Capítulo Cuatro
Lucifer
Miré fijamente a Yue mientras el pánico me invadía por completo.
—¿Lucifer quiere conocerme?
—Los demonios llevan años hablando de ti y han despertado su curiosidad —dijo Lilith, sin dejar de sonreír.
Tragué saliva y mis rodillas no aguantaron más mi peso, haciéndome caer al suelo.
—No temas, solo quiere hablar contigo —añadió Yue.
Resoplé lentamente, dejando salir un poco del miedo que estaba sintiendo.
—El señor del inframundo quiere verme. Si no me asusto con esto, no sé con qué debería hacerlo —murmuré entre dientes, sacudiendo la cabeza.
Lilith se acercó a mí y me levantó, sujetándome por los codos. Una energía eléctrica empezó a fluir por mi cuerpo y mis heridas se cerraron por completo. Me incorporé del todo y sonreí al sentirme mucho mejor.
—¿No me hará daño? —pregunté, mirando a la diablesa de reojo.
—Eso dependerá de las palabras que uses en su presencia.
—Controla tu lengua —me advirtió Yue, levantando las cejas.
Asentí y volví a mirar a Lilith, que me estaba ofreciendo sus dos manos. Las sujeté, decidiendo que esta vez no cerraría los ojos. Me iba a marear igualmente, así que era una tontería.
Lilith desplegó sus gigantescas alas negras y salió volando, agarrándome con fuerza. Empezó a descender a través de varios agujeros a toda velocidad y atravesamos una decena de salas. Cuanto más descendíamos, más gritos se escuchaban.
—Las plantas inferiores son las peores y están reservadas para los humanos más pecadores y asquerosos —dijo, sonriendo al ver mi cara de miedo.
Batió sus alas para frenar cuando atravesamos el último agujero, aterrizando con suavidad en el suelo. Me soltó y miré a mi alrededor, intentando comprender dónde estaba.
Era otra sala casi circular, la más oscura de todas por las que había pasado hasta aquel momento. Frente a nosotras se distinguía la silueta de un gigantesco trono de hierro sobre una especie de atril.
De repente, dos ojos llameantes aparecieron en medio de toda esa oscuridad y no pude evitar estremecerme. Lilith chasqueó los dedos y varias lámparas de aceite se encendieron, iluminando la estancia.
En el trono estaba sentado un gran demonio muy parecido a Astaroth, aunque su piel no era escamosa y sus alas negras eran las más grandes que había visto desde que llegué al infierno. La piel del diablo parecía suave y aterciopelada como la de Lilith, pero sus cuernos eran gigantescos y sus colmillos asomaban aunque tuviera los labios cerrados.
A cada uno de sus lados había una diablesa sentada en el suelo. Le estaban acariciando las piernas de forma muy sugerente y s⁰⁰pus dedos llegaban a rozar un taparrabos negro, que era lo único que llevaba cubriendo su musculoso y rojizo cuerpo.
—Largo de aquí —bramó él, golpeando las manos de ambas.
Las dos gruñeron y alzaron el vuelo, desapareciendo por uno de los agujeros del techo. Mis piernas empezaran a temblar otra vez al escuchar su voz gutural.
—Acércate a él —susurró Lilith, empujándome en el hombro.
Temerosa, di cuatro pequeños pasos hasta quedar a un par de metros de Lucifer.
—¿Esta es Sakura? —preguntó, mirando a Lilith.
La diablesa asintió y él clavó sus ojos en mí. Parecía que tenía llamas en vez de iris.
—He oído muchas historias sobre ti. Dicen que eres una humana muy divertida y que no te asustas, ni te dejas llevar por el miedo o el cansancio cuando te están castigando.
Pestañeé, sin saber qué decir.
—¿Acaso te han cortado la lengua y todavía no te ha crecido? —añadió, frunciendo el ceño.
Intenté no pensar en todos los humanos a los que estarían mutilando en ese mismo momento.
—No, no me han hecho eso.
—¿No te asusta saber que vas a estar aquí para siempre?
Suspiré antes de responder.
—Pues claro, no soy estúpida. Tan solo intento tomármelo con filosofía y buscarle el lado divertido a todo para no volverme loca.
Lucifer sonrió, mostrándome la sonrisa más macabra que había visto en mi vida. Un escalofrío sacudió todo mi cuerpo, temiendo lo que podía hacerme si se enfadaba. A su lado, Astaroth parecía un gatito cariñoso.
—¿Sabías que yo soy el único que puede quitar vidas? Soy capaz de fulminar a un demonio o a cualquier alma humana en menos de un segundo.
Toda la sangre se me bajó a los pies de golpe. Escuché la risa de Lucifer y de Lilith.
—Tranquila, no destruyo almas humanas. Es más interesante teneros por aquí durante toda la eternidad—murmuró al ver mi reacción.
Dejé salir un suspiro de alivio y los dos demonios volvieron a reírse.
—Eso me hace sentir mucho mejor —contesté, intentando que no se notara demasiado el sarcasmo en mi voz.
No podía estar más acojonada. Lucifer se quedó observándome en silencio, muy pensativo.
—¿En qué estás pensando, mi amor? —preguntó Lilith, avanzando hacia él y dejando un beso demasiado provocador sobre sus labios.
—Me estoy planteando hacer una excepción con esta humana —respondió él, mirándola con los ojos llenos de deseo.
Lilith se mordió el dedo índice, inclinando la cabeza hacia un lado.
—Sería la segunda vez que lo haces.
—Lo sé, pero creo que ella no será una decepción como la otra vez —murmuró Lucifer, volviendo a fijar su vista en mí.
Tragué saliva con nerviosismo. ¿De qué estaban hablando?
—No sé si debería asustarme o alegrarme —comenté en voz baja.
Ambos me dedicaron una sonrisa que no me tranquilizó.
—Eso lo descubriremos enseguida —contestó Lilith, sentándose a los pies del diablo y besando una de sus rodillas.
Lucifer apoyó un brazo en su intimidante trono metálico y me taladró con sus llameantes ojos.
—Tengo una propuesta para ti, Sakura.
—Te escucho —respondí, sentándome en el suelo y cruzando las piernas.
—Debes pensarlo bien porque solo te lo ofreceré una vez y no habrá vuelta atrás. Te doy la posibilidad de transformarte en una diablesa y que vivas como un demonio más, obedeciendo todas mis órdenes y castigando a los humanos durante el resto de tu vida.
Me atraganté con mi propia saliva y empecé a toser. ¿Ser una diablesa?
—¿Tendría que torturar humanos? —pregunté con voz temblorosa.
—Tú decidirás sus castigos. Entiendo que te resultará difícil al principio, así que te asignaremos a los humanos que reciben las torturas más suaves, los que tienen pecados poco importantes.
—Esperamos que inventes castigos originales y divertidos utilizando tu sentido del humor —añadió Lilith con una sonrisa perversa.
—¿Seré como tú? —pregunté, mirándola.
Ella negó con la cabeza.
—Serás una diablesa de rango inferior, pero tendrás muchos de nuestros poderes.
Lo pensé durante unos segundos, mordiéndome el labio inferior.
¿Estar toda la eternidad sufriendo, o encargarme de hacer sufrir a otros que lo merecían? No podía ser una decisión más sencilla.
Me puse de pie de un salto.
—Acepto.
Lucifer volvió a sonreír, levantando su mano derecha donde apareció una enorme bola de fuego.
—No esperaba menos de ti.
La lanzó sobre mí y por un segundo temí que todo hubiera sido una mentira para ponerme a prueba y acabar conmigo, pero las llamas no me mataron. Me envolvieron por completo y mi cuerpo empezó a cambiar con mucha rapidez.
Mi cuerpo creció y creció. Algo punzante empezó a surgir en la parte superior de mi cabeza, y se me escapó un grito cuando sentí que la piel de mi espalda se rompía. Al mirar sobre mi hombro vi que me estaban creciendo unas alas con plumas negras, tan grandes que llegaban a rozar el suelo.
El fuego a mi alrededor desapareció y observé mis manos con atención. Ahora tenía las uñas muy largas, acabadas en punta. Mi piel se había oscurecido, obteniendo un tono rojizo igual al del resto de demonios. Me llevé las manos a los labios y exploré mis dientes. Eran mucho más afilados y mis colmillos también habían crecido.
Les dediqué una sonrisa a los dos demonios, que me observaban con un brillo divertido en sus ojos.
—¿Quieres verte? —preguntó Lilith.
Asentí y ella hizo aparecer un espejo delante de mí.
Físicamente seguía siendo como antes, aunque mi altura me sorprendía y mis orejas se habían vuelto tan puntiagudas como las de todos los demonios. Abrí mucho los ojos al ver la ropa que llevaba, un vestido escarlata con una enorme raja a uno de los lados que llegaba hasta el muslo. Acaricié mis nuevos cuernos con las manos y probé a desplegar mis alas lentamente, asombrándome al ver su tamaño.
El espejo desapareció y miré a Lilith con gesto confundido.
—¿Por qué mis ojos siguen siendo verdes? Los vuestros son rojos.
Lucifer se levantó y dio unos pasos hacia mí, provocándome otro escalofrío.
—Solo los demonios de alto rango los tienen rojos, el resto los tiene de cualquier otro color... como tu amigo Yue.
—¿Ahora soy tan poderosa como él?
—Más o menos. No puedes tener el mismo poder que un demonio porque fuiste humana, pero tendrás casi todas nuestras habilidades —respondió él, haciéndome girar para observarme.
Me soltó la mano y torció un poco la cabeza, mirándome con atención.
—Eres una diablesa muy atractiva —murmuró entre dientes.
Todo mi cuerpo se tensó y no pude evitar estremecerme.
—Tranquila, solo me interesan las de alto rango como Lilith y tú jamás serás una de ellas —añadió con una sonrisa.
—¿Puedo hacerte una pregunta? —dije con voz temblorosa.
—Adelante, cuando salgas de aquí no toleraré ninguna más —contestó Lucifer, volviendo a sentarse en su trono.
—Hay algunas cosas que debes saber, Sakura. Nuestro mundo está en una dimensión diferente al mundo humano. No entramos en contacto con ellos hasta que sus almas llegan aquí, pero algunos tenemos el poder suficiente para poder verlos, influyendo en sus vidas indirectamente y tentándolos —explicó Lilith mientras acariciaba el muslo de Lucifer con sus uñas.
—Entiendo... ¿Qué tengo que hacer para no morir? —pregunté, mirando a Lucifer.
Él me dedicó una sonrisa.
—Así me gusta, directa. Lo único que tienes que hacer es no desafiarme nunca y obedecer a todos tus superiores sin rechistar.
—Eso puedo hacerlo —acepté, asintiendo.
—Otra cosa que debes hacer es ir a la guerra cuando llegue el momento —añadió Lilith.
—¿Guerra? —repetí, confundida.
—Cada año bisiesto, la línea que divide nuestro mundo del mundo celestial se difumina el día de equinoccio de otoño, y es el único momento en el que podemos atacarlos. Llevamos luchando contra ellos desde el principio de los tiempos y seguiremos hasta que no quede ningún ángel con vida.
Mi corazón se aceleró al descubrir que los ángeles también existían.
—¿Podemos matar ángeles? —pregunté en un susurro.
—Ya te he dicho que yo soy el único que puede matarlos, pero los demás podéis herirlos y torturarlos —explicó el diablo, chasqueando la lengua.
—De los ángeles, el único que puede matarnos es el Arcángel Aureus. Te mostraremos quién es en la próxima batalla para que tengas cuidado con él —dijo Lilith, poniéndose seria al mencionar su nombre.
—Llevo milenios deseando acabar con ese hijo de puta, pero no hay manera —gruñó Lucifer, apretando los puños con rabia.
Miré fijamente al rey del inframundo, temiendo su reacción ante mi siguiente pregunta.
—¿De verdad eres un ángel que cayó del cielo?
Él sonrió de nuevo y tuve que apartar la mirada.
—Aquí lo llamamos paraíso, y todos venimos de allí. Estaba harto de sus ridículas normas y me rebelé. Aureus nos venció, a mí y a todos los que me apoyaron, desterrándonos al inframundo para cuidar de las almas humanas más oscuras. Con el tiempo otros ángeles abandonaron el paraíso para unirse a mí, y convertimos esto en lo que ahora conoces. Poco después dejamos de dar la oportunidad de arrepentirse a las almas humanas. Las que llegan hasta aquí, se quedan para siempre por mucho que se lamenten, y nos divertimos con ellas por toda la eternidad.
Asentí, tratando de asimilar toda esa información y conteniendo un escalofrío al recordar que yo solía pensar de la misma forma que Lucifer cuando estaba viva. Tampoco me gustaban las normas.
—¿Dónde voy a trabajar?
—Al principio estarás con Yue. Él te enseñará todo lo que necesitas saber y, una vez que sepas lo que hay que hacer, irás por libre —respondió Lilith.
Se sentó en el regazo de Lucifer y él empezó a recorrer todo su cuerpo con los dedos.
—¿Alguna pregunta más? —dijo el diablo, clavando sus colmillos en el cuello de Lilith.
—Creo que más o menos lo tengo todo claro, pero le preguntaré a Yue si me surge alguna duda. Si os parece bien, me marcho ya —contesté, desviando la mirada.
—Puedes quedarte a mirar, si quieres —añadió Lilith con una sonrisa traviesa.
—No, gracias. En otra ocasión —murmuré mientras desplegaba mis alas.
Ellos se fundieron en un beso muy violento y empecé a batir las enormes alas, deseando salir de allí cuanto antes.
—Yue está en el segundo nivel —gruñó Lilith entre los labios de Lucifer.
Sin decir nada, salí disparada hacia uno de los agujeros del techo. Me sorprendí al ver lo fácil que era controlar el vuelo y hacer que las alas me llevaran hacia donde quería ir.
Seguí atravesando niveles, intentando no prestar atención a los desgarradores gritos que escuchaba cada vez que pasaba por una sala. Poco después, reconocí la estancia donde había caminado sobre las llamas y aterricé, plegando las alas en mi espalda.
Muy cerca estaba Yue, mirándome fijamente.
—Menudo cambio —comentó, recorriéndome con la mirada y mordiéndose el labio inferior.
—Me temo que ya no podrás castigarme más —respondí, dedicándole una sonrisa.
Él también sonrió en mi dirección.
—Ya veo... ahora me ayudarás a torturar a los humanos.
