Capítulo Cinco

Aprendiendo


Era muy extraño no ser consciente del paso del tiempo.

De vez en cuando le preguntaba a Yue cuántas horas habían pasado desde que me convertí en una diablesa, para tener ese momento como referencia. Cuando me informó de que ya hacía una semana, me sorprendí muchísimo.

Durante esos días me mostró el primer y el segundo nivel del inframundo al completo, llevándome por todas las salas para enseñarme los diferentes castigos a los que sometían a las almas humanas. Al principio me sentía mal por ellos al verlos sufrir, pero esa sensación se me pasó pronto.

Mejor ellos que yo.

Ya no me sentía débil como los más de cuatro años que pasé en el infierno siendo humana. A mi nuevo cuerpo no le afectaba el hedor del lugar ni los gases que debilitaban las mentes humanas.

A algunos de los demonios, como Yue, les gustaba mantenerse limpios, pero a la mayoría no les molestaba estar cubiertos de sangre ni sentían la necesidad de lavarse. Yo limpiaba mi cuerpo todos los días, cuando él me mandaba a descansar.

Casi sin darme cuenta, llegó mi último día de aprendizaje. A partir de ese momento me asignarían una sala y a varios demonios que me ayudarían a aplicar los castigos que yo decidiera.

—Ya sabes utilizar los poderes para devolver o quitar vitalidad a las almas. Te falta aprender a pelear y a usar los poderes del fuego —murmuró Yue mientras volábamos hacia el nivel superior, desde el único que se podía ver el cielo sin estrellas.

Aparté la vista de los relámpagos para mirarlo a los ojos, frunciendo el ceño.

—¿Vas a luchar contra mí?

—¿Prefieres que llame a Astaroth?

Un escalofrío me bajó por la espina dorsal al recordar mi enfrentamiento con él.

—Practicar contigo será suficiente —respondí con un gruñido.

Escuché la risa de Yue y los dos aterrizamos en la misma sala donde Astaroth me destrozó cuando todavía era humana. Ambos plegamos nuestras alas negras en la espalda y él me miró fijamente, alzando la barbilla.

—Todos llevamos al fuego en nuestro interior. Podemos llamarlo y moldearlo a nuestro gusto, usarlo para atacar o para que nos sirva de escudo. Inténtalo.

Pestañeé varias veces, sin saber qué decir.

—No sé ni por dónde empezar —admití, refunfuñando.

Yue puso los ojos en blanco y resopló con impaciencia.

—A veces olvido que hasta hace unos días eras una simple humana. Busca el fuego dentro de ti y proyéctalo hacia donde quieras que aparezca —gruñó con voz grave.

Le lancé una mirada de odio y cerré los ojos, intentando encontrar algo dentro de mi cuerpo.

No tardé mucho en sentir un calor abrasador que recorría mis venas. Me concentré en esa sensación, tratando de que fuera hasta una de mis manos. Abrí los ojos y vi que en la palma de mi mano derecha flotaba una pequeña bola de fuego muy brillante.

Sonreí y miré a Yue, que tenía una mueca divertida en el rostro.

—Mira lo que la simple humana ha conseguido hacer —comenté con burla.

Lancé la bola hacia el cielo con todas mis fuerzas y la vi atravesando algunos relámpagos hasta perderse de vista.

Yue levantó una ceja y juntó sus dos manos, creando una bola de fuego del tamaño de un caballo.

—Todavía tienes mucho que aprender —murmuró, lanzándola en mi dirección.

Crucé mis brazos sobre el pecho y llamé a mi fuego interior, que creó una especie de escudo protector y me rodeó por completo. La bola de Yue impactó contra las llamas que había a mi alrededor y ambas fuerzas demoníacas desaparecieron.

—Eso está mejor —admitió el demonio, sonriendo.

Levantó un brazo y una de las espadas que colgaban en la pared levitó hasta él.

Yo hice lo mismo con un hacha y en dos segundos estaba en mi mano. La sujeté con fuerza y miré fijamente a Yue, con una sonrisa burlona curvando mis labios.

—A ver lo que sabes hacer, demonio —dije, girando el hacha en mi mano como cuando era animadora en el colegio y lo hacía con un bastón.

Mi nuevo cuerpo era mucho más fuerte y musculoso, por lo que me sentía mucho más segura de mí misma.

—Será un placer destrozar tu lindo cuerpo por primera vez —gruñó Yue, blandiendo su espada.

Desplegó sus alas y dio un salto, lanzándose a por mí. Yo también volé a su encuentro, interponiendo el hacha de acero entre mi cuerpo y su espada.

El choque de ambas armas provocó un ruido metálico que retumbó por toda la sala circular, molestando a mis oídos puntiagudos.

Yue sonrió y me empujó con una pierna, lo suficiente como para poder hacer un movimiento rápido y darme una estocada en el muslo. Gruñí y batí mis alas, furiosa, mientras veía la sangre emanando de mi herida.

—¡Me las pagarás! —grité, abalanzándome sobre él.

Seguimos peleando durante un buen rato, haciéndonos cortes y usando el fuego cada vez que podíamos para intentar herirnos mutuamente. Apenas me di cuenta de que los ojos de Yue se habían puesto rojos mientras luchábamos.

Al final los dos aterrizamos en el suelo, jadeando. Yue tenía una de las alas prácticamente rota y varios cortes repartidos por sus brazos y espalda. Yo vi un tajo grande en mi pierna y otros tres por mi cuerpo, junto con varias quemaduras que podía sentir en el lado izquierdo del rostro.

—Creo que esto es un empate —admitió Yue, apretando el puño con rabia.

Asentí, suspirando. Nuestras fuerzas estaban muy igualadas, aunque se notaba que él tenía mucha más experiencia en combate. El olor a sangre y la emoción de la pelea me había puesto la adrenalina a mil. Aún quería más.

Yue dejó caer la espada al suelo y me miró, recorriendo mi cuerpo con lujuria.

Me estremecí al sentir ese mismo deseo atravesando cada célula de mi piel.

Le dediqué una sonrisa traviesa y levanté una mano, haciéndole un gesto con el dedo índice para que se acercara.

Sus ojos volvieron a ponerse rojos y gruñó, saltando sobre mí. Ambos caímos al suelo y él sujetó mis manos por encima de mi cabeza.

—¿Por qué tus ojos han cambiado de color? —pregunté, perdiéndome en sus iris escarlata.

—Los tuyos también lo han hecho.

Su respuesta me sorprendió.

—¿En serio? ¿Ahora los tengo rojos?

Yue sonrió y lamió una de las quemaduras de mi mejilla.

—A los demonios como nosotros les cambian de color cuando se enfadan... o cuando se excitan —murmuró entre dientes.

Alcé una ceja y clavé mis largas uñas en sus manos, observando cómo se mordía el labio al sentir el dolor.

—¿Estás caliente, Yue? —pregunté con voz burlona.

—Desde que te convertiste en diablesa quiero que seas mía —susurró, agachándose hasta que pude oler su aliento.

Sentí sus uñas desgarrando mi vestido mientras sus labios devoraban los míos con furia. Respondí a su beso con la misma intensidad y traté de liberar mis manos, pero él las tenía agarradas con una de las suyas y no me lo permitió.

—Quieta. Te he dicho que eres mía —repitió en mi oído antes de empezar a morder mi cuello.

Cerré los ojos, dejando salir un largo suspiro. Nunca había pensado que en mi nueva vida volvería a sentir esta sensación tan placentera.

—Yo no obedezco a nadie.

Gruñí, sacudiéndome hasta que soltó mis manos y clavando las uñas en su espalda, justo debajo del nacimiento de sus alas.

Yue jadeó y volvió a besarme, hundiendo sus colmillos en mi labio tan fuerte que noté el sabor de mi propia sangre.

Ya nada me dolía como cuando era humana, de hecho el sufrimiento era bastante más soportable.

Cosas de demonios. Ellos eran unos masoquistas y poco a poco yo acabaría siendo igual.

Totalmente cegada por el deseo me dejé llevar, retorciéndome bajo el cuerpo de Yue y rompiendo su ropa con mis uñas hasta que nuestras partes íntimas se rozaron. Los dos gemimos al unirnos y clavé mis dientes en su hombro, sintiendo cómo se estremecía de placer ante mi mordisco.

—Te gustará más si volamos, Sakura.

Le hice caso y desplegué mis alas, echando a volar junto a él sin dejar de arañarle y con mis piernas alrededor de su cintura. Me parecía increíble que estuviéramos en mitad del cielo sin estrellas, escuchando el eco de los truenos mientras gemíamos sin control.

Yue me sujetó del pelo demasiado fuerte, haciéndome gritar de dolor mientras recorría mi cuello con su lengua. Cerré los ojos y subí las manos hasta su larga melena blanca, entrelazando los dedos en algunos mechones y tirando un poco también como venganza.

Él levantó la cabeza y me miró con sus ojos rojos un segundo antes de volver a besarme, sin dejar de moverse al mismo ritmo que yo. Decidí morder sus labios para probar el sabor de su sangre y escuché un pequeño jadeo saliendo de su garganta.

Sus brazos me rodearon y se alejó de mi rostro, empujándome hacia atrás para poder sujetar mis caderas y manejarme mejor. Yo también me agarré con más fuerza a sus hombros y ladeé la cabeza, dejando salir un gran gemido de placer mientras seguíamos flotando en el cielo oscuro.


Fue el sexo más salvaje y doloroso que había tenido en mi vida... y me resultó fascinante. No tenía nada que ver con los patéticos hombres que habían pasado por mi cama mientras era humana, ni con los demonios que me tiré en mi primer día en el inframundo.

Cuando por fin nos cansamos, volvimos a la sala llena de armas y Yue se dejó caer a mi lado en el suelo. Los dos teníamos la respiración y el corazón alterados.

—Tal vez es una pregunta estúpida, pero... no puedo quedarme embarazada, ¿verdad? —pregunté en voz baja.

Escuché la risa de Yue.

—Nosotros no nos reproducimos. No tienes que preocuparte por eso —contestó, aún jadeando.

Me incorporé un poco hasta sentarme en el suelo de mármol y chasqueé mis dedos, haciendo que mi vestido rojo volviera a estar como nuevo. Arrugué la nariz al observar el cuerpo de Yue. Ambos teníamos más heridas y arañazos que cuando terminamos de luchar.

—¿Siempre os hacéis heridas cuando tenéis sexo entre vosotros?

—Sí, es lo normal —dijo él, encogiéndose de hombros.

Se levantó de un salto y su ropa también reapareció, cubriendo su cuerpo.

—¿Tardaremos mucho en curarnos?

—Mañana estaremos como si no hubiera pasado nada —respondió, estirando sus alas y soltando un quejido al sentir que una de ellas estaba bastante destrozada.

Se inclinó a mi lado y sujetó mi barbilla entre sus dedos.

—Aquí no existen cosas como la fidelidad o el amor, Sakura. No esperes nada de eso de mí —murmuró, con sus ojos azules fijos en los míos.

Fruncí el ceño.

—¿Crees que estaba pensando en una relación o alguna mierda parecida? Relájate, Yue. Tal vez fui humana, pero no soy idiota —contesté, algo enfadada.

Él me besó, invadiendo mi boca con su lengua lentamente y apartándose con brusquedad.

—Aun así voy a querer repetir. Contigo siento cosas muy diferentes a cuando estoy con otras diablesas.

—Ya sé que soy especial, no tienes que decírmelo —murmuré, guiñándole un ojo.

Yue me dedicó una sonrisa torcida y se puso de pie.

—Debemos volver. Es hora de que empieces a cumplir tus tareas del inframundo.

Me levanté de un salto y desplegué mis alas negras, alzando el vuelo con rapidez. Yue agarró uno de mis pies y me siguió. Tenía el ala tan mal que no podía volar bien solo.

Volví a la sala donde nos vimos por primera vez y esperé a que se soltara para aterrizar a su lado.

—Hoy me tocan cien almas, te dejaré la mitad a ti. Asústalas todo lo que puedas antes de empezar y luego hazles lo que quieras. A ver si puedes sorprenderme.

Asentí en silencio. Escuchamos un grito y un hombre cayó por uno de los agujeros del techo, rompiéndose algunos huesos al aterrizar sobre las rocas.

Yue sonrió.

—Todo tuyo.

Di unos pasos hacia él, girando mi muñeca hasta que un papel apareció delante de mí. Era el historial de todas las maldades que había hecho ese hombre mientras estaba vivo.

Leí los datos durante un minuto. Se llamaba Hisui y tenía cuarenta y cinco años. Había engañado a todas las mujeres con las que estuvo saliendo, robó todo el dinero que pudo a sus padres hasta dejarlos en la calle y disfrutaba maltratando animales en su tiempo libre. Una persona maravillosa, sin duda.

Para su mala suerte, si había algo que yo no toleraba mientras estuve viva era a las personas que hacían daño a los seres más indefensos.

Me relamí los labios de gusto y con un gesto hice que las llamas consumieran el papel que tenía en la mano. Hisui me observaba con los ojos muy abiertos y me llegó un olor ácido a las fosas nasales.

—Genial, ya te has meado. Demasiado pronto —gruñí con desprecio.

Ni las almas ni nosotros necesitábamos comer o beber para sobrevivir, pero podíamos hacerlo por gusto. Muchas veces obligaban a los humanos a alimentarse como castigo. Además, a los demonios les divertía verlos cagarse encima de miedo.

Agarré su cuello con una de mis manos y lo alcé hasta que quedó a mi altura. El humano estaba hiperventilando y todo su cuerpo temblaba.

—Yo... yo no debería estar aquí —susurró con su mirada llena de pánico.

Puse los ojos en blanco.

—Ya, claro. Ni yo tampoco —respondí, haciendo una mueca.

Escuché una carcajada de Yue detrás de mí.

—Vamos a dar una vuelta —dije en su oído, sonriendo.

Alcé el vuelo a toda velocidad y mi sonrisa se amplió al escuchar sus gritos mientras surcábamos el aire, en dirección a la sala que me habían asignado.

Aterricé sin nada de delicadeza, provocando que Hisui volviera a chillar. Lo lancé al suelo como hacía Yue conmigo y sondeé su cuerpo mentalmente. Tenía un par de contusiones, pero no eran graves. Podría jugar con él sin problemas.

Carraspeé, intentando que mi voz sonara más grave de los normal para asustarlo.

—Hoy vamos a reunir aquí a unos cuantos humanos. Todos disfrutabais con el sufrimiento de los animales y ahora los ellos disfrutarán con el vuestro.

Otros cuarenta y nueve demonios llegaron a la sala, cada uno con un humano. Los dejaron caer al suelo y se marcharon, aunque tres se quedaron para ayudarme a controlarlos.

Ya tenía decidido lo que iba a hacer con ellos. Chasqueé los dedos y unos animales con forma semihumana aparecieron por toda la sala. Caminaban sobre dos patas y medían varios metros de altura.

Algunos eran toros bravos, pero también había ciervos, conejos y perros. Los toros llevaban espadas y banderillas en las manos, los perros sostenían palos y los demás sujetaban arcos y escopetas.

—Podéis hacerles lo que ellos os hicieron. ¡A disfrutar! —grité, haciendo una señal.

Todos los animales sonrieron y empezaron a perseguir a los humanos, que corrían por toda la sala gritando e intentando huir. El sonido de los disparos y los golpes era como música celestial para mis oídos mientras sobrevolaba la sala, observando la pelea sin dejar de sonreír.

La mayoría de humanos ya estaban tirados en el suelo con heridas por todo su cuerpo. Me fijé en que Hisui tenía varias banderillas clavadas en la espalda y estaba siendo acorralado en una esquina por dos toros.

Volé hacia ellos, haciendo aparecer un arco de fuego en mis manos. Hisui había conseguido arrebatarle la espada a uno de los animales y estaba intentando defenderse.

Sonreí con malicia y apunté, disparando una flecha a su brazo. Se lo atravesé y él gritó de dolor, dejando caer la espada al suelo.

—Prohibido defenderse, solo puedes huir —añadí con voz burlona.