Capítulo Siete
Equinoccio
Ya había aprendido a distinguir el paso del tiempo a pesar de no ver la luz del sol.
Mis primeros dos años como diablesa me habían servido para perfeccionar mucho mis habilidades demoníacas, y también para dejar de identificarme con las almas humanas.
Al principio me sentía un poco culpable al castigarlas, pero ya sabía que si estaban en el inframundo era porque se lo merecían y no dejaba que mis sentimientos me hicieran dudar. Sin duda, mi corazón se había vuelto mucho más frío de lo que ya era en mis años como humana.
Cuando nos cansábamos de torturar a los humanos, cada uno de nosotros tenía una pequeña estancia privada en la gruta que se encontraba en el nivel superior, justo bajo el cielo sin estrellas. Me gustaba ir allí para descansar un poco y dejar de escuchar los gritos que retumbaban por cada rincón del infierno a todas horas.
Un día llegué hasta la gruta y aterricé suavemente en el suelo. Aquel era el único lugar de todo el inframundo donde las rocas no se te clavaban mientras andabas, aunque mi cuerpo de demonio tenía la piel muy dura y apenas me molestaban.
Plegué mis alas negras y caminé entre la oscuridad hasta la pequeña salita reservada para mí, que estaba casi en mitad de la gigantesca cueva.
Al llegar, chasqueé los dedos haciendo aparecer una cama enorme y me dejé caer sobre ella, suspirando. Estaba agotada de aguantar a los humanos, ese día en especial me habían cabreado mucho con sus gritos y lloriqueos.
Me quedé tumbada boca abajo y cerré los ojos, intentando dejar la mente en blanco para no pensar.
Durante esos dos años le había pedido varias veces a Yue que me dejara ver a mi hermano o a Tomoyo para saber cómo estaban, pero él me explicó que no podía volver a saber nada de los mortales. Nadie debía darse cuenta de que aún sentía algo por ellos, tenía que aparentar ser una diablesa dura y sin conciencia para no meterme en problemas con otros demonios o con Lucifer.
Por suerte, todos se llevaban bien conmigo porque les gustaban mis castigos tan novedosos y entretenidos.
Gruñí al escuchar un batir de alas junto a la entrada de mi estancia.
—Hoy no tengo ganas, Yue —murmuré con cansancio.
—No soy Yue.
Abrí los ojos de golpe y me incorporé, sentándome en el colchón.
Lilith estaba muy cerca, apoyada en la pared de piedra y mirándome con un brillo divertido en sus ojos. Nos habíamos cruzado más de una vez, pero no habíamos vuelto a hablar desde el día en que Lucifer me transformó.
—¿A qué debo esta maravillosa visita? —pregunté, dedicándole una sonrisa burlona.
—Me gustaría pedirte un favor, Sakura.
Me apoyé en el respaldo, rodeando mis piernas con los brazos, e hice un movimiento de cabeza indicándole a Lilith que se sentara a mi lado. La diablesa dio unos pasos más y se sentó en el borde, sin dejar de sonreír.
—¿En qué puede ayudarte alguien como yo? —cuestioné con curiosidad.
—He escuchado a Yue y a Kurogane hablar de lo diferente que es el sexo contigo y quiero que me enseñes.
Abrí mucho los ojos, sorprendida. Esos dos demonios habían sido mis amantes durante los últimos meses, pero no sabía que iban contando lo que hacían conmigo.
—¿Enseñarte? —repetí, confundida.
—Lucifer y yo llevamos milenios juntos y me gustaría probar cosas nuevas con él —respondió Lilith en voz baja.
Apreté los labios, eligiendo bien mis palabras.
—Verás, a mí no me gustan las mujeres... y además si Lucifer se entera de que me he acostado contigo me matará.
Lilith soltó una risita.
—No me deja estar con otros demonios hombres, pero de las mujeres nunca se ha quejado.
Levanté una ceja, algo incrédula.
—De verdad, te aseguro que no tendrás ningún problema. Además, si le gusta lo que me enseñas hasta podría buscarte para agradecértelo —añadió Lilith, con una sonrisa que mostraba sus colmillos.
Puse los ojos en blanco y resoplé, resignada.
—Está bien. Te enseñaré algunas cosas que hacen los humanos, pero sin acostarnos juntas.
Ella asintió y se subió en la cama para acercarse más a mí.
—Verás... por ejemplo, usan los dientes sin morder. La sensación puede ser muy agradable.
Lilith pestañeó varias veces, confundida.
—¿Sin morder? Entonces no tiene gracia —comentó, frunciendo el ceño.
Reprimí una carcajada y me senté sobre mis rodillas, apartando el largo cabello rubio de su cuello.
—Te lo mostraré.
Besé y mordisqueé suavemente su clavícula, succionando un poco y utilizando los labios y la lengua a la vez. Escuché a Lilith suspirar.
—Ahora entiendo a lo que te referías... esto está muy bien —susurró, empezando a acariciarme las piernas.
Gruñí cuando sus uñas me atravesaron la piel y me aparté.
—Lo mismo con las manos, Lilith. También puedes acariciar sin arañar —expliqué, acariciando suavemente su piel sin dañarla.
Ella hizo una mueca.
—Es algo raro, pero no está mal —reconoció, dejando salir otro suspiro.
Me reí al ver la cara que estaba poniendo y ella se unió a mi risa.
—Una última cosa... los besos. A mí me gustan más cuando no me atraviesan los labios con los colmillos.
Ella volvió a arrugar el entrecejo.
—Te lo enseñaré, pero no me muerdas —le advertí, acercándome a su rostro.
Lilith obedeció y yo cerré los ojos, intentando no pensar en que estaba besando a una mujer. La besé lentamente, mordiendo su labio inferior y acariciándolo con la lengua.
—¿Puedo unirme?
Las dos nos separamos de golpe al escuchar esa voz masculina. Yue estaba en la entrada de mi habitación, con los brazos cruzados y mirándonos con una sonrisa traviesa en su rostro.
—Sabes que Lucifer te matará si me tocas —respondió Lilith, un poco enfadada.
Él levantó las dos manos.
—Solo estaba bromeando.
—¿Ahora bromeas? —preguntó la diablesa, muy sorprendida.
Él me miró unos segundos antes de contestar.
—Se me ha pegado de nuestra querida humana.
Lilith se rio entre dientes, ladeando la cabeza.
—Esta chica es muy interesante. Voy a probar lo que me has enseñado con Lucifer ahora mismo —murmuró, poniéndose de pie.
—Ya me contarás si le gusta —dije, volviendo a tumbarme en la cama.
—¿Hay algo que pueda hacer por ti a cambio? ¿Quieres practicar para la lucha? —preguntó Lilith, agitando un poco sus alas negras.
Negué con la cabeza.
—Ya he entrenado suficiente con Yue. Estoy preparada.
Lilith asintió y levantó el vuelo, saliendo disparada por el túnel. Miré de reojo a Yue, que tenía los ojos rojos y no dejaba de observarme.
—Hoy no me apetece. Vuelve otro día.
Él chasqueó la lengua.
—Me habéis puesto cachondo para nada... pero no he venido aquí por eso.
—¿Entonces qué quieres?
Yue se dejó caer sobre mi cama, tumbándose a mi lado.
—Solo quedan dos días. ¿De verdad no quieres entrenar más?
—¿Crees que me hace falta? —pregunté, mirándolo a los ojos.
Él desvió la vista al techo y resopló.
—En realidad no, creo que estás lista. Solo te falta saber quién es Aureus para no acercarte a él.
Tragué saliva, con nerviosismo.
—Tengo ganas de ver a los ángeles —reconocí en un susurro.
Yue volvió a mirarme y sonrió.
—Apuesto a que te van a impresionar.
Se levantó de un salto y desplegó sus alas, marchándose sin decir nada más.
El día del equinoccio llegó.
Lucifer convocó a todos los demonios, por lo que abandonamos lo que estábamos haciendo y volamos hasta el nivel más alto del infierno, donde lo único que había sobre nuestras cabezas era ese cielo negro lleno de relámpagos y truenos que tanto me llamaba la atención.
Al plegar mis alas en la espalda y mirar hacia arriba, no pude disimular mi sorpresa. Había aparecido un acantilado que se extendía hasta donde alcanzaba la vista y en el que se distinguía una luz dorada en la zona más alta.
Escuché el ruido de unas alas y Yue aterrizó a mi lado.
—¿Qué es esa luz? —pregunté, maravillada con aquella visión tan increíble.
—Son los ángeles. Ellos también nos están observando.
Lo miré unos segundos, muy sorprendida, y volví a centrar mi vista en ese resplandor tan lejano.
Cuando todos los demonios estábamos juntos, Lucifer alzó el vuelo unos metros para que pudiéramos verlo.
—Prestadme atención, porque solo lo diré una vez —advirtió con voz grave.
Automáticamente todos nuestros ojos se posaron en él.
—Esto va para la nueva diablesa, pero también quiero recordároslo a los demás. Aureus es mío, que nadie más se atreva a acercarse a él. Lucharemos la mitad de nosotros, el resto volveréis dentro y aprovechareis para tentar a los humanos de la tierra. Ahora que sus ángeles de la guarda los van a abandonar para pelear estarán vulnerables, y será mucho más fácil conseguir que cometan algún pecado.
Más o menos la mitad de los demonios gruñeron y alzaron el vuelo, volviendo a los niveles inferiores a través de los agujeros rocosos.
—Os recuerdo que quien consiga atrapar a un ángel se lo puede quedar y hacer con él lo que le plazca. Eso sí, cuando os hartéis debéis traerlo ante mí para que acabe con su vida de una vez.
Miré de reojo a Yue, sin poder ocultar mi sorpresa.
—¿Os quedáis con los ángeles?
—Es divertido torturarlos durante un tiempo, pero al final siempre se los llevan a Lucifer para que los mate —respondió él, encogiéndose de hombros.
—¿Tú has capturado a uno alguna vez?
Yue sacudió la cabeza. Volví a mirar la luz dorada y fruncí el ceño.
Estaba deseando ver a los ángeles, y poder tener uno para mí sola me resultaba muy emocionante.
—El equinoccio dura una hora humana. No os dejéis atrapar y herid a todos los ángeles que podáis. ¡Si hoy consigo acabar con Aureus brindaremos esta noche con su sangre! —gritó Lucifer.
Los demonios y diablesas gruñeron y aclamaron su nombre, batiendo las alas con fuerza.
—Hora de prepararse. Queda poco para que la barrera entre los dos mundos desaparezca —añadió Lucifer, volviendo a posarse en el suelo.
Todos los demonios empezaron a hacer aparecer sus armas favoritas y una armadura negra. Yo también cubrí mi cuerpo con una. En mi mano derecha llevaba una espada muy afilada y en la izquierda una cadena que acababa en una bola de pinchos de acero.
—No dudes, Sakura. Si alguien te ve dudar será tu fin, y los ángeles no tendrán ninguna piedad con nosotros —susurró Yue cerca de mi oreja.
Asentí en silencio y volví a mirar hacia arriba. Cada vez se veía con más claridad el acantilado y la luz dorada sobre él, señal de que la línea que separaba nuestros mundos se estaba difuminando. Me quedé sin aliento al darme cuenta de que se podían ver las estrellas, muy a lo lejos y sobre el resplandor dorado.
—Es el momento —escuché decir a una diablesa muy entusiasmada que estaba detrás de mí.
Los demonios empezaron a alzar el vuelo y vi que las luces doradas comenzaban a caer hacia nosotros a toda velocidad.
Desplegué mis alas negras y les seguí, intentando separarme lo suficiente para poder ver todo muy bien. Al fijarme mejor, me di cuenta de que esa luz dorada provenía de las armaduras y los yelmos que llevaban puestos los ángeles.
—¡Sakura! ¡Ese de ahí es Aureus! —gritó Lilith, señalándome a uno de los ángeles.
Era el que más brillaba de todos y llevaba una gran lanza dorada en su mano derecha.
Miré de nuevo a Lilith y vi a Lucifer junto a ella, envuelto en sus propias llamas y llevando un tridente hecho de carbón y fuego en una de las manos. Sus ojos rojos estaban fijos en ese ángel que me había señalado la diablesa.
Me alejé de allí por temor a acabar atravesada por su poderosa lanza y volé hacia uno de los extremos, donde los ángeles y los demonios estaban a punto de encontrarse. El ruido agudo de las armas al chocar no tardó en empezar a escucharse a mi alrededor.
Un ángel mujer se lanzó hacia mí gritando, pero conseguí esquivarla agitando mis alas con rapidez y le hice un corte profundo en una de las suyas, haciendo que se desequilibrara y cayera al suelo pedregoso del inframundo.
Sonreí al haber conseguido dar mi primer golpe, pero la alegría no me duró mucho. Algo afilado se clavó en una de mis piernas y batí mis alas con fuerza para alejarme de lo que acababa de herirme.
Al girarme con los ojos llenos de furia, me encontré cara a cara con un ángel de ojos ámbar que me miraba con rencor a través de su yelmo y tenía la hoja de su espada manchada con mi sangre.
—Prepárate, basura. Lo pagarás caro por haberme herido —gruñí, enseñando mis colmillos.
Él me lanzó una mirada de odio.
—Hoy será tu fin, asquerosa diablesa.
