Capítulo Seis
El paraíso
Mi protegido caminó hacia su habitación a paso lento, metiéndose en la cama y arropándose con las sábanas. Unos minutos después, al ver sus ojos cerrarse supe que mi trabajo había terminado.
Desplegué mis alas blancas y bostecé mientras agitaba la mano, haciendo desaparecer la imagen que me mostraba el mundo de los mortales.
—¿Cansado? —preguntó Eriol, sentado a mi lado aún pendiente de la humana que tenía a su cargo.
—Un poco, pero mi guardia ha acabado por hoy —anuncié, poniéndome de pie.
El arcángel Yukito, protector de todos los ángeles de la guarda, asintió en mi dirección mientras paseaba entre nosotros.
—Ve a descansar —dijo en voz baja.
Alcé el vuelo limpiamente y observé a las almas humanas que habitaban en el paraíso desde las alturas, dirigiéndome a los límites del mismo.
Aunque llevaba aquí milenios, nunca me cansaría de este lugar. El aire no podía ser más puro y hasta donde abarcaba la vista todo era hierba, colinas soleadas y lagos con aguas cristalinas. Había pequeñas casitas de madera repartidas aleatoriamente por todas partes. Los humanos decidían el lugar donde querían vivir y allí construíamos una acorde a sus necesidades.
Tenían comida y bebida disponible en las tabernas que se podían encontrar cada pocos metros, por si les apetecía disfrutar de algún sabor aunque ya no necesitaban alimentarse para sobrevivir, y la temperatura en todo el lugar era perfecta... no hacía ni frío ni calor.
Siempre se podía escuchar música a cualquier hora. Mi lugar preferido era la zona donde tocaban canciones de rock cada tarde.
Las almas tenían todo lo que podían desear menos una cosa: no podían volver a ver el mundo humano.
Eso estaba reservado para los ángeles de la guarda como yo, que debíamos velar por el bienestar de las almas humanas mientras vivían en el planeta tierra. A ellos solamente se lo mostrábamos cuando llegaban, dejando que vieran a sus familiares despidiéndose de sus cuerpos.
Aterricé sobre el borde del paraíso, una zona prohibida para cualquier humano. Por si alguna vez se atrevían a acercarse, un escudo invisible hacía de barrera para que no pudieran llegar hasta ahí y caer por el precipicio.
Di unos pasos sobre la hierba hasta llegar al final del acantilado y miré hacia abajo, frunciendo el ceño al ver que, a lo lejos, ya eran visibles los relámpagos del inframundo.
Ahí abajo estaban todas las almas que no habíamos conseguido proteger, pagando por sus pecados por toda la eternidad.
Escuché el batir de unas enormes alas y la brisa me revolvió el cabello cuando alguien aterrizó a mi lado.
—Se vuelve a acercar el momento. Solo faltan unas semanas —murmuró Yukito, mirando en la misma dirección que yo.
—¿Nunca se cansarán de intentar destruirnos? —pregunté, dejando salir un resoplido.
Yukito se rio entre dientes.
—Sabes bien que no. Lucifer no se detendrá hasta obtener su venganza y acabar con Aureus.
—Si consiguiéramos derrotarlo, esta lucha se terminaría —respondí, suspirando.
—Eso es mucho más fácil de decir que de hacer.
Los dos nos quedamos en silencio, observando la barrera que nos separaba del inframundo. Cada día se hacía un poco más fina, hasta que ese año durante el equinoccio de otoño prácticamente desaparecería... momento que el diablo y todos sus demonios lacayos aprovecharían para venir a por nosotros.
—Puede que esta vez Aureus consiga atravesarlo con su lanza y todo termine —murmuré con esperanza.
—O tal vez Lucifer consiga destruirlo con su tridente y todo termine para nosotros —contestó Yukito, frunciendo el ceño.
Apreté los puños con rabia.
—No lo permitiremos.
—Ellos tampoco dejarán que su líder corra peligro. Siempre está bien protegido.
Suspiré y Yukito me dio unos golpecitos cariñosos en la cabeza.
—Lamento que vosotros tengáis que pasar por todo esto. Cuando solo eran Lucifer y algunos de sus secuaces, los arcángeles podíamos combatir solos... pero en cuanto millones de los nuestros nos abandonaron para seguir sus pasos, empezamos a necesitar que lucharais a nuestro lado para poder hacerles frente.
—No importa. Os acompañaremos a la guerra y combatiremos juntos, como siempre hemos hecho —contesté, mirándolo a los ojos.
—Desde el principio has sido muy valiente, Syaoran. El más valiente de todos, pero negaré haber dicho algo así —confesó Yukito, sonriendo.
—Recuerda que no puedes mentir —susurré, correspondiendo a su sonrisa.
Él puso los ojos en blanco, sacudiendo la cabeza.
—Entonces espero que nadie me pregunte sobre este tema o tendré que reconocer que tú eres mi favorito.
Solté una risita, pero mi expresión se volvió seria al echar otro vistazo hacia abajo.
—Ojalá este equinoccio no caigan tantos ángeles —murmuré con tristeza.
Yukito suspiró.
—Cada muerte es como si un puñal me atravesara el corazón. Intentaremos que nadie pierda la vida esta vez.
Asentí en silencio y extendí mis grandes alas blancas para alzar el vuelo.
Atravesé las nubes, dirigiéndome hacia el enorme panteón donde descansaban los ángeles cuando no estaban vigilando a sus protegidos. Planeé por los anchos pasillos de mármol, aterrizando junto a la puerta de mi habitación. Varios ángeles que caminaban por el gigantesco vestíbulo inclinaron la cabeza en mi dirección como saludo, a lo que yo respondí de la misma manera.
Abrí la puerta y entré, dejándome caer en mi cama blanca y suave. Acomodé la almohada y saqué uno de mis libros favoritos de debajo de ella. Me gustaba pasar mis ratos libres leyendo o sobrevolando la infinita extensión del paraíso.
Y, como casi todos los días, unos tímidos golpecitos sonaron en mi puerta.
Puse los ojos en blanco y me levanté para abrir.
Tuve que mirar hacia abajo. Una humana estaba en el umbral de mi puerta y me miraba con las mejillas sonrojadas. Yo medía más de dos metros de alto, como casi todos los ángeles, por lo que los humanos siempre daban la impresión de que se iban a romper el cuello al intentar mirarnos a los ojos.
—Te he dicho muchas veces que no debes venir aquí, Meiling. Este lugar está reservado para el descanso de los ángeles.
Ella bajó la mirada, entrelazando sus manos.
—Lo sé, pero es que me gusta mucho hablar contigo.
Suspiré y me llevé una mano a la sien. Cada vez que ella me buscaba, me daba dolor de cabeza.
Meiling era una humana que llevaba más de quinientos años en el paraíso, pero desde el principio se había fijado en mí y siempre me perseguía e insistía en pasar tiempo a mi lado. Podía leer los pensamientos humanos, como todos los ángeles de la guarda, y sabía lo que ella sentía por mí.
—Meiling, ya hemos hablado de esto. Debes estar con el resto de humanos, aquí hay miles de millones y seguro que encuentras a alguien que despierte esos sentimientos en ti.
Ya se lo había dicho tantas veces que me agotaba volver a hacerlo.
—Pero yo te quiero a ti, Syaoran... déjame estar contigo —suplicó con lágrimas en los ojos.
—Humanos y ángeles no podemos mezclarnos. Ahora vete y no vuelvas por aquí, por favor.
—¿Es que alguna de las ángeles ya es la dueña de tu corazón? —preguntó, temerosa.
En ese momento sentí ganas de poder mentir para decirle que sí y que dejara de intentarlo de una vez. Sacudí la cabeza ante ese pensamiento y clavé mis ojos en los suyos con decisión.
—No, pero eso no significa que tú tengas alguna oportunidad. Además, ya sabes que los ángeles no amamos de la misma forma que los humanos. Márchate y permíteme descansar —respondí, empujándola suavemente en un hombro.
Ella resopló.
—Está bien... pero no me rendiré. Al final conseguiré que quieras estar conmigo —dijo, dedicándome una sonrisa.
Corrió hacia la salida del panteón y me crucé de brazos mientras la veía alejarse.
—Vaya humana más cabezota. Por muchos siglos que pasen, siempre sigue igual —gruñí entre dientes, volviendo a cerrar mi puerta.
Por suerte mi paciencia era infinita. Era prácticamente imposible que pudiera perder mi buen humor y no iba a dejar que eso pasara por culpa de una humana. Lo único que me sacaba realmente de quicio era combatir contra los demonios.
Pasé una mano por mi cuerpo y una armadura dorada apareció sobre él. Al levantar el brazo, una gigantesca espada que deslumbraba con su luz se materializó en mi mano, mientras que mi escudo dorado favorito apareció junto a mis pies.
—Espero que estéis listos. Pronto nos tocará volver a combatir juntos —susurré, rozando la hoja de mi espada con los dedos.
Me hice un pequeño corte y un par de gotas de sangre aparecieron en mi dedo índice.
—Tan afilada como siempre —murmuré, sonriendo mientras recorría con los ojos la empuñadura de la espada.
Sacudí los brazos y tanto la armadura como las armas desaparecieron con un destello de luz.
Iba por la mitad de mi libro cuando alguien entró en la habitación sin llamar. No necesitaba mirar hacia la puerta para saber quién era.
—¿Ya has terminado tú también?
Eriol sacudió sus alas con molestia y se sentó en el borde de mi cama.
—Sí, por fin se ha dormido. Me cuesta aguantar sus desvaríos mentales sobre el amor, todo lo que piensa es muy caótico.
Sonreí levemente.
—Así son las mujeres humanas, Eriol. Ya deberías saberlo —comenté, pasando una página.
—¿No te parece curioso que tu protegido y la mía lleven dos años manteniendo una relación?
Cerré el libro ante su pregunta y lo miré fijamente.
—No mucho. Tras sufrir un gran trauma, a veces dos humanos se sienten más unidos y acaban estando juntos. Es algo normal.
Los labios de Eriol se curvaron, formando una sonrisa traviesa.
—Espero que pasen pronto otra noche juntos. Es divertido observarlos mientras hacen el amor.
Hice una mueca de desagrado y me incorporé un poco, apoyando la espalda en el cabecero.
—Prefiero no ver esas cosas, no me interesan.
—No seas así, es el acto del amor y no tiene nada de malo. Hasta las almas humanas que viven aquí lo practican con sus parejas —murmuró Eriol, tocándose la barbilla con gesto pensativo.
—Entiendo que a ti te llame la atención, pero no es mi caso —contesté, encogiéndome de hombros.
—Que nosotros no sintamos deseos carnales no significa que no podamos amar, Syaoran. Deberías intentar darte la oportunidad de congeniar con algún ángel. Hay muchas muy hermosas e interesantes entre las que podría haber una buena compañera de vida para ti —dijo Eriol, palmeando mi hombro.
—Estoy harto de decirte que eso no me interesa. Conozco de sobra a todos los ángeles que hay aquí y tú eres de los pocos a los que tolero —refunfuñé, cansado del tema.
Eriol suspiró, poniendo los ojos en blanco.
—Tú te lo pierdes. Yo soy muy feliz pasando mi tiempo libre con Kaho.
—¿Hablabais de mí? —preguntó un ángel mujer de cabello largo y rojizo que estaba junto a la puerta de mi cuarto.
—Siempre estoy hablando de ti —respondió Eriol muy sonriente.
Avanzó hacia ella y dejó un beso en su frente.
—Nos vemos, Syaoran —dijo mi amigo, inclinando levemente la cabeza.
Los dos alzaron el vuelo y salieron por la ventana de mi cuarto, perdiéndose por el valle que había situado justo enfrente. Eriol y ella llevaban muchísimo tiempo haciéndose compañía. Cuando no estaban vigilando a sus protegidos, se dedicaban a recorrer el paraíso juntos.
Suspiré y me senté en el borde de mi ventana con forma cuadrada, mirando hacia arriba con devoción. Adoraba el cielo estrellado que se podía ver desde cualquier parte del paraíso por las noches, me sabía todas las constelaciones de memoria y nunca me cansaba de observarlas.
De repente algo incómodo surgió en mi interior, lo que significaba que mi protegido estaba sufriendo. Agité una mano delante de mi cuerpo, haciendo aparecer una imagen de él.
Estaba teniendo pesadillas otra vez. Aunque ya hacía casi seis años que había muerto su hermana, él seguía retorciéndose en sueños por culpa de ello.
Extendí las palmas de mis manos hacia él y dejé fluir mi energía, tratando de hacerle llegar mi calma. Poco a poco su respiración se ralentizó, hasta que volvió a estar tranquilo.
Lo observé durante unos minutos, asegurándome de que no volvía a agitarse entre sueños. Al ver que seguía durmiendo como si nada, hice desaparecer su imagen con un gesto. Hice una mueca al pensar en que él nunca iba a poder superar su muerte. Había estado muy cerca de desviarse del camino correcto demasiadas veces por sentirse culpable.
Desplegué mis alas blancas y eché a volar de nuevo hacia los límites del paraíso. Estaba nervioso al saber que el momento se acercaba. Al llegar al borde del precipicio, volví a fijar la mirada en los relámpagos que se veían mucho más abajo.
—Estamos preparados, demonios. Jamás os dejaremos vencer —gruñí, apretando los puños.
