Capítulo Ocho

El combate


Las dos espadas chocaron y el batir intenso de nuestras alas creaba cada vez más remolinos a nuestro alrededor.

Ella era muy fuerte, paraba todos mis golpes y no dejaba de sonreír enseñándome sus afilados dientes como si quisiera arrancarme la piel a mordiscos.

Ya llevaba muchas batallas contra los demonios y estaba acostumbrado a su forma de pelear y de observarme, pero esta diablesa no lo hacía como los demás. Había algo diferente.

Me eché un poco hacia atrás y cogí impulso, volviendo a chocar mi espada con la suya. No se esperaba que hiciera eso y conseguí que retrocediera un poco.

Sonreí con satisfacción y levanté una mano, concentrando todo mi poder en la palma. Una bola de energía apareció enseguida y sin esperar más la lancé contra ella.

Si conseguía pillarla por sorpresa mi poder helado la congelaría por completo, dándome la oportunidad de llamar a Aureus para que le diera el golpe final... pero ella adivinó mis intenciones y juntó los brazos sobre su pecho, creando un escudo de fuego con su energía demoníaca.

Mi rayo de hielo se derritió, apagando todas las llamas que había alrededor de su cuerpo.

—Parece que nuestras fuerzas están muy igualadas, angelito —comentó en tono burlón antes de volver a abalanzarse sobre mí, agitando sus alas con rabia.

Aprovechó el impulso para atacarme con más fuerza, intentando hacerme girar en el aire. Había visto que su estrategia era herirnos en las alas para hacernos caer, por lo que no le seguí el juego y las plegué en mi espalda, descendiendo unos metros en picado.

Extendí de nuevo las alas mientras escuchaba el ruido de su espada, rasgando el aire justo donde estaba mi cuerpo unos segundos antes. Alcé la vista, preparado para volver a intentar golpearla, pero vi que ella estaba mirando hacia lo alto del precipicio con mucha curiosidad, como si estuviera observando las constelaciones.

Batió sus alas negras y empezó a ascender a toda velocidad en dirección a la entrada del paraíso. Maldije entre dientes y me apresuré a seguirla. Si conseguía poner un pie en aquel lugar atacaría a los humanos, y eso no podía permitirlo.

Cuando solo estaba a unos treinta metros de lograr su objetivo, conseguí agarrar uno de sus rojizos pies. Ella gruñó y miró sobre su hombro con odio, sacudiéndose y tratando de cortarme con su espada.

La esquivé y me puse a su altura, resoplando. El color tan verde que tenían sus ojos en ese momento me resultó muy extraño.

A cientos de metros bajo nosotros se seguían oyendo los ruidos metálicos de la sangrienta batalla que se estaba librando.

—Tu lucha es conmigo, no con ellos —dije con voz grave, señalando con mi espada a las almas humanas que se podían ver desde allí, muy cerca de los límites del paraíso y a poca distancia de nosotros.

—No tengo ningún interés en vuestro hogar. ¡Solo quería ver las estrellas, pedazo de imbécil!

Su grito me sorprendió.

¿Un demonio que quería ver las estrellas?

Sus ojos volvieron a ser rojos y aprovechó mi distracción para lanzarme una bola de pinchos que llevaba atada en su cadera, en una especie de cinturón.

La desvié con mi espada, pero ella sacudió la cadena que sujetaba esa esfera y consiguió que se me enroscara en una de las alas. Echó a volar hacia abajo, arrastrándome tras ella.

Grité y traté de romper la cadena con mi espada, pero no lo conseguía. Mis alas blancas me dolían al intentar contener su avance.

Ambos caímos por el precipicio, volviendo a la zona donde todos estaban peleando. Ella aterrizó con rapidez y sacudió de nuevo su cadena, intentando hacer yo me estrellara contra el suelo del inframundo. Batí las alas y conseguí frenar, aunque eso solo logró que las espinas metálicas de la esfera se clavaran más en mi ala derecha.

El olor de mi propia sangre me hizo arrugar la nariz. Agarré la cadena de metal con una mano y la congelé al instante. Con un nuevo golpe de mi espada se hizo pedazos, liberándome por fin.

Arranqué la bola de pinchos de mi ala derecha y miré a la diablesa, entrecerrando los ojos. Ella estaba acumulando energía en sus manos, formando una esfera de fuego de varios metros de diámetro.

Aproveché esos segundos para crear un ataque de hielo y unirlo a la bola de acero. Ambos liberamos nuestros ataques a la vez y cuando hicieron contacto hubo una especie de explosión que nos lanzó a los dos hacia atrás.

Jadeé al golpear el suelo. El ala me dolía cada vez más y había perdido mi yelmo. Ella se levantó de un salto y vi que la herida de su pierna estaba sangrando mucho.

—Ya me has jodido bastante y me estás hartando —gritó, desplegando sus grandes alas negras y alzando el vuelo.

Bufé, sabiendo que no podía hacer lo mismo por culpa de mis heridas. Al mirar a mi alrededor, me di cuenta de que no éramos los únicos que habíamos caído al suelo y que luchaban sin poder volar.

Levanté la espada para protegerme de su ataque y concentré en ella mi energía, haciendo que brillara con una luz blanquecina. Cuando ella me golpeó la dejé fluir, pillándola por sorpresa y lanzándola por los aires.

La diablesa cayó al suelo, golpeándose con fuerza. Giré la espada en mi mano y me preparé para atacarla de nuevo, pero ella volvió a levantarse de un salto.

—Tú no sabes hacer eso, ¿verdad? —pregunté en tono burlón, levantando las cejas.

La vi chasquear la lengua con rabia y cerrar los ojos, haciendo que las llamas rodearan su cuerpo.

—No lo necesito para vencerte —contestó, saltando sobre mí.

Algo dorado apareció entre nosotros a gran velocidad y la atacó, pero ella consiguió esquivarlo batiendo las alas y blandió su espada hacia un lado, alcanzando el brazo de aquel ser.

Me quedé sin aliento al ver que era Yukito el que se había interpuesto entre nosotros. Antes de que me diera tiempo a reaccionar, otro demonio se abalanzó sobre él y ambos rodaron por el suelo.

—¡No! —grité, preocupado por mi amigo.

—Nunca des la espalda a tu enemigo en la batalla.

Giré con mi escudo en alto, intentando protegerme, pero algo me atravesó el cuerpo, provocándome un gran dolor. Caí al suelo otra vez y mi vista comenzó a nublarse.

—Ya eres mío —dijo ella, aterrizando sobre mí y rozándome el cuello con la punta de su espada.

Un nudo se formó en mi estómago. Si algún demonio me atrapaba, eso significaría mi muerte.

—Jamás me rendiré —murmuré, tratando de golpearla y levantarme.

Escuché su risa y movió su brazo, haciéndome un corte en la garganta. Lo último que vi antes de desmayarme fueron sus ojos rojos mirándome con malicia.


Cuando vi al ángel cerrar los ojos, no podía sentirme más feliz... lo había conseguido, había vencido a uno de ellos.

Y ahora me pertenecía.

Levanté su cuerpo del suelo, manchándome con su sangre, y lo cargué sobre mi hombro. La hora ya estaba terminando y la batalla estaba a punto de concluir.

Observé a mi alrededor, donde había cuerpos de seres muertos. Varios ángeles tenían una enorme abertura en el pecho llena de fuego y sus cuerpos se estaban deshaciendo, señal de que el tridente de Lucifer les había alcanzado. También había demonios que habían sido atravesados por la enorme lanza de luz y se iban desvaneciendo poco a poco.

Miré hacia arriba y vi a los ángeles retrocediendo, volviendo a subir hacia lo alto del precipicio con las armas en la mano y sin dejar de apuntarnos con ellas. Los demonios también estaban descendiendo de nuevo al inframundo, aterrizando en el suelo muy cerca de mí.

Vi a Lucifer lanzándole una última mirada de odio a Aureus. La barrera que separaba nuestros mundos se estaba volviendo a activar y quien no retrocediera quedaría atrapado, a merced de sus enemigos.

Poco a poco el acantilado y el cielo lleno de estrellas empezaron a desaparecer. Antes de que todo se volviera oscuro, pude detectar la mirada triste del ángel que se había metido en mi pelea. Parecía tener lágrimas en los ojos mientras observaba a mi nuevo prisionero.

El cielo volvió a ser negro y lo único que se podía ver eran los rayos y relámpagos del infierno. Sacudí la cabeza y batí mis alas, levantándome unos metros sobre los demás.

—¿Cuántos ángeles han quedado por aquí con vida? —preguntó Lucifer.

Sentí la mirada de todos los demonios sobre mí.

—Creo que este es el único —respondí, agitando un poco el cuerpo del ángel que estaba cargando.

Lucifer me dedicó una sonrisa llena de maldad.

—Te lo has ganado, espero que lo disfrutes.

—Lo haré —murmuré, inclinando levemente la cabeza en su dirección.

Los demonios y diablesas corrieron hacia los agujeros, dejándose caer por ellos para volver a su trabajo. Yo sobrevolé el inframundo en dirección a la gruta. Cuando llegué hasta mi estancia, recogí mis alas en la espalda y entré.

Chasqueé los dedos y una puerta de metal apareció, cerrando mi pequeña habitación. No quería que nadie entrara a torturar a mi ángel cuando yo no estuviera allí.

Lo dejé en el suelo y, tras hacer aparecer unas cadenas, até sus manos y sus piernas a la pared. Con una cuerda sujeté sus alas blancas para que no pudiera abrirlas y las até alrededor de su propio cuerpo, intentando no apretar donde tenía la herida.

Observé un momento lo que había hecho, asegurándome de que no pudiera escapar cuando se despertara. Su corte del cuello ya había dejado de sangrar y se estaba cerrando, por lo que recuperaría la consciencia pronto.

No me tocaba volver a torturar humanos hasta el día siguiente, por lo que me podía quedar estudiando al ángel.

Recorrí su armadura dorada con los dedos. Estaba partida en la espalda, justo donde yo había conseguido atravesarla y herirlo. Cerré los ojos y chasqueé los dedos, haciéndola desaparecer. Al volver a abrirlos, vi que bajo ella tan solo llevaba ropa blanca, totalmente normal, y no pude evitar hacer una mueca. Me esperaba las típicas túnicas con las que siempre salían los ángeles en las películas.

Alcé un poco su barbilla con una mano. A pesar de estar sucio y tener algunos cortes, era un hombre muy atractivo.

Tenía unas largas pestañas, cejas tupidas y el cabello de color castaño, algo más oscuro que el mío. La mandíbula afilada y la pequeña nariz encajaban perfectamente con su rostro.

Recordé que sus ojos eran de color ámbar, pero se habían vuelto dorados mientras peleábamos. No sabía que a los ángeles también les cambiaba el color del iris cuando se enfadaban.

Mi mente perversa empezó a trabajar a toda velocidad, pensando en todas las cosas que podía hacerle y a las que él no podría negarse.

Sus poderes celestiales se neutralizaban al estar en el inframundo con la barrera entre los dos mundos activa. Lo mismo pasaba con los demonios si estaban en el paraíso, por eso ninguno intentaba entrar ahí. Temían que el equinoccio terminara y quedaran atrapados... entonces, la lanza de Aureus acabaría con ellos en menos de un pestañeo.

Sabía que no debería haberme acercado tanto a ese lugar, pero al ver las constelaciones no pude resistirme a observarlas un poco más de cerca. Tras llevar seis años en el inframundo, echaba de menos el cielo estrellado de la tierra.

Sacudí la cabeza para volver al presente y seguí recorriendo a mi trofeo con la mirada. Su ala derecha estaba bastante mal, pero sabía por experiencia que en menos de un día volvería a tenerla como nueva.

Lo de ser inmortal tenía sus ventajas. Nuestros cuerpos se recuperaban de las heridas en muy poco tiempo.

Me senté en el suelo y crucé las piernas. La respiración del ángel se había acelerado y era cuestión de segundos que abriera los ojos.

Sonreí al imaginar la cara que pondría al descubrir que estaba atrapado en el inframundo. Al menos había tenido suerte, estaba conmigo que no era tan sádica como el resto de demonios. Ellos no habrían esperado a que despertara, seguramente ya estarían torturándolo y usando el fuego para quemarlo.

Apretó los ojos y soltó un pequeño quejido. Alargué la mano y di unos toquecitos en su frente. Él abrió los ojos lentamente y pestañeó varias veces con confusión.

Me miró unos segundos y después se observó a sí mismo. Frunció el ceño al ver las cadenas y empezó a sacudirse con fuerza, tratando de liberarse.

—No podrás romperlas por mucho que lo intentes.

Me miró de nuevo y sus ojos cambiaron a color dorado. Estaba intentando usar sus poderes y mi sonrisa burlona le estaba haciendo enfadar.

—Supongo que sabes que tus poderes no funcionan aquí —añadí, apoyando la barbilla en una de mis manos.

—Podrías soltarme y comprobamos si soy capaz de acabar contigo —replicó, furioso.

Levanté una ceja, sorprendida. Ese angelito era más valiente de lo que yo pensaba. Él siguió luchando contra las cadenas un poco más, pero finalmente suspiró y dejó de moverse.

—Si vas a matarme, hazlo ya —murmuró entre dientes, con los ojos cerrados.

—¿Matarte? No, primero disfrutaré de mi trofeo. Nunca había visto un ángel de cerca y te conservaré con vida bastante tiempo.

Alzó la barbilla y me dedicó una mirada gélida, llena de odio. Noté ese hormigueo tan conocido en mis ojos que indicaba el cambio de color. La furia que sentía los había vuelto rojos.

—No te conviene cabrearme, angelito. Tu vida está en mis manos ahora —gruñí con desprecio, agarrándole del cuello con fuerza.

—Prefiero que te enfades y llames a Lucifer para que acabe conmigo ya —respondió él, sonriendo como si no le estuviera haciendo daño.

Resoplé y lo solté.

—Lo lamento, pero eso no va a pasar. Eres mío y serás mi esclavo hasta que me aburra de ti.