que Yue agarró mi brazo izquierdo, evitando que cayera de nuevo.
—No te imaginas lo que te espera ahora —dijo con una sonrisa misteriosa.
Disimulé mi pánico y correspondí a su sonrisa.
—A ver con qué me sorprendes esta vez.
Él alzó el vuelo y volví a sentir un enorme mareo, así que cerré los ojos hasta que la angustia paró.
Al abrirlos, estábamos en una sala mucho más pequeña y circular que no tenía techo. De las paredes colgaban espadas y escudos de todo tipo, junto con hachas y otros tipos de armas, y sobre nosotros se veía el cielo oscuro que recordaba de mi primer día en el inframundo.
—No me digas que ahora me vas a descuartizar —murmuré con nerviosismo.
Yue volvió a sonreír y me dejó caer al suelo. Movió su mano en círculos y sentí que la mayoría de las fuerzas volvían a mi cuerpo.
—Yo no voy a hacerte nada esta vez. Solo disfrutaré del espectáculo.
Me giré para mirarlo y vi una especie de nube negra aparecer arriba a lo lejos, iluminada por los relámpagos que atravesaban el cielo sin estrellas. Poco después, esa figura oscura aterrizó muy cerca de nosotros, plegando las alas negras en su espalda.
Mis ojos se abrieron con horror al reconocerlo. Astaroth me miraba fijamente, con sus iris rojos llenos de fuego.
—Te prometí que vendría a visitarte.
Intenté controlar los temblores que recorrían todo mi cuerpo al pensar en lo que ese gigantesco demonio podría hacerme.
—Te he echado de menos, los demás no son tan guapos como tú.
Astaroth bufó y Yue se partió de risa.
—¿Te atreves a hablarle así al gran duque del infierno oeste? Eres demasiado atrevida —dijo Yue sin dejar de reírse.
—Es la verdad, tenía ganas de volver a verlo —contesté, encogiéndome de hombros.
En dos pasos, Astaroth llegó hasta donde yo estaba y mi sonrisa desapareció.
—Te gustaba mucho meterte en peleas... vamos a comprobar si sabes luchar, Sakura.
El demonio hizo un gesto y una de las espadas más grandes levitó hasta su mano.
—Elige tus armas, te doy un minuto.
Me levanté con el corazón latiendo a toda velocidad en mi garganta y observé las paredes de la sala. Sabía bastante de defensa personal y había aprendido Kung Fu cuando me mudé a Tokio, pero no tenía nada que hacer contra semejante oponente.
Elegí una armadura de metal que me pareció bastante resistente y me la puse, sujetando una espada ligera con la mano derecha y un escudo con la otra.
—Por mucho que sepa luchar, es imposible que alguien como yo consiga derrotarte —reconocí, recorriendo el enorme cuerpo de Astaroth con la mirada.
Él y Yue sonrieron.
—Esa es la gracia... vas a pasarlo bastante mal. Te advertí que estuvieras preparada.
Un gruñido gutural salió de su garganta y empezó a avanzar hacia mí. Me estremecí y sujeté el escudo delante de mí con firmeza, mientras intentaba decidir en qué parte de su escamoso cuerpo podría ser más fácil atacarlo.
Astaroth golpeó la espada contra mi escudo con toda su fuerza, lanzándome contra la pared de enfrente. Jadeé cuando mi espalda chocó contra el muro y sentí el sabor metálico de la sangre dentro de mi boca.
—Me parece que no vas a durar ni un minuto —comentó Astaroth con una sonrisa malvada, girando la espada en su mano.
Escupí la sangre, limpiándome los labios con el dorso de mi mano.
—Intentaré aguantar al menos dos —respondí, volviendo a sujetar el escudo delante de mi cuerpo.
No me rendiría tan fácilmente, me negaba a ser una cobarde. Yue y él se rieron entre dientes y Astaroth comenzó a avanzar hacia mí de nuevo.
Me quedé completamente quieta, esperando a que estuviera a punto de golpearme y justo en ese momento salté hacia un lado. No se lo esperaba y pude darle en el brazo con mi espada, haciéndole un corte del que empezó a brotar sangre.
Yue me miró con los ojos muy abiertos.
—Mejor me marcho antes de que Astaroth me ataque a mí también —murmuró antes de desplegar las alas y desaparecer en el cielo oscuro.
Me giré para encarar al demonio y vi que su cuerpo estaba rodeado por llamas, que lamían su piel sin dañarla.
—Vas a lamentar haberme golpeado, querida —gruñó, abalanzándose sobre mí con ojos furiosos.
Levantó la espada en mi dirección y yo cerré los ojos, sujetando el escudo sobre mi cabeza.
—¿Cuánto lleva así, Astaroth?
—Creo que unos cuatro días.
—¿No sería mejor curarla un poco para seguir jugando con ella?
—No, Yue. Prefiero dejar que se recupere por sí misma. Es agradable escuchar sus quejas y gemidos de dolor.
—Tienes razón... pero me divierte mucho esta humana. Tengo ganas de seguir torturándola y que me conteste con sus sarcasmos.
Abrí lentamente los ojos y observé las figuras de los dos demonios que charlaban junto a mí.
—Anda, pero si está despierta —murmuró Astaroth, golpeándome suavemente con uno de sus pies.
Solté un quejido y escuché sus risas.
—¿Eres capaz de levantarte? —preguntó Yue.
—No lo sé —respondí, carraspeando al detectar el tono ronco de mi voz.
—Inténtalo.
Moví mis brazos, sintiendo mucho dolor, y muy despacio conseguí incorporarme hasta quedar de rodillas. Me horrorizó descubrir que había estado tendida sobre un charco de mi propia sangre.
Recorrí mi cuerpo con la mirada, temerosa de lo que iba a encontrar. No quedaba ni rastro de la armadura que llevaba puesta antes de desmayarme, tenía moratones en los brazos que ya estaban de color amarillento y un corte gigantesco me atravesaba entera, desde el cuello hasta el ombligo.
Seguro que cuando Astaroth terminó conmigo se me veían hasta las costillas. Por suerte, no recordaba nada porque en el primer golpe partió mi escudo en dos y me atravesó el pecho, consiguiendo que me desmayara al instante. Me toqué las heridas, siseando al sentir un dolor muy punzante.
—Con lo bonita que era y mira cómo me has dejado —murmuré, levantando la vista para mirar a Astaroth.
Él me regaló una pequeña sonrisa.
—Eso te pasa por provocarme, Sakura. Espero que hayas aprendido y no vuelvas a hacerlo —contestó con voz profunda.
—No te preocupes, en un día más te regenerarás por completo —añadió Yue.
—No creo que le de tiempo —dijo Astaroth con malicia.
—¿Qué tenéis ahora pensado para mí? —pregunté, intentando sonreír.
Los dos demonios cruzaron una mirada y Yue sonrió en mi dirección.
—Creo que ha llegado el momento de que purifiquemos tu alma —gruñó, atravesándome con sus ojos azules.
—¿Purificar mi alma? —repetí, confundida.
—Es una forma bonita de decirlo. Que te diviertas, Yue —dijo Astaroth, desplegando sus enormes alas y alejándose volando entre los relámpagos.
Miré a Yue, levantando una ceja.
—No me va a gustar nada eso de la purificación... ¿verdad?
Él me mostró sus afilados colmillos con una sonrisa.
—Es bastante doloroso, o eso dicen los humanos que la sufren. Tus pecados no son muy graves, por lo que solo tendrás que hacerlo una vez cada década. Hay otros que pasan por eso cada semana.
Hice una mueca de fastidio.
—En fin... acabemos cuanto antes con esta mierda.
Yue reprimió una carcajada.
—Realmente voy a disfrutar con tus gritos —añadió, sujetándome de un brazo para levantarme del suelo.
Ya sabía lo que me esperaba y cerré los ojos, tratando de no marearme, pero sentí la misma angustia que cada vez que Yue volaba a toda velocidad conmigo. Aterrizamos en una sala rectangular. En el centro había un camino de pequeñas piedras entre las que asomaban llamas de más de un metro de altura.
—Creo que ya me imagino lo que voy a tener que hacer —admití con voz temblorosa.
Yue sonrió.
—Solo observa.
En esa sala había unos cuarenta humanos, todos formando una fila. Uno de ellos suspiró y empezó a correr por encima de las piedras llameantes, gritando cada vez que se quemaba. Contuve la respiración hasta que lo vi salir del camino de fuego, con varias quemaduras repartidas por su cuerpo y la ropa hecha jirones.
—Te aconsejo que corras lo más rápido que puedas, así terminarás antes —me recomendó el demonio.
Sentí que volvía algo de fuerza a mis piernas y vi que Yue estaba moviendo su mano, devolviéndome un poco de mi vitalidad.
—A la fila —gruñó, empujándome.
—Intentaré batir el récord —susurré mientras me colocaba la última.
Yue y otros tres demonios que nos observaban se rieron. Me concentré en las llamas y, mientras esperaba mi turno, descubrí que salían de entre las piedras en una especie de patrón. Tal vez podría conseguir evitar la mayoría de ellas si me aprendía el camino, pero la fila avanzaba rápido y no me dio tiempo de prepararme mentalmente, ni de recordar las piedras que debía pisar.
El chico que iba delante de mí corrió hacia las llamas y yo suspiré, sabiendo que era la siguiente. Miré de reojo a Yue y vi que estaba hablando con una diablesa igual de grande que Astaroth a la que no había visto nunca.
Los dos dejaron de hablar y me miraron fijamente, provocándome escalofríos. El demonio desconocido era una mujer bastante hermosa, de cabello rubio y largo que caía por su espalda y labios muy rojos. Su piel era de un tono rojizo como la de todos ellos y sus cuernos eran igual de largos que los de Astaroth.
Uno de los demonios que estaba cerca de mí gruñó, indicándome que era mi turno. Aparté la vista de ellos e inspiré con fuerza, tratando de relajarme.
En el instituto había sido la más rápida de la clase y esperaba que aquello me sirviera de algo.
Empecé a correr lo más rápido que me permitieron los pies, intentando adivinar donde no iban a salir llamas antes de pisar las piedras, pero aun así no pude evitar quemarme varias veces y grité de dolor.
Todo terminó más rápido de lo que esperaba y jadeé, apoyándome contra la pared de piedra mientras observaba las quemaduras de mis temblorosas piernas.
—Sakura.
Al levantar la vista, me encontré con Yue y esa mujer desconocida.
—Ella es Lilith —dijo él, señalándola con sus ojos.
Me llevé una mano a la boca para disimular mi sorpresa.
—¿Lilith? ¿La mujer de Satanás? —pregunté, asustada.
Ella sonrió, dejando ver una dentadura muy blanca.
—Más bien soy una de sus amantes y él prefiere ser llamado Lucifer, deberías recordarlo.
—Lo haré —susurré, tratando de que mis piernas no me fallaran.
Ella desvió un segundo la mirada hacia Yue y después volvió a fijar sus ojos rojos en mí, taladrándome sin piedad.
—Quiere conocerte.
